Un marqués olvidadizo (Los solteros 2) Capítulo 10
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Capítulo 10

Cuando tía y sobrino salieron de la propiedad del prestamista, Edwin se sintió un poco más ligero. Sabía que su vida solo había cambiado de amo, pero que continuaba igual que antes, solo que con una amenaza de muerte evitable al casarse con lady Felicia.

—Ahora puedes volver a salir a las calles sin tener miedo de morir en el intento —comunicó su tía subiendo al carruaje.

—En parte se lo debo a usted, ha tomado decisiones arriesgadas por mí e incluso a negociado con este rufián, ganando un cuarto de dinero y una caja de té. Siento que el único que salió perdiendo aquí he sido yo.

—Eres el gran ganador, cariño, ¿sabes la razón? Tendrás una esposa rica, muy rica. Eso ya tendría que hacerte feliz.

—Ahora que estoy en esta situación, el dinero no lo es todo. La libertad o la posibilidad de elección también son importantes. No puedo dejar de pensar en la incertidumbre de casarse con alguien fea.

—Si lo que el conde de Ross dice es cierto, una vez casada, se quitará el velo al no tener sentido llevarlo si lo que deseaba era evitar el matrimonio. Es una cuestión de fe, Edwin.

—Pero eso no explica la desesperación por querer deshacerse de una hija, tía. Ahí hay un gato encerrado.

—Dime, si tuviese a una hija igual que ella, rebelde y bocona, ¿no te gustaría casarla con el primero que viniera?

Cualquiera lo haría. Para su buena fortuna, tienen tanto dinero que pueden convencer a cualquiera de llevarse una fiera a su casa con tal de tener unas monedas en el bolsillo.

Es el poder de la riqueza. Ustedes se complementan bien: a ti te falta dinero y a ella le sobra. Es perfecto.

—No es perfecto, tía, esto es una tortura mental. No sé cuánto tiempo podré estar así. ¿Y si aparece la esposa ideal?

—No aparecerá, porque tú serás un hombre casado y rico gracias a la dote de tu esposa.

No pienses en escenarios ficticios y tampoco vuelvas a los malos hábitos.

Tus suegros no te salvarán. Además, la dote de lady Felicia la manejará un administrador para evitar que un ludópata la desperdicie en una semana.

—No soy un ludópata, solo un aficionado que mordió más de lo que podía masticar. Esa sí es una desgracia. Ser tildado como adicto por ser ignorante no es algo bueno.

—Al menos admites que eres ignorante y que te metiste en este problema por cuenta propia y desconocimiento. La próxima, hazle caso a esa voz que te dice que no puedes con algo.

—Esa voz no apareció en ese momento, pero ahora está muy activa para decirme que este matrimonio pactado es un error. Me siento sucio.

—¿Qué haré contigo? Debí dejar que el nieto de mi amiga te matara, ya que no valoras tu vida en lo más mínimo. Debí darme cuenta de que no puedo ayudar a quien no quiere ser ayudado. Puse cara por ti en todas partes y así es como agradeces a estos huesos viejos… —dramatizó la mujer.

—No, tía, por supuesto que se lo agradezco —dijo Edwin abrazando a la dama.

—Entonces no vuelvas a decir tonterías que hagan sentir mal a este vejestorio. Mi corazón es sensible a esta edad, no está para escuchar boberías de los jóvenes.

—Está bien, tía. Le prometo que valoraré esta oportunidad. Oiga, ¿compartirá ese dinero conmigo?

—No. Es mi ganancia por tantos dolores de cabeza que me has dado. Si quieres una parte, lo administraré yo, pues solo puedes casarte una vez. No tienes un gemelo para que se haga pasar por ti para conseguir otra dote de una joven rica.

—Lo sé, lo sé. Lo último que pretendo es casarme con alguien. Todo esto es un error que tengo que aceptar y comportarme como un prometido modelo para una joven que me odia y a la que no soporto. Esto será difícil.

—Para ganarte el favor de una dama no hace falta mucho, solo dale lo que desea y no tendrás dificultades. La mantendrás en silencio sin mayor problema. Conversa con ella, llega a un acuerdo y los dos vivirán felices.

—Lo conversaré con ella el día del matrimonio. En un mes dejaré de ser un hombre soltero para ser el esclavo de una mujer huraña.

—Si sigues repitiendo ese mantra en tu cabeza, enloquecerás, jovencito. No le des tantas vueltas a esto o terminarás en Bedlam. Escucha mis consejos de anciana, no en vano tengo tantos años y he visto de todo en esta vida.

***

Felicia salió de su habitación después de que le informaran que el marqués se había retirado. Se quitó el velo y fue a la planta baja.

—Tu prometido ha firmado un contrato. No te preocupes, Felicia, no terminará huyendo —contó el conde al ver que su hija se acercaba con un libro en la mano.

—Qué lástima. Todavía tenía mis esperanzas puestas en que ese hombre tuviese orgullo, pero tenía más necesidad que otra cosa. El dinero es tan poderoso para persuadir.

—Compré un buen esposo para ti. Serás marquesa. Ahora eres muy joven para entender las ventajas de esta decisión. Eres inmadura por naturaleza y no puedes pensar en lo que más te conviene.

—Le aseguro que este hombre incompetente no es algo que me convenga en lo absoluto, pero confiaré en su criterio, padre. No puedo hacer otra cosa más que esperar que algo bueno salga de algo tan inconveniente como este compromiso con el marqués.

—No hagas tonterías. Esfuérzate por ser una buena esposa y no alguien a quien la gente tenga que tolerar. Es mejor que te quieran antes de que te soporten. Existe una línea delgada que en muchos casos ha llevado a la muerte.

—No sabe a la muerte de quién, padre. La batalla por la supervivencia aún no empieza y sé que ese hombre no podrá conmigo.

—Solo piensas en cosas malas. Alégrate de que tendrás un buen nombre.

Todos los caballeros sufren desgracias en algún momento de la vida y eso a veces los convierte en personas que parecen no ser dignas, pero todos tienen derecho a rehacer su vida.

El marqués me parece una buena persona, es solo un poco difícil.

—No más difícil que yo. Si él me pone las cosas difíciles, su vida se convertirá en un infierno.

—Él prometió que te daría todo lo necesario para ser feliz y yo le creo.

—Veremos si cumple. Le haré una propuesta para ver si acepta. ¿Cuándo me casaré?

—En un mes. El marqués sabe que no puede devolver la parte de la dote que le anticipé, por eso está más que dispuesto a hacerlo en ese tiempo.

—No tengo la edad suficiente para consumar el matrimonio. Un libertino como ese no me respetará.

—Si no quieres consumarlo, evita quitarte el velo y asunto solucionado. Tiene una animadversión hacia lo que hay debajo que no hace falta mucho para persuadirlo. No es cualquier libertino, es uno que escoge qué batallas librará y tú representas una rendición absoluta, ni se enfrentará a ti.

—Esas palabras son incapaces de consolar a cualquier otra dama, pero para mí son como una brisa de aire fresco. Saber que no tendré que cumplir con nada me pone de buen humor.

—El matrimonio es recíproco. Si no das, no esperes recibir, Felicia. No tientes a tu suerte.

—Estoy perfectamente bien si eso es así. Por estar de buen humor, aceptaré usar color marfil en mi matrimonio.

—¡Ese es un avance! ¡Querida, manda confeccionar un vestido para Felicia en color marfil! —vociferó el conde atrayendo a su esposa hasta el salón.

—¿Estás seguro de eso? Si la obligamos a usarlo, dejará plantado al marqués. —comentó la mujer con los brazos cruzados bajo el pecho.

—Es verdad, madre. Acepté casarme y, porque mi padre me ha dado un gran consuelo, usaré marfil en lugar de gris.

—Entonces me apresuraré antes de que cambies de opinión. Te haremos una boda maravillosa.

—Le enviaré una carta al marqués para que conozca mis intenciones y quedemos de acuerdo con lo que haremos al casarnos. No quiero encontrarme con sorpresas desagradables. Trataré de ser una buena samaritana y tener paciencia con este prójimo.

Los padres de la joven se miraron, sabiendo que solo tenían que asentir ante cualquier cosa que ella dijera. Si llegaban a no seguirle el paso, lo más probable fuera que terminaran en un desastre en la reputación.

Ese día Felicia estaba de buen humor por lo que le había dicho su padre.

Saber que el marqués no tenía deseos ni ambiciones hacia ella le llenaba de alegría, eso significaba que, estando casada, podría llevar una vida de soltera dentro de la casa sin que nadie se atreviera a agraviarla con su presencia.

—¿Qué hace, milady? —curioseó la doncella al ver que la joven estaba escribiendo unas líneas.

—Le escribo una carta a mi prometido.

—¿Qué? ¡No me diga que se ha enamorado! Lady Charlotte ha dicho que el marqués de Cleveland es un verdadero adonis. No puedo creer que la enamorara en solo una noche.

—Ay, no. No lo he visto bien y mucho menos me enamoré de él, solo le escribo para decirle mis condiciones para este matrimonio. No hay nada más que eso.

—Me entusiasmé por nada. Olvidaba que su corazón es de piedra.

—No es de piedra, simplemente no lo tengo. Estoy en una mala situación con una luz de esperanza al frente y no pienso dejarla ir. Mi padre dijo que el marqués le prometió que haría lo que yo quisiera, entonces, le diré mi voluntad.

—Eso no es tan malo, al menos no puede serlo.

—Consideraré algunos asuntos con el tiempo, como me sugirió mi hermana.

Si el marqués es capaz de mantener distancia de mí y respetar mi espacio, consideraré darle un heredero en el futuro para que se encargue de él.

Será asunto suyo. Cada uno obtiene lo que quiere, es el mejor negocio que puedo hacer.

—Veremos cómo reaccionará el marqués a su propuesta. Esperemos que no se ofenda demasiado.

—No importa si se ofende. No puede romper el compromiso, es el esclavo de una deuda, tengo el control y el poder sobre él.

Aceptar cualquier propuesta mía será evitar un calvario.

Lleva mi carta para que un sirviente la acerque a la residencia del marqués.

Esperaré tranquilamente una respuesta favorable.

La doncella no estaba tan convencida sobre lo que hacía su ama, pero no podía decir mucho, sería absurdo intentar discutir con alguien que siempre creía tener la razón.

***

En casa del marqués, él estaba sentado en su despacho intentando saber por dónde comenzaría a levantarse, no tenía deudas, pero tampoco contaba con demasiado dinero.

La boda era en un mes y aún no tenía pensado cómo pagarlo, aunque pensaba que sus futuros suegros se harían cargo de todo.

Con un par de frases miserables le quitarían la carga del hombro y se la echarían ellos, así al menos solo tendría que esperar el final que se acercaba para su soltería.

—Le traigo un poco de whisky para que festeje que no tiene deudas, su señoría. Este es un acto divino —habló Herbert, sonriente.

—Perdí mi soltería y mi vida. Me uniré a un ogro. Nada puede ser peor que esto.

—Por supuesto que existen cosas peores, por ejemplo: un gusano pasando de una oreja a la otra. Estar vivo es mejor que nada.

—En mi condición, estar muerto parece ser una bendición que a estas alturas es inalcanzable…

Mi prestamista estaba a punto de hacerme ese favor, pero no, mi tía se metió en medio para salvarme.

Ahora puedo considerar que vendí mi alma por nada.

Ni siquiera puedo escoger con quién casarme.

Tal vez el amor de mi vida termine con otro, mientras que yo debo pasar el resto de mis días con el esperpento de la familia del conde de Ross.