Capítulo 16
—Si no quiere creerme, no puedo hacer nada. Si tiene un concepto predeterminado de mí, no puedo cambiarlo con solo decirle que no es así. Crea lo que quiera, piense lo que desee, siempre y cuando no me afecten sus acciones —declaró la joven con madurez llevándose el queso a la boca.
—Me casé con una mujer excéntrica. No me hubiese molestado hacerlo con una dama normal, común y con algún que otro defecto pasable.
—¿Defecto pasable?
—Sí, cualquiera que pudiese obviar, por ejemplo: un lunar en la cara, una verruga en el mentón, una nariz aguileña y hasta una cicatriz de tamaño mediano.
—¿Una verruga en el mentón? Tenga por seguro que no tengo ninguna verruga en mi cara.
La joven comenzaba a pensar que él le decía eso con la intención de que se mostrara y que todo lo que caía en cualquiera de esas opciones sería aceptado por este. Debía admitir que la intención era buena y que propiciaba un acercamiento.
—Eso debería darle paz a cualquiera, porque significa que lo que tiene ahí es mucho peor, pero no debería preocuparme por eso, ¿no es así?
Ya hemos acordado los términos de este matrimonio.
Es de mera conveniencia, tenemos lo que necesitamos del otro y no nos falta nada más para ser felices.
Tal vez tengamos que discutir una ventaja para mí, pues no me conformo con la dote que ha sido limitada.
Tenga por seguro que no pediré dinero, como mucho alguna que otra cosa trivial.
—Ah, comprendo —musitó la joven en tono decepcionado. Ese hombre solo tenía pensamientos negativos. Dejó de hacerle caso después de eso y se limitó a comer, al terminar, subió al carruaje a esperarlo para continuar el viaje.
Desde la distancia, Herbert notó que la marquesa no estaba conforme con su amo, no podía verlo en su cara, pero sí en los movimientos. Todas las mujeres actuaban de la misma manera. El marqués debió decir algo que no le agradó. Esos dos tenían graves problemas de relacionamiento.
Edwin se recostó un rato sobre el mantel con los ojos cerrados. El viaje era cansador, por más que dormía o pararan para estirar las piernas, él solo quería estar en su propiedad, no le importaba en qué parte, solo deseaba permanecer quieto.
—Su señoría, no puede dormir aquí, debemos continuar el viaje. Vienen nubes desde el sur. Es probable que si se queda mucho tiempo caiga un aguacero —comentó Herbert, que se acercó.
—Solo quisiera estar en un lugar. No me gusta viajar y peor aún en la compañía de una víbora que se esconde. Esto es deprimente.
—Lo que le deprime no es el viaje, es la compañía, pues usted duerme como un tronco al subir a un carruaje, no importa la distancia. Conmigo nunca se ha quejado.
—¿Por qué tendría quejas de alguien a quien puedo verle la cara y con quien puedo conversar con tranquilidad? Solo quiero que ese martirio termine, además de ver cómo quedó la propiedad.
—Le aseguro que quedó bien. Yo mismo me encargué de supervisar los trabajos de reparación y pintura, aparte de reemplazar los muebles viejos y contratar a la doncella. El dinero que le dio su tía abuela ha sido útil.
—¿Cuál dinero que me dio? Eso me correspondía. Solo se aprovechó de mi prestamista para sacar ventaja, pero la realidad es que cada moneda es una lágrima mía. El día que firmé ese acuerdo con el conde me condené. Tengo derecho al menos a ver una parte de mi sufrimiento invertido en mí.
—Quedará satisfecho, puedo apostar mi cabeza a ello.
Lo bueno para Edwin era que tendría a su sirviente para hacerle compañía.
No sabía qué haría todos los días en medio del monte.
Cabalgar era una opción y huir era la siguiente, regresar a Londres para tener un poco de diversión, aunque, ¿para qué ir tan lejos si en Bath tenían un buen pueblo?
Ahí encontraría lo mismo que en la capital, pero con un menor nivel.
Todo en los condados era más rústico, aunque no por eso dejaba de ser apto para las personas adineradas.
Después de que su sirviente lo convenciera, él subió al carruaje para seguir el camino a Bath. Si apresuraban el paso, llegarían esa noche o mañana. Al sentarse, vio a su esposa abanicándose dentro. No veía sentido a lo que hacía, porque si se quitara el velo, no tendría que sufrir tanto.
—No me destaco por mi inteligencia, pero se ve ridícula al tener ese velo y abanicarse. Si se lo quitara, no tendría que sufrir por el calor —opinó el marqués.
—Nadie le pidió su opinión, si no es solicitada, no es necesaria. Siento calor porque lo esperé por mucho tiempo, no sabía que era tan insensible. Lo mejor es no demorarse y llegar cuanto antes a Bath.
—¿Me está culpando? Solo quería extender mi cuerpo. ¿Acaso es un pecado? Menos mal que no compartiremos el mismo techo, o estaríamos en peligro de muerte.
—El único peligro lo corre usted por ser insensible y tonto.
—¿Sabe qué? Usted a lo suyo y yo a lo mío. Asunto acabado. No nos hablaremos más hasta llegar a Bath.
—No pensaba dirigirle una palabra más a semejante maleducado.
Los dos alzaron el mentón como caprichosos que eran.
El marqués intentó leer durante todo el camino, pero no pudo pasar de la tercera hoja, estaba tan aburrido que se quedó dormido.
Golpeó su cabeza tantas veces contra el carruaje que ya no sabía si se durmió por el cansancio o porque un golpe lo dejó inconsciente.
Felicia sí podía concentrarse en la lectura, era lo que más le gustaba hacer, era lo que había buscado.
Era gran apasionada de las letras y su sueño era escribir un libro de fantasías, uno en donde su mente pudiese galopar como si estuviera en una pradera.
La libertad y plenitud le darían lo que necesitaba para hacerlo y la propiedad de su esposo parecía ser el lugar perfecto para ello.
A la medianoche llegaron a la propiedad. No parecía ser el momento perfecto para mostrarle la casa a nadie, pues prácticamente estuvieron huyendo de las nubes de lluvia que parecían perseguirlos, por eso no habían detenido el paso hasta llegar. Estaban no solo exhaustos, sino hambrientos.
—Disculpen la interrupción… —dijo Herbert abriendo la puerta del carruaje para que bajaran—. Hemos llegado. Primero bajaremos los baúles de la marquesa para que su doncella pueda atenderla y mañana acomodar sus cosas.
El marqués despertó al igual que Felicia. Al final terminó contagiada por su somnoliento esposo y durmió muchas horas en una posición incómoda.
—Por fin hemos llegado. Ese trayecto parecía eterno —declaró Felicia, que se apresuró a salir del coche, pero debía hacerlo con cuidado, pues no veía nada con su velo.
—Ve y ayúdala. Para mi casa queda poca distancia —ordenó a su sirviente.
—Sí, su señoría. En poco tiempo estaré con usted.
—Pregúntale a tu amo si no cenará aquí —habló la joven a Herbert.
—No lo hará, milady. La vivienda en donde se quedará mi señor cuenta con cocina, comedor, un salón pequeño, varias habitaciones y un ala de servicio. Cada uno de ustedes tiene sus propios sirvientes.
A Felicia le extrañaba que fuera de esa manera. En realidad, imaginó algo menos drástico. Tal vez malinterpretó las palabras de su esposo al decir que viviría en la misma propiedad, creyó que al menos comerían bajo el mismo techo, pero no era así, este se había preparado para un corte limpio.
—Entonces esperaré al marqués mañana para que me muestre la casa. Nadie mejor que el dueño para hacerlo.
—Intentaré convencerlo de hacer eso, milady.
Por las escaleras de la residencia bajó una joven sonriente con un delantal en la cintura que se acercó a Felicia.
—Mary, ella es la marquesa de Cleveland, tu ama —presentó Herbert a la dama. Aquel ya le había comentado que la esposa del marqués era excéntrica.
—Sea bienvenida, su señoría. Estoy a su servicio.
Pese a que Felicia no veía nada, se sentía contenta al tener una doncella propia, una que no tendría que compartir con nadie más.
—Gracias. Pide que preparen algo de comer y después deja listo mi camisón para que pueda descansar.
—Sí, su señoría. Lo haré y ayudaré a los sirvientes a bajar sus cosas.
Felicia echó un último vistazo al carruaje en el que iba el marqués y suspiró. No sabía cómo sería la relación de ambos más adelante, pero esperaba que no se complicara demasiado, aunque si no se veían, ese sería un inconveniente futuro. Debía esperar y estudiar cómo pasaban los próximos días.
Edwin fingió estar dormido en el carruaje después de que lo despertaran y tuviese que esperar para ir a su pequeño hogar. Al menos tendría paz y no estaría incómodo.
—Su señoría, todo está listo en su habitación, para comer tengo preparado cecina, pan y frutas para que pueda descansar con el estómago lleno.
—Gracias, Herbert. Ya me libré de esa bruja, no me volverá a ver en un buen tiempo.
—Lamento decirle que la marquesa pidió que usted le enseñe la casa.
—¿Qué hice mal para merecer tanta tortura? He pagado mis pecados de al menos diez vidas y aun así merezco seguir sufriendo.
—Es solo mostrarle la casa, no lo morderá. No parece tener intenciones de querer encerrarlo y abusar de usted, su señoría. Sea más amable con su esposa, le aseguro que conseguirá mejor trato y hasta es probable que pueda tener un heredero en algún momento.
—Todo eso seguro ocurrirá cuando me quiten los ojos o la oscuridad no me deje ver uno solo de mis dedos.
No creas que no he sido amable. Le dije con sutileza qué cosas podía tolerar que existieran bajo su velo, pero al parecer ni siquiera apreciar una verruga le pareció buena idea.
Debe tener la cara en carne viva para no querer enseñarla.
Aquí no falta voluntad, ¿quién no quiere acostarse con su esposa?
Bueno, en este caso yo, pero si la conociera al menos sin eso que la cubre, las cosas tal vez serían distintas.
Ahora lo único que me queda es resignarme a quedarme casto y puro hasta mi último aliento…
¡Ja! Ni en mis sueños más hostiles pasará eso.
Siempre existirán mujeres que querrán compartir mi lecho.
Si aparece una oportunidad, no la desaprovecharé.
Esa bruja se cubrirá de polvo, pero en mi caso no pienso dejar que me ocurra eso.
—Este matrimonio parece que está destinado a no prosperar. Por favor, su señoría, sea educado esta vez y dé un paso al frente para enseñarle a su esposa la casa. No pidió nada más.
—Pareces ser más su empleado que mío, Herbert, pero como te debo por la paliza que recibiste por mí, te haré este favor.
—Gracias, su señoría. Ahora buscaré su cena para que pueda descansar.
Edwin tampoco podía ver los cambios que se hicieron a esa parte de la propiedad. Tendría que esperar a la luz del sol para poder apreciar cualquier cosa, aunque notaba que la cama sí parecía nueva. Eso lo dejaba conforme.
***
En la residencia de Felicia, ella se encontraba en la habitación que era amplia y contaba con muebles que parecían sin uso. El lugar tenía un aroma característico a pintura fresca y madera recién tallada.
—Disculpe la curiosidad, su señoría, pero ¿no se quitará el velo? El sirviente del marqués me dijo que usted era una persona de gustos excéntricos.
—Estoy acostumbrada a eso, pero en realidad no tengo ningún gusto excéntrico, solo no quería enseñar mi rostro para que nadie se casara conmigo y así poder ser libre.
—Excúseme, pero usted se ha casado.
—Ese fue un pequeño error de cálculo, algo que decidieron mis padres y no me consultaron.
—Entonces no debería seguir usando eso.
—Lo seguiré usando porque si no lo hago, tendré al marqués colgado de la puerta esperando entrar en la habitación para hacer herederos.