Un marqués olvidadizo (Los solteros 2) Capítulo 23
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Capítulo 23

El marqués se sobaba las manos como si fuese una mosca junto al festín.

No podía dejar de observar a Felicia. Si ella no se hubiese ocultado durante tanto tiempo, no habría terminado abandonada como le ocurrió.

La verdad es que no creyó en lo que le decían los demás sobre la belleza de la joven, pensaba que solo querían encajarle un problema.

Ciertamente, ella representaba un pequeño inconveniente de carácter, pues cuando la conoció, podía comparar su amabilidad con la de un animal salvaje.

Después de todo lo vivido, creía que la pérdida de memoria de ella era una desgracia con suerte.

En verdad creyó que su suerte había desaparecido y que nunca tendría la oportunidad de estar con alguien que le agradara, pero su sorpresa fue muy grande.

Él estaba casado con la mujer que, ese mismo día, le arrebató el corazón.

Creyó estar casado con una piedra sin valor, mas estaba equivocado, tenía una mina de oro que había desperdiciado por un año.

No perdería tiempo para recuperar los buenos momentos que pudieron haber vivido sin los inconvenientes que ellos mismos crearon.

—Me mira demasiado, esposo. Espero que no siga pensando que soy una víbora —dijo Felicia acomodando unas flores en el jarrón del salón, mientras Edwin la apreciaba desde uno de los sillones.

—¿Quién dijo que ser una víbora era algo malo? Si lo dijo la señora Winfred o Mary, puede despedirlas. ¿Sabe que los reptiles son hermosos? Parecen fríos, pero tienen su encanto…

—Vaya forma de ser un arrastrado. No sabía que el marqués podía mover la cola mejor que un perro y solo por una mujer —murmuró Herbert para sí, ya que no dejaba de sorprenderse por los cambios de humor del marqués. Este había olvidado que fue a matarla

—Ay, Herbert. ¿Suele comportarse así? Esta situación es humillante —replicó casi en un susurro la señora Winfred hacia Herbert.

—No, su señoría es incapaz… más bien, era incapaz de este tipo de comportamientos, no rogaba ni si fuese la única manera de sobrevivir, pero desde que llegamos y vio a la marquesa a la vera del camino, se perdió por completo.

De hecho, creía que podía convertirla en la madre de sus hijos.

La excusa de que probablemente lo engañaban era perfecta para quedarse viudo y poder cortejar a su propia esposa sin saberlo.

—Eso significa que están destinados a estar juntos. Usted tenía razón, señora Winfred, esta es una nueva oportunidad para que puedan ser una pareja de verdad —afirmó Mary susurrando cerca de ellos dos.

—No quiero despedirlas, ellas me han ayudado mucho a comprender mis errores. En verdad le pido disculpas por mi comportamiento anterior. No sé qué me pasó para comportarme así. Espero que mis padres puedan responder mis dudas —alegó la joven continuando su conversación con el marqués.

—No se preocupe, ya les escribí a sus padres para que vengan a verla. Sería bueno no solo que respondieran sus preguntas, sino también las mías, durante este tiempo en que nos conocimos, en verdad no hemos podido saber mucho el uno del otro, salvo por lo que usted pedía.

Felicia se sonrojó al recordar sus peticiones. Las sirvientas ya le habían comentado todo lo que pidió. Ella, la causante del quiebre y la distancia en ese matrimonio.

—Lamento haber pedido esta casa, pero ahora que ha decidido vivir aquí como esposos, considero que es tiempo de empezar de nuevo.

—Esa es la idea, además, ya ha cumplido dieciocho años.

Mi tía abuela está ansiosa por conocer a mis futuros herederos.

A la pobre no le queda mucho tiempo, por eso sería bueno empezar cuanto antes…

—habló el marqués, que se puso de pie para rodear a su esposa como si fuese una serpiente, susurrándole cosas al oído.

El ayuda de cámara del marqués se tapó el rostro.

Lo que oía ya sobrepasaba su comprensión.

Era vergonzoso y calamitoso. Nunca le importó lo que su tía pensara, pero justo ese día estaba preocupado no solo por la salud de la mujer, sino también por tener herederos.

La calentura era capaz de obrar verdaderos milagros.

—¿Herederos? Sí, es cierto. La señorita Hansen decía que esa era la obligación de toda dama casada. Está bien, lo haremos pronto. ¿Cómo se hacen los herederos?

Edwin abrió los ojos con sorpresa y después dirigió una mirada aterrada hacia la señora Winfred para que esta le diera la mano, pero el ama de llaves negó no solo con la cabeza, sino también con ambas manos, por este motivo solo le quedaba acudir a su suegra.

Esperaba que llegaran pronto para poder consumar ese matrimonio lo más pronto posible, aunque primero debía encargarse del maestro que quiso meterse bajo la falda de su esposa con alguna excusa absurda.

Debió meterle ideas extrañas para que tuviese que caer de esa manera y considerarlo un amigo.

—Lo mejor es que su madre le diga qué hacer. Yo soy un caballero, no quisiera asustarla con mi rudeza. Soy un poco rústico, los hombres no damos esos consejos.

—Es cierto. ¿Por qué no me cuenta sobre su preceptor? ¿Cómo era con usted?

—Ah, el señor Stevans era un demonio controlado por mi tía, estaba empecinado con que aprendiera las artes de un caballero, sé algunas cosas, pero admito que soy mejor escogiendo gallos para pelear.

—¿Es un deporte masculino?

—Podría decirse que sí… —Edwin se sentía más miserable que antes, lo que creía una fortuna comenzaba a ser un espejo de sus defectos.

Felicia se esforzaba en ser la dama y esposa perfecta, mientras que él solo era un vividor que apenas defendía sus propios negocios.

Era un verdadero tonto. Eso le hacía entender que el maestro, con toda su cultura, era una competencia terrible para su persona, y más si era cercano a Felicia.

O se ponía a estudiar de nuevo o solo le quedaba perder la admiración de su esposa amnésica—.

Querida, me encerraré en la biblioteca un par de horas, saldré para tomar el té con usted, ¿está de acuerdo?

—propuso Edwin, que quería escapar ante cualquier pregunta que la joven tuviese sobre los hábitos masculinos.

Si solo sabía que era un libertino, eso no sería bueno para conservarla a su lado.

—Por supuesto. Le diré a la señora Winfred que prepare una mermelada exquisita que me enseñaron a preparar en la casa de mis padres cuando era pequeña.

Espero que le gusten los dulces. La señora Winfred me contó que no le gusta la carne de cerdo, por eso no la tendremos en casa.

No incomodaré a mi esposo con malos hábitos.

La joven quería ganarse el favor de su esposo; desconocía demasiados detalles y confiaba en que, si era amable, obtendría algún beneficio. Solo esperaba que su nivel de cortesía fuese el adecuado.

—Lo que usted le indique a la señora Winfred será de mi agrado. Obligue al ama de llaves a hacerlo a la perfección o perderá una mano.

La señora Winfred no podía dejar de sorprenderse por las locuras del marqués. Cortarle la mano ya era el límite. Antes aquel la admiraba por sus deliciosas comidas, pero en ese instante estaba siendo un tirano con tal de agradarle a la joven.

—Por supuesto que sí, esposo.

—Me voy a la biblioteca. Herbert, ven conmigo.

Necesito de ti para algo importante —dijo el marqués haciendo una reverencia hacia Felicia para retirarse.

Ella le respondió con una venia elegante.

Dejándola más encantado que antes. Si no fuese porque la voz era la misma, aunque con el tono cambiado, no hubiese creído que esa mujer fuera su esposa.

Al llegar a la biblioteca, se encerró con Herbert y comenzó a zarandearlo.

—¡Qué haré! ¡Qué haré! No recuerdo nada de cuando me daba clases el preceptor. Si me ponen una cornamenta gigante, será mi culpa. Soy un ignorante… —masculló.

—Su señoría, por favor, no me agite tanto, no le gustará el resultado. Déjeme pensar en algo. Aquí definitivamente tiene libros de esa época, pero ¿por qué le importa tanto?

—¿No te das cuenta del esfuerzo que hace para congraciarse conmigo?

Pensé que era tonto, pero tú lo eres más para no fijarte.

No puedo ser menos que mi esposa. Ella fue educada para ser la dueña de una casa y se supone que soy el proveedor de esa morada que administra, pero ni siquiera recuerdo cuál es mi lugar en este mundo.

Soy un desafortunado. Con una mala esposa fui malo y con una buena sigo igual.

El problema nunca fue ella, siempre fui yo.

—Exagera, su señoría. Lo único que quiere es agradarle a la joven, pero es evidente que ella ya está encantada con lo poco que sabe de usted.

—Es un engaño, todo es mentira. No quiero que crea que sirvo para ser un libertino.

—Le aseguro que su esposa no piensa así.

—No importa, no puedo justificar mi ignorancia con eso.

No pude responder si las peleas de gallos eran un deporte o una manera de perder dinero.

Esa ya debería considerarse mi caída al inframundo.

No quiero ser como un perro sin dueño. Busca la escalera y encuentra el libro, debe estar demasiado lejos para que yo lo alcance.

Mientras tú buscas, yo pienso, considero y reconsidero la situación.

Ese maestro debe desaparecer de todas las maneras posibles.

—Su señoría, no se meta en crímenes. Si su esposa lo ama, lo amará con el maestro zumbando en su oído.

—No quiero que ningún estúpido esté volando cerca, conmigo es más que suficiente para que esté atendida. Haz lo que te dije, no pierdas tiempo, a lo mucho nos queda dos horas para que pueda recordar la mínima cortesía.

—Todo yo, siempre lo termina en mí. Algún día renunciaré y tendré un señor normal. Tanto para que termine mangoneado.

—No creas que no te estoy escuchando. Te quejas como una abuela y ladras como un perro para morder a su dueño. Apúrate para que te perdone.

Pese a pedirle a su sirviente que buscara, Edwin no se puso a holgazanear, sino que también se unió a la búsqueda para poder ganar tiempo.

Recordaba que esos libros eran tan gruesos que por eso los odiaba.

Debió hacerle caso a su preceptor, si lo hubiera hecho, no estaría en este aprieto de sentirse menos que una mujer que solo se enfocaba en ser una buena esposa.

—Encontré uno, su señoría. Es el de etiqueta… —comentó el sirviente desde la parte alta de la escalera—. Está un poco empolvado, pero podrá leerlo sin morir en el intento.

Herbert descendió como pudo y le entregó el libro.

—Es más grueso de lo que recordaba. Buscaré lo que me interesa, para eso tiene un índice. Con eso ahorraré tiempo y después lo miraré cada vez que lo necesite.

—Es una buena solución. Ahora póngase a leer. Espero que las letras no le den vueltas después de esa botella de vino.

—No me hace nada. Estoy acostumbrado a tomar, tendría que beber demasiado para no recordar ni cómo caminar. Es lo bueno de ser un juerguista, aguanto mucho el alcohol.

El marqués abrió el libro y vio sus escrituras en grafito junto a los párrafos.

Antes le gustaba hacer una síntesis de lo que leía, sacando las ideas principales de todo para no aburrirse tanto, de hecho, solo miraba las palabras claves y las subrayaba, después buscaba encontrarle sentido.

Esas anotaciones antiguas le servirían para evitar la fatiga.

—Soy un verdadero genio, nadie me detendrá para recordar los modales básicos de un caballero.

Seré el esposo ideal, ese hombre perfecto que necesita la mujer perfecta.

Mis amigos me envidiarán y se comerán su frase favorita: todas son iguales en la oscuridad.

Si así fuese, Reginald no estaría casado con una mujer bonita y Wulfric no buscaría compañía solo en mujeres bonitas.

No tenían un ápice de decencia para cuestionarlo.