Un millonario de altos vuelos CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

CALEB

Brooke Westlington tecleaba con una velocidad que no auguraba nada bueno para quien estuviera al otro lado de la pantalla. La observé de reojo sin moverme, con el vaso todavía en la mano, mientras el avión completaba ese giro largo y lento que te recoloca el estómago.

—¿Cancelando planes? —pregunté.

—Más bien reorganizándolos —dijo sin levantar la vista.

—¿Hay diferencia?

—La diferencia es más bien psicológica, pero me ayuda.

No dije nada. Miré hacia adelante y procesé la situación con la misma metodología que aplicaba a cualquier otra: hechos primero, consecuencias después, emociones al final… si quedaba tiempo.

Los hechos eran simples. El vuelo regresaba, la reunión en Londres era al día siguiente sobre mediodía, si conseguía otro vuelo por la mañana temprano llegaba a tiempo. Las consecuencias eran manejables.

Lo que no había calculado era que iba a pasar varias horas más sentado al lado de esta mujer.

No era un pensamiento desagradable. Ese era el problema.

Aterrizamos en JFK a la una y cuarto de la mañana.

El aeropuerto tenía ese ambiente raro de las horas muertas: tiendas con la persiana a medias, pasillos demasiado iluminados para la hora que era, carritos de limpieza moviéndose solos de un extremo a otro.

El personal de la aerolínea nos reunió en la terminal cuatro con la promesa de información actualizada, que llegó cuarenta minutos después en forma de una señora con un portapapeles y la noticia de que el vuelo quedaba reprogramado para las once de la mañana.

Lo calculé. Llegaba a Londres con tiempo de sobra.

A mi lado, Brooke miraba el móvil.

—¿Sigues reorganizando? —pregunté.

—Estoy calculando si tiene sentido pagar una noche de hotel o quedarme aquí.

—¿Aquí, en el aeropuerto?

—La gente lo hace. Tal vez puedo dormir en el avión, si es que conseguimos salir de aquí.

Yo sí había considerado la opción de reservar una habitación durante unas horas en el hotel que había al fondo de la terminal, pero no me moví ni un centímetro. Así de magnética era ella.

Levantó la vista del móvil y me miró con esa expresión que yo ya empezaba a reconocer: el amago de sonrisa que se cortaba justo antes de llegar a ningún sitio.

—Estás a punto de opinas sobre algo, ¿verdad? Lo noto. ¿Tienes alguna opinión sobre todo o solo sobre lo que me afecta a mí?

Solté una carcajada.

—Tengo opiniones sobre todo —dije—. Pero las que a ti respectan son las que más me entretienen ahora mismo.

Ella no respondió, pero tampoco volvió al móvil de inmediato. Ese segundo y medio de pausa lo anoté mentalmente sin saber muy bien para qué.

Acabamos en el único rincón de la terminal con enchufes que funcionaban.

Sin negociarlo, sin declararlo. Brooke colocó el cargador, yo puse el mío al lado, y los dos nos sentamos en las sillas de plástico manteniendo la distancia exacta de dos personas que no se conocen del todo pero han compartido suficiente whisky como para no fingir indiferencia.

Tenía correos pendientes. Los abrí, los miré, y no respondí ninguno.

Había uno de Daniel, mi socio, que llevaba tres días sin abrir.

El asunto decía cuando tengas un momento y sabía exactamente lo que había dentro: la última versión del reproche, más formal que las anteriores, más fría.

Daniel era meticuloso hasta para estar enfadado.

Lo cerré.

—¿Qué es lo que tienes que cerrar en Londres? —dijo Brooke de repente.

Levanté la vista.

—Creía que eso lo habíamos dejado para mañana.

Miró su reloj.

—Son las dos de la mañana. Técnicamente ya es mañana.

Consideré la pregunta. No era que no quisiera responder. Era que llevaba semanas sin encontrar la versión corta, la que no necesita contexto ni explicaciones ni ver la cara de la otra persona recomponiéndose cuando oye ciertas palabras.

—Digamos que vendí parte de mi negocio —dije, pasando por alto el motivo de peso por el que viajaba—. Voy a firmar los últimos papeles.

—¿Y eso es bueno o malo?

—Depende de a quién le preguntes.

—Te pregunto a ti.

—No lo sé. Lo cual es, probablemente, la respuesta más honesta que puedo dar.

Brooke asintió despacio, sin el comentario que esperaba. Sin el “ vaya” ni el “ cuánto lo siento” ni ninguna de las respuestas que la gente te suelta en estas situaciones. Se quedó un momento callada y luego dijo:

—¿Tenías un socio?

—Sí.

—¿Y él quería vender?

—Tenía sus motivos para tomar otro camino.

—Ah.

Solo eso. Y en ese ah había suficiente comprensión como para que tuviera que mirar hacia otro lado un segundo.

Me gustaba cómo pensaba esa chica. Cómo formulaba sus preguntas con espontaneidad.

Eso era lo que me estaba dando problemas.

No era solo que fuera guapa, aunque lo era, con ese tipo de belleza un poco descuidada de las dos de la mañana que resulta más honesta que cualquier otra cosa.

Era que procesaba las cosas de una manera que me resultaba interesante seguir.

Hacía las preguntas en el orden correcto. No rellenaba los silencios con ruido.

Llevaba demasiado tiempo rodeado de gente que rellenaba los silencios con ruido.

—¿Y tú? —dije—. ¿A qué vas realmente a Londres?

Me miró.

—Ya te lo dije. Trabajo…una reunión.

—Vale, capto la indirecta.

—Es solo que no es seguro que salga bien, así que prefiero no gafarlo…

—Brooke…

Fue la primera vez que pronuncié su nombre así, como si nos conociéramos, sin ninguna distancia. Ella lo notó. Lo vi en el momento en que reajustó la postura, apenas un centímetro.

—Tengo una reunión mañana —dijo—. Con una editorial. Llevo dos años trabajando en un proyecto y por fin hay alguien dispuesto a escucharme.

—¿Eres escritora?

—Editora. Pero el proyecto es mío. Es la primera vez que hago algo solo para mí en bastante tiempo.

Lo dijo sin darle demasiada importancia, casi de pasada, y aun así tenía peso. El tipo de frase que no se suelta a la ligera aunque suene sencilla.

—¿Y eso da miedo o ganas? —pregunté.

—Las dos cosas a la vez, que es lo más incómodo que existe.

—Sí —dije—. Conozco esa sensación.

—¿Cuándo la tuviste tú?

—Cuando fundé la empresa. Y cuando la vendí.

Brooke se levantó y se acercó a comprar un café de la máquina que tenía al lado, lo miró, y después lo dejó sobre la mesa, sin beberlo.

—¿Cuánto tiempo tardaste en saber que era la decisión correcta? Lo de vender.

—Si te soy sincero, todavía no sé si ha sido la correcta.

—¿Y eso no te desespera?

—Me desespera no saberlo y hacerlo igual —dije—. Que es distinto.

Algo en su expresión cambió. No mucho, solo una pequeña apertura, como cuando alguien escucha algo que llevaba tiempo pensando sin haberlo formulado todavía.

—¿Tienes hambre? —preguntó de repente.

—¿Perdona?

—Que si tienes hambre —señaló con la barbilla hacia el fondo de la terminal—. Hay una máquina de snacks que sigue encendida. Y llevo tres horas sin comer nada. Bueno, solo el whisky para anestesiarme durante el vuelo.

—Eso es técnicamente un grupo alimenticio.

—Un grupo alimenticio muy limitado.

Me levanté antes que ella.

—¿Qué te apetece?

—Sorpréndeme.

—Eso es mucha presión para una máquina expendedora.

—Caleb —dijo, y también fue la primera vez que usó mi nombre sin formalidades y sin distancia—. Cualquier cosa con azúcar o que venga en una bolsa está bien.

Volví con dos barritas de cereales, unas patatas fritas y dos refrescos que no había pedido nadie pero que parecían necesarios. Ninguno de los dos quería tomar más alcohol porque no teníamos ni idea del tiempo que íbamos a pasar allí.

Habíamos perdido de vista al resto del pasaje, que se habían repartido por la terminal, o bien habían tomado la sabía decisión de buscar un sitio para dormir unas horas. Brooke miró todo lo que traía, cogió las patatas, y abrió la bolsa.

—Bien —dijo.

—De nada —dije.

Nos quedamos en silencio un rato, comiendo porquerías de máquina en una terminal vacía a las dos de la mañana, y pensé que hacía mucho tiempo que no estaba en un sitio sin tener que ser nadie en concreto.

Era una sensación extraña.

No era desagradable. Ese seguía siendo el problema.

—¿En qué estás pensando? —pregunté.

—En que debería intentar dormir.

—¿Y?

—En que no voy a poder.

—No —dije—. Yo tampoco.

No añadí nada más. Ella tampoco. Pero ninguno de los dos cogió el móvil, ni buscó los auriculares, ni hizo ninguno de los gestos que significan que una conversación ha terminado.

Las once de la mañana era mucho tiempo.

Peor podía ser.