Capítulo 22
—Su señoría, se lo diré, solo que no debe enfadarse…
—¿Enfadarme con quién? ¿Con mi esposa o con usted?
—Con las dos. Recuerda que le dije que invitaría a mucha gente a la casa para incomodar a la señora… pues se me pasó la mano y otras amistades le presentaron a otras hasta que llegó un caballero…
Edwin dejó el tenedor sobre su plato y alzó ambas cejas con verdadera sorpresa.
—¿Mi esposa trajo a otro hombre a mi casa y eso ocurrió bajo sus narices, señora Winfred? ¿Qué castigo amerita eso?
—¡Por favor, su señoría, deje que le siga explicando! Le juro por mi vida que la marquesa y ese señor no estuvieron a solas en ningún momento. Siempre estuvimos presentes, Mary o yo.
—Ustedes, par de alcahuetas, no son de fiar. ¿Cómo puede ser posible? ¿Qué tiene que ver este hombre con el accidente que tuvo?
—La verdad es que ella iba a encontrarse con él para pasear en la propiedad…
—¡En mi propiedad con otro hombre! —gritó el marqués, haciendo que todo lo que estaba a su alrededor temblara.
Los sirvientes que estaban cerca se escondieron con presteza como cucarachas descubiertas en la cocina.
—Ella era muy caprichosa, su señoría. Mary y yo la aconsejamos, pero ella estaba convencida de que usted estaba haciendo fechorías en Londres, por eso era obstinada en sus ideas. Era una amistad inocente.
—No existen las amistades inocentes entre hombre y mujer, a mí no me venden ese cuento, señora Winfred, sé que soy un tonto, pero…
esto… ¿Por quién me toma? ¡Ahorcaré a esa mujer infiel e ingrata!
¡Meter a otro hombre en mi propiedad es un insulto a mi familia, mis ancestros deben estar quemando sus huesos en sus tumbas por tanta rabia!
Herbert, que quería calmar al marqués, no sabía por dónde empezar o qué decir. Estaba completamente sorprendido por su enfado, aunque no era para menos, la única instrucción importante para él era que su esposa no estuviese con otro hombre y esto, si no había pasado, estaba a punto de ocurrir.
—Su señoría, por favor, concéntrese en comer y descansar. Ponerse nervioso es malo para su salud. Además, no le importaba su esposa —dijo Herbert para intentar calmarlo.
—No me importa cualquier cosa que haga, menos engañarme y encajarme un bastardo que quiera heredar mi apellido, mi título y mi dinero.
¡Eso no lo permitiré! Iré a ahorcarla después de comer si es que no muero atragantado de rabia.
Esa mujer ha jugado con fuego y terminará calcinada.
Solo le pedí una cosa y era fidelidad. Yo fui un hombre cuidadoso que huyó de las tentaciones, pero solo para encontrarme con esto.
Les aseguro que ella querrá estar muerta apenas me vea.
—Su señoría, perdió la memoria…
—¡Qué conveniente, señora Winfred! Necesitaron tres personas para urdir un plan tan macabro para encubrir las andanzas de esa mujer.
—No es así, su señoría. No se exalte.
—¡¿Que no me exalte?! ¡No me pidan que no me exalte!
¡Me engañan en mi propia casa, en la herencia de mis ancestros!
¿Eso no es como orinar en la lápida de ellos?
Si Felicia tiene algo para defenderse, espero que saque su excusa muy pronto, porque la colgaré en la entrada de la propiedad para que sirva de lección a otras.
—Le digo que no ha pasado nada, por favor, no se exalte. Ella le ha sido fiel, solo estaba cultivando una amistad.
—¡Ella estaba cultivando una amistad, pero ¿y él?! Dígame, señora Winfred, ¿ese hombre ha visto el rostro de mi esposa?
Esa respuesta que le daría al marqués rompería su corazón, pero también su paciencia.
—Sí —respondió apretando sus dedos.
Ese fue un golpe brutal para Edwin. Hizo lo que creyó correcto para mantener la paz con la mujer con la que se había casado, pero eso no parecía ser suficiente para ella.
También le dijo que la aceptaría, que solo le dejara ver su rostro; sin embargo, se negó.
Llevaba más de un año casado y no la había visto, la distancia entre ambos era grande, mas a partir de ese día las cosas cambiarían.
—Esto se pone mejor a medida que avanza. Déjenme comer solo, después iré a la casa de esa mujer a pedirle… ¡No! ¡A exigirle una explicación!
—Recuerde que ella ni siquiera lo conoce, no está fingiendo, su señoría —insistió la señora Winfred, preocupada.
—Usted me ha decepcionado, señora Winfred. Creí que dejaba a esa bruja en buenas manos, pero resulta que no fue así.
—Solo hice lo que me autorizó.
—¡No autoricé a meter pantalones ajenos a los míos! Creí que yo era tonto, pero usted me sobrepasa. ¡Lárguense!
Herbert y la señora Winfred agacharon la cabeza y desaparecieron raudamente por el pasillo.
El marqués ni siquiera se sirvió la copa de vino, se la tomó desde la botella. Estaba demasiado enfadado para pensar en servirse algo, con suerte, usaba los cubiertos para comer.
Al terminar con eso, ni siquiera terminó mareado, tenía una tarea que completar y ningún mareo le impediría enviudar por mano propia. Salió de la residencia con dirección a la morada de Felicia, mientras que Herbert y la señora Winfred lo seguían con presteza, intentando calmarlo.
—¡Nadie impedirá que la ahorque! Este día termina todo. Veré su rostro de suripanta antes de que muera, por fin sabré lo que esconde esa mujer carroñera. No tiene forma de escapar de mí.
Mientras tanto, en la casa de Felicia, ella regresó con un montón de flores entre las manos y una gran sonrisa. Mary caminaba de un lado a otro frente a la puerta, pendiente de si algo le ocurría a la marquesa.
—¿Por qué pareces nerviosa, Mary? —curioseó—. Mira qué flores más bonitas. Deberíamos poner un par de estas en mi habitación y otras en el salón, son muy olorosas y agradables. Sí es cierto que mi esposo llegará y lo conoceré, quiero dejar la mejor impresión en él.
—Él está en su residencia, su señoría. Al saber que está bien, se fue.
—Qué cruel. ¿Por qué no se quedó a esperarme?
—Debe estar cansado por el largo viaje, su señoría. Aparte, la relación entre usted y el marqués no es la mejor.
—Tienes razón, no querría quedarse a mi lado. Considero ir a visitarlo para conocerlo. Según las pinturas de la casa, él es un joven atractivo, aunque esas pinturas no sean recientes. Algunos rasgos nunca se pierden.
—Es cierto. Se parece mucho a las pinturas, pero ahora se ve mucho más maduro…
—afirmó Mary, que miró hacia el camino que iba a la residencia del marqués; no obstante, aquel caminaba con paso firme hacia la residencia, podía jurar que echaba polvo en cada paso.
No parecía estar de buen humor, también las caras de Herbert y de la señora Winfred no eran una buena señal.
—¡Felicia! ¡Felicia! —vociferó Edwin, enfurecido.
Felicia, que estaba de espaldas al camino, giró sobre sus talones al oír su nombre. En ese instante sus ojos se cruzaron con los de Edwin. Ella pudo encontrar semejanzas con las pinturas, eso significaba que aquel era su esposo.
El marqués dejó de caminar con tanta rapidez al ver a la joven frente a la residencia de su esposa. Esa era su oportunidad de conocer la identidad de esa mujer. Se arregló la ropa y el cabello, mientras recuperaba la calma, solo que debía recordar lo importante que se había vuelto enviudar.
—Mary, ¿ya ha regresado la bruja? —preguntó tratando de mantener la calma.
—Sí, su señoría —respondió con una sonrisa nerviosa.
—¿Y quién es esta señorita? ¿Tal vez una de las amigas de la marquesa?
Al oír que él se refería a ella como bruja, sintió un cosquilleo en la mano. Quizá algún recuerdo deseaba emerger, pero no lo hacía.
—Le responderé, Mary. No sabía que a su señoría le gustaba llamar bruja a su esposa…
—Es un mote cariñoso, señorita. Le daré un consejo. Lo mejor es que no se junte con ella. Es una pésima influencia…
—No puedo hacerlo, porque soy Felicia. Me dijeron que nunca le mostré mi rostro, pero ¿acaso mi esposo olvidó mi voz? —inquirió cruzando los brazos bajo el pecho y haciendo sonidos con un lado de su zapato.
Edwin no podía creer lo que había escuchado. La criatura hermosa de la que se enamoró era su esposa. No podía dejar de mirarla, buscando alguna razón para negarse, pero la herida de la cabeza estaba ahí de forma notable. Sí, esa era Felicia, su marquesa.
Al caer en cuenta de ese hecho, su mirada se iluminó y cambió de actitud al instante.
—¿En verdad es Felicia? —curioseó rodeándola, pudiendo mirar mejor su silueta con ese vestido tan favorecedor.
La joven se sintió incómoda por el escrutinio. Aquel la estaba analizando sin vergüenza alguna. Era algo demasiado extraño.
—Sí lo soy y ya conozco la historia que me han contado Mary y la señora Winfred. ¿Le parece que mi rostro es horrible?
—¡No, no! Ese moretón en la frente es exquisito, ningún defecto podría eclipsar su belleza, mi adorada Felicia.
La señora Winfred y Herbert no podían creer que Edwin cayera tan miserablemente en un hechizo. Felicia era una joven preciosa y de tez perfecta, que no necesitaba envidiar a nadie para triunfar.
—Recién estaba gritando mi nombre con malas intenciones, como si quisiera hacerme daño, su señoría. Siendo usted un caballero tan atractivo, esa situación me ha parecido un poco embarazosa.
—Es que vine y no la encontré. Estaba muy preocupado por su salud, querida. —Él cogió la mano de ella y se la llevó a los labios con entusiasmo—. Iba a regañarla por no descansar.
—Fui a buscar flores y estaba leyendo un libro. Es probable que le comentaran que perdí la memoria. Quería recordar un par de normas de convencionalismos sociales.
—La pérdida de memoria fue una desgracia con suerte, Felicia.
Herbert negaba con la cabeza. Estaba impresionado por el cambio radical del marqués y más aún por su caradurez. Su cara era más dura que un pilar.
—También me han contado que he sido una pésima esposa. ¿Podría disculparme? —inquirió Felicia con su mirada inocente.
Él estaba derretido por el encanto de Felicia. No pensó que su esposa podría convertirse en la mujer arrebatadora que tenía enfrente y no se refería solo a su aspecto físico, sino a su forma de hablar y de vestir. Quería creer que antes estaba poseída.
—¡Absolutamente! Yo no he sido el mejor esposo. Hoy mismo ocuparé la habitación del marqués para que podamos conocernos de nuevo. Herbert, que todas mis cosas se trasladen junto a los aposentos de mi querida Felicia. Ella y yo tenemos mucho que conversar.
—Sí, su señoría. Marquesa, me alegra que se esté recuperando de su caída. El marqués estuvo muy preocupado y quería llegar lo más pronto posible. Tenía la esperanza de que nada le ocurriera.
—He sido malvada y usted se ha preocupado.
No merezco tanta gracia —declaró mirando al marqués.
Felicia suspiraba por dentro. Su esposo era su sueño de niña.
Era joven, atractivo y con buen título. Este la tenía viviendo como una verdadera reina—.
Espero que, con un par de flores en su habitación, pueda considerar perdonarme.
El marqués necesitaba que alguien lo abanicara. Nunca pensó sentirse avergonzado. Esas palabras las debería estar diciéndolas él y no una dama con el aspecto impoluto de Felicia.
—No piense en eso, es cosa del pasado. Desde hoy escribiremos una nueva historia. Lo de ayer podemos dejarlo ahí.
—Es muy atento, su señoría.
—Puede llamarme Edwin…
—Sé que se llama Edwin, he visto muchos documentos con su nombre mientras buscaba libros.
—Recuerdo que usted contaba con muchos libros.
—Esos son horribles y no me ayudan a tener conocimientos. No sé en qué pensaba cuando los compré. Una dama no necesita saber filosofía y tampoco dominar nada distinto al hogar y la familia.
—¡Entremos, querida! Esas palabras son como música en mis oídos.
Una esposa obediente era lo que deseaba. Sin darse cuenta, tenía todo lo que alguna vez soñó: una dama hermosa y con conocimiento de cuál era su lugar.