Capítulo 14
Felicia observaba al marqués alejado, al igual que su familia, nadie parecía apreciarla ni un poco.
Nadie se acercaba aparte de quienes la saludaban por el matrimonio, deseándole felicidad, cosa que ella veía bastante improbable debido a las condiciones en las que se dieron el compromiso y el matrimonio.
La actitud del esposo hablaba mucho sobre el estado de ambos.
Estaban alejados no solo físicamente, sino también emocionalmente.
Ninguno de los dos estaba interesado en invertir en emociones.
—Es momento de que los recién casados compartan carruaje para ir hasta la residencia, Felicia. Ve a buscar a tu esposo —ordenó su madre.
—No iré a buscarlo. Si quiere ir, que lo haga en otro carruaje —masculló.
—No te avergüences con semejante capricho. Eres la mujer y es tu obligación buscar a tu esposo.
—Lo haré por esta vez solo para no dar un tema más de conversación a los curiosos, pero después de esto, ese hombre no volverá a saber de mí.
—Lamento hacer estallar tu burbuja, pero tienes un largo trayecto en el que compartirás con él, Dios quiere que pises tus palabras por malvada.
La joven alzó el mentón sin dejar ver su expresión enfadada y fue a buscar a su esposo para que este se uniera, para que pudieran ir a su casa para el banquete.
Al llegar cerca de donde estaba el marqués, ni siquiera parecía contento con sus amigos, tenía el rostro digno para ser el más amargado del día.
—Su señoría, debemos partir para el banquete —habló la joven sin saludar a las amistades del marqués y después se alejó raudamente para ir hacia el carruaje de su padre.
—La educación no es parte de los modales de tu esposa, Edwin… —dijo Wulfric con una sonrisa burlona.
—No hace falta que me lo digas, lo sé de primera mano. Debo irme. Les prohíbo dejarme solo en ese banquete, pues después tendré que soportarla todo el trayecto a Bath.
—No te preocupes, haremos que seas menos infeliz aunque solo sea por unas horas. Nuestro condado no está muy lejos, puedes visitarme, Edwin —afirmó Reginald.
—Eso sería una excelente vía de escape. Entre tu propiedad y venir a Londres, casi no estaré en el mismo lugar que ella. Eso puede llamarse una fortuna increíble. Los dejaré para adelantarme con la bruja.
Edwin inclinó la cabeza para despedirse de sus dos amigos y fue a buscar a su flamante esposa.
No la encontró junto al carruaje que los llevaría, que era el suyo.
Buscó con la mirada a la mujer del velo y la encontró junto al coche de sus padres.
No iría a buscarla, esperaría que ella sola se humillara hasta regresar ahí.
La joven, al ser expulsada del carruaje de sus parientes, fue al del marqués. La logística de ese matrimonio era un verdadero desastre. Con suerte comerían algo antes de partir si esto seguía así. Al llegar ahí, vio a su esposo de pie esperándola.
—Ya era hora, entra —mandó el marqués a la joven.
Al oír el tono molesto del marqués, ella subió sin rechistar. Aquel ni siquiera le extendió la mano, al menos para parecer caballeroso. Entre ellos, las cortesías no podían ni siquiera llamarse así para disimular.
—Pensé que nos iríamos en el carruaje de mis padres —comentó Felicia—. Es mucho más lujoso que este.
—Qué lástima. Si no le gusta mi humilde carruaje, puede bajarse y caminar. Deberá acostumbrarse a muchas cosas, lady Felicia.
—No me sorprende de un grosero, rufián y canalla como usted que no sepa de cortesías.
—Soy cortés con quien es educado conmigo. Cabe destacar que usted se ha comportado como una deslenguada desde que la conozco. No me culpe si me cuesta tolerarla.
—Lo bueno es que no tendremos que vernos después de este día. Cada uno por su cuenta.
—Perfecto. Al menos eso nos alegra a los dos. Tendremos lo que queremos.
El camino a la residencia del conde de Ross fue corto, pero no cruzaron una sola palabra más hasta llegar.
Ahí debía ser igual que en la abadía, el único que podía mostrar alguna expresión era Edwin, y este tenía que fingir felicidad para no caer en una depresión profunda.
Cualquier sueño que tuviese para ser feliz con una mujer fue castrado por una estúpida deuda que lo llevó a contraer matrimonio con esa mujer tan insoportable.
Durante el festejo antes del banquete, Edwin ya no pensaba con tanta claridad, bebía en compañía de sus amigos, mientras que su ayuda de cámara intentaba que no se descontrolara, pues debía decir unas palabras en la mesa, pero desde un primer momento se negó.
No podía decir nada bueno. Felicia no era diferente a su esposo, ella también se entregó a la bebida.
Escasamente solía hacer algo semejante, mas ese día ameritaba que pudiera desahogar sus penas.
Sus libros ya la esperaban en el carruaje, por lo que leería hasta que la luz del día lo permitiera.
Una vez en la mesa, los recién casados no dijeron una sola palabra.
Edwin comía y bebía vino, brindaba cuando era requerido y seguía la etiqueta lo mejor que podía, dejando de lado el mareo por la bebida.
A su vez, Felicia estaba sentada junto a su cuñado, el conde de Bristol.
Este no dejaba de hablar sobre mil temas diferentes al mismo tiempo.
Era idéntico a su familia; hasta podía decir que era su hermano perdido.
—¿Por qué no aprovechas y dices algo para alentar a la gente, cuñada?
—Cuando te cases con mi hermana seremos cuñados de verdad. Ahora solo eres el prometido. Tienes menos estatus que el rufián con el que me casé.
—Oye, no seas tan cruel. Él es un buen hombre. Me saludó amablemente.
—Por supuesto que te saludará así porque es probable que tengas algo que le interesa: dinero. Él no hace nada que no esté ligado al interés económico, es por eso que se casó conmigo.
—No me parece una mala persona. Tal vez solo tú no le agrades.
—Adivinaste que no le agrado. Él tampoco me agrada. Déjame comer —masculló la joven para evitar que su cuñado continuara hablándole, pero no sirvió, este siguió conversando sin importarle lo que ella dijera.
Después de levantarse de la mesa, el marqués evitó a toda costa a la dama del velo. Ella tampoco se acercaba, solo lo observaba desde lejos sin reaccionar.
—Creo que tu esposo está ebrio, Felicia. Costará mucho que así mantenga su encanto durante todo el camino —comentó Charlotte con los brazos cruzados bajo el brazo, mirando hacia donde su hermana también lo hacía.
—No tiene nada de malo, seremos dos ebrios en un carruaje. Ninguno tiene intención de ser cortés con el otro. La idea es solo que ambos lleguemos con vida y tomemos caminos separados por unas cuantas leguas.
—Es una lástima que pienses de esa manera. Un buen matrimonio terminará desperdiciado por esto.
—¡Lo dudo mucho!
—Felicia, es momento de que se retiren, nosotros nos encargaremos de despedir a los invitados para que puedan irse tranquilos, además, tu esposo no está en condiciones de decir alguna cosa y, si lo dice, no será nada bueno.
Tus cosas están en el carruaje. Disfruta del matrimonio, invítanos o visítanos cuando quieras.
Como tus progenitores, no nos negaremos a nada —alegó su padre.
—Bien, pues me despediré de mi hermano. De ustedes no hace falta…
La joven fue hacia las escaleras y subió. Encontró a su hermano menor jugando en su habitación en compañía de la niñera.
—Oye, me voy. No sé si nos volveremos a ver alguna vez —habló Felicia en un tono que no buscaba ser dramático, pero que terminaba siéndolo.
—¿Y tu esposo, Feli?
—Está abajo, ahogándose en una copa. No te preocupes por él, porque no se preocupará por ti. No seas un niño sumiso y tonto. Sé inteligente y discute por todo lo que no te guste. Recuerda que eres el heredero del conde de Ross, sin duda eres el niño más rico de Londres.
—Lo recordaré. Puedes llevarte mi pato de madera para que te haga compañía si tu esposo no se preocupa por ti.
—Ya no me queda espacio en mi baúl —replicó para no aceptar su obsequio. Sabía que ese era su juguete favorito. Él quería dárselo en un momento triste, pero se arrepentiría después. Lo conocí a la perfección—. No duermas tarde.
—¿Estás segura de que no regresarás a vernos?
—No quiero desesperarme con tanta atención familiar. Por el momento creo que lo mejor es que disfrute de esta libertad.
—Bueno. Adiós, Feli.
—Adiós, hermano.
Ella alzó la mano para despedirse de él, pero este se acercó a abrazarla y la miró con sus enormes ojos azules.
Le tocó la cabeza como despedida y salió de la habitación.
Ese sí fue un momento duro. Llevaba cuatro años conociendo a ese pequeño demonio.
Sin duda lo extrañaría mucho. Por primera vez su corazón se sentía turbado.
En la planta baja, Edwin fue llevado al carruaje por sus amigos. Este apenas estaba consciente, tampoco quería estarlo, no le apetecía conversar con la mujer de sus pesadillas.
—¿Ustedes dos irán conmigo? Siempre los he querido mucho… Los amo, prefiero que me gusten los hombres…
—No digas esas cosas tan turbias, acabas de casarte, no podemos ser objeto de tu deseo —murmuró Wulfric en el oído del marqués.
—Es cierto. No lo vuelvas a decir, mi reputación es importante para mi esposa —secundó Reginald—. Te dejaremos aquí, el resto está en tus manos. Ya no podemos hacer nada por ti. Resígnate o vuélvete alcohólico, pero no repitas que nos quieres.
—¿Podrían llevarme hasta Bath? ¿Qué pasa si ese esperpento quiere abusar de este marqués? ¿En dónde quedará mi virtud?
—Eso no va a pasar. No han cruzado una sola palabra y dudo que durante el camino ocurra el milagro de que los dos se deseen. Calma —recomendó Wulfric.
Los dos bajaron del carruaje y dejaron al marqués gritando dentro.
—Herbert, te lo encargamos. No dejes que se arroje por la ventanilla o abra la puerta. En su estado es capaz de cualquier tontería —musitó Reginald.
—Sí, su alteza. Me preocupa el estado mental del marqués. No poder ver el rostro de su esposa es un problema mayúsculo.
—Pues no creo que sea mejor verla. Ahí podríamos barajar la opción de medir su cuerpo para un buen ataúd, uno de roble tal vez.
—No diga esas cosas. Si mi amo se muere, me quedaré sin trabajo.
—No te preocupes, si se muere, búscame en mi finca. A mi sirviente le faltan manos para engañar a mi esposa, que cree que hago la contabilidad. Encárgate de él y no lo dejes solo mucho tiempo.
Sus amigos se despidieron del sirviente, mientras Edwin permanecía dentro del carruaje con los párpados cerrados.
Aún no veía la sombra de la mujer con la que se casó.
Después de unos minutos sintió el movimiento y abrió los ojos.
Su figura estaba sentada frente a él con el velo cubriendo su cara como siempre.
Al parecer, esa sería su pesadilla recurrente.
—No debió beber tanto. Espero que no vomite dentro del carruaje o el hedor será insoportable —dijo Felicia sentada, observando fijamente a su esposo.
—Solo estoy mareado, no pienso vomitar, al menos que decida mostrar su cara.
—Los borrachos y los niños siempre dicen la verdad. No lo molestaré por ahora. Quédese en su rincón y yo en el mío. Así evitamos ser groseros.
—Está bien… Perdón por lo que dije. Fui grosero.
—Lo hecho, hecho está. Leeré durante el camino. Tengo algún que otro libro que podría gustarle. Cójalo si las letras no intentan salir de las hojas.
Mientras la joven pretendía leer, miraba de reojo al marqués, que tenía los brazos cruzados bajo el pecho. Sus ojos estaban cerrados y la expresión de su cara era evidente: estaba dormido. Al bajar su libro, se quitó el velo.
—No está despierto para ver esto, pero no puede decir que no me quité la tela que me cubre.