Final
—Es cierto, querida, pero no es momento de confiarse, te daré un par de consejos para que no sufras mucho en tu primera noche con tu esposo —dijo la condesa para consolar a su hija, después de todo, su mentalidad no era tan sencilla después de tantos golpes que sufrió, uno para descomponerse y el otro para componerse.
—Dígamelo, madre, no quiero fallar. Ser una buena esposa es mi prioridad.
Su madre no dudaría un segundo en ayudarla, pues ella también quería que pronto tuvieran un hijo para asegurar su posición.
Debían aprovechar que tenían al marqués comiendo de su mano, aparte, este había recuperado su viejo esplendor después de recuperarse de la mala racha económica que lo persiguió por un tiempo y para la cual la dote de Felicia fue lo más importante.
Una vez que su madre y su hermana salieron de la habitación, Mary regresó. Felicia se encontraba sentada en uno de los sillones de la habitación, acariciándose el cabello para que eso le ayudara a lograr su cometido de esa noche.
—Debo continuar preparándola para la cena, su señoría.
—Está bien, pero esta noche, aparta el mejor camisón que tengo, prepara un baño con esencias, arregla mi cabello y deja listo mi perfume.
—¿Para qué tanto preparativo? ¿Será posible que crea que huele a caballo?
—No, Mary, esta noche iré a visitar a mi esposo.
La doncella se quedó en absoluto silencio antes de comprender lo que eso significaba. Era evidente que su ama quería darle herederos a su esposo. Recibió los consejos adecuados para poder hacerlo.
—Por supuesto que tendré todo listo lo que necesita una vez que lo requiera. Recuerde no comer demasiado, lo mejor es beber más —comentó Mary.
—Mi madre me dio un consejo parecido, solo comeré un poco de pechuga de pato con patatas para no sentirme indispuesta.
Cuando Mary terminó de arreglarla para la cena, ella fue a buscar a Herbert para que evitara que el marqués también comiera mucho en la cena o todo se echaría a perder.
—Te estaba esperando, Herbert —dijo la doncella acercándose a él.
—Fui a traer las prendas, su señoría, ¿qué necesitas?
—Dile al marqués que evite comer demasiado, solo no le digas que es para… tú sabes… la marquesa lo visitará esta noche.
—Visitarlo esta noche… ¡Lo visitará esta noche! —expresó al reaccionar ante lo que había dicho Mary.
—¡Shhhh! Guarda silencio o todos sabrán que estarán de parabienes esta noche. Ya sabes qué hacer, solo dale de beber para que esté un poco aturdido y desinhibido para cuando llegue el momento. Será la primera vez de mi señora, mientras que tu señor tuvo miles de veces.
—El marqués es un caballero, se preocupa por el dolor de sus amantes. No hace falta que insinúes que es un perro sin corazón.
—Ah, y báñalo, no queremos que tenga un aroma a caballo. Si pregunta por qué quieres que se bañe, dile que mi señora lo comentó y tú lo oíste. Como él no quiere desagradarla, lo aceptará.
Herbert asintió y entró a la habitación del marqués, mientras este dormía. Le gustaba dormir demasiado. En su otra vida debió ser un perezoso. Esa noche al menos era conveniente que lo hiciera para que pudiese estar más atento apenas avanzara la velada.
—Su señoría, debo prepararlo para la cena. Vi que Mary ya terminó de arreglar a la marquesa.
—Estaba durmiendo tan bien, Herbert. Esto no es una competencia de qué sirviente es más eficiente, solo quiero descansar. Cazar tres patos no fue nada fácil. Espero que lo disfruten.
—No coma demasiado, señoría. Solo picotee un poco de comida.
—Pienso comer un pato entero, ya sabes que no como cerdo. Dos patas de pato con un plato lleno de patatas hervidas con esas hortalizas cuyo nombre no sé. Qué espectáculo delicioso.
—Hágame caso, solo una pechuga magra…
—Nadie le dice qué comer a este marqués. Con suerte no te he dado una mordida. Siento que el hambre me devora.
El sirviente no podía quejarse en voz alta de su patrón por ser tan caprichoso, tampoco podía decirle que era la oportunidad por la que tanto había luchado esos días. Le diría ese problema a Mary, pues ella encontraría una forma de solucionarlo.
Al terminar de vestir al marqués, los dos salieron juntos de la habitación, mientras su amo se adelantaba, él buscó la forma de comunicar sobre el imprevisto. Mary tenía en la mano una bandeja de copas cuando la encontró.
—Mary, tenemos un problema.
—No me digas que el ave está muerta.
—No, no es eso. El marqués tiene mucha hambre y, si come demasiado, matará al ave.
—Le diré a la marquesa, ella hallará la solución.
—Mi solución buscará otra solución. ¡Esto es vivir en un quebranto perpetuo! —se quejó Herbert.
Mary dejó las copas en la mesa y fue hacia el salón para decirle sobre la preocupación del sirviente del marqués.
—Su señoría, el marqués quiere comerse un pato entero, está hambriento —susurró.
—Tendré que persuadirlo. Solo le daré una pequeña pechuga a ese conejo para engatusarlo y que haga lo que digo. Él será el mayor beneficiado si todo sale bien.
La joven se puso de pie y fue hacia donde el marqués estaba sentado, conversando con el conde.
—Querido, no cenes demasiado, tengo un obsequio para ti que te saciará más de lo que piensas —murmuró en su oído, haciendo que él perdiera el hilo de lo que hablaban y la mirara con verdadera atención.
—¿Me darás las masas con mermelada? Si es así, procuraré no comer demasiado —replicó con una voz animada, pero baja.
Ella le tocó el hombro con cariño y regresó a su lugar. Le hizo una seña a Mary para asegurarle que todo estaría bien.
Durante la cena, todo transcurrió con normalidad, los invitados disfrutaron de la buena cacería del marqués y de las otras carnes ofrecidas.
Felicia comió como si fuese un pajarillo, mientras que Edwin apenas pudo cumplir su promesa, estaba tan hambriento que le quedaba mucho espacio en el estómago.
Este solo esperaba que lo que le tenía preparado su esposa fuese de su agrado.
Al terminar la cena, cada uno fue hacia su habitación. Herbert entró detrás de su señor para cambiarle la ropa.
—Su señoría, le he preparado un baño —anunció el sirviente.
—¿Para qué? Dormiré, no es necesario estar resplandeciente para eso.
—La marquesa le traerá algo más tarde, por eso se lo digo. Le oí decir que, al acercarse usted esta noche, sintió el aroma del caballo y la pólvora.
—¿Que huelo a caballo? ¿Por qué no me lo dijiste antes? ¡Esto es horrible! Soy un marqués, por mi sangre corre la más pura de las sangres de este país y, ¿para qué? Para oler a caballo…
—Su señoría, eso se soluciona bañándose. Cuando la marquesa entre, usted quedará oliendo a pura fragancia de rosas.
—Hagamos eso. Apresúrate y también roba las flores del salón, cambia las sábanas y fundas para que nada huela mal. ¿Cómo querrá consumar el matrimonio si huelo a establo? Es cuestión de tiempo para que su madre le hable sobre este asunto y seamos marido y mujer reales.
El ayuda de cámara comenzaba a emocionarse en secreto porque esa noche los sueños de ese caballero se cumplirían. Era emocionante pensarlo.
Mientras este se bañaba, Herbert le sirvió whisky para que estuviese completamente entregado a la relajación.
—Nunca me sirves whisky cuando me baño. ¿Qué ocurre?
—Es para el aliento, su señoría.
—Oh, no, hasta los dientes los tengo podridos, ¿qué maldición es esta?
—No los tiene podridos, es solo para que sea más agradable.
El marqués tenía mil ideas en mente sobre su higiene.
Comenzaba a cuestionar todo lo que lo rodeaba y pensaba en cómo mejorar lo que estaba mal, porque mucho se encontraba en juego.
Su esposa no era una mujerzuela con la que se cruzaría por ahí, era una dama de familia noble y no podía dejar que viera sus peores cosas.
Ser buen esposo era un trabajo difícil, pero con el que estaba comenzando a familiarizarse con lentitud.
Una vez que terminó el baño y su sirviente le puso su camisón, él se sentó a esperar con un libro en la mano para que ella lo creyera más interesante de lo que era.
Se suponía que era una nueva táctica de conquista que estaba poniendo en práctica.
Después de media hora, escuchó que la puerta de comunicación se abría.
Al levantar la mirada, vio a Felicia entrando con su pelo rubio desatado y su camisón parecía más revelador que cualquier prenda escotada que hubiese visto alguna vez.
Él tiró el libro a un costado y sonrió maravillado. Después de unos segundos se percató de que no le había llevado nada para comer.
—Falta el postre, Felicia. ¿Lo olvidaste en la habitación? —preguntó con verdadera inocencia, pero esta no respondió, se acercó a Edwin y le puso una mano en el pecho.
—El postre soy yo, su señoría. ¿Acaso no soy más dulce que la mermelada?
Al oír esas palabras, Edwin sintió que perecería bajo las llamas de la lujuria. Entendía lo que ella quería decir y también unió los cabos sueltos. Comer ligero y bañarse no eran cosas que le recomendaran con frecuencia.
—Por supuesto que eres el postre más delicioso que alguien podría probar. Por fin tendré la oportunidad de deleitarme en tus labios… —declaró en marqués antes de convertirse en una fiera sedienta de deseo.
Este pegó sus labios a los de su esposa con absoluta locura.
Ella era torpe, pero le respondía a medida que adquiría experiencia.
El encanto era mutuo porque sabían que debían calentar el horno antes de meter el pan, al menos eso le había recomendado su madre a Felicia.
Los besos eran el primer paso a la gloria y luego las caricias.
Edwin apenas pudo apartarse de los labios carnosos y dulces de Felicia, pero era por una razón mucho más importante: recorrer su cuerpo con ellos.
Para eso, le arrebató el camisón para dejarla como Dios la había llevado a ese mundo.
Su piel no solo era suave, sino también deliciosa, sus senos no eran enormes, mas eran delicados y satisfactorios para sus sentidos.
Los gemidos bajo los que se perdía su esposa eran para enloquecerlo, aunque sabía que no debía perder los estribos, ella era virgen.
—Sé amable, Edwin. Quiero pasar el resto de mi vida a tu lado… —afirmó Felicia, que estaba acostada bajo el cuerpo de él.
—Y yo te querré de cualquier manera. Siendo esta mujer dulce o la sanguinaria con la que me casé. Estaremos unidos para siempre.