Un marqués olvidadizo (Los solteros 2) Capítulo 24
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Capítulo 24

Al pasar los días, Edwin estudió todas sus notas pasadas y pudo ponerse al día con las nociones básicas de un caballero. Estaba listo para cambiar su vida y su perspectiva. Cada vez se llevaba mejor con su esposa y no tenía intenciones de regresar a su chalet y tampoco ir a Londres.

Sus suegros debían estar por llegar, para ellos sería una sorpresa ver a su hija en esas condiciones, pues vivieron tantos años junto al demonio. Estarían contentos al recuperar a su hija, esa que siempre habían esperado que regresara a ellos y que nunca volvió.

Él podía decir que estaba viviendo los momentos más felices de su vida junto a Felicia.

Ella no conocía de negativas hacia su esposo.

Buscaba la manera de consentirlo, era como si estuviese viviendo en una burbuja.

Muchas veces le pidió a Herbert que lo despertara para saber si seguía en el mundo de los vivos, porque no podía creer su buena fortuna.

Llegó a pensar que en esos momentos en los que se quedó dormido dentro del carruaje, este cayó por algún acantilado.

No podía creer que pudiese sentirse tan pleno.

—Su señoría, el capataz avisa que dos carruajes se acercan —anunció Herbert, que se aproximó a él, que estaba en el regazo de Felicia comiendo unas uvas.

—Deben ser mis suegros. Preparen todo para recibirlos, debemos dejar la mejor impresión posible —dijo con la boca llena.

—Esposo, iré a cambiarme por un vestido más adecuado para recibirlos.

Esos que me compraste son muy bonitos, aunque un poco escotados —alegó la joven que comenzaba a descubrir las intenciones de Edwin, este siempre se colocaba cerca de su escote.

Según lo que había leído en los libros, esa podría ser una interpretación sentimental.

Él expresaba sus sentimientos con la cercanía, halagando su figura y temperamento divertido, aunque sin sobrepasarse.

—No, estás bien así. Te ves preciosa con cualquier harapo. Le pedí a Mary que guardara uno de tus vestidos feos y un velo para cuando busquemos al heredero…

—¿Para qué querrías conservarlos?

—Fetiche. Contigo puedo ser yo mismo. Soy un poco zarpado, pero al menos lo soy con quien debo.

—Mejor debemos mantener una distancia prudente entre nosotros hasta que converse con mi madre sobre lo que los esposos deben hacer.

—Sobre un beso no deberíamos conversar, solo atrevernos.

—Dijiste que todo debía conversarlo con mi madre. Deberías cumplir.

—Pero no el beso, es sobre los herederos, con un beso no se hace un heredero, para eso hace falta más…

—¿Más qué?

—Que venga mi suegra. Soporté unos días, no sería mucho uno más, ¿o sí? Todavía no siento que perdí el juicio. Puedo tolerarlo un día más… por ti…

Mary escondió su sonrisa al oír al marqués casi suplicante.

Ella era la artífice de que la marquesa no lo besara, porque de ser por aquella, estaría en sus brazos cada día.

Aquel la buscaba todo el tiempo, no había nadie más intenso que ese caballero enamorado.

Cada vez que Felicia se comportaba como una verdadera dama, él parecía trepar por ramas o las paredes, de acuerdo con el lugar en el que se encontraban.

Felicia era un poco malvada, puesto que Mary le aseguró que, negándole un beso al marqués, este estaría mucho más interesado en ella y no se iría detrás de las solteronas del pueblo, pues el día que fueron a comprar vestidos, muchas mujeres no habían dejado de hacer movimientos coquetos con sus abanicos para llamar la atención de este, pero con lo que había leído en los libros, pudo contrarrestar el efecto. Nadie le robaría su esposo.

La familia llegó con una gran comitiva, no solo lo acompañaba su esposa y su hijo menor, sino también su hermana y lord Bristol y la tía abuela de Edwin.

—Han llegado —comunicó Herbert para que los dueños de la casa salieran a recibirlos.

La marquesa estaba emocionada, salió corriendo hacia la puerta de la entrada, pero se sorprendió al ver tan viejos a sus padres y bastante crecida a su hermana Charlotte.

El niño que estaba con ellos la miraba con el ceño fruncido, al igual que el hombre que los acompañaba, que debía tener la edad de su esposo.

Tanto la joven como su familia entera estaban asombrados.

—¿Felicia? —preguntó su madre, dubitativa.

—¿Madre? Está un poco vieja y usted también, padre. ¿Quiénes son ellos? —indagó la joven señalando a su cuñado y su hermano menor.

—¿Qué te ha pasado? ¿Por qué no recuerdas a tu cuñado y tu hermano menor? Solo ha pasado un año desde que nos vimos la última vez, no hacía falta de los despreciaras. No quisiste ir a la boda de Charlotte meses atrás y ahora nos preguntas estas incoherencias… —masculló su padre, molesto.

—Disculpen que me meta, pero Felicia tuvo un accidente hace una semana y perdió la memoria, o más bien la recuperó.

Recuerdo que ustedes dijeron que ella tuvo un accidente de niña y que después de eso no recordaba nada.

Ahora no recuerda los últimos nueve años.

Les pido que tengan paciencia con ella —interrumpió el marqués.

—Edwin, no te metas en estos asuntos. Tú tienes parte de la culpa de que a tu esposa se le fuera la memoria. Me alegro de que no la encontraras muerta como era tu deseo —gruñó su tía.

—¡Tía! —exclamó ruborizado al recordar lo que había dicho antes.

—Seguro que estás fingiendo quererla porque tus suegros están aquí. Ni siquiera deberías intentar congraciarte con ellos, saben que eres un caso perdido.

Edwin se tapó el rostro avergonzado por lo que decían sobre él. Esto era más de lo que su vergüenza podría soportar.

—Lo que dice milady es cierto. Este marqués quizá le lavó el cerebro para que finja demencia. Todos te conocemos, Felicia —aclaró su madre.

—No estoy fingiendo. Recuerdo que fui hacia un árbol y después me golpeé la cabeza, desde ahí nada es claro. No sabía que estaba casada, mucho menos que tenía un hermano menor, que era lo que tanto querían para su heredero, y un cuñado.

—Oigan, es como ella dice. No le hablé del cuñado ni del heredero porque apenas nos estamos conociendo realmente.

Es un poco incómodo ventilar nuestra privacidad, pero sé que tengo algo de culpa.

No quería cargar con tanta información a alguien que tuvo un accidente reciente y más sabiendo que pierde la memoria con cada golpe que se da —justificó el marqués con presteza.

—Debemos calmarnos, ¿cómo sabremos que es cierto lo que dice si no lo conversamos entre todos? —cuestionó el conde.

—Pasen para que hablemos —pidió Felicia enseñándoles la entrada para que pasaran.

Entraron casi todos, menos la tía de Edwin, esta se quedó fuera a conversar con la señora Winfred.

—Señora Winfred, ¿qué está pasando aquí? Es cierto que Felicia se accidentó, pero no puede ser que perdiera la memoria.

—Milady, así es. Ella despertó después de un día. Llamó a sus padres y a su hermana. Ni siquiera recordaba que estaba en casa.

—Eso es muy fácil; si mi sobrino desapareció hace mucho, cualquiera lo olvidaría.

—No es eso, milady. Cuando le contamos todo, se entusiasmó por conocerlo y ya ve que no usa ese velo ridículo. La ropa también hizo que la tiráramos completa. No se han guardado palabras de desprecio para esas horribles prendas que vestía.

—Mmm… Entonces es posible que cambiara, por eso Edwin se ve tan diferente, pegado como una costra a su esposa.

—Él quiere hacer un heredero. Desde que vio a la marquesa sin el velo, no se ha separado un solo día. Es peor que el pegamento.

—La belleza es algo que lo complace notablemente, espero que ese no sea su único objetivo de vida, porque en algún momento la perderá y será parecida a mí, una uva pasa, pero dulce.

—No, milady, a él le encanta que su esposa sea atenta y comprensiva. Ella sabe engatusar al marqués, en cualquier instante volverá a estar en la ruina si sigue así. Debería conversar con él para decirle que no debe buscar tanto a ese heredero.

—Boberías. Ese bebé que ni está en camino es lo más importante. Ahora que he llegado, me encargaré de que en nueve meses esté aquí. Después de eso, debe hacer el segundo y, una vez acabado con su objetivo de vida, intervendré para que no parezca una babosa.

La mujer entró a la residencia y encontró a todos sentados con caras de circunstancia.

—¿Se pondrán a hablar o no? Si no lo hacen, lo haré yo.

Tuve una breve conversación con la señora Winfred, el ama de llaves.

Ella afirma que Felicia ha perdido la memoria después de despertar un día después de su golpe.

Espero que con esto quede claro que ella no está mintiendo —habló la tía de Edwin.

—Desperté y no los encontré, pensé que todavía tenía ocho años hasta que vi que no es así. La señorita Hansen ya debe estar en otra casa, ¿verdad?

—Aún recuerdas a la señorita que ignoraste durante demasiado tiempo, hija… A ti no pudo educarte después de eso —comentó su madre.

—En verdad no sé qué pasó. Solo sé lo que me dijeron. Era una persona despreciable y desconfiada.

—Feli, ¿no te acuerdas de mí? Eso me pone triste. Querías que te mantuviera de vieja —musitó su hermano menor.

—No me acuerdo de ti, no sé quién eres, pero entiendo que eres mi hermano y ya por eso te quiero sin conocerte.

—Yo soy tu cuñado, lord Bristol. Por fin nos conocemos con mayor gracia, no has querido conocerme antes. Decías que era demasiado jovial para pertenecer al mundo y que no te agradaba.

—Lamento esas palabras tan feas, lo siento. Espero que desde ahora nos llevemos bien. A mí me gusta mucho cabalgar, comer, bailar, cantar y hablar. Mi esposo dice que soy especial —dijo con suficiencia mirando a Edwin.

—Todos sabemos lo especial que es tu esposo —la reprendió Charlotte—. He pasado años queriendo que fueras mi compañera de juegos como antes, pero eras muy mala.

—¡Lo siento, Charlotte! No sabía lo que hacía. Espero que alguna vez puedan perdonarme… —sollozó. Cubrió su rostro con ambas manos para llorar sin que la vieran. Era como una niña que se quebraba ante cualquier reproche.

Su padre se acercó a ella y le puso una mano en el hombro.

—Felicia… —suspiró—. Al menos ahora nos recuerdas, eso ya es consuelo para estos viejos huesos.

—En verdad lo lamento. Espero recuperar mis recuerdos para disculparme mejor con ustedes.

Con mi esposo ya hemos decidido que este camino lo recorreremos juntos.

No piensen que solo ustedes han tenido que soportar mis delirios; él también los ha probado de sobra.

Tampoco crean que se limitó a ignorarme: no soy una víctima, al menos no según lo que sé.

En su historia, soy más bien la villana.

Aun así, seguiremos adelante y convertiremos esto en algo real.

—Eso esperamos, la idea de que otra tenga al hijo y tú le des el nombre es una tontería —la reprendió Charlotte.

—¿Pensaste eso, Felicia? —la cuestionó Edwin.

—Puedo jurar que tú también lo pensaste, marqués. No me digas que no es cierto, porque en los días que llevo conociéndote, sé que eres capaz de muchas cosas.

Edwin abrió la boca para defenderse, pero como era un gran pecador, era mejor mantenerse callado. El pez caía por la boca. Su situación era complicada; mas, al decir algo adicional, podría complicarse mucho más.

—No me sorprende. Por no ver tu rostro, ya venía a colocarte los clavos en el ataúd, si eso no fuera poco, también cogió la pala. Conozco a mi sobrino, sus ideas suelen ser malas en la mayoría de los casos.

—Tía… Tía… Me avergüenza. No fue suficiente con la humillación al pagar la deuda y después que me prestara el mismo dinero de la dote que consiguió al chantajear a quien me chantajeaba a mí.

Es malvada, muy malvada. No debería existir alguien de su edad con tan malos sentimientos hacia su propia sangre —se quejó como un niño.