Un millonario de altos vuelos CAPÍTULO 1
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Un millonario de altos vuelos

Un millonario de altos vuelos

Por Elsa Tablac

© inepub.com

CAPÍTULO 1

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El problema era el hombre que ya estaba sentado en él.

No cualquier hombre. Era uno de esos que llevan un traje que cuesta más que un mes de alquiler en Manhattan. Tenía las piernas estiradas, los auriculares puestos, y miraba por la ventanilla sin esperar que nadie le llevara la contraria.

Me planté al lado del asiento con mi bolsa de mano y lo miré.

Él se quitó un auricular.

—Disculpa, es que este es mi sitio —dije.

Me miró de arriba a abajo sin que pareciera un repaso. Solo una evaluación rápida, casi profesional.

—Pues me temo que el mío también —dijo, y me enseñó su tarjeta de embarque.

2A. JFK-LHR. Nombre: Caleb Hammer.

La miré. Miré la mía. Las puse una al lado de la otra como si la respuesta fuera a cambiar si las comparaba el tiempo suficiente. Y no, no cambió. Éramos dos personas con el mismo asiento en un avión que, por el sonido de los motores, estaba a punto de empezar a moverse.

—Esto debe ser un error de la aerolínea —dije.

—Sí —confirmó.

—Voy a llamar a la azafata.

—Perfecto.

La azafata se llamaba Patricia y no parecía estar para muchas historias a pesar de nuestros asientos privilegiados.

Miró las dos tarjetas, frunció los labios, y dijo que el avión ya estaba en proceso de salida, que el vuelo estaba completo y que lamentaba mucho la confusión.

Que los dos podíamos quedarnos en primera clase ya que había un error del sistema , con ese tono de quien dice el sistema para no decir nosotros .

—Esperen…Parece que al final hay una plaza libre en el 2B —añadió, señalando el asiento de al lado.

Caleb Hammer y yo nos miramos.

—Yo estaba aquí primero —dije.

—Técnicamente los dos tenemos el mismo derecho —dijo él.

—Pero yo llegué antes.

—En absoluto. Usted llegó después. Yo ya estaba sentado. ¿O acaso estoy alucinando?

Patricia nos miró intentando conservar la paciencia pero estaba claro que no tenía un buen día.

Al final propuso que nos lo repartiéramos: ventana para él, pasillo para mí, y que nos comportáramos como adultos durante las ocho horas que duraría el vuelo.

Luego se fue antes de que alguno pudiera protestar.

Me senté en el 2B con toda la dignidad que me quedaba, que no era mucha.

Caleb Hammer volvió a ponerse el auricular.

Me pareció indignante y muy mal educado que aquel engreído no me cediera el asiento. ¿Dónde ha quedado la caballerosidad?

Durante la primera hora no hablamos. Yo tenía un libro que no estaba leyendo y él tenía una pantalla que tampoco estaba mirando del todo. Lo sé porque cada vez que yo cambiaba de postura él giraba la cabeza medio centímetro, mostrando una total desconcentración.

Pedí un whisky con hielo cuando pasó Patricia. Por qué no. Yo no me corto un pelo. Él levantó dos dedos sin despegar los ojos de la pantalla y ella le trajo lo mismo.

No comentamos nada.

Fue en algún punto sobre el Atlántico cuando ya me di cuenta de que llevaba veinte minutos mirando la misma página sin leer una sola línea.

El libro era de Hayden, en realidad. Mi ex.

No que el fuese el autor, quiero decir, sino de su estantería, uno de esos que había cogido prestado hace tres meses y que ya no iba a devolver porque devolvérselo implicaba verle, y verle implicaba escucharle decir otra vez que necesitaba espacio , que tenía que encontrarse , que no era el momento .

Tres años. Tres años de mi vida y lo que tengo es un thriller de misterio y un billete de avión a Londres que me cayó del cielo justo cuando más necesitaba poner tierra de por medio.

Cerré el libro. Lo metí en la bolsa. Pedí una Coca-cola para rebajar el alcohol.

—¿Malo? —dijo una voz a mi izquierda.

Miré a Caleb Hammer.

—¿Perdona?

—El libro —señaló con la barbilla hacia mi bolsa — Lo has cerrado como si te hubiera hecho algo.

—Es complicado.

—Los libros malos siempre lo son.

—No es que sea malo —dije—. Es que no puedo concentrarme ahora mismo.

Asintió como si eso fuera una respuesta suficiente y volvió a su pantalla. Duró exactamente cuarenta segundos. Se dirigió de nuevo a mí:

—¿Primera vez en Londres?

—No. ¿Por qué?

—Porque llevas hora y media sin mirar por la ventanilla. Cuando alguien no mira por la ventanilla en un vuelo transatlántico normalmente es porque está pensando en el sitio al que va o en algo que deja atrás.

Lo miré.

—¿Analizas a la gente como hobby o es algo profesional?

Algo cambió en su expresión. No una sonrisa exactamente, más bien el amago de una.

—Las dos cosas —dijo.

Se llamaba Caleb. Me lo dijo sin que yo se lo preguntara, como si fuera información útil que convenía tener sobre la mesa y que por cierto no era necesaria porque yo ya lo había leído en su tarjeta de embarque.

Yo le di el mío con la misma lógica: Brooke.

Westlington, si es que hacía falta el apellido, que probablemente no.

—¿A qué vas a Londres, Brooke Westlington?

—Trabajo.

—Muy concreto.

—¿Y tú?

—A cerrar un asunto pendiente.

—También muy concreto.

—Estamos en paz, entonces.

Había algo en él que me irritaba. Era demasiado tranquilo, demasiado seguro. Ese tipo de persona que no necesita llenar los silencios porque están bien cómodos en ellos. Yo no estaba cómoda con los silencios desde hacía semanas, así que me los encontraba a todas horas.

—¿Viajas mucho? —pregunté.

—Bastante.

—¿Y eso te gusta?

—Bueno, depende del día.

—¿Hoy, por ejemplo?

Me miró un momento antes de responder.

—Hoy no lo sé todavía.

Fuera ya era noche cerrada, ese negro plano sobre el Atlántico que no tiene profundidad ni referencia. Dentro, del avión la mayoría de la primera clase dormía o fingía hacerlo. Patricia pasó con otra ronda y esta vez no tuve que pedirlo.

—¿Siempre bebes whisky en los vuelos? —preguntó Caleb.

—No me gustan los aviones.

—¿Es para anestesiarte un poco?

—Algo así —hice girar el vaso— Para calmar un poco la ansiedad que siento.

—Ansiedad…Eso es lo peor —dijo, y lo dijo como alguien que lo conoce de primera mano, no como un comentario de cortesía.

Empecé a mirarlo de otra manera. Me pareció que tenía ganas de conversación y de que nuestro primer encontronazo ya estaba más que olvidado.

—Y…¿Vas a contarme qué asunto vas a cerrar en Londres?

—No, esta noche mejor que no.

—¿Mañana tal vez, cuando estemos llegando?

—Depende de cómo se nos dé el viaje.

Me sonrió.

¿Había oído bien? ¿Estaba coqueteando?

Antes de que pudiera responder, las luces de la cabina parpadearon una vez.

Luego el sistema de megafonía emitió ese tono que nadie quiere escuchar cuando ya llevamos un par de horas de vuelo, y la voz del comandante salió a relucir con la calma entrenada de quien ha de dar malas noticias de manera profesional:

Señoras y señores, lamentamos informarles de que debido a una incidencia técnica nos vemos en la obligación de regresar al aeropuerto JFK. Esperamos aterrizar en aproximadamente noventa minutos. Les pedimos que permanezcan en sus asientos…Pronto les ofreceremos más información.

Caleb y yo nos miramos al mismo tiempo.

—Mierda —dijo.

—Mierda —repetí.

Fuera seguía siendo noche. El avión había empezado a girar, a volver sobre su estela por encima del Atlántico. Y yo tenía un vaso en la mano, un desconocido muy atractivo a mi lado, y la certeza de que lo que fuera que estaba dejando en Nueva York iba a seguir esperándome cuando aterrizáramos.

Lo cual era, pensé, exactamente el problema.