Capítulo 20
—Entonces evítala al menos hasta que el médico diga algo. No está en condiciones de enterarse de su realidad más allá de saber que se golpeó la cabeza y que debe reconstruir sus recuerdos, opinar sobre cómo es ella no nos correspondería.
—¿Y el asunto de avisar a sus padres?
—Deberíamos hacerlo, quizá ellos sí deseen ayudar a su hija de alguna manera, pero esperemos a que llegue el marqués para tomar una decisión más acertada, no sabemos qué podría estar pensando él después de haber recibido nuestros recados.
—¿Cree que el médico podrá regresar? El cielo está gris y es probable que llueva mucho. Cuando eso pasa, los caminos se llenan de agua desbordada.
—Esperemos que la lluvia no caiga antes de que llegue, quiero saber si la marquesa no morirá. Tener dolores repentinos después de una caída no es normal.
—Disculpe, señora Winfred, ha venido el maestro y quiere saber cómo se encuentra la marquesa —anunció uno de los sirvientes.
—Ese sinvergüenza. Dígale que ella se encuentra bien, pero que ha perdido la memoria y es mejor que no se acerque, porque su esposo está en camino.
—Sí, señora.
—Señora Winfred, ¿qué pasará cuando el marqués se entere de que su esposa tenía buenas relaciones con el maestro?
—Ese será un asunto de ellos. Cuando llegue ese momento, tú y yo nos lavaremos las manos con la verdad. No defenderemos a nadie, solo diremos la absoluta verdad y que la marquesa enfrente las consecuencias de sus actos.
—Ella ni siquiera recuerda su edad, menos recordará a un amor platónico.
—No digas eso, qué imprudente, mujer —la acusó el ama de llaves.
Horas después el médico llegó. Apenas bajó del carruaje, terminó mojado.
—Señoras, ¿cuál es la emergencia? —preguntó el médico sacudiéndose el agua del sombrero y la capa.
—La marquesa ha despertado, pero no recuerda nada, solo tiene una memoria antigua. Usted dijo que ella estaría bien y que solo era un golpe en la cabeza —alegó la señora Winfred.
—¿Perdió la memoria? Debo verla… —dijo con su maletín en la mano, presto para subir las escaleras.
En la habitación, Felicia dormía con una incesante molestia en la cabeza a causa del golpe. Tenía un moretón y un chichón en la frente, pero de ahí se irradiaba un dolor punzante que la molestaba cada cierto tiempo. Su sueño era tan ligero que despertó al oír el sonido de la puerta al abrirse.
—¿Quién es? —indagó—. ¿Madre?
—Disculpe, su señoría, trajimos al médico para que la revise —musitó el ama de llaves en un tono cariñoso.
—Me duele la cabeza. De ese chichón sale el dolor y se extiende… Quiero a mi madre o a mi padre… ¿Me voy a morir? —Felicia comenzó a sollozar.
—Su señoría, nadie muere por un pequeño chichón —mintió el médico sabiendo que era una causa bastante común al caer de un caballo como ella lo había hecho—. Déjeme revisarla. Para que pueda descansar, le daré láudano y ya no le dolerá.
—¿En serio no moriré? Debo conocer a mi esposo —habló con temor, pero con esperanza a la vez.
—¿No recuerda a su esposo?
—No, no lo he visto nunca. En mi memoria no existe. No sé cómo se llama, solo sé que estoy casada con él según lo que me dijo esa doncella —señaló hacia Mary.
—Bien. Usted solo cálmese y todo se solucionará. Le haré unas preguntas y después le daré el láudano.
La señora Winfred y Mary escucharon desde la puerta las preguntas que el médico le hacía a Felicia.
Ella no estaba fingiendo demencia, en realidad, no recordaba los últimos años de su vida, ni siquiera había mencionado a su hermano menor, que tenía cinco años.
Una vez que la marquesa se durmió con el láudano, el hombre salió de la habitación y cerró la puerta a su espalda.
Dio un suspiro antes de hablar con las sirvientas.
—Al parecer, ella golpeó una parte del cerebro en dónde se encuentran los recuerdos permanentes.
Tal vez no vuelva a recordar nada. Según entendí, la marquesa ya tuvo un golpe en el pasado que le había hecho algo parecido.
No sé si podrán juntarse estos dos recuerdos para que tenga algo a qué agarrarse.
Es difícil comenzar una nueva vida en desconfianza.
—Es probable que no vuelva a ser esa tirana malcriada. Eso es bueno —comentó el ama de llaves.
—Usted sabe ver el vaso lleno, señora. Si quieren que recuerde un poco, podrían intentar mostrarle su ropa, sus libros, aficiones, llevarla a lugares que frecuentaba y que vea a personas con las que compartía. Sus padres y su esposo son buenas opciones para comenzar.
—Ella no ve a ninguno de ellos desde hace un año. Esto será complicado, pero considero que, si ve el resto de las cosas, le resultará más sencillo —propuso Mary.
—No es seguro que la marquesa recuerde. Como dije, lo más probable es que tenga que aprender a vivir desde aquí. Costará mucho tener su confianza. Sus padres son claves para que ella pueda afianzarse.
—Lo tendremos en cuenta. Apenas llegue el marqués, buscaremos a los padres de su señoría.
***
Dos días después…
Felicia se sentía mejor y el dolor había pasado. Decidió levantarse de la cama para observar a través de la ventana. El día estaba hermoso después de que lloviera mucho.
—Buen día, su señoría, se ha despertado muy temprano hoy —saludó Mary acercándose a su ama.
—Quiero salir a pasear. Prepara un vestido, uno de día… —ordenó con tranquilidad.
Mary sonrió con nerviosismo y fue hacia el armario. Al abrirlo, se hizo a un lado para que la misma Felicia pudiese ver lo que tenía ahí.
—¿Por qué son esos colores? ¿Acaso murieron mis padres? —increpó con sus manos temblorosas. Su corazón comenzó a latir con fuerza al pensar que por eso no los había visto.
—No, su señoría. Ellos están bien, solo que usted acostumbraba a vestir así.
—¡Eso es imposible! Tengo un gusto exquisito por el color. ¿Alguna de ustedes quiere hacerme daño con eso? —acusó señalando a Mary.
—¡Señora Winfred! —gritó Mary al ver enfadada a Felicia.
—¿Por qué gritas tan temprano? —interrogó la mujer, mientras se secaba las manos en el delantal.
—¡La marquesa nos acusa de que cambiamos su ropa! —Mary se escondió detrás del ama de llaves.
—¿Por qué vestía con estos colores horribles? ¡Tírenlos y traigan vestidos con colores! Si mis padres no están muertos, necesito una prueba —exigió.
—Su señoría, no queríamos decirle nada, pero la situación nos obliga. Usted es; en pocas palabras, una víbora cruel y despiadada. No ve a su familia desde hace un año y tampoco a su esposo. Mary, muéstrale su velo para ver si recuerda sus fechorías.
Ella abrió los ojos con sorpresa al oír a la señora Winfred llamarla víbora. No podía creer que abandonó a sus padres y también a su esposo. Todo debía ser una terrible mentira.
—¡Eso no puede ser mío! —se quejó al ver el velo.
—Es suyo. Nunca dejó que el marqués viera su rostro. Lo alejó de aquí y le puso como condición que le diera esta casa. Él estuvo viviendo en el chalet que se encuentra a un par de millas. De hecho, puede verlo desde su ventana —siguió la señora Winfred con su acusación.
—Pero… —Felicia no tenía explicación para nada. Se acercó de nuevo a la ventana y buscó lo que le dijo el ama de llaves. En efecto, una casa pequeña se alzaba en el horizonte.
Sus hombros se echaron hacia el frente al intentar pensar en la razón por la que había hecho todo eso, pero no encontraba una explicación. ¿Qué pasó con la buena relación que tenía con sus padres? ¿Y por qué su esposo se había cansado de ella?
—¿Por qué? Necesito hablar con mis padres, no puedo con esta angustia.
—Cuando el marqués llegue, autorizará que los contactemos, mientras tanto, solo manténgase tranquila. Todos le tienen paciencia, solo le pido que no nos acuse. Estamos encargadas de su seguridad.
—¿Cuándo llegará el marqués?
—Estas lluvias debieron retrasarlo. Sea paciente.
—Lo seré, pero ¿pueden conseguirme algo decente para vestirme?
—Sí, su señoría. Una doncella de limpieza irá a una tienda en el pueblo a comprar un par de vestidos para una mujer casada. Quizá no sean colores de una jovenzuela.
—Señora, quiero que sean de una jovenzuela porque no tengo más de veinte.
—Está bien, le diré que traiga vestidos para una joven soltera. Lo que hago por un poco de paz… —masculló la señora Winfred, que negaba con la cabeza mientras salía de la habitación.
—¡Espéreme, señora Winfred, quiero ir con usted! —Mary corrió tras el ama de llaves. Temía que su señora no estuviese en su sano juicio y atentara contra ella.
—Prepara el desayuno y llévalo a su habitación. Que no baje en camisón, debe mantener su reputación. Cuando la doncella traiga los vestidos, podrá hacer lo que guste.
—La marquesa es extraña, ¿no lo cree? Antes estaba loca y ahora está peor.
—No hables mal de tu señora, eso es morder la mano de quien te da de comer.
Debemos limitarnos a cumplir con nuestras obligaciones e intentar tenerle más paciencia que antes.
El marqués se encargará de todos y nosotras haremos la vista gorda una vez que él esté aquí, así aprenderá a lidiar con los problemas y no huir de ellos.
Por la tarde, la doncella regresó con un par de vestidos que alegraron la vista de Felicia. No dejaba de sonreír.
—Con este vestido lavanda saldré a recorrer la propiedad. Colócame este lazo blanco en el cabello. También escogeré un libro para leer. Supongo que esta casa debe tener una biblioteca —dijo Felicia a Mary.
—Tiene los libros que trajo. Se los pasaré…
Cuando Felicia miró los títulos, negó con la cabeza y suspiró.
—¿Dónde están los libros de modales? No puede ser que fuese tan imprudente y no trajera nada de eso. Iré a la biblioteca, supongo que debe existir algo útil.
—La ayudaré, su señoría.
La señora Winfred quedó sorprendida al ver a la joven que en verdad parecía una niña con aquel vestido, nada tenía en común con la mujer lúgubre que llegó a esa propiedad hacía un año. Era elegante, refinada y hermosa. Cuando el marqués la viera, quedaría impactado.
Para la buena fortuna de Felicia, encontró un libro decente para guiarse o al menos intentar recordar algunas lecciones.
—No iré lejos. Recogeré flores mientras me meto en esta lectura —dijo Felicia, que no quería que Mary la siguiera.
—Su señoría, debo acompañarla o se perderá.
—No iré muy lejos. No pienso escaparme, no me tratan mal, al menos no tanto. Mi padre me cuidaría mejor.
Mary dejó que ella se fuera, pero no por eso la descuidaría, la seguiría en secreto.
La marquesa fue leyendo su libro y asintiendo varias veces como si comprendiera lo que leía con mucha rapidez.
Todo se le hacía conocido, pues sentía que la señorita Hansen le decía qué hacer.
Entender lo que cada línea significaba la hacía sentirse un poco más segura.
Sin recuerdos de antes no podía defenderse, pero lo que le habían dicho sobre ella no era muy alentador, creían que era una víbora cuando en realidad no lo era.
Mientras caminaba por un sendero, vio que un carruaje se acercaba. ¿Quién podría pasar por ese camino? No podría reconocerlo por más que lo hubiese visto antes. Se quedó en la vera del camino a recoger flores silvestres, pero sin soltar su libro, era como un escudo.
—Estamos a punto de llegar, su señoría —comunicó Herbert al ver que Edwin despertaba dentro del carruaje.
—Ella ya debe oler a cadáver con todo lo que tardamos —se quejó Edwin corriendo la cortina de la ventana. Ahí distinguió a una jovencita en su propiedad y eso le pareció extraño. La observó con más atención y quedó maravillado con su figura y rostro angelical.