Un marqués olvidadizo (Los solteros 2) Capítulo 2
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Capítulo 2

Lady Felicia Hellinger se había aislado de los ruidos molestos de su casa para leer con tranquilidad.

Su único pasatiempo era hacer eso y no quería que nadie la molestara, se ponía de mal humor si alguien osaba desobedecer uno de sus designios.

En esta ocasión se escondió en lo más recóndito de la propiedad, una leñera en donde hizo su pequeño rincón de paz.

—¡Felicia! ¡Mi buena hermana Felicia! —la llamó su hermana mayor por un año. Aquella se acercaba con su voz atronadora y cargada de diversión.

—Ay, no. Con que la paz me dure un día, seré feliz… —Felicia buscó otro rincón dentro del mismo sitio para esconderse, pero era inútil, la puerta se abrió y aquel torbellino de energía aplastante entró a la leñera.

—¡Felicia! ¡Lord Bristol está enamorado de mí! —anunció.

—Charlotte, ¿de dónde sacas esa tontería? Él es un hombre serio y justo. No encajas en su lista de intereses —replicó Felicia saliendo de su escondite. No tenía sentido querer ocultarse.

—Qué amargada eres. Por supuesto que sí está enamorado. Él está hablando con nuestro padre para pedir mi mano y no la tuya. Si dejaras de ocultar tu rostro con ese horrible velo, las cosas serían diferentes. Ni siquiera debutaste y prefieres no tener nada que ver con ningún caballero.

—No necesito a ningún caballero. Solo necesito tranquilidad para leer un libro, por eso me iré a un monasterio en Francia. Espero que ni se les ocurra buscarme. No los quiero en mi vida —masculló con molestia.

—Desde que te golpeaste la cabeza a los ocho años eres una criatura de la oscuridad que desconoce los sentimientos filiales, pero no por eso hemos dejado de quererte.

De vez en cuando no sería malo que nos entregaras una sonrisa.

Eso de irte a Francia nos resulta demasiado radical.

Quizá ni siquiera consigas el carruaje para ir.

—¿Es una amenaza?

—Por supuesto que no, hermana mía. Solo quiero que te quedes aquí y busques una oportunidad de matrimonio. Los esposos dan mucho tiempo libre. Puedes pedirle que te dé un salón únicamente para ti, en donde nadie más puede entrar. Es muy común hacerlo.

—No estoy interesada en convivir con alguien que quizá me moleste tanto como tú.

Contigo es suficiente, aunque si es cierto que lord Bristol te pretende, eso significa que la casa se quedará para mí.

Nuestro padre está ocupado y nuestra madre siempre tiene dolores de cabeza al ver a una de sus hijas.

Ellos dos son considerados bendiciones para mí.

Son las únicas personas racionales cuyas presencias tolero.

Tú eres demasiado alegre para mi paciencia.

—Que me tengas en cuenta es lo importante, Felicia.

—Estaba tratando de ofenderte.

—Te conozco, soy inmune a tu desencanto. Oye, ven a conocer a lord Bristol, quiero que te vea.

—No me verá ni si sus ojos pueden traspasar el velo.

—Felicia, él será tu cuñado. No puede ser posible que no quieras mostrarte ante él. Seremos familia, ¿cómo se supone que compartiremos el comedor?

—Puede sentarse lejos de mí. Eso no representaría una hazaña para nadie. Él puede ser mi cuñado de nombre y prometo ser lo más amable que mi lengua me permita.

—¿Y qué dices de cambiar tu ropa negra por algo más alegre?

—No me gustan los colores alegres. No soy una mujer de burdel para usar un montón de cosas extrañas. Me siento bien en mi condición de dama sobria y respetable.

—No dicen que eres sobria y respetable, sino que hablan de lo fea y descuidada que eres.

—Esa es una gran ventaja. Mantiene a raya a los aprovechados.

Nuestro padre tiene mucho dinero, cualquier alimaña querrá pegarse a él para succionar sus bolsillos.

Si no fuera porque lord Bristol es tan rico como él, ya hubiese dudado de sus intenciones, aunque ahora dudo de su buen juicio como para pretenderte.

—Para él soy tan encantadora que no encuentra igual, por eso quiere tenerme a su lado hasta que la muerte nos separe.

—Qué mal presagio, pero alentador para algunas personas.

—Por favor, Felicia, acompáñame. No hace falta que te quites nada, solo habla bien y trata de ser encantadora.

—Mi encanto de ogro nadie podría pasarlo por alto, Charlotte.

Para su mala fortuna, su hermana cumplió con su cometido de sacarla de su lugar feliz para algo tan trivial como conocer al que sería su futuro cuñado.

Charlotte arrastraba a Felicia del brazo, mientras esta casi no levantaba los pies del piso para caminar. No quería conocer a nadie, no le interesaba mucho.

Tuvieron que quedarse al menos media hora esperando a que lord Bristol saliera del despacho del conde de Ross.

Ni siquiera en ese tiempo Charlotte había podido guardar silencio.

Felicia solo podía quedarse callada para no darle alas ni temas de conversación, pero para eso su hermana era suficiente.

Hablaba demasiado e inventaba un montón de cosas que nadie quería escuchar, al menos nadie que valorara su tiempo.

—Hijas mías… Felicia, me das dolor de cabeza. ¿Cómo puedes tener ese velo en la cara? Conocerás a alguien importante —acusó la condesa con desgana, pues ya no sabía qué hacer con su hija menor.

—Hice lo que pude para pedirle que reconsiderara el velo, pero nada resulta, madre. Es inútil. Tal vez si quemamos todas sus cosas no tenga un velo que ponerse.

—Esa es una buena idea. Este caballero será familia muy pronto y tú solo haces tonterías, Felicia. Imagina que pueda verte y hacer correr la voz de que la hermana de su prometida será la próxima belleza de la temporada.

—Mi reputación de fea no va a cambiar porque mi cuñado me vea.

Será una información contradictoria y sesgada por alguien que formará parte de nuestra familia.

La gente dirá que habla porque soy su cuñada.

Su credibilidad se perderá para siempre y también es probable que nadie quiera volver a hacer negocios con él.

Imaginen confiarle su dinero a alguien sin criterio.

Sería una catástrofe —dijo Felicia mirando sus uñas.

—Tonterías, no eres fea. Solo hace falta que te vea la gente y eso será en la próxima cena que organiza tu padre —contó su madre.

—¿Cena? ¿Cuál cena? ¿Por qué nadie me lo dijo? —cuestionó Felicia, sorprendida.

—Eso es lo que ganas por aislarte de tu familia, hermana.

—¿Tendremos a gente extraña pululando por esta casa? ¿Por qué no van a la residencia de otros a molestar?

—¡Felicia! —masculló la condesa—. Cuida esa boca, niña. Queremos mostrarte a la sociedad antes de que cometas una tontería. Adelantaremos un poco tu presentación, será algo privado.

—¿Qué? ¿Cómo es que ni siquiera se han tomado la molestia de pasarme un papel bajo la puerta con esos detalles? ¿Desde cuándo vivo con enemigos? Esto puede considerarse como traición. Dije que me iría de Londres y así será.

—Por supuesto que así será, querida, pero irás a la residencia de un caballero que será tu esposo y no acepto discusiones al respecto. Me duele la cabeza, Felicia, solo pensar que podrías ser una carga para tu hermano.

—Tiene cuatro años, madre. Él es una carga para mí. Sería bueno que, por cuidarlo, me cuide en el futuro. Qué ser malagradecido sería si solo usted y mi padre lo llegaran a criar. Debo cuidar sus modales y su corazón.

—Si aprende cosas de ti, será un ermitaño y no encontrará esposa. Eres una pésima influencia. Gracias a Dios está Charlotte con su gracia.

—¿Gracia? Eso es lo que da, al parecer, que no tiene cerebro. Ni siquiera parece mi hermana. No piensa antes de actuar, pero eso no es lo peor, pues ha logrado atraer a alguien que tal vez tenga su mismo problema.

—La envidia habla por ti, hermana. Lord Bristol es inteligente y encantador.

Me adora y eso no pueden cambiarlo tus palabras hirientes.

En lugar de echar a perder mi momento triunfal, podrías estar disfrutando conmigo.

Este es el tiempo más importante en la vida de una joven casadera.

Tengo la suerte de mi lado al lograr encontrar a alguien así.

—Veremos si es tan carismático como dices. Quizá la tontería te ciega.

Después de unos minutos, el conde de Ross asomó su figura en el salón en compañía de lord Bristol. Estos dos se veían sonrientes y conformes. La conversación al parecer fue un éxito rotundo.

—Charlotte, ven a saludar a tu prometido. William es todo un caballero, uno bastante razonable… —El conde de Bristol sonreía como si tuviese una rata en los pantalones haciéndole cosquillas.

La jovencita no podía disimular su emoción.

Felicia la observaba con incomodidad, pero lo peor no terminó ahí.

Cuando vio que el conde de Bristol tenía la misma cara de tonto que ella, entendió que su hermana encontró al hombre ideal, un ser tan molesto con aquella.

No sabía qué hacer si tenía que convivir con esos dos en el futuro.

—Milord, me alegra que acordara todo con mi padre. Pronto seremos familia…

—Mi encantadora lady Charlotte, no hay nada que me ponga de mejor humor que saber que pronto seré su esposo. Nadie tiene esta suerte como yo… —El conde de Bristol cogió de la mano a la joven y después dejó un beso al dorso.

—Te quiero presentar a mi hermana menor. Ella es Felicia, su pronta cuñada. Está tan emocionada como yo. Di algo, Felicia.

Aquella observó al conde, que era bastante agraciado, tal vez demasiado para su hermana. No solo era rico, sino también muy atractivo; sin embargo, era tan maduro como una baya verde.

—Es un placer saludarlo, lord Bristol. Lo felicito por su compromiso con Charlotte —alcanzó a decir siendo lo más cortés que podía.

El conde se despegó de la hermana de ella y fue a coger a Felicia de la mano.

—Estimada cuñada. Me alegra tener una hermana. No tengo familiares y no sabe cuánto ansiaba hermanos. Ahora tendré dos. Pídame lo que desee, le daré todo lo que el dinero pueda comprar.

Ella observaba la mano que cubría la suya y solo podía abrir los ojos con sorpresa a través del velo que cubría su rostro. Estiraba su extremidad para librarse de aquel entusiasta, pero fracasaba, este tenía más fuerza.

—Milord, le agradezco su ofrecimiento, pero no creo que pueda comprar una mano nueva. Le agradecería que…

—¡Oh, lo lamento! Cuñada, ¿por qué lleva un velo y ropa negra?

—Son gustos, milord.

—Un poco luctuosos, pero no hay nada que buenas telas no puedan solucionar. Haré que una modista le prepare muchos vestidos coloridos como obsequios por convertirse en mi hermana.

A Felicia comenzaba a faltarle el aire. Ese hombre era más intenso y metiche que su hermana.

Debió suponer que no encontraría a alguien serio para casarse, necesita alguien con su mismo nivel de delirio.

Aquella tenía tanta belleza como estupidez.

Sellaba su destino uniéndose a su par. No sabía qué clase de sobrinos le daría, pero no le entusiasmaba mucho la idea de cuidarlos ni por un día.

Lo más seguro era que nacieran con la tontería a la orden del día.

—¡Sí! A mi hermana le faltan vestidos, milord. He imaginado que podrían ser sedas de China.

—Me ha llegado mucha tela de ellos. Podría mostrarle en mi residencia un par de muestras. Le encantarán. Mi cuñada no puede vestir harapos. ¿Qué dirá la gente de nosotros?

La condesa y el conde de Ross asentían con vehemencia, mientras que Felicia quería que se la tragara la tierra.

Su vida en esa casa sería difícil. Comenzaba a pensar que casarse sería una buena opción, al igual que irse a Francia, solo que no sabía cómo pedir un salón privado sin ofender a nadie.

Tenía grandes inconvenientes para contraer matrimonio, uno de ellos y el principal era la idea de que se suponía que fuera fea por el velo, eso le dificultaba la búsqueda, mas no estaba dispuesta a dejar de cubrirse la cara, pues así lograba la paz que la belleza jamás le daría.

Una vez que su rostro se viera, no tendría descanso y prefería seguir con perfil bajo buscando su tiempo para cultivar su lectura.