Capítulo 25
Después de esa primera conversación con la familia, los recién llegados fueron a descansar a las habitaciones de la residencia, mientras que Felicia y Edwin pensaban en algo más para cenar, pues tenían varios invitados.
A ella le apetecía algún ave, por lo que saldrían los dos de cacería.
Edwin se encargaría de cazar, mientras que la joven solo estaría observando la inmensidad del paisaje cerca del brazo de un arroyo en donde se juntaba mucha de la fauna local.
Los dos cogieron un caballo y fueron hacia allí para poder comenzar la cacería. Ambos disfrutaban el tiempo juntos, lo que les permitía afianzar su relación más allá del aspecto físico de cada uno que los cautivó.
—¿No te asusta andar a caballo después de lo que te ocurrió? —preguntó el marqués al ver a su esposa montando como una amazona.
—No, fue un accidente desafortunado. La señora Winfred dice que me acordé de mi esposo, que casi nunca aparecía, y eso hizo que no fuese bueno salir a montar, al menos ese día.
—Es cierto que no fui amable, pero te mostraré tus propias cartas para que puedas ver que no estaba equivocado al defenderme. Tú ya leíste las que viste en tu habitación, pero aún no le has echado un vistazo a las mías. No había forma de salvarte del infierno.
—El infierno no será nada si estaré ahí con mi esposo. Tus respuestas no eran dignas de dar la otra mejilla.
—Es cierto, no puedo alegar desconocimiento, pero todo eso quedó atrás. Literalmente, olvidado por ti y convenientemente por mí. La vida parece tener soluciones para todo.
—Es probable que así sea…
A lo lejos, los dos notaron que una persona se acercaba en un caballo.
—¿Quién osa entrar en mi propiedad? Si fuesen mis arrendatarios, estarían en carretas o traerían cosas en el caballo —masculló Edwin a la figura que se acercaba hacia ellos.
—No lo sé y si lo conocí, no tengo idea —alegó Felicia con curiosidad.
Esa persona se acercaba aún más hacia donde ellos iban, por lo que Edwin tuvo un mal presentimiento y le hizo una seña a su esposa para que cogieran otro camino. Pese a no ser bueno esconderse en sus propias tierras, no quería exponer a Felicia ante alguien que pudiese hacerle daño.
Cabalgaron por el otro camino hasta llegar al arroyo, en donde dejaron los caballos bajo un imponente árbol.
—¿Crees que esa persona se fue? —curioseó Felicia mirando alrededor.
—No lo sé, pero es mejor evitar cualquier inconveniente, no lo conocemos.
—Tienes un arma, con un disparo lo solucionas.
—La otra Felicia no se ha ido de ti por completo. Esa sería una idea digna de ella. Eres violenta por naturaleza, no porque perdieras la memoria.
—Es fácil decidir vivir o morir. No soy tan tonta. Quizá en el pasado fui un poco tosca, pero en cuestión de supervivencia importa más la vida de uno mismo que la de otros.
—Quizá tengas razón…
Mientras los dos se escondían entre los arbustos entre risitas para esperar una presa, la figura sobre el caballo los encontró.
—Su señoría, ¿por qué se esconde de mí? Le traje libros y unas frutas para contribuir a su educación —dijo la voz de un caballero de unos veinticinco o treinta años.
—¿A quién de nosotros busca? —indagó la marquesa.
—A mí no será. Presumo que este es tu amante por el que me ibas a dejar.
—¡Qué tonterías! Sería incapaz de algo así. No lo conozco.
—Porque te golpeaste la cabeza. Lo más probable es que esta zona fuera el nido de su idilio.
—No es cierto, puedo jurarlo. Sería incapaz de tal cosa. Sé que los libros que leía eran filosóficos y otras novelas aburridas, pero juro que no tengo, tuve, ni tendré intenciones con otros caballeros teniendo un esposo tan maravilloso.
—Esa labia que tienes hace que haga la vista gorda. Deja que me encargue —habló el marqués, que llevó su pistola con él.
Cuando el maestro vio al marqués, retrocedió.
—¿Quién es usted y qué hace en mi propiedad? ¿Quién lo autorizó a entrar?
—¿Es usted el marqués? Soy amigo personal de la marquesa.
—¿Amigo personal? En mi ausencia quiso hacerse su amigo personal. Pues ahora ella no está interesada. Recuperó el buen juicio y se dio cuenta de la inapropiada relación que tenían. Antes de que mi arma reaccione sola, es mejor que se vaya y no regrese.
—Su señoría, me malinterpreta. Nunca he tenido malas intenciones con la marquesa, solo conversábamos de libros. Tenemos una amiga en común —respondió desesperado.
—¿También quiere hacerle favores en la ausencia del esposo? Dígame cómo se llama esa amiga para avisarle al caballero sobre las actividades de un hombre de calzón ligero cerca de su amada.
—¡Por el amor de Dios! Cuánta falacia puede salir de la boca de un noble.
No es cierto, su señoría. Mi intención nunca fue aprovecharme de ella, sino que donara para una escuela.
Debo hacer contactos sociales para ellos.
Los arrendatarios de su propiedad tienen hijos, pero les faltan oportunidades y es eso lo que he querido hacer.
Lamento que se llevara mal con su esposa, pero no quiero robársela.
—Es que no puede, pero bien que quiso. Ella es preciosa, es imposible que no tuviese alguna mala idea pasándole por su cerebro de erudito.
No soy tan inteligente como un preceptor o alguien más instruido, soy tosco y no me gustan los rodeos.
Si vuelve a buscar a mi esposa, lo mataré y, si en realidad le interesa hacer una escuela para los niños de este condado, quiero ver su proyecto y quiénes son los otros nobles que lo respaldan.
—Así será, su señoría.
—Si es verdad lo que dice, colaboraré con usted de buena gana, pero mi esposa no lo atenderá, porque ya no es su amiga y no porque no quiera, es porque recuperó la memoria real que debería tener y también la vergüenza, supongo que esto último es lo más importante.
La joven oyó con atención a su esposo, este no estaba contento con cómo se habían dado las cosas con aquel maestro.
Ellos dos no tenían nada que ver, dijeron la señora Winfred y también Mary, lo que significaba que, pese a todo, su buen juicio no se había perdido.
Esperaba algún día poder recordar sus dos partes de la vida y unirlas para no parecer alguien fragmentado que depende de la memoria de otros y de sus opiniones formadas.
Comenzaba a vivir de nuevo y no era fácil, porque esperaba que en cualquier momento saltara un error suyo del pasado que no recordaba.
Para su buena fortuna, Edwin parecía paciente y amoroso.
Se asemejaba a lo que fue con ella, pero Felicia tampoco era la misma de antes.
Con el cambio de los dos, podía comenzar a ver la verdadera naturaleza de ambos.
—Disculpen las molestias, dele mis saludos a la marquesa. Fue un honor haber conversado de libros con ella.
—Retírese antes de que este inculto cambie de opinión y le haga comer plomo.
—¡Por supuesto, por supuesto!
El maestro huyó despavorido, mientras el marqués expulsaba el aire de sus pulmones a través de la nariz como si fuese un toro. Una vez que ese hombre se marchó, fue hacia donde su esposa estaba agazapada escuchando.
—Qué gallardo te veías, esposo —lo felicitó.
—Cualquiera con un arma se siente gallardo. Casi le hice un agujero entre las cejas. Si decía una palabra más, no estaría en este mundo. Respira porque he sido generoso.
—Lo sé, eres el más generoso del mundo. No quisiera que tuviese problemas con la justicia por su culpa.
—Si hubiera querido matarlo, este arroyo sería su sepultura.
—Bien, debemos cazar. Es probable que tardemos un poco, las aves debieron volar lejos al verte.
Los dos esperaron una hora hasta ver una bandada de patos salvajes. Sabían que uno no sería suficiente, por eso debían ser cuidadosos al cazarlos.
Ellos regresaron un poco exhaustos después de la hora del té, entregaron la caza y cada uno fue a su habitación a descansar y luego prepararse para la cena.
Mientras que Felicia le contaba sobre la cacería a su doncella, unos golpes en la puerta las interrumpieron. Mary fue a abrir y dejó entrar a la condesa y a Charlotte.
—Me retiro, su señoría, regresaré más tarde —se despidió la doncella.
—¿Descansaron bien? —curioseó Felicia al verlas.
—Sí, pero queríamos hablar contigo de algo —dijo su madre sentándose a su lado.
—¿De qué quieren hablar?
—De lo que tú quieras… —insinuó su hermana con una mirada sugerente.
—¿De lo que yo quiera? Pero son ustedes las que están aquí para conversar… ¡Aunque! —musitó con emoción—. Necesito ayuda. Necesito saber cómo se hacen los herederos. Mi esposo ya me ha pedido uno y, como él no quiere explicarlo, espero que ustedes me lo digan.
—Hacerlos es lo más placentero —comentó Charlotte, emocionada.
—¿Es verdad?
—Sí, el problema es parirlos, Felicia, pero ese es otro asunto. Quisiera preguntar por qué no han consumado el matrimonio hasta hoy… —indagó la condesa.
—Porque me han contado que después de un mes de casados, él se fue por nuestro desinterés mutuo. Entonces no hemos podido.
—Ah, entiendo. Será tu primera vez… —habló su madre rascándose la nuca para decirle que eso le dolería.
—¡Te dolerá horrible, Felicia! —expresó su hermana antes de que hablara su madre. Esta la reprendió con la mirada y le dio un golpe en el brazo.
—No digas tonterías, Charlotte. Asustarás a tu hermana y nunca nos dará otro miembro a la familia.
No le hagas caso a ella, quizá lord Bristol fue demasiado brusco la primera vez.
En ocasiones, los varones se emocionan por estar a solas con una dama, aunque no puedo mentirte, es un poco molesto, pero puede solucionarse diciéndole que no sea brusco —pronunció la dama al ver que el rostro de emoción de Felicia se desvanecía. Parecía asustada.
—Entonces me dolerá y sufriré como un cerdo en el matadero.
—¡Ay, no! En estos momentos extraño a la vieja Felicia, ella no hubiese dicho eso, ya estaría buscando la forma de sobrevivir —se quejó Charlotte.
—Sobrevivir… No podré sobrevivir si mi esposo me deja por no darle un heredero, o peor aún, trae al hijo de su amante a hacerlo pasar por mío solo con la intención de que su heredero sea legal.
—Esa idea no te parecía tan mala un año atrás, la dijiste muchas veces —masculló su hermana.
—Ya me lo dijeron. No necesito que me recuerden todos mis defectos pasados, ya soy otra persona. Quiero enmendar mis errores y la única forma que encuentro es siendo una buena esposa. Las buenas esposas dan hijos a sus esposos.
—Él tampoco es un santo. Se fue y te dejó aquí para que tuvieras un romance de fantasía con un maestro —le reprochó su madre.
—No tuve ningún romance con él. La misma servidumbre que le contó puede corroborarlo. Son más fieles al marqués que a mí, no le ocultarían nada.
—Es cierto, pero sí tuviste agallas para accidentarte el día en que ibas a encontrarte a solas con él. Dios te salvó de alguna cosa mala que podría ocurrirte —sopesó su hermana.
—Puede que tengas razón, pero eso no soluciona el problema de que necesito consumar este matrimonio. Sé que es peligroso no hacerlo. Él podría anularlo y, si eso pasa, nadie más querrá casarse conmigo.
—Desde un principio nadie quiso, solo lo conseguimos porque su tía estaba más desesperada por salvarle la vida que otra cosa, aunque ahora que dejas que la gente vea tu rostro, te lloverán los pretendientes —alegó su madre.
—No me interesan otros, sino este. Además, dudo que consiga otro marqués joven y atractivo.
No puedo pensar en perder esta suerte. Su desgracia fue mi suerte.
Que se olvidara de mí en este lugar, lejos de ser una maldición, fue una bendición, pues solo así pude cometer los errores que me llevaron a ser lo que soy hoy.