Un marqués olvidadizo (Los solteros 2) Capítulo 21
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Capítulo 21

—¡Detengan el carruaje! —ordenó Edwin sin dejar de observar a la mujer.

Herbert quiso saber qué había visto el marqués para pedir eso. Estaban exhaustos y lo único que deseaban era llegar a buen destino. Al distinguir a una dama en el camino con la atención sumida en un libro, entendió que su amo fue consumido por la belleza de esa joven.

—No podemos detener el carruaje, su señoría. Recuerde que debemos llegar junto a la marquesa para saber sobre su estado de salud. Nos hemos retrasado demasiado.

—Pero esa joven es tan… me enamoré a primera vista. ¡Esa es la esposa que yo quiero! Obsérvala. Desprende tanta belleza y elegancia. Ni siquiera merezco a semejante cisne. Soy como el queso que quiere asemejarse a la luna. Si fuese viudo…

—No diga esas cosas. Su esposa es un ser humano.

—Lo sé, solo que los pensamientos intrusivos no me dejan en paz. Si ves buitres volando hacia la casa, soy libre.

—Suficiente, su señoría. Durante todo el trayecto fue un poco menos ordinario. Estas palabras que dice son crueles e insensibles.

—No quiero escuchar sermones, solo deseo observar a esa dama hasta que desaparezca de mi vista.

¿Por qué no tuve la bendición de una esposa así y tuve que casarme con un adefesio?

Es la primera vez en un año que me hago esa pregunta, no acostumbro a molestar a nadie, me gusta que el tiempo me responda con una bofetada como ahora.

Existiendo tantas mujeres atractivas, mi tía escogió a un problema que se mete en más problemas.

—Recuerde que sin el anticipo de la dote de milady, usted estaría a varios metros bajo el suelo y no hubiese recuperado su buen vivir con el dinero de las cosechas del año pasado. Ya ni siquiera estaría pagando los intereses, porque los muertos saldan sus deudas con la muerte.

—Esa parte es la única buena de este matrimonio.

No quiero ser este hombre que quiere lucrarse de la muerte de alguien ni aprovecharse, pero las cosas se dieron así.

Siempre fui un sinvergüenza, mas no esa clase, dentro de todo me considero tan común como cualquier otra persona.

Tenía sueños y esperanzas. Como todo libertino, soñaba con vivir una vida de emociones y placer, aunque también quería ser un esposo que tuviese un heredero.

Ahora soy esposo, mas las probabilidades de tener un heredero son iguales a tocar el sol.

—No lo culparé si, por alguna desafortunada coincidencia del destino, la marquesa llegara a fallecer. Podríamos decir que fue una desgracia con suerte.

—¡Eso mismo! Por fin empiezas a pensar como yo. Debemos ser optimistas y sacar lo mejor de lo peor. Rezaré por Felicia para que en el más allá encuentre felicidad, mientras en el más acá gano yo.

—Está abusando, su señoría.

—Dejo de decir tonterías, que sea lo que Dios diga.

El marqués perdió de vista a la joven, pues el carruaje se había alejado lo suficiente para no dejarlo ver nada más. Sabía que solo le esperaba lo incierto al llegar a la residencia que ocupaba su esposa. La incertidumbre era un pésimo compañero de viaje, era peor que la misma Felicia.

La señora Winfred estaba en la entrada de la residencia cuando Mary, casi sin aliento, se paró frente a ella.

—¡El marqués! ¡El marqués ya está por llegar!

—Por fin…

—¿Y qué le diremos? Su esposa no está. Además, le dijimos que estaba grave. Nos cortará la cabeza si no la ve.

—Te aseguro que una vez que le digamos que está bien, se irá a su casa sin pedir verla.

—Eso no sería bueno, puesto que si queremos que sean un matrimonio de verdad, esto no es conveniente.

—Debemos pensar en cómo juntarlos, decirle algo que lo atraiga. Decirle que es hermosa quizá no sea la solución, no nos creerá. Ya se lo han dicho sus suegros, pero no quiere creerlo, piensa que todos le mienten.

—Creo que deberíamos dejar que fluya como debe ser. Diremos que está bien y que su vida no corre riesgo. Que sea lo que Dios quiera.

—Sí, tienes razón, Mary. Así lo haremos.

Cuando el carruaje se detuvo frente a la residencia, el marqués descendió y si acercó a la señora Winfred.

—Tengo hambre, señora Winfred. Estoy desanimado, necesito esos panes… —dijo Edwin suspirando a la vez que miraba el cielo sin observar los buitres que imaginaba—. ¿Cómo está la marquesa?

—Su señoría se encuentra bien. Esta mañana ya ha podido moverse por la casa. Su vida no corre riesgo, pero… —La señora Winfred se detuvo un segundo para escoger sus palabras.

—Pero qué… —instó el marqués para que ella siguiera.

—Ella perdió la memoria… o tal vez la recuperó. El médico no sabe si recordará su vida en algún momento.

Edwin se quedó pensativo. Tal vez su esposa fuese más tolerable, sin recordar que era un verdadero libertino que casi se gasta su dote, quizá su conducta mejorara. No pensaba conseguir algo distinto a un mejor trato.

—Si mi esposa está bien, no hay razón para que pase, pero necesito explicaciones de cómo ocurrió este accidente que la dejó así.

Les escribiré a mis suegros para que vengan a verla.

Tengo conocimiento de que Felicia recibió un golpe en la cabeza cuando era niña y que olvidó sus primeros años y se convirtió en otra persona.

Quisiera preguntar algo, ¿ella sigue siendo histérica?

—No, su señoría. La marquesa ha pedido deshacerse de toda la ropa negra y gris porque dice que no son colores que debería usar. Pidió que le compremos vestidos vistosos de casaderas —confesó el ama de llaves.

—Oh, vestidos de casadera, ¿acaso le dijeron que es una mujer casada y debe vestirse como una? Vaya tontería, la dejo en manos de dos alcahuetas.

—¡Por favor, perdónenos, su señoría! Ella no quería vestidos de señora, no se siente así, pero lo que sí le interesa es conocer a su esposo —alegó la señora Winfred con rapidez.

El marqués se arregló la casaca como si se sintiera halagada.

—Vaya cambio, debió golpearse la cabeza antes de casarnos. Si lo hubiese sabido, lo hubiese hecho yo mismo. Lo más importante ahora es que me digan qué tan grande es el defecto de su rostro. ¿Ha pedido velos de colores?

—No, su señoría, ha tirado los velos. Ahora anda por todas partes con el rostro al aire —contó Mary.

—¿Anda aterrorizando a todos por la casa?

—No, señoría. Ella es preciosa, simplemente hermosa —musitó la señora Winfred sabiendo que él no se tragaría esas palabras.

—Ustedes están de broma. ¿Quién les dijo que me mintieran? ¿Acaso fue mi tía que, convencida por mis suegros, repite esa tontería como si fuese una cacatúa?

—Es la verdad, su señoría, ¿qué necesidad tenemos para mentir? —aseguró Mary.

—Estoy seguro de que quieren arrojarme a sus brazos para que me quite la piel y se la ponga ella. Algo así debe ser. Señora Winfred, vaya a mi casa en un rato, necesito saber qué fue lo que ocurrió. Después tomaremos medidas para tratar con la amnésica.

Él regresó a su carruaje y las sirvientas lo vieron irse.

—Te dije que no creería nada sobre la belleza de la marquesa, él es un caso perdido, dejará que una dama bella se pudra en este lugar. Ese es un castigo muy grande.

—Lo dudo, señora Winfred, si logramos que se quede, podrían cruzarse y estoy segura de que el marqués se enamorará de ella a primera vista.

—Es una idea, pero iré a ver qué quiere el marqués. Si la marquesa regresa, puedes contarle que él ya está aquí. Eso facilitará el trabajo de que ellos se conozcan, porque ella es atrevida y no querrá perder la oportunidad de ver a su esposo. Eso juega a su favor.

—Esperemos que funcione este asunto de conocerse naturalmente. El marqués parece bastante reticente a verla. Le entusiasma que ella quiera verlo, pero no le convence que no esté dentro de sus estándares de belleza, al menos él no lo sospecha.

—Veremos qué ocurre. Iré a atenderlo o se pondrá de mal humor.

La señora Winfred fue caminando hacia la residencia del marqués, aquel debía estar cansado y ella debía servirle lo más pronto posible.

Además, debía cuidar cada cosa que decía, pero sin ocultarle nada.

Entendía que la forma de comunicar las cosas haría que una u otra reacción fuese buena o mala.

Perder su trabajo era una opción que podía darse, aunque prefería no pensar en eso.

—Señora Winfred, prepare algo para el marqués y ponga una botella completa de vino. Está de pésimo humor al saber que su esposa no morirá —comentó Herbert.

—¿Él quería que ella muriera? Qué desvergonzado.

—En realidad no, pero sus pensamientos suelen comandar todo. Cuando se le mete en la cabeza, es difícil sacarlo.

—Es cierto, pero desear la muerte de alguien es algo malvado.

—Es solo porque quiere casarse con alguien que sí le guste.

—¿Tuvo muchas mujeres en Londres?

—No, se rodeó de puros hombres. La lección le ha llegado un poco tarde. Aprendió lo que debía, pero no sirve de nada ahora, al menos no con esta esposa.

—Le prepararé todo e iré a conversar con él en el comedor. Asegúrate de que esté cómodo mientras espera.

Herbert fue junto al conde al salón y se colocó a su servicio.

—La señora Winfred está preparando algo para que coma, su señoría —comentó al ver al marqués con los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás.

—Al menos el hambre será resuelto. ¿Qué opinas de una esposa con amnesia? ¿Por qué debe complicarse mi vida? Venía con tanta ilusión…

—No vuelva a pensar en ese asunto de que su esposa muera, por el momento eso no podrá ser.

—Mi infortunio es mi propia culpa. Ella no merece mis malos deseos, es una víctima.

La visitaré en unos días, cuando me recupere del cansancio.

No quiero afanarla con mi presencia. Verme puede complicarle las cosas si es que es la persona antes de la mujer que conocí.

Podríamos ser amigos y llegar a un acuerdo.

No puedo solo pensar en las apariencias, es malo.

¿Qué opinas de esa joven que vimos en el camino para que sea la madre de mis herederos en caso de que pueda entablar una relación amistosa con Felicia?

—Me parece inapropiado que hable de esa manera.

No debería serle infiel a su esposa, pues en este caso no sería solo para concebir, sino porque esa dama le ha gustado con solo un vistazo.

¿No se ha puesto a pensar que puede que ni siquiera tenga la edad para casarse?

Su rostro era el de una niña de quince años.

—En eso tienes razón, se ve joven, pero adorable. No estaría pensando estas tonterías si ella me contara lo que esconde. Le perdonaría todos los defectos de la cara, solo es cuestión de que me hable y trataré de resolver mis propias incomodidades.

—Es importante que comunique esto a la señora Winfred para que converse con su esposa y puedan encontrarse. Después de un año sería bueno que pudieran conocerse de nuevo.

—No sé si mi impresión de ella cambiará. Espero que así sea.

—Su señoría, está listo el almuerzo. Puede pasar al comedor —anunció la señora Winfred—. Hice todo lo que le gusta.

—Sin cerdo…

—Sin cerdo, por supuesto.

Edwin se levantó y fue hacia el comedor. Ahí estaban servidos los exquisitos manjares que él disfrutaba de niño.

—Señora Winfred, hábleme de qué hacía mi esposa el día que se cayó y se golpeó. Es simple curiosidad. ¿Por qué nadie la acompañó?

—Lo que le diré, espero que lo tome con la calma más absoluta, su señoría. Ella ha cultivado buenas amistades.

—Está endulzando las cosas para después darme una estocada, hable, señora Winfred. No soy tan inteligente, pero acostumbro a hacer lo mismo que usted antes de incendiar algo.