Capítulo 6
A fin de cuentas, Charlotte volvió a ganarle a Felicia, sacándola de la cocina para que la conocieran personas que aún no la habían visto y, como era de esperarse, querían que se quitara el velo.
La misma explicación de sus padres salía a relucir para responder la gran pregunta de por qué no se lo quitaba.
Su reciente cuñado se pegaba a ella y a su hermana como si fuese mugre, hablaba tanto que Felicia quería bloquear sus oídos para evitarlo.
No era una mala persona, solo demasiado entusiasta para su gusto.
Su afán de querer que participara de lo que le gustaba para que se agradaran era evidente.
Lo único que le quedaba a la joven era volver a esconderse después de la cena.
Cuando llegó la hora, ella sabía que tendría que sentarse junto a extraños que intentarían darle conversación.
Lastimosamente, cuando llegó al pasillo del comedor, encontró al marqués de Cleveland, de pie junto a un sirviente que le indicaba que esperara.
Una vez que Felicia llegó hasta ese mismo empleado, este la observó.
—Su señoría, usted acompañará a milady a la mesa… están en el orden cuatro.
Edwin observó a su lado y encontró ahí al espectro del velatorio que sería su esposa.
—Gracias… —alcanzó a decir sin entusiasmo, tampoco le dedicó una sonrisa a la joven. ¿Para qué hacerlo si no lo veía gracias a ese velo?
Ninguno de los dos decía nada mientras esperaban en la fila para entrar al comedor, solo estaban en un silencio incómodo. Tolerarse en un mismo espacio era lo máximo que podían hacer cada uno, pues tampoco estaban conformes con el asunto del matrimonio.
—Su señoría, coja bien a Felicia, no queremos que se nos escape —habló la condesa, que fue a formar la fila en la parte delantera.
Ellos sabían lo que eso significaba: él debía ofrecer el brazo y ella aceptarlo por protocolo. Felicia alzó la vista, aunque le costaba distinguir el rostro del marqués.
—¿Me acompaña a cumplir? Solo seamos amables esta noche y el calvario pasará —propuso el marqués.
—Está bien, no tengo inconveniente —acordó la joven.
—¿Piensa comer con ese velo?
—Debería preocuparse por lo que usted comerá, no por cómo lo haré yo.
—Es solo una curiosidad, supongo que sus gustos exóticos se extienden a comer tela —dijo Edwin con una sonrisa burlona mientras extendía el brazo para que ella lo cogiera. Le dio un pequeño codazo para que se agarrara por si no lograba ver nada.
Al sentir el codazo, la joven lo miró con desagrado, siempre a través del velo, él no podía ver ninguna de sus expresiones.
De lo que se dio cuenta en ese momento era de que, pese a que el marqués intentaba ser amable, no toleraría su arrogancia.
No sería posible ser demasiado hostil con él, era capaz de perder la paciencia con facilidad.
Si sembraba hostilidad, eso mismo recibiría.
Con gran esfuerzo tuvo que agarrar su brazo para poder avanzar hacia la mesa del banquete. Una vez frente a la mesa, los mozos les indicaban sus lugares. El marqués estaría sentado a su lado. No había forma de librarse de ese libertino.
Edwin tampoco estaba satisfecho con el asiento que le asignaron, pero no le servía quejarse, estaba en manos de su tía y de la condesa de Ross, o más bien podría decir que en la de sus cobradores.
No había mucha diferencia entre los facinerosos y la unión de esas dos mujeres. Era un infierno por donde se lo viera.
La cena constaba de cuatro etapas y sería notablemente larga, por eso todos debían tolerarse.
A Edwin le agradaba cómo estaba decorado todo a su alrededor.
Los candelabros daban un aspecto íntimo y acogedor, la platería y cristalería brillaban a la luz de las velas y los centros de mesa estaban llenos de elegancia y aroma floral penetrante.
A él no le gustaba salir demasiado, pero aprovechaba la ocasión para olvidar un poco sus problemas viejos y enfocarse en los nuevos.
De reojo observó a su compañera por si podía notar algo a través de la tela, pero apenas distinguió su perfil.
Su nariz era igual a la de su hermana, su cabellera también.
Eso le hacía presumir que podía tener cierto parecido con aquella; sin embargo, el uso de ese accesorio cubriendo su rostro le hacía pensar que no era por extravagancia, sino porque tenía un gran defecto que debía ocultar a toda costa para que nadie más lo viera.
Quizá se tratase de una cicatriz por corte o quemadura o tenía alguna deformidad evidente.
Esas ideas rondaban por su mente. La idea de una cicatriz le resultaba más consoladora que la de tener una deformidad.
La joven tampoco perdió la oportunidad de mirar de reojo al marqués. De perfil era bastante atractivo, su nariz era larga y fina, sus labios también eran finos, pero de su velo no podía distinguir el color de sus ojos o su cabello. Tendría que quedarse con la duda de eso.
Mientras cada uno de ellos tenía la duda rondando su cabeza, sirvieron el primer plato.
La curiosidad de Edwin por ver algo de Felicia comenzaba a ser evidente.
Cada vez que esta llevaba la cuchara de sopa a su boca, él esperaba ver algo monstruoso, pero no era el único que estaba expectante, los demás también estaban ansiosos por ver qué ocultaba la familia Ross.
Felicia se sentía como una criatura nunca vista, por más que no viera las miradas, sentía que eran como flechas dirigidas a su rostro.
Era como una sensación incómoda que le recorría la espalda.
Disimular no parecía ser una virtud, al menos no esa noche.
Temía levantar la vista y notar que la condenaban sin conocer sus motivos.
No tenía defectos, solo quería mantenerse soltera.
A medida que llegaban los platos, la gente curioseaba esperando un error que les permitiera al menos ver un poco más que el mentón, pero Felicia era profesional con esa tela, por nada del mundo se dejaba ver. Cualquier plan ajeno fracasaba.
Una vez terminada la cena, después de dos horas, los asistentes abandonaron la mesa y fueron de vuelta hacia el salón, en donde los sirvientes habían colocado variedad de entretenimientos aparte de la orquesta para los que deseaban bailar.
Felicia tenía la grandiosa idea de leer oyendo la música desde lejos, para eso se encerraría en la biblioteca. Ya había cumplido con lo que pidió con su familia, que era conocer al marqués de Cleveland.
—Lady Ross, estos dos no quieren ni estar en el mismo lugar —comentó la tía abuela de Edwin.
—No lo crea, milady. Tengo un plan que no fallará. Estarán en un mismo lugar, juntos. Si ellos no quieren casarse, pueden negarse ahora, pero un acontecimiento fortuito no puede hacer que cada uno vaya por su cuenta.
—¿Qué tiene pensado hacer? Necesito salvar a este sobrino mío. Es el único heredero del fallecido marqués.
—Usted solo le dirá a su sobrino que irá a la biblioteca a descansar y que él le lleve un vaso de agua. He visto que es muy filial con usted, no puede dejarla desamparada.
—¿Está segura de que dejará la mesa de las cartas por mí? Desde que salimos del comedor ha estado observando el juego de otros caballeros. Supongo que quiere excusarse al jugar de manera legal en un evento público. Este sobrino mío es algo que no puedo llegar a describir con claridad.
—Hágase la víctima, solo eso.
—No me creerá, siempre soy dura con él.
—Créame, justamente esa supuesta debilidad en una mujer fuerte es la mayor señal de alarma que un familiar puede tener.
Las dos damas sonrieron con malicia ante lo que pensaban hacer. La condesa de Ross también tenía algo preparado para Felicia. Tenía la carnada perfecta para que ella misma se arrojara al mismo lugar que el marqués.
Unos minutos después, la tía abuela del marqués fue a tocarlo en el brazo para comunicarle que se retiraría.
—¿Qué ocurre, tía? Este juego es interesante. Espero que pronto pueda jugarlo. Le prometo no apostar nada, es simple diversión.
—Ay, querido. ¿Te molestaría llevarme un vaso de agua a la biblioteca? La condesa me dijo que podría descansar ahí, me siento fatigada, sabes que a esta edad no soy tan fuerte como antes. Además, los disgustos que me das no son para nada fáciles de sobrellevar.
—¿Se siente mal, tía? Deberíamos irnos para que la atienda un médico. No quiero que su familia me culpe si muere aquí. Sin duda pensarán que he sido culpable de su deceso.
—No digas tonterías, solo necesito sentarme en un lugar con menos gente y tomar un poco de agua. Tanto oporto en la cena no ha sido lo más acertado a mi edad.
—No mienta, tía, usted se conserva en alcohol. Vaya a la biblioteca y le llevo el agua.
—Gracias, querido.
La mujer fue junto a lady Ross para avisarle que todo estaba en marcha.
—Ha llegado el momento, milady. Dígale a su hija lo que tiene pensado. Esto será interesante.
—Por supuesto. Charlotte ya la ha entretenido suficiente. Descanse aquí, milady. Veremos resultados muy pronto.
Charlotte volvió a atrapar a su hermana a pedido de su madre, la tenía junto a los jugadores de ajedrez. Sabía que eso la distraía de vez en cuando, por eso sabía que no era una gran tortura.
—Si fuera usted, no movería esa pieza —murmuró Felicia para ella misma al ver el error que uno de los jugadores cometería. Lo malo de mirar un juego y no poder jugarlo era la rabia que podía viajar a través de los ojos. Solo estaba ahí porque su hermana le impedía esconderse en su caparazón.
—Querida Felicia, aquí estás… —la interrumpió su madre en tono cariñoso.
—¿Qué trama esta vez, madre? —replicó la joven, sabiendo que ninguna amabilidad estaba basada en gratuidad.
—Qué desconfiada, cariño. Solo quería recompensarte por el gran esfuerzo que estás haciendo esta noche. Sé que no es el ambiente ideal para ti, pero por nosotros te has sacrificado.
—Esas palabras me dan mucho miedo, me temo que desconfío demasiado.
—No deberías. Tu madre solo quiere darte un obsequio porque, dentro de lo que te deja tu orgullo, te has portado bien. Te concederé la gracia de poder escapar de este barullo.
—¿En verdad? ¿No tomé demasiado oporto o morí atragantada? Esto parece un verdadero sueño hecho realidad.
—Y para que te consueles aún más, te conseguí un buen libro, de esos que te gustan mucho. Me dijeron que era una nueva publicación. Estoy segura de que no podrás despegarte de ese papel…
La tentación estaba haciendo mella en Felicia.
Era desconfiada por naturaleza, por eso no creía del todo en las buenas intenciones de su familia; sin embargo, ellos no querían hacerle daño, deseaban que se comportase como creían que era normal y que tomara como ejemplo a la tonta de su hermana Charlotte.
—Está bien, madre. Iré a la biblioteca.
—Te acompañaré hasta la puerta. Este sacrificio de hoy será bien recompensado.
La mujer llevó a su hija del brazo. Esta iba confiada directa a su trampa. Era algo malo, aunque con un buen fin. Ese matrimonio tenía que darse y, en vista de que ambos no tenían mucha tolerancia mutua, debían llegar a ese extremo.
Edwin entró a la biblioteca con un vaso de agua buscando a su tía, la llamó por un buen rato, pero esta no respondió. Aquella no acostumbraba a jugar a las escondidas. La puerta detrás de él se abrió, después se cerró y se oyó el sonido de la llave en la cerradura.
La condesa había cerrado con llave la puerta de la biblioteca con su hija y el marqués dentro. No había forma de que la desaparición de ambos no fuese sospechosa.