Un marqués olvidadizo (Los solteros 2) Capítulo 17
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Capítulo 17

La doncella dejó que ella se quitara el velo y la observó. Pese a la penumbra, notó la deslumbrante belleza de la joven marquesa.

—¿Qué edad tiene, su señoría?

—Diecisiete. Aún no he cumplido la edad para estar casada, pero mis padres no podían esperar para librarse de mí.

—¿Y el marqués? Todavía no lo he visto. Debe tener cien años para haber aceptado tal cosa.

Por primera vez en varios días, Felicia rio al oír a Mary decir eso.

—El marqués es joven e inmaduro. Creo que tiene veinticinco años —respondió.

—Herbert no me dijo cuántos años tenía el amo que me contrataba, solo dijo que era el marqués y yo imaginé que no tendría menos de cuarenta.

—Pues imaginaste mal. Él es atractivo, me duele decirlo, pero es encantador físicamente, aunque en lo intelectual deja mucho que desear.

—Entonces debe cuidar a su esposo. En el pueblo existen damas que fueron de la alta sociedad londinense y que, por solteronas, han venido de cacería, a buscar candidatos que las mantengan.

—¿Qué? ¿Damas solteras?

—Sí. Rentan propiedades en el pueblo y los caballeros que caen en sus redes pagan con dinero y joyas, es decir, las mantienen como amantes.

El corazón de Felicia comenzó a latir con fuerza.

Lo que Mary le decía era una advertencia peligrosa.

Si el marqués iba al pueblo, podría caer en las manos de una suripanta que le robaría sus recursos, por no decir que esa era su dote.

Él tenía motivos de sobra para buscar a una mujer así y no sería culpable, pues ella misma lo arrojaba a los brazos de cualquiera.

Aunque deseaba paz y no ver a su supuesto esposo, no quería que fuera tan tonto y, después, al momento de necesitar un heredero, ella enfermara por su descuido.

—Entonces tú te encargarás de ser mi espía. Me avisarás cada vez que salga de la propiedad.

—Mmm… Su señoría, soy su doncella, pero debo decirle algo: el sirviente del marqués también quería que yo la espiara. En realidad, quieren saber qué oculta bajo el velo.

—Ajá. Lo suponía. Ese sirviente no era amable de nacimiento, solo estaba intentando conseguir información para su amo. No lo culpo, también lo haría. Te agradezco que sepas cuál es el mejor nido.

—Por supuesto. Estoy de su lado, por eso le informaré sobre las actividades del marqués. Algunos sirvientes de la casa son compartidos, así que aseguramos tener algo en qué pensar.

—Perfecto.

Después de cambiarse y cenar, la joven se acostó en la cama y cayó rendida ante el sueño, uno bueno y reparador. Saber que ya estaba en su destino era un calmante para el espíritu.

A la mañana siguiente, se sorprendió al despertar solo un poco después de los sirvientes.

El sol apenas estaba arriba y ella ya no sentía necesidad de seguir durmiendo.

Hacerlo en el carruaje le ayudó a descansar un poco más, al menos ese era su caso, no el de su esposo.

Este era como una roca que, si no lo movían, estorbaba al dormir.

Se levantó de la cama y se acercó a la ventana que dejaba entrar la luz a su habitación.

Al abrirla, el aire fresco de la mañana le dio piel de gallina, necesitaba ponerse algún chal.

A lo lejos vio una construcción alejada, esa debía ser la casa en la que se alojaba el marqués.

Sí que había tomado en serio la idea de no tener contacto, puesto que, siendo de esta manera, ni siquiera se cruzarían en la propiedad.

—Está despierta tan temprano, su señoría, ¿se le ofrece algo? —curioseó Mary.

—Buen día, solo desayunar. Esperaré a que el marqués venga a enseñarme la casa.

—¿No quiere que yo la ayude?

—No, la idea es compartir más tiempo con él.

—Ah, ya entendí. Su señoría, será más fácil si le muestra su rostro. Hoy puedo afirmar que anoche mis ojos no le hicieron justicia, es hermosa, la dama más bella que he visto.

—No se lo digas a nadie.

—Está bien. El ama de llaves vendrá en un rato para conversar con usted. Dice que tiene que encargarse del menú de ambas casas. Es un trabajo doble el que tendrá que hacer. Todos los sirvientes de las dos moradas deben responder ante usted por sus actividades. Así lo estableció el marqués.

—No me extraña, es un charlatán. No, ni siquiera un perezoso es tan holgazán como él. Este hombre solo sabe meterse en problemas. Las responsabilidades no me asustan, me mantendrán distraída.

Mary asintió con verdadera admiración. Su señora era muy joven, pero no se detenía ante nada cuando se trataba de demostrar su capacidad, solo le veía un defecto: era tonta al desperdiciar el tiempo con su esposo.

—Dile al ama de llaves que me busque en el comedor durante el desayuno para que conversemos.

—Sí, su señoría.

***

El marqués despertó varias horas después, casi cuando el sol estaba a punto de indicar el mediodía.

—Me siento tan cansado, como si no hubiese dormido —comentó mirando al techo.

—Su señoría, su esposa debe estar esperándolo desde hace horas. Tenga un poco de consideración.

—Lo único que tengo es sueño. La consideración podríamos dejarla para más adelante —dijo bostezando.

—Le traigo el desayuno para que se apresure. Su montura ya está lista por si quiere ir a caballo.

—Iré a pie. Ya estuve mucho tiempo sentado y no me gustaría seguir así por más tiempo.

—Lo que usted ordene, señoría. Ahora le traigo algo de comer.

—No me apresures; me tomaré el tiempo que quiera.

Total, no estoy ansioso por ver a la marquesa.

Me emociona más el atardecer que la idea de contemplar un velo negro durante una hora.

Además, debo conocer mi propia prisión. Pensaba regresar a Londres en un mes, pero me quedaré unos seis y después iré a la propiedad de Reginald.

Dicen que es hermosa y que tiene un estanque con patos y gansos que llevan nombres propios.

Eso, al menos, suena verdaderamente emocionante.

—Ya ni siquiera le interesa develar los misterios que existen bajo esa tela. Me temo que se ha rendido por completo.

—Sí, me he rendido, no siento curiosidad por absolutamente nada.

Solo quiero vivir en paz y eso lo lograré estando lejos la mayor parte del tiempo.

¿De qué me sirve estar aquí si no puedo apreciar la belleza ni acostarme con una mujer?

No tiene sentido. Encima de todo, es mi esposa, en fin, nadie tiene peor suerte que yo en este asunto.

—Está bien, su señoría…

Herbert le sirvió lo necesario al marqués para que este desayunara y pudiesen partir rumbo a la residencia de la marquesa. Una vez listos, Edwin salió de la casa con las manos en la espalda, dejando entrever su desinterés por todo.

—Ya olvidaba lo imponente que era esta propiedad. Me gusta, es una lástima que tenga que aprovecharla esa víbora. Tuve que ceder y quedarme en un lugar minúsculo, con suerte no nos golpearemos el hombro en un pasillo.

—Fue su decisión, su señoría, no puede retractarse ahora. La casa está preparada para una dama.

—El ama de llaves debe extrañarme, no me ve desde hace diez años quizá. No soy asiduo al campo, pero recuerdo cómo me gustaban los panecillos dulces que hacía. Espero que en esta oportunidad pueda comerme unos. Dile que me envíe varios cada vez que pueda.

—Sin duda ella lo hará. No podría dejar de lado a su señor.

—Ah, y no te olvides de compilar información sobre mi esposa, quiero saber si la doncella nos servirá o tenemos que cortarla en pedazos y dársela a los perros. No quiero ningún amante en mi casa. Si yo no puedo tener sexo, ella tampoco podrá.

—Qué mezquino.

—¿Y ella no es mezquina? Aparte de fea, es egoísta. Mejor dejo de darle vueltas en la cabeza o le encontraré tantos defectos que será imposible sobrevivir con eso.

—Su señoría, es usted demasiado impaciente. Lo importante es cumplir con mostrarle la casa y después será libre.

Dentro de la casa, la señora Winfred anotaba y preguntaba todo a la nueva esposa del marqués. Esta no quería perder ningún detalle del orden en el que harían las cosas.

—A su señoría no le gusta la carne de cerdo, por eso no estará en su menú. Él prefiere comer ciervo, perdiz, faisán, vaca, conejo o cualquier otro animal comestible.

—¿En verdad no le gusta el cerdo? ¿Cómo come el jamón? —cuestionó Felicia, ni siquiera sabía los gustos del marqués.

—Prefiere que se lo hagan de pavo.

—Está bien, no compartiremos ese menú un mismo día. Señora Winfred, me siento cansada, ¿podríamos continuar después?

—Apenas hemos debatido por un menú de la semana y ya se ha cansado. Debe conocer lo que le gusta a su señoría. Él es especial a la hora de escoger lo que desea.

—Pobre y con el paladar exquisito. ¿Dónde se ha visto algo semejante?

—Sus gustos son sencillos. Le gusta un pan dulce que solo yo sé hacer. Podría compartirle la receta si quiere agradar al marqués.

—No me interesa agradarle. Ni siquiera vivimos juntos. Debe venir en un rato para que me muestre la casa. Se lo he pedido personalmente.

—Entonces me apresuraré a sacar esos panecillos del horno. Debo consentir a su señoría. Estoy contenta porque ha escogido Bath como su morada. Si tiene algún postre en particular, puede comunicarlo para que lo prepare su cocinera.

Unos golpes en la puerta interrumpieron a Felicia y la señora Winfred. La joven se sintió aliviada al no tener que seguir escogiendo o haciendo un menú. Ser esposa era difícil. Pensó que con mantener lejos a su esposo todo estaría bien, pero no contaba con que era más complicado que eso.

—Ese debe ser el marqués… —El ama de llaves se apresuró a abrir la puerta. Ahí estaba el apuesto caballero. Ya no era ese jovencito delgado de hacía años atrás—. Su señoría, usted se ve tan atractivo, no pensé que lo alimentaran tan bien. Su tía abuela ha hecho un trabajo excepcional.

—¿Señora Winfred? Tiene más canas que la última vez que la vi. ¿Tiene mi postre favorito?

—Por supuesto, su señoría. Los comerá calientes.

—¡Esa es mi buena ama de llaves! La extrañaba —expresó sonriente.

—Para mí es un placer poder atender al joven marqués. Su esposa es un tanto perezosa y reservada, su señoría. No he podido ver su cara.

—Ah, ya tuvo la desdicha de conocer a esa criatura con la que me casé. Estoy pagando muchas culpas, señora Winfred. Necesito más panecillos.

—Oh, por supuesto que sí, su señoría. En un mes estará más gordo que una liebre con mis cuidados.

Al escuchar la voz del marqués, Felicia se acercó al salón.

—Buen día, su señoría. Lo esperaba para conocer la casa. Falta poco para que vuelva a oscurecer.

Edwin la observó sin mucho ánimo. Ahí estaba con su mismo poco encanto de siempre. Ropa oscura y el infaltable velo.

—Buen día, marquesa. Me quedé dormido. No he podido descansar bien en estos días por nuestro viaje.

—¿Que no ha dormido bien? Usted se pasó todo el trayecto con los ojos cerrados.

—Esooo… no significa que durmiese, solo indica lo agotado que estaba.

Bien, le mostraré la casa a profundidad.

Veo que la señora Winfred ya ha hecho muchos cambios a la residencia, este salón tiene cortinas nuevas y muebles dispuestos de otra manera.

La luz es mejor ahora, lástima que no la pueda aprovechar con ese velo cubriéndole la cara —manifestó Edwin.

—Recorreré mejor la casa después de que me muestre todo. Lo haré sin mi velo.

—Al menos ahuyentará a los espíritus si hay alguno. Hay que verle la ventaja a tener una esposa que no muestra su cara.

Eso fue un claro insulto para Felicia, pero ella solo inhaló y exhaló para no matar a su esposo. Él no la podía ver; por eso se aventuraba a decir tales tonterías.