Un marqués olvidadizo (Los solteros 2) Capítulo 11
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Capítulo 11

Mientras conversaba con su sirviente, una doncella de la casa se acercó con la bandeja de la correspondencia. Encima de la superficie plateada se encontraba un sobre solitario.

—Su señoría, un sirviente de la residencia del conde de Ross le ha traído una carta, dice que es de su prometida… —anunció la doncella.

—Cógelo —ordenó el marqués a Herbert.

Aquel acató la orden y buscó el abrecartas para poder leer el contenido. Una vez abierto, entregó la hoja a su amo.

Marqués de Cleveland,

No me interesan los formalismos, solo quería dejar claras las condiciones para este matrimonio que, claramente, es más conveniente para usted que para mí.

Quisiera un acuerdo beneficioso para ambos y esto significa que no seré un demonio, solo pido a cambio un par de cosas.

Mi padre dijo que se comprometió a darme lo que yo quisiera. Espero que cumpla con sus palabras.

Para que no se asuste, le exijo una residencia alejada del ajetreo de la ciudad, en donde esté sola.

No necesito que usted me acompañe. Esto será grato para los dos.

Esa es mi condición más importante, el resto puede establecerse conforme pasen los meses o años.

No me interesa la dote, solo debe mantener mis necesidades cubiertas, aunque le recomiendo que la gaste con moderación.

Si está de acuerdo con estas condiciones, responda, si no lo hace, lo tomaré como que comprende lo que esto significa. La hostilidad se paga con hostilidad.

Lady Felicia.

—Una mujer encantadora. Quiere una residencia para ella sola. ¿Piensa que planto casas y crecen en cualquier lugar? ¿De dónde sacaré dinero para poner en condiciones una de mis residencias? —masculló.

—Su señoría, vea la ventaja. Esta dama está siendo razonable. No quiere vivir con usted, es lo mejor que podría pasarle. No tendrá un sabueso respirándole en la nuca —comentó Herbert, que parecía más entusiasmado que su amo.

—Es una trampa. Ella vive sola en un lugar distinto al de su esposo. Eso solo puede acarrear desgracias. Sabiendo que no administraré el dinero, dirán que la abandoné y no solo seré un sucio libertino, sino que me juzgarán peor que a un preso.

—Tal vez tenga razón. ¿Recuerda la casa que tiene en Bath? Esa tiene un chalet de invitados para que usted viva ahí en caso de no poder compartir el mismo techo.

—Es cierto, lo había olvidado por completo; sin embargo, llevo tiempo sin saber nada de esa propiedad. Es probable que necesite reparaciones. Le pediré dinero a mi tía con esta excusa. No creo que se niegue a prestarme después de haber ganado dinero a mi costa.

—¿Será que a su tía abuela le gustará ver esto?

—¿Y eso qué importa? Ya ha cumplido con su función.

Además, quien carga con esa penitencia soy yo.

Nadie más puede decidir sobre lo que ocurrirá después del matrimonio.

Antes me han hecho sentir como una verdadera pelota a la que patean de un lado al otro, pero ahora no pueden dañarme más, porque el daño está hecho.

Tengo que casarme o muero, antes debía pagar la deuda o moría.

¿Alguien ha pensado que mi verdadero destino era la muerte?

Es mejor el dolor de una vez que años de incertidumbre con una persona fea con la que no podré acostarme.

La entrepierna se me llenará de telarañas.

—A usted no hay forma de convencerlo de nada.

Este es un buen trato. Estoy seguro de que milady puede llegar a ser más generosa a medida que le dé más libertad.

Si lo que ella siempre ambicionó es ser soltera, querrá seguir siéndolo estando casada, lo que le asegura a usted un par de beneficios. Debe aprender a negociar.

—No negocio con brujas, ¿qué puedo hacer? Me queda acatar un par de órdenes y sobrevivir de las sobras que nadie quiere. Me sugieres darle la casa de Bath y que yo viva en ese chalet miserable.

—No es miserable, es amplio y elegante. Es un buen lugar para un soltero.

De vez en cuando podría recibir la visita de alguna dama ajena a la residencia o una doncella que le resulte agradable si su esposa no quiere saber nada de usted.

Ella ni siquiera se dará cuenta si estará encerrada en la casa disfrutando de su pedido, mientras a usted lo dejan vivir tranquilo.

No le hace falta una gran fortuna para los pequeños placeres de la vida.

—A mí no se me ocurren buenas ideas. Ya sabes que soy una persona de pocas luces, pero contigo y con mi abuela, me aseguro muchos problemas.

—Le damos alternativas y nos llama buscadores de problemas. Es cierto que su tía abuela le buscó este matrimonio, pero, en su defensa, milady estaba preocupada por usted y no vio otra salida más que usarlo como remedio al lío que creó con sus deudas.

—Entiendo que no tiene culpa, pero no me hubiese molestado poder ver la cara de la persona que será mi esposa. ¿Por qué tengo que casarme a ciegas? Esto dispara mis nervios.

—Trate de ignorarlo. Estaré yo para contenerlo en todo momento para que no pierda la cordura imaginando cualquier barbaridad.

—Trae papel y pluma, le responderé que acepto todo y ya.

Oponerme a la fiera salvaje no me traerá beneficios, aunque no porque parezca un gato no soy un tigre.

Es cuestión de que me toquen el punto. Si ella no me ofrece un trato justo en el futuro, no será lady Felicia quien haga mi vida un infierno, seré yo quien lo haga.

Herbert asintió y le entregó lo necesario para que escribiera una respuesta.

No sabía si esto desataría una batalla o era lo más conveniente.

No sería ni bueno ni malo, solo parecería imparcial.

Esperaba que aquella prometida que le habían adjudicado por destino entendiera que todo debía tener un equilibrio o las cosas terminarían de forma desastrosa, y más para dos personas que no se toleraban.

Debían mantener la paz para no empezar una guerra.

***

Felicia no esperaba que la respuesta fuese rápida; sin embargo, tardó menos de lo que esperaba. La doncella le llevó la carta después de la cena.

—Los horarios de su señoría son interesantes, milady. Nadie envía una carta a esta hora salvo que sea una emergencia —alegó la doncella.

—Debió dormir todo lo que quedaba por la mañana al saber que ya no tiene deudas, al menos no con un prestamista. Su vida me pertenece sin haberlo deseado.

—Todavía no cante victoria, es probable que el marqués no tomara a bien sus palabras anteriores.

—¿Acaso eso importa? —La joven cogió la carta para leerla.

Lady Felicia,

Agradezco que dejara claras sus condiciones, no me niego a respetarlas.

Recuerdo haberle dicho a su padre que le daría lo que quisiera, si una casa es lo que desea, la tendrá; sin embargo, quisiera indagar sobre los beneficios que obtendría por sacrificar mi reputación de esposo al dejarla viviendo en el monte.

¿Acaso no sería como ponerme un arma en la frente y apretar el gatillo?

El primero en saltar por los aires sería su padre, al saber que no cumplí al tratarla bien.

Considerando esa situación, he decidido que viviré en la misma propiedad, pero un poco más alejado.

No tendremos que vernos ni un segundo, salvo que cabalgue por los mismos parajes que yo.

No me atrevo a pedir ningún beneficio en este momento, pero le exijo que lo considere si le interesa la paz. Piense en algo bueno para mí.

Edwin Cleveland.

La joven dejó la carta a un lado y juntó ambas manos antes de levantarse de la cama.

—Me pide que piense en un beneficio para él, pero no se me ocurre ninguno, pues ya se ha llevado parte de la dote, ¿qué más merece este caballero? Su cara no es más dura porque entonces sería imposible de romper. Me han vendido gato por liebre.

—Milady, no es cierto. Usted sabía que este marqués no era alguien tan fácil. Quizá estuviese apretado económicamente, pero eso no le impide tener un poco de orgullo.

—El orgullo no paga las deudas, pero la dote de la hija fea de un conde rico sí.

Que esté con vida es todo un obsequio para alguien como él.

Con su reputación, tiene más de lo que merece.

Nadie en su sano juicio se casaría con un perdedor como ese, solo a mi brillante familia se le ocurre conseguirme un burro en lugar de un caballo. Esta gente es tan difícil de tratar.

—Ellos dicen lo mismo de usted. ¿Le responderá algo a su señoría?

—No. No merece que le responda. Es un verdadero pelele al que apenas tolero.

Me dio lo que quería y es suficiente, no me cruzaré con él de ninguna manera después de casarnos.

Esto me pone feliz. Tendré una casa solo para mí, con sirvientes silenciosos que mantendrán todo ordenado.

A mi familia no pienso invitarlos a mi propiedad, son barullentos.

Contrataré una doncella personal para que me atienda, masajee mis hombros y me lave los pies cuando lo desee.

—Usted es tirana. ¿Con qué tiempo la pobre sirvienta cumplirá con sus quehaceres si piensa tratarla de esa manera?

—No será siempre. Me gusta imaginar la vida de mujer casada que tendré.

Parece mucho más acogedora que la de soltera que había considerado antes.

Charlotte tiene razón. Por eso mañana la invitaré a tomar el té.

Ella sí sabe cómo pensar correctamente. ¿Será que le puso ciertas condiciones a lord Bristol?

—Lo dudo, pero milord está tan enamorado que no dudo que él mismo le ofreciera algo.

—Mi futuro esposo es probable que espere mi muerte para no tener que verme.

Él mismo lo ha dejado claro, pero lo único que me interesa es que la dote se administre bien.

Conociendo a mi padre, debe tener algún truco más bajo la manga.

Un ludópata no podrá contra él, su cerebro y su dinero, te lo puedo asegurar.

No es rico solo porque tiene suerte, sino porque es inteligente, algo que mi prometido no es. Eso juega a mi favor.

—No lo conoce, milady, no puede asegurarlo, además, el tigre no muestra las garras hasta que piensa atacar. No terminé siendo la presa.

—Me subestimas. Ahora sí me entusiasma este matrimonio.

La joven no podía dejar de sonreír al imaginar la casa grande solo para ella.

Siendo un marqués, su prometido tenía muchas propiedades, por lo que ser la reina de una de ellas era suficiente para alguien como Felicia, que antes deseaba ir a un monasterio para librarse de su familia alocada.

Ser esposa era mucho mejor, en un lugar religioso la obligarían a rezar y eso lo había considerado, pero como lo harían en silencio, no le molestaba la idea, lo único que lo hacía era la ruidosa voz de sus parientes.

A la tarde siguiente, Felicia invitó a su hermana a una tarde de té.

Charlotte se presentó un tanto escéptica hacia la invitación, pero no se negó.

Aquella no solía invitar a nadie y eso le resultaba extraño, pensaba que tal vez quería persuadirla para que hablara con sus padres para que desaparecieran al marqués de alguna manera poco ortodoxa.

—Mmm… ¿A qué se debe esta invitación? Me permito preguntar, porque tú no acostumbras a esto desde hace mucho tiempo en el que jugábamos a tomar el té.

—Me juzgas antes de escucharme. Crees que quiero algo malo, pero no es así. Quería agradecerte por tu maravillosa idea de pedirle un espacio a mi prometido.

Charlotte corrió a sentarse junto a su hermana.

—¿En verdad? ¡Oh, Felicia! Me alegro tanto de que aceptaras este matrimonio.

—También he visto muchas ventajas. ¿Imaginas cuál es la principal?

—No, aún no.

—Pues el marqués me dará una casa para que viva ahí sola.

La hermana de Felicia frunció el ceño sin entender bien lo que ella quería decirle.

—No comprendo. Imagino que te dará un gran salón para ti.

—No, cuando digo la casa, es la casa. El marqués no vivirá conmigo, sino en otra parte de la propiedad.