CAPÍTULO 5
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Me probé el mismo jersey tres veces.
No porque no tuviera otras opciones, sino porque cada vez que lo dejaba sobre la cama y buscaba algo distinto acababa volviendo a él.
Azul marino, cuello alto, lo suficientemente abrigado para noviembre en Londres y lo suficientemente sencillo para no parecer que me había esforzado demasiado.
Que era el efecto que buscaba, aunque el hecho de haberlo pensado tanto lo arruinaba un poco.
Me senté en el borde de la cama y me pregunté qué estaba haciendo.
La respuesta honesta era: no tenía ni idea.
Habían pasado menos de cuarenta y ocho horas desde que había conocido a Caleb Hammer, la mitad de ellas en un avión y la otra mitad en un aeropuerto a deshora, y ahí estaba, cambiándome de jersey y mirando el reloj cada cinco minutos como si tuviera dieciséis años.
El problema, o uno de los problemas, era que la conexión había sido real.
No me lo estaba inventando. Hay conversaciones que tienen peso desde el principio y la nuestra lo había tenido, sobrevolando la oscuridad del Atlántico y en las sillas de plástico de JFK, y en el avión de vuelta cuando se había quedado dormido sobre mi hombro y yo no lo había despertado porque no había querido.
Eso era información sobre mí que prefería no examinar demasiado de cerca.
El otro problema era Hayden. No él exactamente, sino lo que dejaba atrás: un ex importante.
Esa zona blanda que tarda en endurecerse, donde cualquier cosa nueva puede hacer más daño del que parece.
Había pasado tres años construyendo algo con alguien que al final había necesitado espacio, lo cual era otra manera de decir que había necesitado menos de mí, y eso dejaba un tipo de huella en la manera en que una se acerca a lo que llega después.
Así que podíamos decir que Caleb Hammer no llegaba en buen momento.
Pero me había llamado. Y yo había dicho que sí. Y ahora eran las seis menos diez y tenía que bajar a recepción.
Me puse el jersey azul marino, cogí el abrigo, y decidí que al menos podía divertirme.
Estaba en el vestíbulo cuando bajé. De pie, junto a los ventanales que daban a la calle, con las manos en los bolsillos. Llevaba un abrigo oscuro, sin corbata, y tenía el aspecto de alguien que ha pasado el día haciendo algo que lo ha dejado en paz consigo mismo.
Me vio antes de que yo llegara al final de la escalera.
Sonrió.
No el amago de sonrisa del avión. Una sonrisa abierta, sin reservas, que me descolocó un poco.
—Eres puntual —dijo.
Me ofreció el brazo y yo me agarré a él como si fuese el ancla que necesitaba justo en ese momento.
El Támesis al atardecer tenía esa cualidad extraña de las cosas que has visto en fotografías toda la vida y que aun así te sorprenden cuando las tienes delante.
Caminamos por el Southbank hacia el oeste, con el río a nuestra derecha y la ciudad encendida al otro lado, y durante los primeros minutos hablamos de todo y de nada en particular.
—¿Cómo ha ido tu día? —pregunté.
—Bien.
—¿Has firmado lo que tenías que firmar?
—Sí.
—¿Y ya está?
—Y ya está —dijo.
Lo miré de reojo. Estaba mirando el río, con esa expresión tranquila que no era distancia sino algo más parecido a la resolución. No insistí. Había aprendido en las últimas horas que Caleb Hammer contaba las cosas cuando quería contarlas y que presionarle no aceleraba el proceso.
—Mañana tengo la reunión —dije, cambiando un poco de tema.
—¿Nerviosa?
—Moderadamente.
—¿Qué es moderadamente?
—Que he repasado la presentación cuatro veces esta tarde y que si la repaso una más voy a empezar a odiarla.
—Entonces no la repases más.
—Gracias, no se me había ocurrido.
Se rio. Era una risa limpia, sin ceremonia, y pensé que hacía tiempo que no escuchaba reírse a alguien de esa manera, sin calcular su efecto.
Había un puesto de helados junto al puente de Waterloo que no tenía ningún sentido en noviembre pero seguía abierto con una convicción admirable. Caleb se detuvo delante sin consultarme.
—¿En serio? —dije.
—Hace frío y hay helado. Son dos hechos independientes.
—Estás un poco loco.
—¿Quieres uno o no?
Quería uno, es rarísimo que yo diga no a un helado. Pedí de pistacho, él lo pidió de chocolate, y nos quedamos apoyados en la barandilla sobre el río comiendo helado con el abrigo puesto y aquel frío, haciéndolo todo ligeramente absurdo.
—¿Siempre haces esto? —pregunté.
—¿El qué?
—Tomar decisiones sin consultarlas y esperar que los demás te sigan.
Me miró.
—¿Te ha molestado?
—No —dije—. Eso es lo raro.
Algo brilló en su expresión.
—Casi siempre —dijo—. Y casi siempre funciona.
—Qué peligroso.
—¿Por qué?
—Porque la gente que casi siempre tiene razón no suele saber qué hacer cuando no la tiene.
Hubo un silencio. Caleb miró el río un momento.
—Eso es cierto…
Lo dijo sin ponerse defensiva, con esa honestidad que seguía pillándome desprevenida.
Era el tipo de hombre que podría haber sido insoportable y no lo era, y eso resultaba más desconcertante aún. No tenía que preguntarme a mí misma si me gustaba, porque era más que evidente que sí.
Caminamos hasta el museo Tate Modern y volvimos sobre nuestros pasos sin ningún plan concreto, hablando de Londres, de libros, de una serie que los dos habíamos visto y sobre la que teníamos opiniones incompatibles que defendimos con una energía desproporciona.
—El final no tiene mucho sentido —dijo él.
—El final es una capitulación.
—Es una resolución.
—Es lo mismo con mejor marketing.
—No es lo mismo en absoluto.
—Caleb. El protagonista se pasa tres temporadas defendiendo una postura y en el último episodio la abandona porque sí. Eso es capitulación.
—La abandona porque ha cambiado. Que es lo que se supone que hacen los personajes.
—Los personajes cambian de manera coherente con quienes son.
—Tú cambiarías de postura si tuvieras las mismas razones que él.
—Eso no lo sabes.
—No, pero lo intuyo.
Lo miré.
—Llevas dos días conociéndome.
—Ya —dijo—. Suficiente.
Había oscurecido del todo cuando llegamos a la altura del puente de Blackfriars. Las luces del río, los autobuses cruzando el puente, la ciudad emitiendo su ruido constante y sordo. Me detuve un momento a mirar y Caleb se detuvo a mi lado. Me sentía mejor desde que nos habíamos reencontrado.
Eso era lo que me inquietaba. No él exactamente, sino lo fácil que resultaba estar aquí, en este paseo, con esta conversación, sin el peso de nada concreto encima.
Hacía semanas que no me sentía así de ligera y no sabía del todo si se lo debía a Caleb Hammer o simplemente a Londres y a aquel helado de noviembre y a tener una reunión importante mañana que me recordaba que mi vida tenía dirección propia.
Probablemente era una combinación de todo.
A lo mejor Caleb era parte de la combinación y no toda la ecuación.
Me dije eso con bastante convicción y casi me lo creí.
—¿En qué estás pensando? —dijo.
—En que mañana tengo que madrugar…
—Son las siete y media.
—Lo sé.
—Cena conmigo.
Lo miré.
—Caleb, no sé si…
—Hay un sitio a diez minutos. Sin reserva, sin ceremonias. Y tenemos la discusión de la serie sin terminar.
—La discusión está terminada. Tengo razón yo.
—Eso habrá que verlo.
Estaba sonriendo. Yo también, así que había poco más que discutir.
—Diez minutos —dije.
—Diez minutos. Te lo prometo.
Eché a andar en la dirección que señalaba y él caminó a mi lado sin prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo y hubiera decidido emplearlo conmigo.
Por alguna razón que no examiné demasiado, eso no me pareció mal.