Capítulo 4
En la residencia del conde de Ross, Felicia le mostraba dos vestidos a la doncella. Aquella la miraba aburrida al ver sus opciones.
—¿El gris o el negro? ¿Cuál es mejor para una gala? —curioseó Felicia con maldad. Era evidente que ninguno le gustaba a la sirvienta.
—El vestido rosa que le escogió su hermana, milady. Se verá preciosa —alegó mostrándole la prenda.
—No hay cosa más horrible que esa tela rosada. Debe ser algún presente de su prometido. Arrójalo por la ventana, contamina mi vista. No pienso agradar a nadie esta noche.
—Por favor, milady, haga el esfuerzo. Los invitados empezaron a llegar y su padre no ha dejado de preguntar si usted está presentable.
—Siempre estoy presentable. Que no les agrade el color de mi ropa es problema suyo, no mío. Si un hombre quiere casarse conmigo, que lo haga con la sorpresa de saber lo que puede existir bajo el velo.
—Será un hombre afortunado al ver su belleza, milady.
—La belleza es lo primero que se marchita, en cambio, los conocimientos envejecen con uno. Un buen libro añeja el saber, convirtiendo a una persona en un verdadero árbol de sabiduría.
—¿Para qué ser un árbol solitario?
—¿Qué tiene de malo? No todos nacimos para convivir en grupo y menos en uno en el que estén dementes y salten como conejos al ver a un caballero.
No puedo ser como cualquier dama en edad casadera.
No me interesa ser un instrumento para parir hijos.
¿En dónde quedaría lo que soy yo? ¿Y mis gustos, mi vida?
—Usted misma se encierra en libros, es injusto que hable de vida y gustos cuando tampoco respeta las opiniones ajenas.
—Esa boca llena de dientes, ¿quién te ha enseñado a replicar con tanto ahínco? Definitivamente, no fue Charlotte.
—No estoy replicando, milady, solo me preocupo por usted y su vejez. Quisiera que pensara más allá de hoy, cuando extrañe la locura de su hermana y la preocupación de sus padres.
—No pienso extrañar cosas que detesto. Son personas buenas, pero no lo sé, todavía siento que no los conozco bien, han pasado muchos años y aún no recuerdo cómo me golpeé la cabeza. ¿Por qué nadie me estaba cuidando?
—Tenía una niñera, milady, sus padres siempre han estado ocupados.
—Con lo responsables que son, mi hermano no llegará a los ocho años. Que disfrute del tiempo que aún le queda junto a ellos. Tal vez al único que extrañe sea a él, es inocente y no sabe la familia que le tocó.
—Milady, esta familia es una de las mejores de la ciudad. Su padre es próspero y a su edad se mantiene atractivo, su madre es toda una gran dama, sofisticada y con clase, y su hermana es la sensación de la temporada, por eso milord ha decidido que ella será su esposa.
—Sí, la última adquisición familiar supera con creces a mi hermana. Dios los hizo y el diablo los juntó para convertir mi pacífica vida en un infierno. No era mucho pedir estar tranquila en un lugar. Todo eso se ha ido a la basura.
—No olvide que el consuelo es que su hermana irá a vivir a la residencia del conde de Bristol, si llegara a ser diferente, debería lamentarlo.
—¡Es cierto! Eres una experta consolando gente. Nunca debí dudar de ti. Ahora usaré el gris para darle un poco más de vida a esta noche. Opto por un color más alegre…
La doncella hizo pucheros con el rostro, sabiendo que fracasó estrepitosamente para que esta se pusiera un vestido que dejara ver todo su potencial.
El conde miró hacia la escalera y vio a la doncella bajando con el rostro triste.
—No lo lograste, ¿no es así? —preguntó el conde de Ross.
—No, milord, lo lamento, pero milady no tiene cura. Debería pensar en una forma de casarla en donde no tenga que mostrar su rostro ni su encanto.
El conde se quedó pensativo por un momento y buscó a su esposa con la mirada. La única que podía pensar en algo para deshacerse de Felicia era ella.
—Tienes razón, deja que lo resuelva. Ve a cumplir con tus tareas.
—Sí, milord.
Lord Ross se acercó a su esposa y la cogió del brazo con cortesía.
—Querida, Felicia no se pondrá el vestido.
—No me sorprende —dijo la dama en medio de un suspiro.
—¿Qué sugieres?
—Quería un buen esposo para nuestra hija, pero no coopera, entonces le buscaremos al peor de los peores.
Ya preví este escenario, por eso invité a la matrona de la familia del marqués de Cleveland.
Ese hombre es un mujeriego que debe mucho dinero.
Si lo sacamos del apuro, se llevará a Felicia.
Él no le hará caso y ella simplemente tendrá lo que quiere y nosotros nos quitamos el problema de encima.
Un heredero sin peso es mejor que uno preocupado por una hermana irresponsable.
—¿Un mujeriego? No era lo que quería para ella, pero un matrimonio por interés es lo único que conseguirá si no enseña lo que es y lo que sabe.
—Deja todo en mis manos, conversaré con esa mujer. Una vez que entre por esa puerta, me pegaré a ella como la mugre a los zapatos. Seré su sombra hasta conseguir esto.
—¿Crees que cederá a su sobrino con facilidad?
—Por supuesto. ¿Quién no quiere librarse de una lacra? Nosotros estamos haciendo lo mismo pensando en el bienestar de todos. Imagina a un marqués en quiebra y a una mujer que se supone no tiene atractivo, son dos necesitados.
—Pero él saldrá ganando. Felicia es más hermosa que Charlotte y su dote es más grande.
—Sí, pero ella no quiere usar todos sus atributos para un buen candidato.
Esta será una lección que llevará consigo toda la vida.
Será marquesa, ¿qué más puede pedir para ser feliz?
Con el dinero de la dote no habrá que temer.
Además, tú ayudarás si llegara a faltar algo en su casa.
Nuestra imagen como familia es muy importante, querido.
***
La tía abuela buscó a Edwin en su casa, irían en su carruaje para que este pudiera escapar de su destino. Ese día debían obtener una solución a su problema o las cosas terminarían mal para él.
—Te ves nervioso, Edwin. Trata de que tus rodillas no tiemblen —recomendó su tía, regía en el carruaje.
—Tía, ¿sabe lo que haremos?
—Todavía no sé qué harás. Solucionar tu situación depende de ti, yo solo te daré una mano.
—Esa mujer debe ser horrorosa, no puedo creer que mi vida de libertino terminara de esta manera.
Antes rodeado de mujeres hermosas y ahora…
tendré que vivir con un desperdicio. He sido malo, Dios mío, pero tampoco merezco esto.
No está mal casarse por interés, ha ocurrido desde el origen de los tiempos; sin embargo, ¿con una fea?
¿Qué hice mal en mis vidas anteriores para merecer semejante castigo?
—Y todavía preguntas. En esta has hecho más tonterías que en las anteriores, es suficiente el castigo que mereces.
—Un poco de cariño familiar no le hace daño, tía. Al menos compadézcame.
—No eres digno de mi compasión. Una vez que te vea establecido, lo serás. Cuando un sufrimiento de verdad te aqueje, tendrás todo mi afecto.
—Esta es una desgracia real y suficiente.
—Exagerado. Deja la teatralidad de lado. Te mereces todo lo que te ocurre. Es hora de ajustar cuentas con la vida. Deja que tu tía se haga cargo de todo.
—Lo único que no puede hacer es casarse por mí. De esa manera sería mi mejor apoyo, tía.
La matrona negó con la cabeza al saber que su sobrino nieto era un caso perdido al que intentaría rescatar. No contaba con una fortuna suficiente para solucionar su problema, pero ante la escasez de dinero tenía ideas que podrían suplir ese inconveniente.
Al llegar a la residencia de la familia del conde de Ross, ellos fueron hacia adentro.
Edwin no dudó en buscar con la mirada a la joven en cuestión, pero no la hallaba.
Sí distinguió a una joven hermosa de cabellos rubios y ojos azules.
Tenía un parecido razonable con la mujer que había acaparado a su tía desde que llegaron.
—Milady, estoy feliz por su llegada. Quisiera conversar con usted sobre un asunto importante, es una cuestión de ponernos de acuerdo. No daré muchas vueltas porque el tiempo apremia y su sobrino parece un tanto incómodo —habló la condesa de Ross, que había cogido a la tía de Edwin por el brazo.
—Yo también tengo un asunto que tratar con usted. Quisiera saber si tiene algo que ver con lo mismo que he venido a proponer…
—Espero que así sea.
—Entonces, ¿están dispuestos a ceder la mano de su segunda hija para mi sobrino?
—¡Usted es el cielo, milady! No pensé que congeniáramos tan rápido. Lo que usted propone es una bendición.
La tía abuela del marqués asentía con entusiasmo. Definitivamente, Edwin salvaría su cabeza.
—Espero que mi sobrino no le parezca poca cosa. Sé que se hablan muchas cosas malas sobre él, pero es capaz de mejorar.
—Sé lo que dicen de él; no obstante, tanto el marqués como mi hija necesitan hacerse compañía por diferentes motivos. Estoy enterada de la cuenta que tiene el joven.
—Al parecer es de conocimiento público. Lo que importa es que ambos jóvenes pueden suplir sus necesidades mutuas con este matrimonio. Mi sobrino podrá pagar la deuda que le aqueja y su hija… ¿qué busca exactamente?
—Felicia no tiene arreglo. Lo único que queremos es que no sea una carga para su hermano menor y para eso necesita darse cuenta de que un matrimonio es la mejor solución.
—Dicen que la segunda no ha sido favorecida por la naturaleza, ¿es eso cierto?
—No, es una mentira, pero la gente no lo sabe. Desde que ella se golpeó la cabeza años atrás no ha sido la misma. Es como la antipatía reencarnada. Nos cuesta comunicarnos, parece odiarnos todos los días. Quizá un esposo le haga bien.
—¿Y cómo podríamos saber si esa joven en verdad es bonita? Mi sobrino tiene mucho miedo de que sea un adefesio.
—Pues eso tendrá que descubrirlo una vez que se casen, pero pongo las manos al fuego por la belleza de Felicia.
Pese a no querer mostrarse antes de la edad necesaria para casarse y un poco más, es más hermosa que su hermana mayor.
Es solo que es reacia al matrimonio porque quiere un estilo de libertad desconocido.
Se pasa todos los días leyendo libros aburridos.
No sabemos qué hacer con ella, solo nos lleva la contraria desde que amanece hasta que anochece.
—Es una joven rebelde. No será un problema para Edwin, él también lo es. Con suerte, si no se matan en el primer mes de casados, podríamos considerar el matrimonio como un éxito, pero ¿cómo haremos que se casen sin que tengan posibilidades de negarse?
—Eso es sencillo, me encargaré de que Felicia esté en la biblioteca y usted hará que su sobrino dé el paso faltante, que haga honor al libertinaje.
Las dos damas urdían sus planes como verdaderas villanas para casar a los jóvenes y ambos lados acabar con los inconvenientes que los aquejaban.
Mientras aquellas dos seguían tramando y Edwin buscando a un adefesio, Felicia bajó al salón para cumplir con lo dispuesto por sus padres, no se quedaría mucho tiempo.
Su plan era simple, iría a tener una tortura social corta con presentaciones, después se retiraría hasta que sirvieran la cena para que le tocara la otra parte de la tortura, así sería menos lo que tendría que sufrir, pues si no lo hacía, tendría a toda la familia cacareándole en la oreja durante la semana y eso le quitaría vitalidad.
—¡Jovencita, ya era hora! —expresó su madre, que se acercó para cogerla de la mano—. Tu tardanza me estaba dando dolor de cabeza. Ven, quiero presentarte a un caballero bastante interesante. Es de buena familia y tiene un título nobiliario de marqués.
—Adelánteme más información, madre.
—Es el marqués de Cleveland…