CAPÍTULO 4
CALEB
El despacho de Morrison & Clarke tenía esas vistas al Támesis que cuestan una fortuna en alquiler mensual y que nadie miraba porque todos estábamos mirando los documentos sobre la mesa.
Firmé en seis sitios distintos. El abogado de Claire me indicaba cada línea con el dedo, con la eficiencia discreta de quien ha gestionado muchos finales ajenos y ha aprendido a no añadir comentarios.
Claire estaba sentada frente a mí.
Cuatro años. Dos ciudades con un océano de por medio. Una distancia que al principio llamamos circunstancial y luego dejamos de llamar de ninguna manera porque ponerle nombre hubiera implicado tomar una decisión.
Al final la decisión la tomó ella, que siempre había sido más valiente que yo para ese tipo de cosas.
Se instaló en Londres hace once meses con tres maletas y una claridad que a mí me costó otros cuatro meses alcanzar.
Mi ya ex esposa observaba mientras firmaba. No con tristeza, exactamente. Más bien esa atención cuidadosa que había admirado cuando nos conocimos y que con los años había empezado a sentir como una auditoría.
—Te veo tranquilo —dijo, cuando el abogado salió un momento.
—Sí.
—No sé si eso me alegra o me ofende.
—Puedes sentir las dos cosas perfectamente —dije.
Algo en su expresión se relajó. Claire tenía sentido del humor cuando no estábamos intentando salvarnos el uno al otro, que era la mayor parte del tiempo que habíamos pasado juntos hacia el final.
—¿Cómo fue el vuelo? —preguntó.
—Largo.
—¿Sin incidencias?
Pensé en Brooke Westlington en el asiento de al lado, en JFK a las dos de la mañana, en las patatas fritas de la máquina expendedora.
—Sin incidencias —dije.
El abogado volvió. Firmé los últimos dos folios. Claire firmó los suyos. Hubo apretones de manos, frases cordiales, la promesa de que el resto de los flecos se resolvería a través de nuestros respectivos equipos legales sin necesidad de más reuniones presenciales.
En el ascensor, cuando nos quedamos solos un momento, Claire dijo:
—Espero que seas feliz, Caleb. Lo digo sinceramente.
—Tú también.
—Lo soy —dijo, sin crueldad—. Desde hace un tiempo.
Las puertas se abrieron en el vestíbulo y cada uno salió por su lado. Sin dramas. Cuatro años de matrimonio y un divorcio que al final había sido lo más ordenado que habíamos hecho juntos.
Salí a la calle y el aire de Londres me golpeó en la cara, ese frío húmedo que no se parece al de ningún otro sitio.
Me quedé un momento en la acera sin moverme, esperando sentir algo concreto.
Ese alguno llegó. Lo que sí sentí fue una especie de ligereza vaga, como cuando terminas un proyecto que llevas meses arrastrando antes de tiempo y no sabes todavía qué hacer con el tiempo que te queda.
Eché a andar hacia el río.
El Támesis a media tarde tenía esa luz plana de los días nublados que a los londinenses les parece normal y al resto del mundo nos resulta cinematográfica. Caminé sin un destino particular, con las manos en los bolsillos, dejando que la ciudad hiciera su trabajo.
Pensé en Claire. En lo que habíamos sido al principio, que había sido bueno de verdad, y en lo que habíamos ido dejando de ser sin que ninguno tomara la decisión activa de separarnos.
Dos personas que se querían bien y se entendían mal.
Que ponían el trabajo por delante porque era más fácil que ponerse el uno al otro por delante y arriesgarse a fallar ahí también.
Debería estar más afectado. Lo sabía. Cuatro años no son poca cosa y el papel que acababa de firmar tenía un peso específico que merecía al menos un momento de reflexión, o incluso de luto.
Pero yo estaba pensando en Brooke Westlington.
Lo cual era, reconocí, una forma bastante clásica de no pensar en lo que tocaba. El cerebro buscando salida, agarrándose a lo más reciente y luminoso para no mirar de frente lo que acababa de cerrar. Lo entendía. No me fiaba del todo de ello.
Pero seguía pensando en ella.
En cómo había dicho ah cuando le conté lo del socio, como si ella adivinase que en realidad se trataba de un divircio. En cómo se había bebido aquel whisky para, según ella, anestesiarse. En la marca del reloj en su muñeca. En su preciosa cara, su melena rubia, sus curvas elegantes.
Me detuve junto a la barandilla del río y miré el agua un momento.
Me sorprendí sonriendo.
Eso sí era nuevo.
La llamé antes de pensármelo demasiado. No podía ser de otro modo. Contestó al tercer tono.
—¿Caleb?
—¿Cómo sabías que era yo?
—Bueno, me la he jugado un poco…
Se rio, y algo se asentó en mi pecho. No lo analicé.
—¿Qué haces esta tarde?
—Tenía pensado darme una ducha larga y no hacer nada hasta mañana, que es cuando tengo mi reunión.
—Cambia de planes. Reúnete conmigo.
—Vaya. Sin preámbulo ni nada.
—Estoy en el Támesis —dije—. Es un crimen estar aquí solo con esta luz.
—¿Eso es un argumento o una queja?
—Es una invitación —tomé aire antes de soltarle la pregunta—. ¿Quedamos esta tarde, entonces? Te recojo en tu hotel en una hora.
Hubo un silencio al otro lado. No el silencio de una mujer que duda, sino el de quien decide a qué velocidad va a ceder.
—Una hora es muy justo para la ducha larga.
—Hora y media.
—Mejor —dijo—. ¿Y dónde vamos?
—A pasear…
—¿A pasear?
—Por el río. Luego ya veremos.
Otro silencio. Más corto.
—¿En qué hotel estás? —pregunté.
—The Hoxton, Southwark.
—Perfecto. A las seis.
—Caleb.
—¿Sí?
—¿Qué tal ha ido lo tuyo? Lo que ibas a cerrar.
Lo pensé un momento. Por la mañana no hubiera sabido qué responder. Ahora, de pie junto al río con el frío en la cara y esa ligereza extraña todavía instalada en algún sitio, tenía algo que se parecía a una respuesta.
—Bien —dije—. Mejor de lo que esperaba.
—Me alegro.
Y lo dijo de una manera que me hizo pensar que lo decía en serio.
Colgué y me quedé un momento con el móvil en la mano, mirando el río. Un autobús rojo cruzó el puente a mi espalda. Dos turistas se hacían una foto con la catedral de Westminster de fondo. Una gaviota pasó a baja altura sobre el agua y desapareció hacia el oeste.
Londres en noviembre no era el sitio más propicio del mundo para empezar algo.
Pero yo llevaba años haciendo las cosas en los sitios más propicios del mundo y los resultados habían sido lo que habían sido.
A las seis, The Hoxton, Southwark. Hora y media.
Me alejé del río y fui a buscar un sandwich mientras decidía qué hacer con el tiempo que me quedaba hasta nuestra cita.