CAPÍTULO 6
CALEB
El restaurante no era exactamente lo que había descrito como sin ceremonias , y Brooke lo supo en el momento en que el maître se acercó a recibirnos por mi nombre.
Me miró.
—Sin ceremonias —repitió.
—Y sin reserva previa —precisé—. La ceremonia es inevitable en ciertos sitios.
—Avisaste con diez minutos.
—Tengo buena relación con el jefe de sala.
—Claro que la tienes.
Pero entró a mi lado. Y cuando vio el interior, esa sala pequeña con las mesas separadas, la luz justa y las flores que no parecían decoración sino algo que hubiera crecido ahí por cuenta propia, algo en su expresión se rindió sin hacer demasiado ruido.
Nos sentamos junto a la ventana. El maître desplegó las servilletas con esa eficiencia invisible que tienen los sitios buenos, dejó las cartas, y desapareció.
—¿Cada cuánto haces esto? —dijo Brooke, mirando alrededor.
—¿El qué, exactamente?
—Llevar a alguien a un sitio así el mismo día que la conoces.
—Técnicamente te conocí antes de ayer.
—Ya, pero eso no responde a la pregunta.
La miré. Llevaba el pelo suelto, cosa que no le había visto hasta ahora, y un jersey azul marino que hacía algo interesante con el color de sus ojos. Estaba preciosa con esa naturalidad de quien no lo está intentando, que era el tipo de belleza que más me costaba ignorar.
—Nunca —dije.
—¿Nunca qué?
—Que nunca hago esto. Por si te lo sigues preguntando.
Se quedó un momento mirándome, calibrando si era verdad. Debió de concluir que sí, porque no dijo nada más y bajó los ojos a la carta.
Pedimos sin prisa. Brooke tenía opiniones sobre la carta, cosa que agradecí, porque no hay nada más tedioso que una persona que dice lo que tú quieras ante doce opciones perfectamente distintas.
Discutimos sobre si el menú de degustación valía la pena o si era mejor ir a la carta y al final llegamos a un acuerdo territorial: entrantes compartidos, platos principales propios, postre por decidir.
El sommelier sugirió un borgoña. Brooke lo probó, asintió despacio, y dijo:
—Bien. Aunque creo que estás intentando impresionarme.
—Estoy intentando que cenes bien antes de esa importante reunión de mañana.
—Eso también es impresionar.
—¿Funciona?
Dejó la copa en la mesa con cuidado.
—Pregunta con demasiada confianza para alguien que no sabe la respuesta todavía.
Me gustaba mucho. Me gustaba de una manera que llevaba la tarde intentando administrar con más éxito del que estaba teniendo.
Había pasado el día firmando el final de cuatro años de matrimonio y aquí estaba, en una mesa con velas y un excelente borgoña, pensando que hacía mucho tiempo que una conversación no me parecía el mejor sitio donde estar.
No quería pensar en lo que eso decía de los últimos cuatro años.
No pensé en ello.
Hablamos de su reunión del día siguiente. El proyecto que llevaba dos años desarrollando, una colección de narrativa europea contemporánea que quería editar ella misma, con criterio propio, sin el paraguas de la editorial donde trabajaba.
—¿Y si dicen que no? —pregunté.
—Entonces busco a otro que diga que sí.
—Así de sencillo.
—Y así de agotador —dijo—. Pero sí, así de sencillo. No tengo plan B porque el plan B siempre acaba siendo la excusa para no comprometerse del todo con el plan A.
—¿Eso lo decidiste tú sola o alguien te lo enseñó?
—Lo aprendí a base de haberme quedado demasiado tiempo en planes B que no me convencían.
Lo dijo mirando el plato, y supe que había algo más detrás que no iba a contarme esta noche. Luego me pregunté por qué estaba calculando el tiempo como si fuera un recurso escaso.
—¿En qué estás pensando? —dijo Brooke.
—En que no quiero que esto sea una cena de dos días.
Lo solté antes de que pudiera dosificarlo, y eso era raro en mí.
Brooke dejó el tenedor.
—¿Cómo dices?
—Que nos quedan dos días en Londres y luego cada uno vuelve a Nueva York y me parece un plazo ridículo para algo que acaba de empezar.
—No ha empezado nada.
—Brooke…
Me sostuvo la mirada
—Nos conocemos desde hace dos días. Ni eso, si tenemos el cuenta el cambio horario.
—Ya lo sé.
—Y me da la sensación de que los dos venimos de sitios complicados.
—Eso también lo sé.
—Entonces, ¿qué es exactamente eso de que no quieres que sea una cena de dos días?
Era una buena pregunta. No tenía una respuesta ordenada, solo la certeza de que algo en esta mujer me resultaba distinto de todo lo que había tenido cerca en mucho tiempo, y que ignorarlo porque el calendario no era conveniente me parecía la clase de error que uno lamenta después.
—Esto —dije—. La conversación. Lo que sea que estamos haciendo.
Hubo un silencio. Brooke me miró un momento, luego miró el borgoña, luego volvió a mí.
—Eso es o muy honesto o muy peligroso —dijo.
—Puede ser las dos cosas.
—Cierto.
No añadió nada más, pero tampoco cambió de tema, y decidí que eso era suficiente por ahora. Por suerte, llegó la comida y todo estaba delicioso.
El postre vino sin que lo hubiéramos pedido: una creación pequeña y perfecta que el jefe de cocina mandaba a las mesas que le parecían bien, según explicó el maître con una discreción que intentaba no parecer halago. Brooke lo miró con una expresión entre el placer y la sospecha.
—¿También tienes buena relación con el jefe de cocina?
—Digamos que hice una inversión hace tres años de la que él se benefició. Salió bien para los dos.
—Dios mío.
—¿Qué?
—Nada. —Probó el postre.— Que tu vida es bastante distinta a la mía.
—¿Eso es un problema?
Me miró con esa honestidad que me había descolocado desde el principio.
—No lo sé todavía —dijo.
Era la respuesta más justa que podría haberme dado y los dos lo sabíamos.
Salimos del restaurante a eso de las diez de la noche. El frío de Londres había bajado otro grado y Brooke se subió el cuello del abrigo. Pedí el taxi desde la puerta.
—No hace falta que me acompañes —dijo.
—Ya, pero aún así lo haré.
—El hotel está a diez minutos.
—Brooke…
—¿Qué?
—Cállate un momentito.
Se calló. Me miró. Y aproveché ese instante, porque llevaba la noche entera esperando el momento correcto y este lo era, para acercarme y besarla ahí, en la acera, con el frío y los coches y Londres haciendo su ruido de fondo.
Fue un beso breve. Una pregunta más que una declaración.
Ella no se apartó. Más bien al contrario, me estrechó un poco más contra su abrigo.
Cuando terminó se quedó un momento quieta, con los ojos todavía cerrados, y luego los abrió y me miró con esa expresión que aún no sabía leer del todo.
—El taxi —dijo.
—Está aquí.
Subimos. El trayecto hasta The Hoxton fueron exactamente ocho minutos en los que no hablamos de nada, cosa que no era incómoda sino todo lo contrario. Ese silencio que solo existe cuando dos personas están pensando en lo mismo sin necesidad de decirlo.
El taxi paró. Brooke abrió la puerta, salió, y se giró hacia mí desde la acera con las manos en los bolsillos.
—¿Subes? —dijo.
No sonó a pregunta rimbombante. Era tan solo la continuación natural de la noche, propuesta por alguien que ya ha tomado la decisión y solo está verificando que los dos van en la misma dirección.
Salí del taxi y la seguí.