Capítulo 3
El sirviente de Edwin fue a cumplir con su orden, pero había tardado demasiado en regresar, por eso envió a otros sirvientes a buscarlo. Lo encontraron golpeado en un callejón, apenas podía moverse. No solo no pudo comprar el encargo, sino que le sacaron hasta la última moneda que llevaba encima.
—¿Qué fue lo que te ocurrió, Herbert? —preguntó el marqués.
—Fueron los cobradores, su señoría. Querían entregarle un mensaje… —respondió el ayuda de cámara.
—¿Qué mensaje?
—¿No está viendo el mensaje, señoría? Este es. La golpiza no ha sido por andar en el lugar equivocado, fue por trabajar para un deudor.
A Edwin se le tiñeron las mejillas ante la falta de sutileza de su sirviente para llamarlo culpable.
—Lo siento. No pensé que fuesen capaces de tocar a mi gente.
Es mi culpa y no pienso huir de ella. Sé que no soy el ser más inteligente para captar tus palabras, pero debes saber que ya las comprendí.
Hacerle caso a mi abuela es la única forma en que saldré de este lío.
Cada día que pasa las cosas se complican más.
Es mejor convivir con una extraña que perder a las personas que me cuidan desde que tengo memoria.
No soy una persona cruel, Herbert. Perdón por lo ocurrido.
—No es culpa, milord. Claramente, estas personas no tienen un poco de compasión.
—Su negocio no es la compasión. Si prestas dinero, lo quieres de regreso.
Es comprensible. Lo único injusto es que el cobro no se hace a la persona que prestó.
Es evidente que lo hacen porque no salgo.
Nadie puede prestarme lo que necesito para pagar y a cada día se le suma más dinero a la deuda. Esto tiene que parar.
—Si acepta lo que le ha dicho su tía abuela, lo más probable es que pueda parar esto.
—Mi preocupación sería lord Bristol, aunque hasta que no exista un compromiso entre ambos, todo estará bien. A la hermana no quiero que la presenten. Debe ser un adefesio. No creo poder ocultar mi rostro de desagrado, soy sincero con mis expresiones.
—Pues si la primera no está disponible y la segunda no le gusta, tendrá que buscar en otra familia, lo que le sumará más tiempo y le hará perder sirvientes. Debería considerar sus opciones.
—Soy tan pobre hasta con las opciones. Todo sacrificio es por el bien de todos.
Edwin no dejaba de pensar en el peligro que corrían él, su tía y sus sirvientes.
Sin ellos podía considerarse un ermitaño.
Durante toda su vida fueron los que estuvieron en cada lágrima y sonrisa.
Lamentaba haber tomado malas decisiones en el pasado, esas que no lo dejaban vivir tranquilo en el presente.
En este momento debía hacer cosas que no deseaba para solucionar algo que tal vez pudo evitarse, al menos deber demasiado.
Sus apuestas lo llevaron por el mal camino.
Lo que le quedaba era pensar en la solución más rápida antes de perder a las personas que quería.
Tal vez después de desposar a una mujer rica pudiese estar más tranquilo.
Lo importante también era llegar a la dichosa cena del conde Ross.
Imaginaba que debía estar siendo vigilado, por eso sabían de dónde era Herbert y así poder enviar su mensaje violento para que se apresurara a pagar.
La cuestión no se trataba de querer pagar o no, sino de que no tenía los medios para mantenerse al día con los pagos.
***
Al día siguiente, su tía abuela se presentó en su residencia con el rostro molesto. No tenía nada que ver con su cara de anciana bienhechora de los días anteriores.
—¿Qué la trae de mal humor, tía? ¿Acaso la visitó el funebrero? —curioseó jocoso.
—Pues a quien visitará ese personaje es a ti antes que a mí, Edwin. ¿Recuerdas mi buen plan para darte una esposa de la familia del conde de Ross? Esa idea tuvo alas y voló muy lejos de aquí. En el periódico salió publicado su compromiso con lord Bristol.
—¿Qué? ¡No puede ser! Me han robado mi árbol de dinero. Qué injusta es la vida. Trata bien a los ricos y desprecia a los pobres.
—Tonterías. Estás en este lío porque te metiste solo. Nadie te obligó. Solo un matrimonio y un anticipo de dote pueden salvarte; después, todo es fe y esperanzas vacías. Lo único tangible es el dinero, jovencito, ese mismo que despilfarraste como si se tratara de semillas de girasol.
—Ya sé, tía, ya sé. No hace falta que en cada visita me recuerde mis errores.
—Por supuesto que hace falta. Ayer casi muere Herbert. Necesitas ese recordatorio. Le ordenaré que te persiga cada día para que mires esa cara amoratada con la que se encuentra ese pobre hombre. Ten un poco de compasión.
—Usted hace que me sienta más culpable que antes. Lo estoy viendo.
—Al menos deberías darle un tiempo de descanso por el mal rato. Quizá incluso sea su última oportunidad para recuperarse. Y no te sorprendas si dentro de poco te quedas sin servicio: nadie querrá arriesgar la vida trabajando contigo.
—Sí que sabe rebajar la moral de sus propios parientes, tía. No puedo imaginar lo que les haría a sus enemigos.
—Por eso no tengo enemigos, todos están muertos.
Escucha a esta vieja. Persigue a la segunda.
Esta es la forma más fácil de conseguir el matrimonio.
Estuve averiguando sobre lady Felicia. Nadie sabe qué oculta bajo el velo, pero a ti no te importa eso, en lo que debes pensar es en cuánto te darán por alguien a quien no puedes ver.
Según oí, el conde la presentará antes de tiempo porque la niña es caprichosa y busca casarla con urgencia.
Es la oportunidad perfecta en la que se juntarán un padre desesperado y un caballero en apuros. Es el trato ideal.
—No sé por qué siento que llevaré la peor parte de este asunto.
—No sabes lo que es la peor parte. ¿Prefieres estar muerto? Ni siquiera sabes qué hay después de la muerte. Deberías estar agradecido de que esa gente esté desesperada por querer casar a un problema, aunque nunca lo será tanto como tú. Mira en lo que te has metido.
—Tía, una parte es culpa mía y la otra de la naturaleza.
—La naturaleza llega todos los años y tú sabías que las pérdidas en las cosechas ocurren siempre. Almacenar grano es algo que ha mantenido con vida a la humanidad por milenios y tú hablas de desconocimiento.
—Es cierto. Gasté el dinero sin control y ahora tengo que pagar las consecuencias. Ya aprendí, no volveré a cometer el mismo error, tía. Usted es muy dura conmigo.
—Por supuesto que debo serlo. No tienes otra oportunidad para cometer estos mismos errores, estás al borde del precipicio, sabes que si das un mal paso caerás y te harás pedazos.
Debes pensar en una forma de supervivencia, por mala que esta sea.
Mientras hay vida, existe esperanza. Con esa premisa puedes continuar al frente. Mejor arruinado que muerto.
—Prometo hacerle caso, tía. Quiero salir de este hoyo en el que me encuentro y recuperar mi gracia.
Ni siquiera tengo el orgullo ni petulancia suficiente para mostrarme ante mis pares.
Soy una vergüenza. Si no hubiese hecho tantas tonterías, ahora estaría disfrutando de la compañía de alguna dama y no sufrir con los consejos de una antigüedad como usted.
—¿Crees que me ofendes? Querido, tengo la piel más dura que una piedra, nada es capaz de curtirme a esta edad, ni siquiera el mayor castigo del monarca.
—No la ofendo, solo que podría estar haciendo otra cosa en lugar de estar escuchando esto. De hecho, ni siquiera debería estar sufriendo este sermón.
—El hubiera no existe. Somos víctimas de nuestras decisiones y lo que nos queda es afrontarlas de la mejor manera posible y evitar cometer los mismos errores.
—Cometerlos no podría ni si me matan y porque tampoco me apetece ponerme en peligro. No debí morder más de lo que podía masticar, ahora me estoy atragantando con las consecuencias. Tal vez pueda hacerlo diferente si me alcanza la vida. Debería ser optimista, ¿verdad, tía?
—El optimismo es traicionero. Puede ayudarte a levantar la moral, pero puede hacerte ciego ante los peligros. Sé cauto siempre.
—No tengo solución. Cuanto más la escucho, más me complica. No soy tan inteligente para entender todo.
—No hace falta que lo digas, tus acciones hablan por ti y lo hacen con fuerza. La próxima vez habla con Herbert, conmigo o con un gato, pero no confíes en ti mismo, eres capaz de traicionarte.
Para ese punto Edwin entendía que su tía abuela lo consideraba un caso perdido que no tendría salvación.
Pensar por sí mismo era un peligro para la seguridad de muchas personas, por eso debía confiar en otros para no seguir haciendo más tonterías que orillaran a otros a alcanzar la gracia eterna de morir.
***
Días después…
El día en que debía ocurrir la cena, Edwin se preparaba mentalmente.
Solo podía preguntar mil veces si eran ciertos todos los rumores que corrían sobre la segunda dama de la residencia del conde de Ross.
Para su mala fortuna, todo parecía estar en orden con lo que se hablaba, nadie había logrado ver su rostro para desmentir lo que se decía.
Esperar esos días fue un calvario, porque pensaba que debía hacer mucho esfuerzo por conseguir ese compromiso a la fuerza.
Una mujer sin encanto no era algo que un hombre deseara; sin embargo, en su situación, cumplía con el requisito más importante de todos: tenía dinero y eso era lo que necesitaba para salir del apuro mortal en que se encontraba.
—Se ve soberbio y atractivo, su señoría. Estoy seguro de que más de una dama le echará un ojo —lo halagó Herbert.
—No quiero que me echen un ojo, solo quiero regresar a casa.
—Pero aún no se ha ido. Estoy a punto de dar un paso importante, es la persona con la que tengo que procrear en el futuro. Si esa mujer no me atrae, ¿cómo tendré hijos? La espada nunca será desenvainada.
—No debe pensar en eso. Para eso existe la oscuridad. No hay nada que la falta de luz no arregle. Deje eso en mis manos, usted solo debe enfocarse en sentir y buscar dar la estocada mortal.
—Ah, ah… ya entendí, pillo. Eres bueno con esto de describir asuntos íntimos, Herbert.
—No hay doncella que se salve de este encantador sirviente, su señoría.
—Ten cuidado con eso, es peligroso, no sea que después te llenes de bastardos.
—Tengo mis métodos, no se preocupe. Todo lo que tenga en el futuro será lícito.
—Que no te escuche mi tía o tendrás problemas. Ella debe estar por llegar, ve a vigilar, si tiene suerte, me encuentra para que baje para ir juntos. Estoy a punto de retroceder por no querer conocer lo que me depara el futuro. Mi miedo parece ser superior a los beneficios que recibiré.
—No tema, ya le dije que todo se soluciona con la oscuridad.
El marqués no estaba tan seguro de eso, pero no le quedaba más que consolarse con esa idea por el momento o terminaría enloqueciendo al no poder tener más información.
Ese día tendría que esforzarse para ser encantador.
En una libreta anotó un par de frases cortas para no olvidar cuál era su objetivo y halagar a la joven por más que no lo mereciera.
Si no podía hablar de sus ojos, solo podía imaginar algo que pudiese complacerla para que no fuese tan difícil casarse y sacarle dinero.
No quería comportarse como un patán. La dama no tenía la culpa de ser desfavorecida por la naturaleza, solo si ella se volvía grosera, él también lo sería, a fin de cuentas, solo era un trato ventajoso para ambos.
Aquella lograba casarse y tener estatus, mientras Edwin saldaba sus cuentas y salvaba su vida.