Un marqués olvidadizo (Los solteros 2) Capítulo 8
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Capítulo 8

—Pues que sepan que no estás solo y que tu tía intercederá por ti.

—¡Tía! No. Eso es una muerte social. ¿Cómo podría seguir viviendo después de esto? Nadie en su sano juicio lo lograría.

—Tú seguirás con vida y eso es lo que le importa a esta vieja, ¿comprendes? Unos matones no podrán conmigo.

—Su determinación es poderosa, tía, pero estos caballeros no son amables, no respetan las clases sociales ni la edad, ya vio lo que le hicieron al pobre Herbert.

—Ese es un sirviente inútil. Cualquiera lo golpearía sin más.

No es parámetro para medir la fuerza de unos cobradores.

Deja que tu tía abuela se encargue de todo como hasta ahora.

Te aseguro que nunca más se meterán contigo, porque pensarán dos veces para darte un préstamo mientras yo siga con vida, y eso tengo mucho.

Su tía estaba dispuesta a hacerle pasar la peor vergüenza de su vida.

Sin ningún remordimiento estaba dispuesta a humillarlo para que fuese el hazmerreír de cualquiera y se burlaran de él de por vida, impidiéndole volver a acudir a ellos por cualquier motivo.

Esa anciana tenía sus trucos maquiavélicos, no era fácil luchar contra alguien de su carácter y determinación.

En comparación con ella, no era apto ni siquiera para respirar.

No había sacado ni un ápice de la inteligencia de ese lado de la familia.

Era un verdadero hombre común e ignorante, incluso más ignorante que los demás, solo era un simple vago avivado.

***

En la residencia de Felicia, la joven durmió plácidamente sin ningún inconveniente. Su madre no la buscó en su habitación probablemente porque estuvo atendiendo a mucha gente, pero se precipitó a su puerta muy temprano en la mañana.

—Jovencita, prepárate, porque vendrá tu prometido a conversar con tu padre —anunció la mujer obviando cualquier saludo.

—Buen día, madre. Dormí como si le hubiera llevado la contraria. Fue hasta rejuvenecedor.

—Te burlas de las buenas intenciones de tu madre. Me duele la cabeza con solo pensar que ese hombre no puede llevarte hoy y todavía me queda tiempo de sufrimiento contigo.

—Pronto no tendrá que verme. Está demasiado ansiosa porque me vaya. El marqués dilatará este asunto todo lo que pueda.

—Escapaste por la ventana como él. Ninguno de ustedes tiene dignidad.

—La dignidad no es tan importante cuando la reputación está en juego.

Con el hecho de que me asocien con ese hombre, es una contaminación masiva.

Ese señor huele a pecado por cada poro de su ser, pero a ustedes no les interesa que termine enfermándome de alguna cosa que trajo de sus lugares frecuentados.

—Esta gente se cuida, querida, no quieren bastardos pululando por ahí. No tendrás ninguna enfermedad de nada, no te preocupes.

—No me preocupo. Ese hombre no me tocará en esta vida ni en la siguiente, madre.

No vale la pena. Trataré de ser cortés con él solo porque Charlotte fue convincente con algo que me interesa, de lo contrario, no lo sería demasiado.

Él puede tener todas las amantes que quiera y a cualquier bastardo lo haré pasar como mío para no tener que cumplir con mis deberes como esposa.

Compré un esposo necesitado porque ustedes lo querían, no porque yo lo deseara.

—¿Un nieto de otra madre? Olvídalo. Si lo haces, perjudicarás el linaje de esta familia. Tu hijo será marqués, ¿por qué no quieres aceptarlo?

—No me interesa dar hijos, solo quiero vivir para mí y mis pasatiempos. No quiero que un esposo apasionado me persiga por cada rincón de la casa para que le dé un heredero. Además, dudo que el marqués quiera estar conmigo, me lo ha dicho claramente y a mí no me interesa rogar.

—Esta guerra de orgullo terminará perjudicándolos, son unos tontos.

Ninguna pareja se quiere al principio, pero es cuestión de encontrar el punto en el que convergen.

Tu padre y yo nos conocimos una semana antes de la boda y nunca me negué a nada.

Tengo familia, vivo acomodada y con alto estatus.

Soy la envidia de muchas duquesas y marquesas, porque un conde me tiene como una verdadera reina.

Si le das oportunidad al marqués, te aseguro que no te quedarás atrás.

—No me interesa ser la envidia de nadie. Quisiera que cualquier otra mujer rica lo cogiera de lo que le cuelga en los pantalones y se lo lleve lejos de mi vista. No es mucho pedir para que pueda continuar con mis propios objetivos, que tampoco son tan ambiciosos.

—No importa lo que digas, a fin de cuentas, te casarás con él, el resto aún está por verse. Un libertino no te dejará ilesa.

La madre de la joven salió de la habitación en la que se encontraba Felicia preparándose para la hora del desayuno.

Ese día tendría que usar velo. No lo usaba todo el tiempo, solo cuando iban visitas o tenían algún acontecimiento.

Ella les pagaba a los sirvientes para que esparcieran el rumor de que debajo de esa tela no se sabía lo que podía existir y que quizá fuese un rostro desfigurado por alguna lesión o una deformidad congénita.

Existía un mito alrededor de su persona y eso le permitía no ser candidata de nadie; sin embargo, subestimó el ánimo de su familia por casarla, ciertamente, fue un error.

No tenía otra forma de salvarse del matrimonio, ser fea era la única, porque si veían que no solo era rica y bella, se pelearían por ella como los perros hacen por los huesos.

Se convertiría en la candidata perfecta para todo tipo de ave de rapiña, sinvergüenzas, oportunistas, buenos candidatos y personas excepcionales, pero Felicia no quería nada de eso, solo esperaba algo más que no fuese ser esposa de nadie.

Estaba segura de que ella no pensaba diferente antes de perder la memoria cuando tenía ocho años.

De no ser por el parecido familiar tan evidente, creería que la habían raptado de algún lugar, mas ese milagro era imposible, la sangre era demasiado espesa para poder ocultarla.

Felicia fue a desayunar al comedor en donde estaban todos, incluso su hermano menor, aquel pequeño que ni siquiera podía articular las palabras de buena manera.

—Buen día, Felicia —saludó su hermano menor con una sonrisa en los labios que estaban llenos de migajas de pan.

—Nicholas, ¿cómo amaneciste? —correspondió Felicia acariciándole la cabeza antes de pasar a su lugar.

—Mmm… Muy bien, la música era suave —replicó moviendo su cabeza de un lado al otro sin quedarse quieto. Era un niño muy activo, tal como su hermana mayor—. Debió ser divertido para todos.

—No lo fue. No deberías pensar en fiestas a tu edad, Nicholas. Te aseguro que no tienen nada interesante.

—No metas ideas absurdas en la cabeza de tu hermano. Él pronto tendrá la edad suficiente para decidir sobre lo que desea hacer y tú no se lo impedirás, Felicia. No echarás a perder su futuro estando aquí —advirtió su madre—. Pronto te casarás.

—¿Mi hermana se casará? —curioseó el pequeño.

—Eso es lo que dicen, pero no es seguro, Nicholas. Considero que no hay nadie que pueda tolerarme.

—¿Es por esa tela tan fea que te cubre la cara?

Los demás comensales en la mesa aguantaron la risa y miraron hacia diferentes sitios para evitar darle la razón a un niño de cuatro años, mientras Felicia quería fulminar a su hermano con la mirada.

—Pequeño demonio… —masculló sentándose, enfurruñada.

—El prometido de tu hermana vendrá hoy. Es tan amable como el de Charlotte.

—Es bueno tener más hermanos mayores. Ellos me llevarán a cabalgar. No me gusta hacerlo con mujeres.

—Rufián malagradecido. Eso es lo que ganó tu hermana al ser amable contigo. Pídele a ese lord Bristol lo que quieras, pero si te caes y te rasguñas, no vengas corriendo hacia mí. Pide una pierna nueva, niño insolente —farfulló Felicia sirviéndose el desayuno.

—No regañes a nuestro hermano. Él es inocente y solo dice lo que le gustaría; no es con el afán de ofender a nadie, Felicia. No puedes iniciar una pelea con un niño tan pequeño —recomendó Charlotte.

—Es fácil decirlo cuando no está hablando mal de ti, sino de mí. En fin, no puedo esperar nada bueno de esta familia. Me rindo.

La joven se quedó a desayunar en silencio. Una vez que terminó, se retiró de vuelta a su habitación. No quería encontrarse con el marqués por ningún motivo, todavía tenía la esperanza de que se casaran. Eso parecía lejano, pero quería creer que ocurriría un milagro.

***

El marqués y su tía abuela fueron hasta la residencia de lord Ross. La mujer intentó bajarlo del carruaje dos veces a las buenas y la última por las malas. Este estaba más reacio que el día anterior a casarse con la joven de esa casa.

—No seas un niño, Edwin. ¿A qué le tienes miedo? —preguntó la dama mientras golpeaba la puerta de la residencia.

—La noche anterior ni siquiera pude ver su cara. Durante el día debe ser más fea en todos los aspectos. La oscuridad es capaz de distorsionar la imagen de cualquiera.

—Ella puede decir lo mismo que tú. En la fiesta no fuiste tan cobarde. Este es el destino y lo afrontarás.

La doncella de la residencia del conde abrió la puerta y los dejó pasar.

—Buen día, lord Ross dijo que ustedes pueden pasar a su despacho —anunció la sirvienta.

—Gracias. Ven, Edwin… —Su tía lo cogió del brazo, arrastrándolo hacia donde la doncella los guiaba.

Aquel sentía que tenía la cabeza en la guillotina. No quería estar ahí para pedir la mano de una completa desconocida. Si fuese hermosa, no haría escándalo, pero esa arpía no solo no se dejaba ver, era maleducada y desagradable.

—Tía, podemos irnos. Aún estamos a tiempo. Juro que me portaré bien desde ahora en adelante… —insistió antes de entrar en el lugar.

—Los muertos no cumplen promesas. Hoy serás libre de lo que es más urgente. Librarte de tu esposa será un problema con el que lidiarás después. Ahora debemos ocuparnos de lo más importante. Entra ya.

La gran dama lo empujó adentro, en donde lord Ross estaba de pie, sonriendo como si fuese a cometer una hazaña. Por supuesto, casar a su hija problemática era algo para festejar.

—Buen día, su señoría, milady… Por favor, siéntense —habló el conde enseñándole los asientos frente a su escritorio.

—Buen día, milord. Mi sobrino está un poco nervioso. No le haga caso si de su boca escapa alguna tontería.

—Es comprensible. Yo estaría trepando las paredes al no poder ver el rostro de la mujer con la que me casaré, pero no se preocupen, garantizo que mi hija es una verdadera belleza.

Lo que hace es una estrategia para no casarse hasta los veinticinco.

Créanme, a nosotros nos hace pasar mal rato con mucha frecuencia.

Ella tiene distorsionada la realidad de una manera rara.

Cuando tenía ocho años se golpeó la cabeza y desde ese día no ha sido igual.

Perdió la memoria de esos años e intentamos reconstruirla, pero Felicia no cree que seamos su familia de verdad, siempre desconfía de nosotros.

Su comportamiento es extraño. Esperemos que el matrimonio la ayude a ser diferente.

Para la mala fortuna del marqués, no solo le daban en matrimonio a una mujer fea, sino también loca.

Estaba tan arrepentido que juraba no volver a apostar en su vida actual y en las próximas.

No existía nada peor que la incertidumbre de no poder salir de un problema, al menos no sin taparlo con otro.

—Mi sobrino tiene peores problemas que enfrentar a una mujer quisquillosa.

Su vida corre peligro gracias a un préstamo usurero que hizo tiempo atrás para recuperarse económicamente por la pérdida de la cosecha y de paso apostó otra parte del dinero.

Tiene gran parte de culpa en lo que ocurre, pero no es un hombre malo.

La casa del marqués de Cleveland sigue siendo rica, aunque no puede convertir sus activos del marquesado en dinero.

Lady Felicia tendrá una excelente vida a su lado.