Un marqués olvidadizo (Los solteros 2) Capítulo 5
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Capítulo 5

—¿El marqués de Cleveland? ¿Ese rufián? ¿No es más fácil casarme con un mendigo o con un perro? Ese hombre solo quiere el dinero de la familia. La doncella me contó todo sobre él. De tanto acostarse con mujeres, ya ni le quedan vellos en la entrepierna —dijo Felicia, molesta.

—¿De dónde sacas esas tonterías? Tienes razón en que es un rufián y que solo quiere el dinero de la familia, no veo problema en eso. Ningún caballero se casa por gusto, sino por presión, edad o necesidad.

—Madre, una razón suficiente para no casarme con él es que sea un prostituto.

—Entonces busca un hombre casto y puro para que te soporte.

Te aseguro que no lo conseguirás, salvo que lo críes tú desde el vientre de su madre.

No salgas con tonterías a estas alturas.

Fuimos pacientes para que escogieras tu propio futuro, en vista de que vas a desperdiciarte, al menos no serás una carga para tus hermanos y tu cuñado.

—Sabía que no tenían nada bueno que ofrecer, pero ¿sabe qué? No cederé, no me casaré con alguien así.

—No depende de ti, depende de él, y ya lo he acordado con la matrona de su familia, trátalo bien, así recibirás un buen trato. Cuando las cosas se compliquen, solo quítate el velo que cubre tu cara y dejarás de desagradarle a cualquiera.

—Este velo no quería quitármelo hasta que llegara a la edad de no poder casarme. Lo están arruinando todo.

—Es un excelente matrimonio y no puedes verlo porque eres egoísta e insensata, Felicia. Si tan solo fueses como antes.

—Esto es lo que tienen, mientras más me presionan, las cosas no serán como quieren. No sé cómo era antes y ni siquiera sé si ustedes son mi familia de verdad y no personas que me han raptado de mi verdadero hogar.

—Tonterías, eres mi hija, al menos te ves igual a ella cuando te descuidas y podemos ver tu rostro.

—Se arrepentirán de lo que están haciendo y ese marqués de la entrepierna podrida es mejor que se mantenga alejado de mí, pues no respondo de mis actos.

—Compórtate y no avergüences a la familia, los conflictos que puedas tener con el marqués los arreglarás con él. Ahora ven para que te presente.

La condesa apretó su mano en la muñeca izquierda de su hija para llevarla hacia donde se encontraba el marqués en compañía de su tía abuela. Felicia apenas podía ver bien con el velo durante la noche, porque la iluminación era tenue, lo que no le permitía ver con claridad el rostro de las personas.

—Su señoría, aquí está mi hija, lady Felicia… —habló la condesa que no soltaba a su retoño.

Edwin observó de pies a cabeza lo que parecía ser una sirvienta de una mansión lúgubre que regresaba de enterrar a su señor. No podía distinguir nada en su rostro, al menos se sentía aliviado al saber que no era un elefante, tenía una figura armoniosa.

—¿Ella viene de un velorio? ¿Por qué no se quita el velo? —curioseó Edwin entre no desear y también querer ofender a la joven para que se diera cuenta de sus actos.

—Qué humor tiene, su señoría. Felicia es excéntrica. Le gusta usar ropa y velo oscuro. Al menos me tranquiliza que tiene ropa suficiente para cuando su familia completa muera. —Rio la condesa después de decir eso.

—Deje que la veamos, lady Felicia. Además, podrá ver a mi sobrino y notará su atractivo —musitó la tía abuela para animar a la joven a mostrarse.

—No necesito ver a este libertino. Sé lo que dicen de él y no me interesa —masculló con presteza. Después sintió un fuerte pinchazo en el brazo que le dio su madre.

El marqués sabía que la hostilidad era una gran posibilidad, aunque no esperó que desde un primer momento usara sus defectos para asestarle un golpe sangriento.

—Jovencita, te falta un poco de disciplina. Su señoría, disculpe a mi hija, es alguien que cree que vive en otro mundo.

—No se disculpe por ella, no le interesa hacerlo y a mí tampoco me apetece oír disculpas forzadas. Es mejor que lady Felicia demuestre lo que es en realidad.

Felicia le prestó más atención al marqués. No sabía si la estaba ayudando o echándole tierra en la tumba. Por sus palabras tampoco parecía interesado en ella. De hecho, ninguno quería este compromiso pactado.

—Si no les molesta, me retiro. Con permiso… —se despidió la joven y se soltó del agarre de su madre, pero esta la siguió.

—Es una mujer tan encantadora como una serpiente la prometida que me consiguió, tía.

¿No hubiese sido más fácil comprometerme con un escorpión o darme veneno en la copa de vino?

Con esta damita creo que pagaré mis culpas de cinco vidas y ascenderé al cielo sin contratiempos.

No parece tan mal después de todo si obtendré recompensas. Soy un gran creyente.

—Ciertamente esta joven es desagradable. No tiene nada que ver con su hermana mayor. Lady Charlotte es tan encantadora, solo mírala en compañía de lord Bristol. Dan envidia.

Él no estaba interesado en envidiar a nadie, pero cuando vio a lady Charlotte, supo que llegó tarde. Ella era graciosa, de rostro atractivo y rasgos afables. Sus movimientos eran parecidos a los de una garza elegante y blanca. Podría decirse que era la perfección encarnada.

—Es una lástima que esta cena no se hubiese hecho semanas atrás.

Ahora es tarde para arrepentirnos, me toca soportar a esa mujer fea y de carácter endemoniado.

Ni siquiera puedo soñar con herederos en estas condiciones.

Tía, está viendo a un linaje en verdadero peligro de extinción.

Considero que una fortuna menor no me haría daño.

¿De qué me sirve salvar mi pellejo de los cobradores para terminar sin descendencia al casarme con esta arpía?

¿Cuál es la diferencia con estar muerto si lo único que se espera de mí es que procree?

—Estás exagerando. Todos se niegan al matrimonio conveniente en un primer momento, pero en el futuro siempre terminan teniendo hijos, lo que significa que se resignan con el paso del tiempo, no temas, lo desconocido siempre es de temer.

—Desconocido es una palabra generosa, pero a esta mujer no la puedo describir ni como desconocida, porque no puedo ver su rostro. Tía, reconsideremos la situación.

—No hay tiempo para esas tonterías, este compromiso se cierra hoy y mañana mismo pediremos el anticipo de dote e iremos a pagar tus deudas. Te acompañaré para que no te metas en más problemas.

—Me avergonzará, todos creerán que no puedo solo, tía.

—Eso no me importa. Este sacrificio que haces no puedes desperdiciarlo. Aparte, hablaré con el conde de Ross para que la dote sea administrada por un letrado o un administrador para que no pueda caer en tus garras y termine despilfarrada. Es el futuro del marquesado lo que está en juego.

—Ya aprendí la lección. ¿Es necesario tomar tantos recaudos?

—Sí, de los errores se aprende y, como tú puedes ser un ludópata, es mejor prevenir que lamentar después.

Aceptaba lo que decía su pariente anciana porque no tenía argumentos para refutarla. Ella estaba buscando asegurar su vida, mientras él estaba intentando boicotearla por segunda vez en menos de cinco años. Tenía talento para atraer desgracias, mejoraba en un ámbito y empeoraba en otro.

***

Después de que Felicia escapara de su madre, tuvo la desgracia de encontrar a su padre y que este la presentara a todo el mundo.

Más de uno le preguntaba que cuándo se quitaría el velo para conocerla, pero su progenitor respondía por ella llamándola como su madre: excéntrica.

Al parecer, esa era la forma en la que se referían a ella.

Debía admitir que era una explicación razonable para salvar su buen nombre.

Esa noche el conde estaba haciendo lo posible para sacar a la luz a su familia y llevarla a otro nivel.

No sabía qué estaba tramando, puesto que eran ricos y no sospechaba de alguna otra intención que este tuviese.

Lo único que les quedaba por hacer en esta vida era juntar más fortuna.

Para un conde, el dinero era mejor que un título mayor que no podría conseguir con facilidad.

Una vez que logró deshacerse de su padre, fue a la cocina, en donde los sirvientes estaban demasiado ocupados para darse cuenta de su presencia. Necesitaba un poco de distancia social de las amistades de su familia. Solo faltaba su hermana para que su noche estuviese más animada, para mal.

—¡Aquí estabas! Tuve que mirar dos veces para distinguir que eras tú quien estaba en ese rincón. Con esa ropa oscura era casi imposible distinguirte —dijo Charlotte con una sonrisa.

—¿Qué quieres de mí? ¿No es suficiente lo que ya hice? Conocí a todos, incluso al hombre con el que quieren casarme. ¿Qué más tengo que sufrir?

—Quiero que conozcas a mis amistades. También conocí al marqués de Cleveland. Créeme, es bastante atractivo y grácil. Estoy segura de que podrías llegar a divertirte mucho a su lado si solo le dieras una oportunidad.

—¿Eso te dijo nuestra madre para que lo repitieras como una cotorra?

—Por supuesto. A mí no se me ocurriría semejante idea, pero lo repito porque estoy convencida de que un matrimonio te hará bien. Ya te dije que podrás tener tus cosas privadas. El marqués de Cleveland tiene muchas propiedades enormes, es muy rico.

—No es lo que me han contado.

—Ya sé a qué te refieres, pero déjame decirte que solo le faltan monedas, no lujos ni propiedades, pues todo está vinculado a su título, solo el monarca podría quitarle algo con un chasquido de dedos.

Imagina que le dices que quieres irte a vivir al rincón más apartado de Inglaterra a cambio de darle un hijo.

Tendrás todo lo que deseas y él obtendrá su parte, que es un heredero.

Es en eso que piensan los caballeros al casarse, necesitan descendencia.

—¿Esa idea es propia o también de nuestra madre?

—Es propia. No soy tan tonta. Pienso de manera razonable.

Tuve la fortuna de escoger un esposo, pero sé que hay otras que no pueden hacer o no quieren, y otros escogen por ellas, como es tu caso.

Entonces, pensé: ¿por qué no conseguir la paz por medio de objetivos comunes?

Cada uno obtiene lo que desea. Una dama que no quiere a su esposo puede llegar a un acuerdo razonable de ser un gran ejemplo de señora, dar hijos y cuidar el buen nombre familiar, mientras que el caballero podría ofrecer evitar los encuentros furtivos con otras para respetar la honra de su esposa, ofrecerle joyas e intereses a su mujer para mantenerla contenta y callada.

Es el trato del siglo. Tú podrías seguir siendo malvada y quedarte con una mano atrás y la otra al frente o podrías ser inteligente, agradable y culta para conseguir ventajas.

Nadie quiere a alguien que escapó de un velorio y que usa vocabulario vulgar. ¿Entiendes?

Felicia quedó boquiabierta al oír a su hermana expresándose con tanta coherencia.

Estaba a punto de convencerla de que fuese buena.

Tenía un punto que no podía pasar por alto, aunque debía meditarlo con calma; sin embargo, era razonable y posible.

Si a este tal marqués de Cleveland pudiese sacarle ventajas, no solo obtendría la paz que tanto quería, sino también un nombre de peso como ser marquesa, por más que no lo usara en demasía, podría abrirle puertas a cosas a las que, tal y como era, no podría acceder.

—Me sorprendes. Esta idea tuya es genial, pero debo considerarla, porque pierdo bastante al entregar mi cuerpo a alguien con la entrepierna estropeada. Tendría que calcular cuándo tener al heredero, porque no podría tolerar a un libertino cada noche acechándome para aparearse.

—Qué mal suena cuando dices aparearse, es como si fuesen animales, qué asco —refutó su hermana, que negaba con la cabeza ante tal dicho.

—Es lo que hacen los seres vivos. Si leyeras más, lo sabrías, pero vives en la fantasía romántica con ese prometido tuyo. Lo mejor sería que tratemos este asunto como una flatulencia y lo dejemos ir.