Un marqués olvidadizo (Los solteros 2) Capítulo 12
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Capítulo 12

—¿Qué le dijiste a ese pobre hombre para que accediera a semejante trato indigno? —interrogó Charlotte, sorprendida.

—Nada, solo usé sus propias palabras a mi favor o quizá en su contra, puedes tomarlo como quieras. Él dijo que me daría todo lo que deseaba, entonces le pedí un lugar para vivir sola.

—¿Por qué complicas tu camino a la felicidad, Felicia? Un caballero infeliz buscará un lugar para refugiarse. El marqués es un hombre atractivo que pronto recuperará su estatus prominente. Más de una estará esperando que caigas para poder ocupar tu lugar.

—Pueden esperar sentadas o colocarse en la fila de las personas que quieren matarme. Te aseguro que nadie envidiaría mi suerte. Se comprometen conmigo por dinero, ¿qué tiene eso de envidiable? No puedo pensar bien de nadie en estas condiciones.

—Los compromisos siempre se han acordado así.

¿Sabes la razón? Para que las damas de cuna como tú y yo no terminemos involucradas en la labia de los que tienen pocos recursos.

La riqueza debe quedar en el círculo social alto.

No quiero parecer interesada, pero es nuestra realidad.

¿Quién no se ha deslumbrado con el atractivo de un mozo, un tendero, un panadero, capataz o administrador?

Sin embargo, no pueden darnos la vida a la que estamos acostumbradas.

El amor nos tapará los ojos un mes y la realidad los destapará para toda la vida.

—No voy en contra de la corriente, simplemente no estoy conforme, pero pudo ser peor, tal vez me comprometieran con alguien que quiera tocarme la mano. Eso sería horrible.

—Agradece tu suerte como yo agradezco la mía. Somos afortunadas. Cuando estés en tu casa, te visitaré tanto como pueda para que charlemos.

—La ubicación será un misterio para que nadie me visite. Si quiero verlos, solo yo los buscaré, y eso es poco probable, aunque por ese niño quizá lo haga.

—No puedes ser tan mala con nosotros. Te queremos y aún no nos aceptas, han pasado muchos años.

—No es que no los acepte, ustedes no me aceptan. Esa Felicia que todos extrañan no sé quién es. No puedo actuar como ella. Todo fue empezar de nuevo.

—No es que no te aceptemos, no te adaptas a lo que está a tu alrededor, a nuestro cariño familiar.

—En el fondo los aprecio, pero prefiero estar sola.

Me dan desconfianza, y no es para menos.

Ahora estoy comprometida con un sinvergüenza.

Imagina que no me hubiese mantenido callada en esta casa y saliera a hacer cosas salvajes en la calle.

El castigo podría ser merecido, pero yo solo estaba aquí, lo que demuestra que no pueden verme quieta para darme algo qué hacer.

—No creas. Se preocuparon por ti y nuestro hermano menor. No querrás ser una carga para él en el futuro. Solo piensa que eres el heredero con una hermana vieja que no se ha casado. Eso solo vaticina desastres con la futura cuñada.

—Solo tiene cuatro años. ¿Es necesario pensar de esa manera? Me resulta extremista e increíble que por esa tontería me casen con un perdedor.

—Tampoco eres una gran ganadora al llamarlo perdedor. Sé más benevolente, no sabes qué sorpresas puede depararte la vida con el conde. Te ha concedido una casa para vivir sola y aun así sigues llamándolo con nombres que nadie debería.

—Si las damas pudiesen tener dos esposos, te lo cedería. No me interesa un mujeriego en quiebra.

—Ya no está en quiebra y lo sabes… —alegó Charlotte sirviéndose el té.

—Gracias a mi dote, no gracias a su astucia.

—Gracias a la astucia de su tía. Nuestro padre dijo que ella lo acompañaría a pagar sus deudas para que ese dinero no se desviara del camino por ningún motivo. Esa mujer es de temer, debe tenerlo prisionero en su casa.

—Me alegro, a algunos les falta una dama de carácter fuerte.

—Tengo una duda razonable. Si no vive contigo, ¿cómo tendrán hijos?

—Para eso tengo dos soluciones: lo invito en ocasiones cuando esté convencida de que no huele a pecado o tal vez acepte como hijo al bastardo que tenga por ahí.

Eso ahorraría el trabajo de embarazarme.

Otra lo haría en mi lugar. Total, él no conoce el respeto, la reputación ni la vergüenza.

¿Qué supondría para el marqués acostarse con otra mujer?

—Jamás compartiría a mi esposo con otras mujeres. ¿Estás demente? No queremos bastardos en esta familia.

—Era solo una opción por si el marqués no resulta ser tan atractivo como ustedes dicen.

—Si no le muestras atención al marqués, lo perderás.

—A ese hombre es mejor perderlo que encontrarlo.

—Te arrepentirás de esto. Ese velo no solo nubla tu cara, sino también tu buen juicio. Además, ya no tiene sentido que lo lleves puesto, estarás casada.

—Estaré, tú lo has dicho, aún no lo estoy. Entonces, que se mantenga el misterio de mi rostro. Jugaré con la mente de este hombre hasta que me canse o me dé calor, pero eso no será hasta que esté en mi propiedad.

Charlotte no aprobaba el comportamiento egoísta de su hermana.

Le parecía absurdo que se alejara de la única persona que permanecería a su lado en el futuro, el que le daría una familia.

Su capricho era capaz de hacerla vivir en la miseria con tal de no ceder un milímetro de terreno.

Era mezquina como pocas personas, tenía la mala intención de hacer daño a la mente del marqués que por creer que era fea, mantenía distancia con ella.

Estaba segura de que Felicia se arrepentiría de lo que estaba haciendo, terminaría sola en una casa enorme, sin que a nadie le importase su vida.

Pese a que no estaba contenta con Felicia, se quedó a seguir escuchando sus desvaríos, aprovechando que la había invitado de buen grado a ese té. Persuadirla de algo era una misión imposible, solo la dejaría hacer lo que quisiera y que después lo lamentara, así la vida cumpliría su ciclo.

***

Un mes después…

El día del matrimonio había llegado y la tía abuela del marqués no podía sacarlo de la habitación. Se había atrincherado en un ataque de cobardía.

—¡Edwin! Sales por las buenas o tiraré esta puerta de una patada. No creas que por ser vieja no puedo hacerlo. La furia hace que mi cuerpo sea mucho más fuerte que el de un boxeador.

—¡No iré! ¡No quiero ir! ¡No quiero casarme con un esperpento!

—Herbert, sácalo de ahí ahora mismo.

—Iré a por la llave. El marqués bebió mucho anoche y no quiere saber nada de este matrimonio. Me costó mucho que no se arrojara desde la ventana de su habitación.

—Este rufián no valora su vida. Hasta le di dinero para refaccionar la propiedad de Bath y así me paga este malagradecido…

—¡Tía, ese dinero era mío, de mis lágrimas y mi sufrimiento futuro! No me lo ha prestado, ha retornado a su dueño original. Si no supiera que es mi querida tía, diría que es una estafadora.

—¡Jovencito, te arrancaré esa lengua si no sales en este mismo instante!

—¡Pues la desafío a hacerlo!

Edwin estaba atrapado en su habitación, no quería salir de esa casa por nada del mundo, prefería que el conde de Ross fuese a cobrar la deuda con su vida antes que casarse con lady Felicia, una desconocida que quizá fuese un verdadero monstruo de las novelas de terror.

Sabía que no duraría mucho en su condición de secuestrado por sí mismo.

Tarde o temprano hallarían la manera de entrar.

Al poco tiempo, él oyó la puerta de comunicación de la habitación que debería ser de la marquesa. Cuando se abrió, notó el rostro sombrío de su tía abuela.

—Dime a la cara lo que dijiste antes.

—Estaba borracho, tía querida. Lo siento.

—No eres tan valiente sin una puerta que te proteja. En este mismo instante, te bañarás. Hueles a miseria y lágrimas. Este es un día importante, te casarás.

—Me casaré con una cosa desconocida. No me anima mucho.

—Cree en la palabra del conde. Es un buen negociante, no te mentiría.

—La gente que hace negocios es la más capaz de engañar con el afán de vender hasta humo. Siento que le vendieron aire, tía.

—Lo dudo, querido. Es solo excéntrica. Te traje las joyas que eran de tu madre. Las guardé para evitar que las perdieras en alguna apuesta o para pagar tus deudas. Lady Felicia necesita un anillo de compromiso que no le has dado porque eres irresponsable y desinteresado en lo más importante.

Mientras ellos hablaban, los sirvientes iban y venían con el agua caliente para poder apresurar el paso. Llegarían atrasados a la abadía.

—Es cierto, pero ella tampoco me inspira mucho. Es una mujer a la que tengo que soportar. Mi calvario empieza hoy y ya siento que me volveré alcohólico.

—No puedo persuadirte para que no pienses tonterías, lo único que puedo hacer es estar a tu servicio.

Emborracharte e intentar quitarte la vida no es la solución.

Lo que te tiene mal es no ver el rostro de la mujer con la que te casarás, porque después, lady Felicia tiene una buena figura y mucho dinero.

Te recomiendo que pienses en la forma de sacarle el velo antes que imaginar lo que existe debajo.

—Si no viviremos en la misma casa, ¿cómo lo haré?

—Ese no es inconveniente. Hablando se entiende la gente. Mientras estén bajo el mismo techo, cualquier cosa podría pasar, incluso verse la cara. Confío en que serás astuto.

—Eso solo sería en el caso de que me apeteciera, pero no lo hace. Estoy bien con el trato de vivir en otra parte y no con ella.

—Insensato. Esperaremos a que mi próximo sobrino llegue antes de que me muera.

—Eso está lejos de ocurrir. Tanto el nacimiento como su muerte, tía.

Su tía le entregó la casa con las fastuosas joyas de la marquesa.

Todas ellas serían para Felicia, pero de entre todas debía escoger un anillo para dárselo.

Tenía muchos y todos parecían valiosos, ninguno era indigno de ser llevado por una mujer rica, aunque él no quisiera que algo que perteneció a su familia fuese a parar al dedo de alguien tan poco agraciada.

Cogió un anillo de rubí con incrustaciones de diamantes.

Tal vez el color del rubí hiciera juego con lo que esa joven tenía en el rostro.

Después de una hora, el marqués estaba listo para caminar hacia el matadero, como un animal al que iban a carnear. ¿Sería posible que existiera alguien más infeliz que él?

Los carruajes que llevaban sus pertenencias irían a la residencia de la familia del conde y él los acompañaría junto a su tía para dejarlos y que cogieran las que pertenecían a Felicia. Después de la fiesta partirían hacia Bath para comenzar la vida de casados que no sería real.

Él estaba en el carruaje de su tía y ella no paraba de darle consejos y de intentar tranquilizarlo. Quizá lo veía con el rostro penitente y por eso hablaba sin cesar.

Una vez en la residencia del conde de Ross, él bajó del carruaje para observar la decoración tan elegante que su suegra había preparado.

—Estaría feliz si la esposa en cuestión fuese hermosa —dijo en voz baja hacia su tía.

Felicia iba a bajar para preguntar por alguna joya que pudiera usar en el cuello, pero al distinguir una silueta conocida, no siguió su camino, pues no llevaba el velo.

Cuando estudió bien al hombre y oyó su voz admirando la decoración, supo que era el marqués.

Su familia y la doncella tenían razón. Era un hombre atractivo por donde se lo viera.

Se sonrojó al pensar más de la cuenta en que lo juzgó severamente en tantas ocasiones.

Verlo hizo que se emocionara un poco más.

Ya no solo la casa parecía ser interesante, sino también el compañero con el que iría a Bath; no obstante, la sombra de no convivir estaba cayendo sobre ella como una advertencia.