CAPÍTULO 3
brOOKE
Nos llamaron a las diez y cuarto para embarcar.
Llevaba tres horas dormitando en la silla de plástico con la chaqueta sobre los hombros y el cuello en una posición que iba a costarme cara el resto del día. Caleb estaba despierto cuando abrí los ojos, con el portátil abierto y un café nuevo en la mano. Me estaba observando.
—Buenos días —dije con una voz somnolienta.
—Llevas veinte minutos hablando en sueños.
—¡Anda ya!
—Te lo juro —cerró el portátil.
Me levanté, recogí el cargador, me estiré todo lo que permitía la dignidad en público, y decidí que lo de la noche anterior había sido lo que había sido: una anomalía.
Un paréntesis. Dos desconocidos varados en un aeropuerto que se habían portado bien el uno con el otro porque no había nadie más con quien portarse.
Eso era todo.
El avión estaba casi lleno desde el principio.
Subimos en silencio, cada uno con su bolsa, y cuando llegamos a la fila dos descubrimos que el error del sistema seguía sin haberse resuelto del todo, porque nuestras tarjetas de embarque nuevas decían exactamente lo mismo que las anteriores: 2A y 2A, Hammer y Westlington, sin que nadie hubiera tomado ninguna decisión al respecto.
—Otra vez —dije.
—Otra vez —confirmó él.
—Puedo pedir que me cambien el asiento.
Caleb dejó su bolsa en el compartimento superior sin prisa.
—Podrías —dijo.
Pero obviamente no pedí que me cambiaran el asiento.
Me senté en el 2B, él se sentó en el 2A, y el avión empezó a moverse despacio. Pedí agua. Caleb pidió lo mismo y luego abrió el portátil y se puso a trabajar.
Lo miré trabajar durante un momento antes de cerrar los ojos y ocuparme con mis propios pensamientos mientras por fin despegábamos.
Caleb tenía las manos de alguien que ha firmado muchos documentos importantes.
Debió de quedarse dormido al cabo de hora y media de vuelo.
No lo vi venir. Estaba respondiendo un correo, o eso parecía, y de repente el ritmo de sus dedos sobre el teclado se fue espaciando hasta parar del todo. La cabeza le fue hacia un lado, despacio, y cuando me giré a mirarlo tenía los ojos cerrados y la respiración regular.
Y la cabeza cayó poco a poco sobre mi hombro.
Me quedé completamente quieta.
No por cortesía, exactamente. O no solo por eso. Era más que el peso era inesperadamente cómodo y que moverme hubiera requerido tomar una decisión activa que no estaba segura de querer tomar todavía.
El portátil seguía abierto sobre su bandeja.
No lo busqué con la mirada, estaba ahí, y la pantalla no se había bloqueado todavía.
Una hoja de Excel con columnas y columnas de cifras que no entendí del todo pero entendí lo suficiente: había muchos ceros.
El tipo de muchos ceros que cambia la escala de cualquier conversación sobre dinero que hayas tenido en tu vida.
Aparté la vista.
La volví a posar en aquellas cifras astronómicas, porque soy humana. Una humana curiosa.
Luego la aparté de verdad y me fijé en otras cosas: el reloj, que llevaba en la muñeca izquierda y que tenía ese diseño sobrio y caro de los objetos que no necesitan explicar lo que cuestan.
La americana doblada sobre su regazo, con la etiqueta interior visible desde mi ángulo.
La leí dos veces para asegurarme de que no estaba malinterpretando nada.
No, no estaba malinterpretando nada.
Miré al techo.
El problema con los hombres como Caleb Hammer, me dije, es que existen en una categoría que en teoría no se cruza con la tuya.
Son una abstracción. Aparecen en perfiles de revista, en noticias de fusiones empresariales, en esos restaurantes donde la carta no tiene precios.
No se sientan a tu lado en primera clase por un error del sistema y no se quedan dormidos sobre tu hombro.
Y desde luego, no están solteros.
Bueno. No sabía si estaba soltero.
Pero tampoco llevaba anillo, y en las horas que llevábamos hablando no había mencionado a nadie.
Ningún “ tengo que llamar a” , ningún “ cuando llegue a casa .
Solo la empresa, el socio, el asunto pendiente de cerrar, Londres, y ese “ no lo sé todavía” que seguía dándome vueltas de una manera que no me había esperado.
Volví a mirar al techo.
Qué pregunta tan inútil, Brooke. Qué completamente irrelevante.
Se despertó veinte minutos después con un pequeño respingo, algo desorientado. Levantó la cabeza de mi hombro, parpadeó, y me miró.
—Lo siento mucho. Creo que me he dormido —dijo.
—No pasa nada.
—¿Cuánto tiempo?
—Poco —dije, que era mentira a medias pero una mentira amable.
Cerró el portátil sin mirar la pantalla y se pasó una mano por la cara. Tenía una marca pequeña en la mejilla del lado donde había apoyado la cabeza, y algo en esa marca me pareció la cosa más humana que había visto en todo el viaje.
—Ah, parece que por fin llegaremos a Londres —dijo, como si necesitara ubicarse.
—Eso parece —confirmé.
—¿Cuánto queda?
—Unas tres horas.
Asintió. Pidió un café cuando pasó la azafata y me ofreció uno a mí con un gesto, sin preguntar, y yo lo acepté con otro gesto, sin responder, y durante un momento nos entendimos perfectamente sin decir nada, lo cual era una novedad que empezaba a resultarme cómoda.
Hablamos de Londres durante un rato. De cosas sin demasiado peso: barrios preferidos, restaurantes, ese clima que la gente describe como insoportable y que a mí siempre me había parecido injustamente calumniado.
Caleb conocía la ciudad bien, había viajado bastante por trabajo y se había movido por allí por necesidad, no por turismo.
—¿Conoces Bermondsey? —pregunté.
—¿El mercado?
Asentí.
—Hay una librería pequeña al fondo que abre los sábados. Llevo años yendo cada vez que estoy allí.
—¿Qué compras?
—Lo que encuentro. Es el único tipo de compra que hago sin lista previa.
—¿Haces listas para todo lo demás?
—Para casi todo.
—¿Y funcionan?
Lo pensé un momento.
—Funcionan para las cosas que dependen de mí —dije—. Para el resto no sirven de nada.
Caleb me miró atento,como si escuchara de verdad y no solo esperando su turno para hablar.
—No —dijo—. Para el resto no sirven de nada.
Aterrizamos con veinte minutos de adelanto sobre el horario, una de esas ironías que el universo se permite cuando ya has aceptado que las cosas no van a salir como tenías previsto.
Heathrow a primera hora de la tarde tenía la energía específica de los aeropuertos grandes: todo el mundo con prisa hacia algún sitio, ningún sitio en particular esperando a nadie.
Caleb y yo recogimos los equipajes en cintas distintas y nos encontramos en la salida por casualidad o por lo que fuera, con las maletas y los abrigos y esa ligera extrañeza de verse en tierra firme después de haber compartido tanto tiempo.
—Bueno, por fin… —dije.
—Por fin —repitió él.
Pensé que ahí terminaba nuestra historia.
Dos personas que se habían portado bien el uno con el otro en circunstancias absurdas, que habían hablado más de la cuenta en una terminal vacía a las dos de la mañana, y que ahora volvían cada uno a su vida sin mayor consecuencia.
Una historia simpática para contar en alguna cena.
El desconocido del aeropuerto. El vuelo que volvió atrás y se nos hizo más largo de la cuenta.
Me ajusté el bolso al hombro y estaba buscando mentalmente la frase de despedida cuando Caleb preguntó:
—¿Cuántos días te quedas?
—Tres.
—Yo también.
Lo miré.
—Ya lo sé —dije.
Algo cruzó su expresión. Una idea repentina, tal vez. O satisfacción, que en él era difícil de distinguir.
—Deja que te lleve a esa librería —dijo—. El sábado.
Me reí.
—Técnicamente no hace falta que me lleves a ningún sitio, ¿sabes?
—Ya lo sé —sacó el móvil del bolsillo.— Tu número.
No era una pregunta. Tampoco era una orden, exactamente. Era simplemente la siguiente frase lógica de una conversación que, al parecer, ninguno de los dos había terminado todavía.
Le di el número.
Lo apuntó, guardó el móvil, cogió su maleta, y me miró una última vez con esa media sonrisa que llevaba horas aprendiendo a leer.
—Hasta pronto, Brooke Westlington.
Se fue hacia la salida sin mirar atrás.
Me quedé donde estaba unos segundos, con la maleta en la mano y la certeza incómoda de que el paréntesis, al parecer, no había terminado todavía.