Un marqués olvidadizo (Los solteros 2) Capítulo 13
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Capítulo 13

—Lady Ross, le traje este anillo de compromiso a lady Felicia, espero que pueda entregárselo antes de que sea la hora del matrimonio —dijo el marqués extendiendo el anillo hacia la condesa.

La dama lo cogió y miró con aprobación el obsequio del marqués. Si todavía conservaba ese tipo de joyas, su hija tendría una gran reputación cuando se decidiera a ser una buena esposa.

—¿Por qué no la entrega usted, su señoría? —increpó la joven que se puso el velo para poder acercarse a él—. ¿Me pregunto de dónde lo robó? Según tengo entendido, no tiene en dónde caerse muerto.

El veneno que salía de sus labios era solo para no parecer asombrada con su atractivo, porque si no decía algo así, saldría del molde y terminaría diciendo cosas que la condenarían a su esclava por siempre.

—Esta joya perteneció a una de las damas de mi familia.

Vine para entregárselo para que la gente no diga que me falta algo más que dinero.

Al menos puedo entregar este anillo. No se preocupe, también tendrá las joyas que pertenecen a la marquesa.

No olvide subir sus ropas opacas al carruaje para cuando tengamos que partir.

Nos vemos en la abadía —replicó el marqués con un poco de desprecio tiñendo sus palabras.

La condesa le entregó el anillo a Edwin y este se lo entregó a su vez a Felicia antes de irse.

La cortesía estaba ausente entre ellos. No debió ser tan dura al decir aquello, pero no sabía ser de otra manera.

—Felicia, eres una maleducada. El día de tu boda le echas en cara a tu esposo que no tiene dinero. No puedo creer que llegaras a este punto. Si te abandonan, lo tienes merecido —escupió su madre girando sus talones para alejarse de su hija.

Felicia observó a su alrededor y vio solo vestigios de molestia en el rostro de los mismos sirvientes. Estaba segura de que quedarían tranquilos cuando no tuvieran que verla más, pero también sentirían lástima por el hombre con quien se casaba.

El marqués no le había dedicado una sola mirada, su desprecio era evidente y no pensaba ocultarlo con cortesías, replicó con el mismo ánimo de molestar que tenía ella.

Cuando subía para arreglarse lo último que faltaba, vio sus baúles en el pasillo.

Su vida estaba guardada ahí, dejaría esa casa como había deseado tiempo atrás.

Comería en el banquete como despedida y después iría a un condado lejano a vivir lo que siempre quiso, junto a un esposo que no la quería en absoluto.

Tendría que llegar a un trato ventajoso en algún momento.

Él le estaba dando lo que esperaba, pero ella no le ofrecía ninguna ventaja.

Era evidente que por esa razón también debía estar enfadado.

Esta relación de rechazo mutuo era difícil de sostener en el tiempo.

Al terminar de arreglarse, la doncella le echó una última mirada a Felicia antes de despedirla.

—Siempre se ve hermosa, es una lástima que se oculte de su esposo.

—Así es como quiero que se hagan las cosas. No me arrepiento. Si él aceptó el trato, lo hizo con las condiciones derivadas.

—Milady, reconsidere la situación, morirá sola en una casa grande.

—Por supuesto que no. Tendré una doncella que morirá conmigo. ¿No crees que ya pensé en esto? En esa nueva propiedad seré la reina y nadie me molestará.

—Le aseguro que su vida será aburrida sin nosotros.

—Lo dudo. Iré al carruaje para que dejes de hablarme de todo esto que estaba esperando dejar atrás desde hace mucho tiempo.

La joven se colocó el anillo que el marqués le había dado sobre su guante. Aquel gran rubí destacaba en su mano como una joya de inmenso valor. Hasta daba la impresión de que su prometido era rico. No pasaría desapercibida de ninguna manera.

***

En la abadía, el marqués ya se encontraba en el altar en compañía de su ayuda de cámara.

El padre no dejaba de mirarlo con curiosidad, como si fuese que supiera todos sus pecados, pero lo que en realidad quería era saber sobre sus gustos peculiares para escoger a una mujer a la que no le había visto la cara.

Con todo lo que se rumoreaba sobre su prometida, no era infundado que dudaran de su buen juicio, de hecho, él también lo hacía, pero como no tenía salida, no le quedaba otra más que soportar la humillación pública.

Cuando vio entrar a la familia de su futura esposa, supo que nadie lo salvaría, si en algún momento tuvo una miserable oportunidad de librarse de ella, se había evaporado en ese instante. No existía un héroe que se compadeciera de él.

Como prometida del marqués, Felicia sabía que todas las miradas estarían sobre ella y que ese silencio solemne que rodeaba a la abadía se rompería para dar lugar a los cuchicheos.

Una vez que pasó el umbral, comenzó a oír los susurros indiscretos de las personas.

No distinguía bien los rostros que ponían, pero las palabras que decían; ni siquiera hacía falta adivinarlas.

Cada paso hacia el altar era una demostración de orgullo y determinación.

Cuando miró hacia donde se encontraba su prometido, este no sabía dónde esconder la cabeza.

Esta humillación que le hacía al no mostrar su rostro y dejar que la gente supusiera cosas sobre ambos él no la dejaría pasar. Su vida de casada sería complicada.

Edwin tapaba su rostro o buscaba en qué lugar mirar, menos hacia el rostro de los invitados.

Todos ya sabían que se casó por dinero, nadie daba a entender otra cosa, porque, ¿cómo un libertino tan atractivo se casaría con un supuesto esperpento?

Solo había una razón y era la absoluta falta de recursos.

Su miseria sería conocida en cada rincón y quizá hasta los niños aprendieran canciones sobre el sinvergüenza que se casó con una fea.

Si tuviese más valor, saldría corriendo por la puerta de la abadía.

Cuando la joven llegó junto al marqués, él quería que se lo tragara la tierra.

Definitivamente, tendría que desaparecer un buen tiempo de Londres hasta que todo lo que ocurría cayera en el olvido.

Su fama de vividor no se la quitaría nadie en un par de años, quizá hasta sirviera de ejemplo para futuras generaciones para que no lo imitaran y no pasaran tal vergüenza.

Él ni siquiera giró un poco la cabeza para verla, estaba rígido, con los ojos fijos en el altar.

El vicario tenía una cara de circunstancia, quería decir algo, pero al parecer no se animaba.

Leer la mente de todos en ese recinto era fácil para Edwin.

Ser libertino no era tan malo como cualquiera creería, lo malo era ser un vividor que se casaba por dinero. No existía otro trasfondo.

El padre comenzó con la ceremonia, pero eso no impidió que los cuchicheos cesaran, de hecho, parecía que querían superar en volumen al oficiante. A Edwin se le hacía eterno el tiempo que estaba ahí, deseaba que todo terminara para tener un poco de dignidad, no pedía demasiado.

Mientras la mente de Edwin era un torbellino de suposiciones, Felicia sí deseaba saber lo que pensaba su esposo.

Era evidente que no estaba contento al verla, ni lo estaría más adelante.

Se había ganado su odio a pulso. Él tampoco hacía nada para ganar su afecto.

Era algo ingrato que otros acordaron por ellos, por eso no sentían que podían apreciarse un poco.

Admitía que ella no ayudaba al ocultarse con el velo, pero deberían respetar su elección.

Lamentaba no tener una buena relación con Edwin, sin embargo, tampoco hacía nada por buscar un acercamiento. No quería molestias, que él viviese a su lado solo entorpecería su erudición.

Las palabras del padre no eran escuchadas ni por la mitad de los asistentes, la mayoría prefería cotillear sobre los recién casados. Este evento daría que hablar por semanas. Ambas familias serían la comidilla.

—Solo mira la cara de desesperación que tiene nuestro amigo… —declaró Wulfric, marqués de Howard, con una sonrisa burlona al oído de Reginald Tablbot, el príncipe y heredero del duque de Clarence.

—¿Para esta obra humillante y aberrante me hicieron venir desde mi rincón de paz? No debí dejar mi casa por esto. Esta amistad con Edwin no merece la pena si será tratado como un insecto insignificante. No merece la amistad lejana de este príncipe.

—Apenas apareces después de tu rebelión y es para criticar a tus únicos amigos que te apoyan.

—Calla. No fue mi rebelión, o era él o yo. No es difícil de entender que la vida es algo que debo cuidar y más teniendo una esposa y un hijo. No me metí en nada, me metieron. Ahora no invité a nadie y me invitaron, eso demuestra que la intención de dañar mis ojos es ajena y no mía.

—No hemos visto a la esposa de Edwin para decir que dañará tus ojos. Tiene buena figura. Además, en la oscuridad todas son iguales.

—Ciertamente ni él la ha visto, ¿por qué tendría que quejarme yo? Que lo disfrute…

Al terminar el oficio, los recién casados salieron de la abadía con los invitados caminando detrás de ellos.

Las falsas felicitaciones comenzaban a llegar y la hipocresía era como un perfume nefasto que inundaba las fosas nasales y los ojos de los invitados y otros curiosos que habían asistido sin invitación.

Edwin parecía estar en un funeral. Asentía a cada felicitación que le daban. Se alejó de su esposa y de los demás invitados para ir hacia sus amigos.

—Es el espectáculo más lamentable que he visto en mi vida, peor que el mío, aunque fui más precavido, lo hice en un sitio alejado. La vergüenza se concentró en un círculo de menor importancia —comentó Reginald.

—No me digas. ¿Alguien te preguntó? Búrlate todo lo que quieras. Si me hubieses ayudado, ¿crees que estaría en esta situación?

—Oye, mi esposa me mantiene. Disfrútalo, tú también tienes la oportunidad de que te mantengan. Solo un tonto no reconoce el oro cuando lo ve. Puede ser fea, pero con dinero tal vez las verrugas tengan su encanto.

—¡Voy a matarte!

—Edwin, él no tiene la culpa. En verdad, no pudimos salvarte. Cada uno tiene sus propios problemas. Estamos quebrados. Yo pronto buscaré a una dama que me mantenga, seguiré el ejemplo de ustedes, pero me aseguraré de conocer a mi esposa —declaró Wulfric con una sonrisa burlona.

—Búrlense todo lo que quieran. El destino se lo cobrará con creces. Ahora empieza mi verdadera prueba de vida. ¿Saben que viviré en otra residencia en la misma propiedad? Esta fea no quiere verme ni pintado. Esa es una ligera ventaja.

—Ya veo que los herederos brillarán por su ausencia, solo trata de vigilar su propiedad, no querrás que un bastardo contamine tu linaje —advirtió Wulfric.

—Por supuesto. La doncella que contraté será mis ojos y oídos.

Ella me contará todo lo que necesito saber de ella y más si se está viendo con otro, aunque lo dudo, no hay otro tonto como yo.

Esto me ganó por la ruleta de la sangre.

Mis padres no pudieron hacerme un poco más inteligente y ahora pago las consecuencias.

—Hiciste una tontería sin retorno, es todo. Siempre dicen que es mejor deberle al diablo que a un prestamista o a una mujer. Una lección aprendida un poco tarde, pero no te resientas, solo sigue adelante. A veces los castigos, son el mejor premio —aconsejó Reginald.

—No encuentro lo bueno por ningún lado, porque ni siquiera podré gastar ese dinero.

Un administrador se encargará de todos los gastos de la residencia.

A eso debo sumarle mi propio administrador, que me mira con desconfianza.

Nadie cree que pueda cambiar. Ese préstamo fue una locura, un momento de desesperación y, con el ánimo de no estar tan ansioso, aposté una buena parte.

Merezco lo que me pasa por no pensar bien las cosas.

Tengo la mente débil. Si mi padre estuviese aquí, ya me habría desheredado.