Un marqués olvidadizo (Los solteros 2) Capítulo 19
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Capítulo 19

Londres…

El marqués se encontraba con sus amigos, Wulfric y Oswald, este último había regresado desde Escocia, en donde llevaba años viviendo porque había heredado el título de su padre, pero terminó aburriéndose.

Ellos se hallaban bebiendo en una taberna mientras jugaban a las cartas.

Ninguno de los tres quería compañía femenina.

Reginald no podía acompañarlos porque se encontraba en su residencia del condado.

—¿Hoy no es tu aniversario de boda, Edwin? —curioseó Wulfric buscando desconcentrar a su amigo para ganar el juego.

—¿Estaba casado? No es mi aniversario, ha pasado un mes. Sí, llevo casado un año y un mes. La marquesa ya debe tener dieciocho años. Por fin alguien puede tocarla, lo triste es que no tengo interés. ¿Cuándo me llegará una buena noticia?

—¿Qué consideras una buena noticia? —indagó Oswald mirando la mano que le tocaba para lanzar la carta.

—Que estuviese enferma y a punto de morir.

No quiero que se muera, pero el matrimonio es hasta que la muerte nos separe.

He visto a una joven hermosa en los salones, mas nadie me hace caso al saber que estoy casado.

Mi reputación es más tóxica que la peste.

Mi tía abuela no deja de recordarme mis obligaciones y le digo una y otra vez para que se le quede en la cabeza que este es nuestro trato, nuestra forma de llevar el matrimonio.

Ella no quiere mostrar su cara, yo no quiero verla, esto es simple, un trato verdaderamente justo.

—Lo que dices se contradice. Quieres que muera para perseguir jóvenes a las que puedes verles la cara, pero no quieres que muera porque no crees ser una persona cruel. Eres peor que eso —replicó Oswald.

—Lo siento. No me contuve. Me salieron los pensamientos intrusivos. Estoy resignado a morir sin descendencia y en la decadencia de no tener amor o un afecto al cual aferrarme. Cuando ustedes se casen y mi tía se muera, ya no tendré algo que lamentar.

—¡Su señoría, su señoría! —Herbert entró corriendo a la taberna con una carta en la mano, agitándola como si fuera una bandera.

Edwin se acarició la oreja derecha al oír el grito de su sirviente.

—Me avergüenzas, ¿a qué viene tanto escándalo? No hay nada que no pueda esperar.

—¡Su señoría, debe partir de inmediato a Bath! ¡La marquesa cayó del caballo y dicen que está grave!

El marqués se puso de pie, pero no por la preocupación, sino porque surgió una oportunidad para rehacer su vida sin que hubiera hecho absolutamente nada.

—Vaya don para pedir lo que uno desea, ¿por qué no lo usaste para saldar tus deudas? —cuestionó Wulfric.

—¡No crean que yo provoqué esto! No voy a mi propiedad hace seis meses y no la veo desde hace un año. Iré para enterrarla con todos los honores.

—¡Su señoría, no puede ser tan cruel!

—No le doy el gusto a nadie. Iré a ver de qué se trata. Espero que no sea una falsa emergencia, porque nadie podrá evitar que me deprima por la desilusión.

—No sé si acompañarte si hay funeral. De todas formas, podré consolarte por el duelo o por la desilusión —alegó Wulfric.

—Hablan de ella como si estuviese muerta, no lo está. Ve a ver qué le ocurre a tu esposa. Nosotros continuaremos con tu juego… Si se muere, nos avisas para el pésame —musitó Oswald.

Él se despidió de sus amigos y fue a su casa. Ahí lo esperaba su tía con el rostro preocupado.

—Sí tú hubieras estado ahí, tu esposa no estaría en estas condiciones, Edwin. La dejaste sola demasiado tiempo y ahora se morirá —lo acusó su tía.

—¿Qué tengo que ver? Herbert, prepara el carruaje y que empaquen mis baúles para regresar. ¿Está conforme con eso, tía?

—Sí, pero más estoy decepcionada de tu actitud hacia Felicia. Sus padres no te mintieron y no has dado una oportunidad para que te muestre sus talentos.

—No voy a discutir sobre sus talentos. Le avisaré si tenemos funeral o no una vez que llegue a mi casa.

Comenzaba a arrepentirse de haber pedido al cielo que lo librara de ella, al fallar, tenía el problema de que estaba entre la vida y la muerte.

¿Qué debió haber estado haciendo para terminar accidentada?

Tenía sentimientos encontrados entre perseguir su felicidad y ser un buen samaritano.

Sabía que desear que otro pasara a un plano superior no era algo que una buena persona le deseaba a su próximo, pero juraba que solo lo pensaba en momentos de rabia, cuando veía una mujer bella y deseaba echar a relucir toda su experiencia como libertino seductor, pero la realidad era que se escondía como un topo en la tierra para evitar a las mujeres.

Las veía de lejos imaginando muchas cosas, en especial, acariciarles la cara.

Nunca lo había deseado, mas en ese tiempo le parecía un fetiche extraño.

Era como si eso fuera algo erótico. Lo más probable era que estuviese perdiendo la razón.

Durante el trayecto, tuvieron que soportar un día entero de lluvia que no los dejaba avanzar.

Se quedaron en una posada a esperar, lo que acrecentaba la ansiedad de Edwin al pensar que podría estar muerta y él aún no llegaba.

La culpa era más corrosiva que cualquier ácido conocido.

Se culpaba por haber pronunciado sus pensamientos más viles en voz alta.

Merecía un castigo ejemplar, pero como sabía que este no tardaría en llegar porque era asiduo a atraer problemas antes que soluciones a su vida.

—Por fin podremos avanzar, su señoría. El camino no está en buenas condiciones, pero el cochero dice que es posible continuar hasta Bath sin que el carruaje se atore en el barro —comunicó Herbert.

—Qué bien. Apresuremos el paso, no queremos que la marquesa se muera.

—Disculpe, su señoría, pero usted no es médico, él es el único que podría saber si la señora partirá o se quedará aquí esperando a su esposo ausente.

***

En casa de la marquesa, la joven despertó después de un día entero estando inconsciente. Al abrir los ojos, miró a su alrededor y, para su sorpresa, no reconocía el lugar en el que estaba.

—¡Madre, padre, Charlotte! —gritó esperando que ellos aparecieran ahí, pero su sorpresa fue enorme al ver a una mujer de edad y a una joven que la miraban extrañadas.

—¿Se encuentra bien, su señoría? —preguntó Mary.

—¿Quiénes son ustedes? —cuestionó—. ¡Me han secuestrado!

—Menos mal que le envié una carta al marqués para que se apresurara. Espero que llegue pronto —dijo la señora Winfred con la mano en el pecho. La mujer arrogante del día anterior había desaparecido. Parecía un animal acorralado. Sus ojos se veían grandes y asustados.

—¿Dónde están mis padres y mis hermanas? ¿Cómo me casaré en el futuro si me han secuestrado? ¡La señorita Hansen estará tan decepcionada de mí! —lamentó lloriqueando.

—¿Quién es la señorita Hansen? Su señoría, ¿por qué se preocupa por un matrimonio si está casada? Es la marquesa de Cleveland —pronunció el ama de llaves.

—¿Mis padres me casaron con alguien a mi edad?

Mary y la señora Winfred se miraron y se alejaron un poco para hablar sobre qué medidas tomar.

Al parecer, lo peor estaba por estallar.

El médico les dijo que todo estaba bien y que solo se golpeó la cabeza, que pronto despertaría, pero para sorpresa de ellos, no recordaba nada aparte de sus padres.

—Mary, dale un espejo a la marquesa. Creo que perdió la memoria.

—Esto es malo. La situación de antes no la favorecía, pero la de ahora será peor.

—En donde ves problemas, yo encuentro la solución. Si no recuerda al marqués, las posibilidades de que se enamore si le hablamos bien de él serán muchas.

—El teatro se nos caerá cuando el marqués venga y sea grosero.

—Él no es grosero por naturaleza, sino por provocación. Esta mujer tampoco es suave como la seda.

—Entonces debemos advertirle al marqués que ella está bien, pero que quedó un poco loca.

—No debemos asustarlo así. Solo le diremos que no recuerda nada, que es como un lienzo que él puede pintar a su antojo. Así podremos juntarlos y que den un heredero.

—¿Qué están cuchicheando? —increpó Felicia, confundida.

—Le daremos un espejo para que se mire, su señoría…

La doncella le entregó el espejo y Felicia se asomó para notar su rostro. ¿Cuándo había cambiado tanto? Era una mujer. Después miró hacia su torso y vio que tenía unos senos bonitos.

—¡Soy una mujer! No puedo creerlo… ¡Ay, mi cabeza! —exclamó al moverse con violencia antes para poder admirar su figura.

—No se preocupe, su señoría. Traeremos al médico, mientras solo acuéstese —ordenó la señora Winfred—. Mary, quédate con ella, iré a pedir que un sirviente vaya a por el médico.

Felicia se sujetaba la cabeza por el dolor, pero más porque quería saber qué estaba pasando y cuándo se convirtió en marquesa.

—¿Quién eres tú? —curioseó mirando a Mary.

—Soy su doncella personal. Desde hace un año estoy con usted. El marqués me contrató para atenderla desde que se casaron.

—¿En verdad estoy casada? ¿Qué edad tengo?

—Tiene dieciocho, los cumplió hace poco.

—Dieciocho, ¿cómo puede ser posible? Entonces la señorita Hansen ya debe ser una señora, quizá esté casada y enseñando a otras niñas. ¡No recuerdo nada de cómo comportarme! ¿En dónde está mi esposo?

—Él está en Londres, ha ido ahí por negocios…

—Dime, ¿es un joven atractivo o un viejo cascarrabias?

Recuerdo que mi madre decía que si tenía suerte me casaría con un jovenzuelo, pero que si no estudiaba lo suficiente me darían en matrimonio a alguien que apenas caminara.

Me esforzaba mucho para estudiar. La señorita Hansen siempre decía que todo esfuerzo tiene sus frutos, y yo quería un esposo joven. ¿Será que lo conseguí?

—El marqués es demasiado atractivo y joven, no llega a los veintisiete años.

—¡Quiero conocerlo o más bien, quiero volver a verlo! Díganle que estoy muy enferma y que no saben si viviré. Necesito que esté aquí. Dime, ¿qué tipo de esposa soy? Cuando era niña quería que se divirtiera conmigo y que cenáramos juntos, también cabalgar como lo hacían mis padres. Él debe adorarme.

La pobre doncella sentía que se le nublaba la mente, no sabía qué inventar. Era una de las peores esposas del mundo, solo enfocada en sí misma, y su esposo no se quedaba atrás, eran malos como pareja.

—Debe descansar, su señoría. Cuando esté mejor, le seguiré contando más.

—Está bien, ¿y mis vestidos? ¡Deseo los más coloridos! Después de que el médico me revise, quiero beber té y ponerme un atuendo precioso.

Si antes se le nublaba hasta la conciencia a la pobre Mary, el asunto del vestido era aún peor. Ella no se daba por enterada de que vivía en un luto eterno.

—Como usted dijo, será una vez que el médico le diga que puede hacer muchas cosas, por ahora le sirve su camisón de algodón. Le cambiaré el agua por si tiene sed, su señoría. Regreso en un momento. No se mueva, debe cuidarse, no sabemos si de verdad su cabeza está bien.

—Tienes razón, no puede ser que esté bien si no recuerdo nada, ¿cómo sé que todo esto es verdad o mentira? ¿Podrías buscar a mis padres?

—Podríamos enviarles una carta, pues ellos están en Londres y no en Bath.

—¿Estoy en Bath? ¿Por qué tan lejos de mis padres? ¿Vienen a visitarme o yo voy a verlos?

—Su señoría, descanse…

La sirvienta huyó de esa habitación, porque no quería responder ninguna pregunta de las que hacía, ya que todas tenían una mala respuesta que terminarían haciéndole daño.

Además, no sabían cuál era la condición real de la marquesa, no podían jugar con sus emociones, podía ser contraproducente.

Ella fue hacia las escaleras a buscar la sabiduría de la vieja ama de llaves.

—Señora Winfred, la marquesa hace muchas preguntas que no quiero responder, pues quedaría como mala esposa, hija y con gustos catastróficos para los vestidos.