Un marqués olvidadizo (Los solteros 2) Capítulo 15
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Capítulo 15

Después de que se quitara el velo para disfrutar un poco de la libertad de exhibir su rostro, siguió leyendo su libro por un tiempo hasta que sintió sueño y volvió a colocárselo. No quería que su esposo tuviese un colapso nervioso creyendo que quería asustarlo y terminara vomitándole en la cara.

A punto de oscurecer, llegaron a su primera parada, una posada que quedaba de camino. No era seguro avanzar de noche; no sabían en qué lugar podrían encontrarse con salteadores.

Herbert fue a reservar las habitaciones. Una vez que lo hizo, fue a buscar a los recién casados, abrió la portezuela y los encontró dormidos, cada uno en un rincón del carruaje.

—Disculpe, su señoría, hemos llegado a una posada para que puedan dormir cómodos. El viaje será largo, esperemos poder llegar a Bath lo más pronto posible —habló el sirviente.

La joven abrió los ojos y solo distinguía la lámpara de la persona que habló.

—Despierte a su señor. Iré a mi habitación —habló ella desperezándose.

—Sí, su señoría. Si necesita algo, estoy a su servicio.

—¿Y mi doncella?

—Ella está esperando en Bath, la joven es de ahí, no la buscamos en Londres.

—Al menos el marqués no estuvo holgazaneando todo este tiempo. Tiene un poco de conciencia. Después de dejar a tu señor en su habitación, busca mi bolsa de lona, ahí tengo mudas de ropa para descansar y continuar mañana.

—Sí. Iré en un momento.

Una vez que la esposa del marqués se fue, Herbert subió al carruaje para intentar despertarlo.

—No quiero salir, es cómodo —dijo Edwin aferrándose al asiento.

—Su señoría, su cuello ya está deformado por dormir todo el camino de manera incómoda. He reservado una habitación para usted. La marquesa ya ha ido a la suya.

—¿Cuál marquesa?

—Se acaba de casar.

—Ah, es cierto. ¿No compartimos habitación?

—No, su señoría. No se preocupe.

—Gracias a Dios…

Con esfuerzo se movió y comenzó a sentir el dichoso dolor de cuello. Llevaba mucho tiempo sin emborracharse y hacer un viaje, por lo que todo le dolía, hasta su corazón.

—Le pediré al posadero que lleve la cena para usted y su esposa. Lo acompañaré a cambiarse, su señoría.

—¿Quién ayudará a la bruja?

—Le llevaré su ropa, pero no es conveniente que yo la ayude. Tal vez, si ella está de acuerdo, alguna joven doncella de la posada podría ayudarla.

—Pregúntale, no queremos que nos condene por ser poco empáticos. Ya nos odiamos por el simple hecho de existir, no queremos que este sentimiento siga creciendo sin control por tonterías como esta.

—Sí, señoría.

—Primero encárgate de ella, después vienes a verme, te esperaré en la cama.

El sirviente asintió y fue a cumplir con los encargos. Para Herbert la noche recién empezaba.

Felicia estaba en la sencilla habitación de la posada.

Llevaba tiempo sin salir de la casa de sus padres.

Ver un paisaje distinto era algo agradable, incluso su mal genio estaba desapareciendo.

Desde aquel sitio podía ver la noche tal como era: oscura y solo iluminada por la luz de la luna, las estrellas eran lejanas, pero adornaban el firmamento con su brillo y elegancia, aunque sin quitarle protagonismo a la esfera blanca y brillante.

—Un matrimonio decadente era la clave para ser libre. Ahora debería estar feliz porque conseguí más de lo que hubiese esperado. No sabía que un noble en desgracia pudiese dar tanto. Pese a que se quedará con mi dote, no me molesta, siempre y cuando a mí no me falte todo lo que quiera…

Después de decir eso, se acostó en la cama y observó su anillo de rubí que pesaba en su dedo.

Era una joya familiar, lo que indicaba que su significado no era cualquier cosa, debía cumplir con un compromiso.

Esa alhaja no se la darían a cualquiera, solo a la esposa, a la que debía cumplir con un rol fundamental.

Ese era el mayor defecto que le encontraba a ese matrimonio, todos esos supuestos beneficios iban con una carga implícita.

Su esposo era un hombre de gran linaje, tonto, pero atractivo.

Su misión era al menos darle un heredero, pero no se sentía en condiciones de hacerlo.

Este marqués le tenía miedo y no uno normal, era algo que enturbiaba su espíritu hasta el punto de decirle que si le mostraba su rostro, vomitaría.

Le parecía muy frívolo, aunque al considerarlo desde otra perspectiva, estando ella en su lugar, también estaría aterrorizada al casarse con un hombre enmascarado.

Este tendría que mostrar que podía compensar su falta de atractivo de otra manera.

Felicia no tenía problemas físicos, solo era caprichosa, sabía que revelando su rostro haría que ese hombre se arrastrara, mas eso le quitaría la libertad que había buscado.

Los caballeros se guiaban por el físico y no lo culpaba por considerarla una abominación, lo malo era que lo decía sin disimulo y eso ofendía un poco.

El sonido de unos golpes en la puerta llamó su atención, debía ser el sirviente que iba a darle su bolsa de lona. Al autorizar la entrada, vio a una joven de aspecto humilde.

—Disculpe, mi señora. Un sirviente me pidió que viniera a servirle, pues no tiene doncella. Si no le molesta, le ayudaré hoy y mañana.

—Está bien. Prepara mi camisón.

—¿Por qué usa velo?

—Porque me gusta. Si no le dirá a nadie lo que hay debajo, me lo quitaré.

—Por supuesto que no, mi señora.

La joven se quitó el velo frente a la doncella, que no notó nada raro. Buscaba una razón para que tapara su cara.

—No hay nada… —musitó al fin.

—Sí, ese es mi secreto. Solo no quiero que me vean.

—Eso es bastante ingenioso…

La doncella le sonrió y comenzó a hacer su trabajo para después acercarle la cena para que pudiera descansar y continuar su camino al día siguiente.

Por la mañana, Felicia ya estaba vestida con sus prendas de siempre. El vestido negro y el velo a juego para no perder la costumbre. Los recién casados desayunaron por separado, cada uno en su habitación. Cuando terminaron, Herbert liquidó la cuenta para poder partir.

Una vez dentro del carruaje, Edwin subió para continuar el camino a Bath.

Ahí vio a su esposa, esta estaba vestida con menos encanto que el día anterior, pero nada de eso hacía la diferencia para él, seguía sin saber cómo era.

Ni siquiera se atrevió a saludarla, cogió un libro para ignorarla el tiempo que fuese posible.

Ella tampoco habló, solo se limitó a hacer lo mismo que él.

El marqués subía tanto el libro que no podía ver ni su rostro, ni su cabello, apenas el cuello.

La evitaba como si fuese la peste. Era bastante molesto y comenzaba a irritarla.

No podía ser que por no ver su cara le tuviese tanta repulsión para evitar ser educado.

—Su señoría, no puede evitarme toda la vida.

Al menos debería mantener la mínima cortesía —masculló la joven, molesta, pero el marqués ni siquiera se movió, lo que enfureció aún más a Felicia.

Se puso de pie en el carruaje en movimiento y se acercó a Edwin para quitarle el libro, pero para su sorpresa, él estaba dormido—.

No puede existir alguien que duerma tanto. ¿Cómo es posible? Me enfadé por nada.

Aquella regresó a su sitio para acomodarse y seguir su lectura. Su esposo era la criatura más perezosa que había conocido. Era alguien que al parecer disfrutaba mucho echarse un par de siestas a lo largo del día.

El carruaje de la pareja se detuvo después del mediodía para que pudieran comer algo.

El sirviente extendió un mantel sobre una fina capa de pasto que estaba bajo unos árboles a la vera del camino.

La sombra era buena y no tendrían calor.

Colocó a disposición de los marqueses quesos, cecina, frutas y vino. Luego fue a pedirles que bajaran.

—Disculpen la interrupción, he dispuesto el almuerzo para que puedan disfrutarlo tranquilos bajo la sombra.

—Despierte a su señor. Este duerme más que un muerto —se quejó la joven.

—Disculpe a su señoría, él es una persona de buen dormir. Es capaz de hacerlo mientras camina.

—Tiene pésimos hábitos. Menos mal que no viviremos juntos, o lo encontraría tirado en el salón y terminaría tropezándome con su cuerpo.

Herbert solo agachó la cabeza ante las palabras de la marquesa. Comenzaba a sacar de la jaula a su fiera interior. El marqués se casó con una verdadera diablesa.

—Su señoría… —lo llamó Herbert moviendo un poco a Edwin.

—¿Qué pasa? ¿Hemos llegado? —cuestionó el marqués en un bostezo.

—No, su señoría. He preparado el almuerzo. Puse un mantel bajo una buena sombra para que pudiesen comer. Los sirvientes estaremos cerca, unos árboles atrás. No estarán descuidados.

—No te preocupes por eso. Lo que me preocupa es que me dejarás con esa bruja. Nunca he dormido tanto en toda mi vida. Ya ni sé de dónde saco las fuerzas para seguir durmiendo.

—Es porque piensa demasiado. Debería considerar no tomar en serio que debajo del velo de la marquesa existe algo horrible. Sea lo que sea, no será peor que la muerte.

—No sabía que podías intentar consolar a alguien. No lo vuelvas a hacer, tiene el efecto contrario. Ahora desconfío más de lo que puede haber bajo esa horrible tela que parece un mosquitero.

—Solo no vuelva a dormir, a su esposa le molesta. Hable un poco con ella, tiene mal genio.

Lo peor nunca terminaba de aparecer. Resultaba que su esposa fea también tenía mal genio. No era suficiente con tener un solo defecto, tenía que acumular varios para hacerla menos apetecible a sus ojos.

Edwin fue caminando hacia la joven y la encontró en pleno picoteo de comida.

—Qué aproveche —dijo Edwin sentándose cerca.

—Si no hablara, olvidaría cómo es la voz de mi esposo.

—No nos hagamos los listos, esposa. Pongamos las cartas sobre la mesa.

¿Mi acuerdo de darle una casa le parece tan miserable para portarse así?

Le recuerdo que fue usted quien no deseaba tratos conmigo.

No me molesta que no me quiera ver, es un sentimiento recíproco, pero no puede decir que no cumplo con lo que me piden.

—¿Por qué tan agresivo? No soy un monstruo.

—No puedo desmentirlo ni confirmarlo. Estoy en el limbo. Es ahí donde me quedo. No veo a mi esposa, entonces no puedo interceder.

—¿Es tan importante ver mi cara?

—¿Es tan importante esconderla y hacerme pensar que es un monstruo más feo que mi prima lejana? Si cree que vestirse así es encantador, no sé si busca pareja en una funeraria o en algún culto oscuro.

—¡Qué atrevimiento! Me gusta la privacidad.

—No me sorprendería que durmiera en un ataúd.

Si la cama de la propiedad en Bath no le satisface, siempre podría mandarle construir algo más acorde con su…

naturaleza. Y si tampoco le agrada la habitación, podríamos levantar un pequeño cementerio en el jardín solo para complacerla.

Al fin y al cabo, el dinero que gastemos será suyo, al menos durante un año, mientras logro recuperar mis pérdidas.

Este año la cosecha, por suerte, viene generosa.

Felicia no podía creer que el marqués tuviese tantas ideas tenebrosas sobre ella. Definitivamente, logró dañar algo en la cabeza de ese hombre, pero al menos tenía el buen humor y la cara dura para decirle las cosas de frente.

—No duermo en un ataúd ni tengo otros gustos raros, no me gustan los velorios. ¿Por qué cree que el negro debe ser un concepto de luto eterno?

—¿No lo es?

—Sí, es un concepto de luto, pero…

—Pero no me equivoqué, ¿no es así? Hace que quiera dudar de mi inteligencia, aunque le digo que no hay forma de que me convenza de nada. No creo que use ese velo porque sea una persona de gustos extravagantes, es porque esconde algo malo.