Capítulo 18
—Dudo que huyan de mí, pero por lo que noté, la casa no tiene espectros —replicó la joven.
—No tenía hasta ayer… Las cosas cambian en un día —replicó el marqués con una sonrisa socarrona.
—¿Me mostrará la casa o seguirá burlándose de mí?
—La casa, la casa, por supuesto. Venga, le mostraré cada rincón para que esté contenta con la elección de esposo. No la trataré mal, solo me burlo un poco, supongo que eso no es un pecado, ¿o sí?
—Desde el primer día me ha tratado mal, su señoría.
—¿Darle una casa para usted sola es tratarla mal?
No tenemos el mismo concepto. En cambio, yo he sido acusado de cuanta ocurrencia ha tenido usted.
No tengo ningún beneficio para mí, el conde compró un yerno.
Al fin y al cabo, solo cambié de diablo, no de infierno, aunque al menos ahora ya no moriré.
—Entonces no se queje, fue un buen negocio para usted.
—Aquí la única que salió ganando, aunque se queje, es usted.
Se libró de su familia y también del que la sacó de ese techo para darle uno.
Espero que disfrute del eco de la mansión.
Debo ser claro con usted, ya que yo no puedo tener otras mujeres, le advierto que no puede tener otros hombres.
Si yo no soy feliz, usted tampoco lo será y viceversa.
—Ni siquiera tuve la intención de tener esposo y cree que tendré un amante. Es absurdo. Solo quiero mis libros y mi libertad. Además, dije que pensaría en algo para que también usted estuviese conforme, solo que no me deja hacerlo…
Los dos empezaron el recorrido por la planta baja, en donde estaban los salones principales, el área de los sirvientes y la cocina.
A Felicia esa casa le parecía demasiado grande y de alto mantenimiento, necesitaban muchas personas para que ese lugar se viera limpio todo el tiempo.
Alcanzaba a comprender que mantener una propiedad así no era nada sencillo para un caballero, y a ella se le ocurrió pedirle una casa para estar sola adentro.
Su dote no duraría cinco años si seguía así.
—Puede organizar fiestas con sus amistades o, si quiere conocer a los lugareños, puede invitarlos. El ama de llaves conoce a todos. No crea que por ser Bath no existen personas de clase social elevada. En el pueblo debe haber muchas.
—¿Usted irá al pueblo?
—Claro. Ahí hay tabernas, a veces quiero tomar en compañía de desconocidos, jugar cartas, ver peleas de gallos y de personas. No participo en lo último, tengo los huesos débiles.
—No vaya al pueblo. Hay cosas malas —advirtió la joven. No quería que su esposo cogiese una amante ahí.
—¿Qué peligro puede haber? Es un pueblo tranquilo —dijo Edwin, que no comprendía la intención posesiva de su esposa.
—Dicen que hay demonios seductores.
—¿Cómo puede ser tan crédula? No lleva un día aquí y ya está pensando en que alguien me seducirá.
Créame, no soy tan fácil de conquistar. No solo una cara bonita hace la diferencia.
A usted le di una oportunidad de decirme su defecto físico para que pudiésemos hacer que este matrimonio funcionara, pero se ha empeñado en que no sea así.
Entonces, ¿qué más puedo hacer? Ya que no tenemos futuro, he decidido quedarme un mes y después regresar a Londres y luego viajar a la propiedad de mi amigo Reginald.
La joven lo miró como si estuviese demente. Apenas se habían casado y llegado a la propiedad y él ya pensaba en desaparecer. Aquello era bastante injusto.
Siguieron con su recorrido, pero la mente de Felicia estaba en otro lugar.
Sus ojos veían las habitaciones y el lujo que la rodeaba, mas no podía dejar de pensar en que su esposo se iría de Bath.
Sería una esposa abandonada. Se lo había buscado y no tenía forma de solucionarlo si no rompía su orgullo y sabía que no quería hacerlo. No estaba dispuesta a humillarse.
—¿La casa le parece suficiente o sigue creyendo que soy el peor esposo que puede tener? Quizá hoy estoy quebrado, pero mañana es probable que me recupere.
—Debo admitir que la casa es hermosa y demasiado grande para mí sola. ¿No le gustaría vivir aquí conmigo?
Esa propuesta hizo que Edwin la mirara como si estuviese loca. Esperaba que ella no le estuviese cogiendo cariño, porque era incapaz de corresponderle.
—Hice un gasto grande para poder restaurar dos viviendas.
Estaré bien en la pequeña parte que me toca.
Si consigue amigas de este lugar, no se sentirá tan sola.
Mi compañía no es importante. Le he mostrado toda la casa, me iré a descansar otra vez, la escalera me cansa.
Espero que escogiera un buen menú, usted decidirá mi comida el tiempo que esté aquí.
Cualquier cosa que necesite puede comunicarla al administrador, él tiene dinero, no yo.
El marqués hizo una reverencia antes de retirarse.
La marquesa se quedó quieta, solo lo vio irse.
Este matrimonio era lo que era: algo de nombre.
Nunca habría relación, y más si este hombre pensaba irse y dejarla ahí como si fuese un perro sin dueño, pero ante eso debía recordar que era la culpable de las decisiones que ambos tomaban en ese vínculo.
—¡Su señoría, no se vaya sin los panecillos! —exclamó la señora Winfred corriendo tras él con una bandeja en la mano.
—No me iría sin estas delicias. Si tuviese cincuenta años menos, señora Winfred, usted sería mi esposa. Me casé con una bruja que me maltrata.
—No se preocupe, su señoría, si lo desea, puedo convertir la vida de su esposa en un verdadero calvario.
—¿Lo haría por mí?
—Claro que sí, sin dudarlo ni un minuto. La torturaré con los menús y los gastos, además, haré que todos en el condado quieran invitarla a tomar el té. Para una persona asocial, eso es como matarla en vida.
—¡Oh, señora Winfred! Usted es mi ángel guardián. Hágalo, tiene vía libre.
El marqués se retiró de la residencia de su esposa para regresar a la suya, y lo hizo con la bandeja de panecillos en la mano. No se perdería semejante disfrute.
—Su señoría, al decirle que no tendrá amantes, le ha demostrado a su esposa que es de los que voltean la mesa para que nadie más pueda sentarse. Ha sido un gesto un tanto osado —opinó Herbert.
—No he sido irrespetuoso. Eso se llama jugar con las reglas sobre la mesa.
No puedo pretender que adivine lo que quiero, es su obligación saberlo.
La puse en conocimiento de lo necesario.
No hace falta que sepa lo que me gusta, sino lo que no me gusta.
Empiezo por el lado más corto. Para desagradarme solo hacen falta pocas cosas y la marquesa tiene al menos la mitad de ellas.
—Es una dama de pocas virtudes. Usted no sabe nada sobre ella.
—No me pierdo de nada interesante. Si a ella le gusta ser callada y reservada, pues es su problema, no el mío.
—Ciertamente tiene razón, su señoría. Veamos los cambios en su morada. Verá que cada gasto que hizo ha valido la pena.
Los dos regresaron al chalet en el que vivía el marqués.
El lugar estaba mucho mejor de lo que recordaba.
También agrandaron el sitio para que pareciera una verdadera residencia y no una habitación grande.
El marqués estaba conforme con lo que se hizo, ese era un lugar acogedor para él.
Solo le faltaba trasladar a su nuevo despacho los papeles que siempre manejaba, de hecho, esos documentos debían ir con él a todas partes, porque eso le permitía tener un control de su patrimonio.
***
Un año después…
La marquesa había cogido un excelente ritmo de vida. No tenía necesidad de cubrirse la cara, porque su esposo nunca la visitaba. Llevaba un año entero sin haberle visto la cara. Solo se escribían cartas y eran solo para pedirse favores o dinero.
En ese tiempo conoció a un par de personas del condado.
Un profesor de escuela era un caballero amable que le enviaba frutas o dulces cada cierto tiempo.
Él sabía que era una mujer casada y ella no le daba mucha importancia, al menos no tenía ningún interés romántico.
Era imposible con tantas pinturas de su esposo en la casa.
—¿Saldrá a cabalgar, su señoría? —preguntó Mary con curiosidad.
—Sí. El señor Collins me ha invitado a cabalgar. ¿Qué sentido tiene que me quede en esta casa? Mi esposo debe andar como un primate, saltando de brazo en brazo. Se cree demasiado al recuperar su estatus. Ahora que cuenta con su propio dinero, ya no soy importante, o más bien, nunca lo fui.
—¿Está resentida con él?
—¿Resentida? No, no es solo su culpa que este matrimonio sea un fracaso. Es una farsa total. Además, nunca me quiso en su vida, al menos yo sí supe lo que se siente que una persona aprecie la belleza. No le di oportunidad de que me viera.
—¿Se arrepiente de eso? Tal vez no sea tarde si está arrepentida.
—Una persona orgullosa no regresa sobre sus huellas.
No me doblegaré. El marqués vive su vida y yo la mía, esa que imaginé durante mucho tiempo, sin nadie que me moleste, comiendo y leyendo a mis anchas con mis sirvientes alrededor.
No puedo quejarme, es perfecto. El mejor esposo es ese que no existe.
—No quiere que su esposo la vea, pero se exhibe ante ese maestro. Es una actitud impropia de una mujer casada —criticó la señora Winfred.
—Sé que juega en el otro equipo, señora Winfred, es más, quien metió a ese señor a mi casa fue usted con sus buenas ideas de hacerme sociable. Aparte, mi esposo debe estar afilando la espada en otro lugar, no le debo nada, ni siquiera respeto.
La joven salió de la residencia con su fusta en la mano, mientras la señora Winfred y Mary se miraban con suspicacia.
—¿Sabes a quién le debes fidelidad, Mary? Tu señor es el conde. Esta mujer no se comporta con el decoro necesario —acusó el ama de llaves.
—¿Por qué me culpa? ¿No escuchó cuando intenté aconsejarle? Es demasiado orgullosa y me temo que, por estar pensando en que el marqués está con muchas mujeres, haga una tontería.
—Ese maestro no es un hombre malo, pero la debilidad de una dama es el buen trato.
Haré que la siga un sirviente. Si ese señor quiere propasarse con ella, se las verá con alguien de esta casa.
El marqués fue muy específico, ella no debe tener contacto con otros hombres. Él no se hará cargo de bastardos.
—Estoy de acuerdo, señora Winfred; sin embargo, así como da consejos a mi señora, podría dárselos al señor. Ella no se ha ido a ningún otro lugar, ha permanecido aquí y nosotros sabemos lo que hace, en cambio, con él, solo nos queda confiar.
—Desde tiempos inmemoriales los hombres han sido diferentes a las mujeres y eso no cambiará. Ni siquiera le ha visto la cara y no porque él no quisiera, sino por capricho de la marquesa, si conociendo a la esposa no le es fiel, imagina sin verla lo que puede ser.
Mary lo consideró y asintió. Culpaba a su señora y también al marqués por no quedarse a intentar algo. Era una romántica empedernida, pero la marquesa era la enemiga número uno para los asuntos del corazón.
Felicia salió disparada al lomo de su caballo.
Podía criticarle muchas cosas a su esposo, pero tenía excelentes monturas en esa propiedad.
Aprovechar el tiempo para recorrer le gustaba, pero cabalgar lo hacía con poca frecuencia por miedo a caer, sin embargo, ese día le recordaron la existencia del marqués, por eso estaba furiosa.
Azuzó al caballo muchas veces hasta que este la lanzó varios metros sobre el aire a pocas millas de la casa.
Desde donde se encontraba aún podía verse todo, mas ella no lo sabía, porque cayó entre unas rocas que estaban en ese trayecto.