Capítulo 9
Edwin solo estaba ahí como un mero espectador de las decisiones que dos personas estaban tomando sobre su vida.
Al menos le ahorraban el trabajo de pensar, eso era bastante para él, solo tendría que hacerse cargo de cumplir con cualquier cosa que esos dos acordaran.
Su tía abuela no tenía mucha compasión para referirse a su persona y tampoco intentaba cuidar un poco su reputación.
Por más que no fuese el mejor hombre del mundo, merecía un poco de dignidad cuando hablaban de sus deudas o lo comprometían a pagar algo con su carne y sangre, como era el matrimonio.
Agradecía la intención de la matrona de la familia al preocuparse por su muerte a tan temprana edad, pero estaba haciendo extrema la situación, quizá para causar una mayor impresión en el conde y que este desembolsara el dinero con más rapidez.
—Para que le entregue parte de la dote al marqués de Cleveland, este debe firmar un contrato matrimonial que lo obligará a cumplir, en caso de que este no quiera casarse, en un mes se ejecutará una cláusula en la que se informa que debe pagar la deuda con dinero o con la vida —informó el conde colocando unos papeles sobre la mesa.
El marqués quería reír a carcajadas, pero quedaría mal y se expondría a que ese hombre tomara represalias en su contra.
Lo que ocurría era una simple transferencia de poder, por no decir que solo estaba cambiando de diablo, pero permanecía en el mismo infierno de la deuda.
Comprendía que el conde quería asegurar el matrimonio de su hija y, de hecho, nadie prestaba nada sin algo a cambio.
Lo rescatable era que al menos no hablaban de intereses usureros.
—Mi sobrino acepta todas las condiciones. Se casará sin inconvenientes. Es cuestión de que, como jefes de familia, pongamos una fecha para el evento —afirmó la tía sin titubear un segundo.
—Me gusta conversar con personas tan entendidas como usted, milady. Con sus consejos, pronto el marqués tendrá una vida mejor y una esposa a su lado.
«Gracias por nada» pensaba el marqués sentado en la silla sin rechistar, sin resistirse y aceptando cualquier cosa que esos dos dijeran en virtud del bien.
Cuando el conde le acercó los papeles, pudo notar un destello de ansiedad en sus ojos, estaba deseoso por acordar este negocio.
Librarse de su hija parecía un sueño hecho realidad.
Lo único que estaban haciendo era darle el problema a alguien que se ahogaba en deudas y que era un libertino.
Nada bueno podría salir de eso, pero podía suponer que querían castigar a Felicia con ese matrimonio.
En realidad, ambas familias querían castigarlos, pues ambos tenían defectos, aunque fuesen distintos, eran molestos para ellos.
—Firme aquí si está de acuerdo con lo que dice, todavía está a tiempo de arrepentirse y morir en una cuneta si no le gusta mi hija —dijo el conde para persuadir al joven.
—Leeré el documento con atención —replicó Edwin, que no tenía salida, solo podía retrasar lo inevitable unos minutos más.
A medida que leía ese papel, sabía que no tenía salida, era un juego de ajedrez en el que él solo tenía una pieza y su adversario contaba con el tablero lleno. Por cualquier lado por el que fuese, terminaría muerto.
—Con tantos piojos ya no le temo a las picaduras, milord —habló con valentía estampando su firma.
—Muy bien, su señoría. Es la mejor decisión. No piense tanto en el velo de Felicia, quizá termine volviéndose loco imaginando lo que hay detrás. Para consolarse, puede mirar a Charlotte, ambas se parecen bastante.
—Es un consuelo un tanto inapropiado. No podría andar mirando a la prometida de lord Bristol.
—Ciertamente él no debería enterarse de eso, solo guárdelo en su interior. Esto que ha firmado solo representa una pequeña porción de la dote. Una vez casados, usted será muy rico y no tendrá estos problemas, así también, exijo un trato excelente para Felicia.
—Así será, milord. Cumpliré los deseos de su hija…
Después de que cerraron el trato, el marqués y su tía se fueron de la casa.
No pidieron ver a Felicia y ella tampoco quiso verlos.
Era una evidente relación de rechazo mutuo.
No quería esforzarse por acortar distancias y encontrar puntos en común, para ellos este era un castigo que duraría hasta el fin de sus días.
—Ahora que tenemos el dinero, vayamos a ese tugurio de donde sacaste el préstamo para pagarlo.
—Tía, una vez más le pido que me deje pagarlo sin que usted tenga que hablar por mí —rogó el marqués.
—No. Ellos deben ver que cuentas con alguien que te defiende. Verás que no volverán a abusar de ti y, si quieren hacerlo, al menos lo pensarán dos veces.
—Al ritmo al que vamos no cumpliré el compromiso porque usted me matará, pero de vergüenza.
Son hombres rudos, tía, tenga piedad de mi dignidad.
Durante la conversación con el conde, me usó como escoba que barre estiércol.
Me sentí tan sucio, aquí al menos puede dejarme conservar un poco de vergüenza.
—He dicho que no. Si sigues insistiendo, te dejaré atado en el carruaje e iré sola. Deja todo a cargo de tu tía.
Él estiraba su cara con las manos, imaginando cómo, por segunda vez en un mismo día, una misma mujer lo humillaba de manera descarada y sin que pudiese defenderse ni un poco.
Su tía era una verdadera fiera que no andaba con rodeos.
Cuando decía que conseguiría algo, lo haría sin importar los métodos que tuviese que usar.
Era más versátil que una comadreja fingiendo su muerte.
Cuando el carruaje se detuvo, su tía intentó meterlo al sitio, pero Edwin se negaba, no quería pasar gran vergüenza. Cuando la puerta se abrió, ahí estaba Bruce, el elegante sirviente del prestamista.
—Su señoría, parece que decidió salir de su cueva. Mi señor está ansioso por ver su dinero —musitó Bruce con una sonrisa ladina—. Ha venido acompañado para más seguridad. ¿Se le ofrece un té, milady?
—Qué caballeroso es este jovencito, Edwin. No quiero que vuelvas a decir que estas personas son crueles —lo regañó su tía.
—Pero, tía… —Él no pudo terminar de decir palabra, porque ya su pariente estaba encantada con quien los recibió.
—Pasen, por favor… —invitó el sirviente—. Mi señor los recibirá pronto. Iré a por el té para la distinguida dama.
Ambos se sentaron en un salón sobrio y elegante. Los sillones eran cómodos y todo se veía muy pulcro.
—Este no es el tugurio que imaginé. Prestaste dinero de alguien bastante rico, Edwin. No veo la sangre de las personas en este sitio.
—Tiene un calabozo en otra habitación, ahí es en donde está la sangre.
—Exageras. Este lugar es mejor que tu casa.
El sirviente regresó con una bandeja de té en la mano.
—Mi señor los recibirá en su despacho, síganme, por favor.
Los dos dejaron sus asientos para seguir a Bruce, que tarareaba una melodía, mientras de fondo se escuchaban un par de gritos.
—¿Oyó eso, tía? —curioseó Edwin para que ella comprendiera que esas personas no eran tan sencillas como ella pensaba.
—Deben ser fantasmas. Es una casa vieja y llena de escondrijos. Deja de asustarte, me haces pasar vergüenza —masculló la matrona con el mentón alzado y el rostro pétreo.
Bruce abrió la puerta y los dejó entrar a la estancia. Ahí se encontraba un hombre delgado y de altura considerable. Su apariencia elegante era la de un verdadero ángel. Su sonrisa hasta resultaba reconfortante.
—El marqués de Cleveland vino acompañado de una preciosa dama —halagó el caballero que se acercó a la tía del marqués—. Me honra tener a una persona tan agradable en este sitio. Disculpe la humildad de mi morada.
—Qué gente más encantadora, Edwin. Si vuelves a hablar mal de ellos, yo misma te daré una lección.
Edwin abrió y cerró la boca varias veces como pez fuera del agua, pero no pudo decir nada. Su tía estaba convencida de que el problema era él y no esas personas que estaban ahí.
—Lamento que tenga tan mala imagen de nosotros, milady, pero sabrá comprender que nosotros solo hacemos negocios y que su señoría aceptó el dinero que le prestamos con las condiciones dispuestas.
No es nuestra culpa que él no sea capaz de calcular sus propios ingresos.
Si no puede hacerlo es mejor que no gaste dinero.
—Oh, no se preocupe, señor. Mi sobrino es consciente de sus compromisos financieros y ha venido a honrarlos. —La dama puso una bolsa de monedas en el escritorio, mientras Bruce le ofrecía el té.
—Milady es una persona que sí sabe cómo tratar con los negociadores. Bruce, cuenta el dinero —ordenó el hombre—. Pruebe el té, si le gusta, le daré una caja para que lo disfrute. Lo han traído hace poco.
Ella cogió la taza y disfrutó de aquel té. Cada sorbo era un sabor diferente y satisfactorio.
—Qué gran té. Disculpe, señor, creo que te he visto cuando eras pequeño. Eres el nieto de Adeleine, la duquesa viuda de Manchester.
—Me ha descubierto, milady. La he reconocido desde que Bruce me dijo que el marqués venía acompañado de una dama.
—¿Tu abuela sabe a lo que te dedicas?
—El té es para que ella no se entere… —confesó el hombre.
—¡Qué inteligente! Eres muy encantador y sabes lo que te conviene. El soborno lo acepto.
Los ojos de Edwin se abrieron como platos al oír lo que su tía estaba siendo sobornada para no contarle nada a otra anciana. Este asunto era de otro nivel.
—El dinero está completo, señor.
—Excelente. Busca el pagaré del marqués. Cuando quieran pueden volver a hacer negocios con nosotros. Estaremos encantados de atenderlos.
—En mis pesadillas volveré a esto —farfulló el marqués viendo cómo tanto dinero se perdía, pero era mejor eso que perder su vida.
—Ten más respeto, Edwin, nunca digas que de esta agua no beberé, porque cuando el hambre y la sed atacan, los principios comienzan a parecer algo lejano y borroso.
—No volveré a hacerlo, tía. Solo tengo una vida y una posibilidad de casarme, salvo que me convierta en el viudo negro. Esta deuda me dio un compromiso para salvarme de la muerte. Ni tengo dos cabezas para perder ni dos vidas para vivir. Esto está perdido.
—¿Se casará, su señoría? Esperaré la invitación. Un murciélago me contó que anoche lo vieron en la residencia de lord Ross, presumo que este dinero salió de ahí.
—Su gente maneja buena información, señor. De vez en cuando no estaría mal que me cuenten un par de chismes de la sociedad para saber si son más certeros que cinco poderosas ancianas de los salones —alegó la matriarca.
—Jamás podríamos compararnos con tales expertas, solo somos unos novatos. Los salones son territorio de las damas, nosotros solo observamos por encima y únicamente a nuestros deudores.
—¿Y tú no has pensado en casarte?
—No, milady. No estoy desesperado. Usted sabe que es difícil encontrar una buena candidata. Esperaré que mi destino me lleve a donde se encuentre ella.
—Imagino que tu abuela debe estar forzando ese destino de alguna manera.
—Le devolveré un cuarto de este dinero si conversa con mi abuela y la convence de no entrometerse en mis asuntos. No quisiera asustarla con algún delincuente dentro de su mansión. ¿Qué opina, milady?
Este asunto ya carecía de sentido. El cruel y despiadado cobrador estaba rogándole a su tía para que esta hablara con su abuela para que no le buscara esposa, para colmo y pareciendo una bofetada, le ofrecía una parte de lo que habían pagado para que se asegurara de lograrlo.
—Acepte, tía. Sería conveniente que nadie más tuviese que sufrir como yo, que quizá terminaré casado con un esperpento. Además, ese dinero sería de utilidad.
—Mmm… un cuarto es mucho dinero. Conversaré con Adeleine. Al menos conseguiré un poco de tiempo adicional. Una vez que ella te hable, me pagas, querido.