Capítulo 7
—¡Madre! —llamó la joven golpeando la puerta después de entrar.
—¿Quién está aquí? —increpó el marqués al oír el nombre de una joven.
—¿Por qué está aquí, marqués de Cleveland?
—¿Es usted la dama del velo?
—No puedo creer que se confabulara con mi madre para tenderme una emboscada indecente. Si antes lo despreciaba, ahora lo odio.
—¿Confabularme? Está equivocada. Como si fuera que siento tentación por algo gris e indescifrable. Me ofende, es como matar y aniquilar el alma decir que yo quiero algo con usted.
—¿Y por qué está aquí?
—Mi tía dijo que quería un vaso de agua porque se sentía cansada y la condesa la autorizó para descansar en la biblioteca, lejos del ajetreo del salón.
Tal parece que hemos sido engañados por ellas.
Desde que llegamos, su madre no se ha separado de la matrona de mi familia, por supuesto, eso no podía ser bueno desde ningún concepto.
—No le creo. Un libertino como usted es un oportunista.
—Admito que lo soy, pero, oiga, mírese al espejo y me avisa cuando encuentre el atractivo con todo lo que lleva puesto. Me cansé de fingir cortesía, no me agrada y entiendo que este asunto es beneficioso para ambos. No se preocupe, no pienso tocarle ni un solo pelo, no soy ni ciego ni tonto.
—Usted solo tiene un buen título, pero la caballerosidad se le ha perdido por completo. Qué vergüenza. ¿Así piensan que me casaré con usted?
—Quiera o no, sabe que eso terminará ocurriendo. Ninguno de nosotros tiene derecho a decidir sobre su futuro, sabe que eso lo escogen los mayores, los que creen tener más experiencia. Que hagamos algo aquí esta noche no cambiará los acontecimientos. Aquí los ladrones gritarán ladrón.
Ella dejó de lado su furia por un segundo y buscó una lámpara y la lata de yesca para encenderla. No quería estar a oscuras en compañía del marqués, no confiaba en él.
Mientras Felicia daba luz a ese sitio, él tomaba el agua que había llevado. Se sentó un rato en uno de los sillones y comenzó a observar a su alrededor.
—¿A dónde lleva esa ventana? ¿Tienen perros?
—Da al jardín y no tenemos perros que representen un peligro para nadie. Además, están encerrados en la caballeriza, no salen en días festivos.
—Bien… Yo solo quería jugar a las cartas y terminé encerrado aquí. Usaré esta ventana para escaparme, si es inteligente, también lo hará. Recuerde, no importa lo que ocurra esta noche, se casará conmigo.
—Al menos debo halagar que pensara en cómo salir de esta trampa. Al parecer, usted no es del todo inútil.
—Tenga respeto por mí, porque pronto será de mi propiedad.
No me agradan los desplantes. Seré tan amable como lo sean conmigo.
Al final creo que es mejor que se quede y yo me voy.
Si me ven en la mesa de entretenimiento, nuestras reputaciones estarán salvadas, pese a que los planes de esas brujas se cumplirán, no serán por medio de esta conspiración.
El marqués bebió el resto del agua de un sorbo y dejó el vaso en un rincón, después se acercó a la ventana y la abrió sin mayores contratiempos.
—Hasta pronto, milady. Puede salir si le apetece. Adiós… —se despidió dando un salto hacia el exterior. Para su buena fortuna estaban en la planta baja o no habría considerado esa idea.
Felicia lo vio salir del problema en el que los metieron sin mayor inconveniente.
Si ella hubiese mostrado su rostro, él no habría salido casi huyendo de ese sitio, solo porque tenía miedo de lo que había bajo el velo se animó a una retirada indigna para cualquier noble, pero como aquel no tenía muchas virtudes, seguramente estaba acostumbrada a salir de la casa de sus amantes por donde solo la luz natural debería entrar.
La joven decidió tomar el mismo camino indigno que el del marqués, quería ver la cara de sorpresa cuando su madre la encontrara durmiendo en su cama.
Se sentiría satisfecha al saber que no logró que todos en esa fiesta la asociaran con ese canalla, pero sabía que era solo temporal.
Como había dicho él, no tenían forma de huir y eran conscientes de ello.
Se sentía extraño ser despreciada con tanta insensibilidad.
Estaba acostumbrada a que le rogaran un poco, pero ese hombre no parecía de los que rogaban ni si su situación fuese la miseria absoluta, estaba ahí obligado y sin opciones como ella.
Al menos en eso eran parecidos, aunque no significaba que aquello los uniría de alguna manera.
El carácter de ambos era casi idéntico, teñido por el orgullo y la arrogancia.
Salió de la biblioteca y fue hacia la cocina, después pasó desapercibida en el salón hasta subir las escaleras y llegar a su habitación.
Por fin se había librado de todo. Su madre se encontraría con la figura del marqués compartiendo con el resto de los invitados y se daría cuenta de lo que ocurría.
Deseaba verlo, pero no podía, solo se enteraría por la servidumbre o por el grito de su progenitora.
***
El marqués se quitó los restos de plantas del camino y entró a la residencia por la puerta principal como si nada ocurriera.
Saludó a la mayoría de vuelta para que vieran que estaba ahí y se volvió a colocar junto a la mesa de cartas, aunque no sin dejar de mirar hacia donde se encontraba su tía abuela brindando con lady Ross.
Las dos no ocultaban su fechoría, estaban festejando una victoria inmerecida.
Lo que sí merecían era un saludo cordial de su parte.
No pudo resistir la tentación y fue a saludar a esas personas.
—Disculpe, tía, pero ¿no quería tomar agua? Veo que todavía tolera el mismo oporto de la cena.
Las dos damas escupieron el contenido de sus bocas al oír y ver a Edwin de pie frente a ellas. No entendían lo que ocurría, pues ambas estaban seguras de que la pareja estaba atrapada en la biblioteca.
—Pero… ¿Cómo? —Pudo articular la tía abuela.
—Ay, tía, solo a usted se le ocurre dejarme en una biblioteca.
¿No recuerda cuántas veces me escapé para no leer?
Soy un escapista profesional. Ustedes dos, arpías, urdieron un buen plan y pensaron que lady Felicia y yo éramos verdaderos tontos, pero ¡sorpresa!
No lo somos. No entiendo la razón por la que pensaron que esto funcionaría.
Esa niña y yo no tenemos ni una pestaña en común, solo nos unen los intereses mutuos.
Las dos mujeres tuvieron la vergüenza suficiente para sonrojarse por las palabras que dijo Edwin.
—Quería saber si eras capaz de ser un libertino con una desconocida, Edwin. ¿Juzgarás duramente a tu querida tía? —preguntó la mujer, victimizándose.
—A esta joven no pienso tocarla hasta no ver si tiene algún defecto, también hasta que pasen unos meses, para que no me salgan con el asunto de que espera un hijo mío o algo similar; por eso quieren deshacerse de ella arrojándome el problema por un par de monedas que no puedo rechazar en este momento.
—Sí que este joven tiene una imaginación salvaje.
Créame, su señoría, mi hija ni siquiera sale de esta casa y tampoco ha cumplido la edad suficiente.
Este compromiso queremos acordarlo por su bien, porque es una joven caprichosa que cree que somos eternos.
No le importa ser una carga para su hermano menor en el futuro.
Quiero que vaya bien casada y, para pagar su sinceridad, le cuento que lo escogí por ser marqués y por no tener dinero, no deseaba que tuviese otras opciones para aceptar a Felicia.
Le aseguro que, una vez casados, quedará satisfecho con ella.
—No estoy seguro de sus palabras, pero tampoco tengo otra opción.
Lo único que puedo decirles es que no hacía falta encerrarnos en la biblioteca.
El agua y el aceite son más compatibles que esa joven y yo.
Considero que ni siquiera a la fuerza le entra la faja a la gorda o a la flaca, para qué insistir.
Tía, siga bebiendo, si de verdad me necesita, estaré en la mesa de cartas esperando mi turno.
El joven dejó a ambas damas muy avergonzadas. No podrían hacer todo el escándalo que imaginaron para el suceso. Les había salido el tiro por la culata. No contaron con la astucia de un libertino que tal vez fuese un profesional escapando por la ventana.
—Al menos mi sobrino es consciente de que no hay otra salida.
Lady Ross, ¿cuándo puede anticipar una parte de la dote para pagar las deudas de Edwin?
Al tener ese dinero en su bolsillo, no podrá escapar de este compromiso por nada del mundo, salvo que lo maten, y eso está muy cerca de ocurrir.
Necesito salvarlo, el marquesado no puede perder a su único miembro.
—Que su sobrino venga mañana a conversar con mi esposo.
Estamos listos para liberar una gran cantidad de recursos para salvar al futuro yerno de esta familia.
No escatimaremos, así también, el marqués tendrá obligaciones con nosotros y eso es jamás faltarle a Felicia en ningún aspecto.
Esto es un matrimonio por conveniencia, el respeto está por encima de todo.
—Él entiende esto mejor que nosotros, milady. Recordará esto por el tiempo que le quede de vida. Ahora es reacio porque no sabe lo que esconde lady Felicia bajo su velo, y no soy capaz de culparlo del todo. ¿Quién querría casarse con una caja de sorpresas que no sabe qué contiene?
—Tiene razón. Un matrimonio es casarse con un desconocido, pero no tanto para no haber visto su rostro.
Me temo que tampoco puedo culpar al marqués por cualquier desprecio que pueda hacerle a mi hija.
Esta niña se lo ha buscado de manera repetida.
Nosotros llevamos tiempo pidiéndole que se comporte como una dama y deje esas tonterías de querer ir a un monasterio a leer libros, porque ni siquiera tiene vocación religiosa.
—El sufrimiento que les espera a estos dos aún es largo, es cuestión de supervivencia. Esperemos que ambos consideren sus opciones, vivir de esta manera será imposible a largo plazo y más cuando se necesiten herederos.
Durante el resto de la noche, Edwin pudo jugar un par de veces con los caballeros sin apostar nada.
Aprendió la lección, no saldría una sola moneda de su bolsillo para vicios, porque el precio a pagar podía ser más alto del que estaba pagando en ese instante.
Ni siquiera veía el rostro de la mujer que sería su prometida.
Estaba seguro de que a nadie le había pasado eso.
En toda su vida. Era el único que podía sufrir semejante humillación.
¿Cómo estará vestida el día en el que contraerán matrimonio?
Esa idea le daba cierto morbo y curiosidad, porque no imaginaba que estaría bien vestida, por supuesto que no.
No haría el esfuerzo por nada, ni si la vida se perdiera en ello.
Era una criatura orgullosa, petulante y grosera que no merecía que le dedicara pensamientos, ni siquiera los de desprecio.
Era una pérdida de tiempo, como hablar con una pared.
El beneficio mutuo existía y era lo que importaba.
Él seguiría con vida y ella sería marquesa para presumirle a las arañas de la biblioteca, porque existía la gran posibilidad de que no tuviese más conocidos que su familia.
Cerca de la medianoche, él y su tía regresaron a la residencia del marqués para dejarlo.
—Mañana el conde de Ross te esperará para conversar sobre el adelanto de la dote.
No desaproveches la oportunidad. Pasaré a buscarte.
Una vez que consigamos el dinero, iremos juntos a pagar la deuda.
No esperarás un día más o dos. No te entregaré una sola moneda de lo que consigamos.
No estoy segura de que hagas alguna tontería o seas asaltado.
—Tía, estaré ahí, no se preocupe, pero ¿acompañarme a pagar la deuda? Eso es demasiado humillante. Hablarán mal de mí, como si fuese un niño al que deben seguir cuidando después de haber crecido.