Un marqués olvidadizo (Los solteros 2)
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Capítulo 1
En la gran mansión de la familia del marqués de Cleveland, la lluvia que caía a cántaros golpeaba con fuerza los cristales de la ventana del salón en el que se encontraba Edwin Cleveland, el actual portador del título en compañía de su tía abuela, su única pariente viva del lado de su padre, a la que respetaba mucho.
Pese a ser muy rígida con él, se preocupaba por su futuro y por eso encontró la situación perfecta para comprometerlo con una dama.
—El conde de Ross se ahoga en dinero, querido…
—habló lady Amelia, su tía abuela con una sonrisa cómplice en el rostro—.
Tú necesitas ese dinero para cubrir las pérdidas que has tenido, no solo por la de tus cosechas del último año, sino también para tus apuestas.
Le debes a un temido prestamista. Eres el único heredero del marquesado y no puedes estar en esta situación tan lamentable.
Como tu familia, no puedo abandonarte, pero tampoco puedo darte dinero, sería como quemarlo.
Lo que decía su pariente no tenía nada de malo ni exagerado.
Ciertamente, tenía endeudadas hasta las pestañas.
Pensó que en algún momento se recuperaría, pero las cosas no resultaron y terminó pagando préstamos usureros que le impedían tener un respiro financiero; sin embargo, consideraba al matrimonio como una medida extrema que solo podía tomar porque estaba entre la vida y la muerte.
—Tía, todavía puedo pagar mis deudas, solo que las arrastraré un par de años —justificó el joven de mirada astuta.
—Tienes tanta confianza en ti. Dime, ¿cómo se proyectan tus tierras en este trimestre?
El marqués cerró los ojos sabiendo que las cosas no iban bien y tampoco irían, al menos no en menos de cinco años.
—Tu silencio es suficiente respuesta para mí.
Una dote generosa te ayudará a solucionar todos tus problemas.
Ahora que la situación en Londres está controlada y tenemos nuevo monarca, podemos pensar en muchas otras cosas para solucionarlos.
Tus amigos, siempre tan pobres, igual que tú, no pueden ayudarte.
—Sí, lo sé, tía. Ninguno de ellos sirve en realidad, pero me divierto un poco, solo el príncipe no ha vuelto a nuestro selecto grupo. Prefiere vivir en el campo, al menos eso no es lo que yo espero para mi futuro, mi vida es Londres.
—Por eso digo que tienes que casarte con la hija mayor del conde de Ross, está en edad casadera, es rica y muy bonita. La segunda no lo es tanto y parece que irá a un monasterio en Francia en el invierno.
—Todo bien con su idea, querida tía; sin embargo, encuentro un par de inconvenientes con su gran plan. ¿Sabe que ese hombre no permitirá que me case con su hija? Mi reputación me precede, apesto a libertinaje, corrupción y, dentro de poco, se notará mi pobreza financiera.
—Mmm… Ay, encanto, eres tan ingenuo. Tu querida tía solucionará eso. He sido invitada a una cena en casa del conde de Ross, tú serás mi acompañante. Siendo un libertino, supongo que tienes bien desarrollado el arte de la seducción para atraer a la joven a tus garras.
—No entiende cómo funciona la vida de un libertino.
No se trata de seducir, sino de ser como un colibrí para ir de flor en flor.
Mujeres fáciles son el pan de cada día. No estamos hablando de fieras vestidos de gala, tía.
Estas mujeres de alta alcurnia no solo desprecian a los disolutos, sino que también creen que seremos sus lacayos en el futuro próximo cuando, por azares del destino, terminemos casados con ellas. Me temo que su plan fracasará.
—Eres encantador cuando quieres. Además, nadie dijo que el asunto sería por las buenas.
La honra de una dama es lo más importante, si se llegara a dudar de ella, conseguiríamos lograr nuestro objetivo.
Tú eres un sinvergüenza, por ese motivo nadie dudará de que ocurrió algo y el matrimonio podrá hacerse.
—Creo que necesitaremos ayuda para que su idea prospere, tía.
Ninguna dama, conociendo mi reputación, se acercaría por cuenta propia para hacer algo malo.
Debe ser una trampa bien elaborada para engañar no solo a la joven, sino también a los demás asistentes.
¿Sabe que esto es demasiado trabajo? No me acostumbro a pensar demasiado.
—Eres un tonto sin remedio. No te preocupes por detalles minúsculos, preocúpate por hundir la reputación de esa joven para que sea tu esposa y te salve de la muerte.
Debes demasiado para que cualquier persona pueda salvarte, necesitas de una fortuna excepcional que solo tiene el conde de Ross.
Yo me encargaré de todo lo que pueda salir mal.
Pensaré en cada cosa para evitar contratiempos.
Ese dinero tiene que ir a las arcas de tu marquesado.
No obstante, eso no significa que seguirás holgazaneando.
Serás un hombre sin deudas, vivirás de tus propios recursos y serás sensato con la persona que te salvó.
Si llego a enterarme de que tratas mal a la que será tu esposa, te cortaré lo que te sobra entre las piernas.
Despejaré este linaje y dejaré que otro más capaz se encargue. Créeme que tengo ese poder, Edwin.
—Lo sé, soy plenamente consciente de sus capacidades para amenazar. No prometo mucho, pero haré lo que pueda. Espero que no tengamos que recurrir a tácticas tan bajas.
—Así lo espero. No salgas de casa sin tu ayuda de cámara. La calle es peligrosa para ti, pueden emboscarte en cualquier esquina para cobrarte la deuda. A esas personas no les importa nada, ten cuidado, pues te has metido en la cueva del lobo al firmar con ellos.
Para su mala fortuna, su tía abuela era un mar de sabiduría.
Era un demonio encarnado cuando lo deseaba y no solo para guiar y hacer el mal, sino también cuando se trataba de adivinar los caminos que tomarían personas ajenas a él.
Si ella decía que podían emboscarlo por ahí, así sería.
No podía salir sin su arma y sin alguien que lo acompañara.
Si estaba metido en esta situación no solo era por ser irresponsable con el dinero, la naturaleza tampoco lo ayudó.
—¡Herbert! —exclamó el marqués llamando a su sirviente. Este se encontraba en la cocina conversando con los demás. Siempre estaba recogiendo chismes de pasillo. No sabía qué había hecho mal para merecer a semejante cotilla.
—Diga, señoría. Disculpe la tardanza, pero estaba poniéndome al día con los sirvientes que van al mercado. Cada vez que salen traen cosas interesantes.
—¿Tú no hablas de mi intimidad con nadie? Espero que nadie sepa lo que hago dentro y fuera de estas cuatro paredes, Herbert.
—No necesito decir nada. Usted es demasiado público, es imposible ayudarlo a hundirse más.
—¿Es verdad? —curioseó sorprendido.
—Oh, por supuesto… —El sirviente se puso de rodillas para contarle mejor a su amo que estaba sentado—. Por usted dicen que no se le escapa nadie menor de veinte ni mayor de setenta años.
—Es un rango demasiado amplio. Una verdadera falacia. Apenas tengo veintiséis años. ¿Cómo me involucraría con mujeres de la edad de mi madre y de mi tía abuela? Esto es inconcebible y escandaloso.
—Su señoría quería saber y yo solo cumplo con contarlo.
—¿Por qué no lo dijiste antes para contrarrestar semejante tarjeta de presentación?
—Porque usted me dijo que no lo interrumpiera con mis chismes de mala muerte y que solo las ancianas gustaban del cotilleo.
—¡Pero eso solo aplica cuando no hablan de mí! Ahora soy el hazmerreír de Londres, el conquistador de ancianas. ¡Cómo pude caer tan bajo!
—Hace cosas impropias del buen ver y luego se queja, a eso le llaman hipocresía, señoría.
—¿Ahora cómo limpio mi nombre? Esto no colaborará con el plan de mi tía abuela para conseguirme una esposa rica.
—¿Está pensando en casarse?
—No, pero mi tía dice que es la mejor forma de acabar con mis deudas. No estoy interesado en el trato. Tal vez sea mejor que mi mala reputación sea tan mala para espantar a cualquiera en su sano juicio. Quizá el día de la cena en la casa del conde de Ross ni siquiera me dejen pasar la puerta.
—Todo el mundo está hablando de esa cena y más aún sobre la relación que tiene la hija mayor del conde de Ross con lord Bristol.
—¿Lord Bristol? ¿Ese quién es?
—Es un hombre muy rico que tiene comercios. No solo se dedica a la tierra, tiene muchas ventajas.
—Parece que el dinero atrae más dinero. Mi abuela parece haber apuntado al nido equivocado.
Imagíname, pobre de solemnidad, enemistado con un hombre rico…
Es una muerte segura si me meto con su mujer, sin contar que un padre sensato jamás comprometería a su hija con un hombre de moral cuestionable y pobreza notable.
Cada vez estoy más convencido de que este asunto de forzar un compromiso es un error.
Es solo dinero. Es más fácil sobrevivir a un prestamista que al candidato de la joven.
—¿Y por qué no va a por la segunda dama de la casa?
—Mi tía dice que es fea. ¿Crees que quiero pasar el resto de mi vida con alguien así?
—Puede que sea cierto, porque oí que siempre usa velo. Debe esconder un defecto horrible en su rostro.
—Ahora estoy más asustado. Si mi tía quiere apuntar hacia esa persona, estaré en problemas. Al menos merezco a una mujer hermosa, no a cualquier cosa que camine. No toda carne es comestible. Quiero un festín para mis ojos todos los días.
—Sí que es ambicioso, señoría. Dígame, ¿qué se le ofrece?
—Ah, es cierto, te llamé porque necesito que compres tinta y papel.
Ya no tengo nada y necesito escribir algunas cosas.
Ten cuidado en la calle, sabes que debo un poco por el préstamo, somos un blanco fácil para emboscar.
Es más seguro que no salga. Eres mi sirviente, como mucho te darán una advertencia verbal para que me la hagas llegar.
—Eso es arriesgado, señoría. Soy un conocido cobarde, ¿por qué debo ir?
—¿Te he dicho que puedes cuestionar mis órdenes? Irás, aunque no quieras.
El sirviente zapateó un momento como si fuese un niño pequeño al que le negaron algo. No quería salir a morir, pero órdenes eran órdenes.
Mientras su sirviente se retiraba con el mandato recibido, el marqués se puso a pensar en todo lo que estaba en juego en ese tiempo.
Ni siquiera su atractivo había logrado conseguir que alguna dama le diera un donativo para sus problemas.
Lo único que podía hacer era vivir a sus anchas y seguir viviendo antes de que sus deudas tocaran a su puerta.
Lo peor que podía hacer un noble era prestar dinero, pero él lo necesitaba y por eso lo hizo.
Desde ese momento dejó los juegos, apuestas y el opio.
Ahorraba un poco, aunque no suficiente para saldar las deudas contraídas para pagar otras.
Era como un círculo vicioso que nunca terminaba.
Los intereses eran como un estanque en el que lo sumergían para intentar flotar sin ahogarse.
Sin el apoyo económico de sus padres, que fallecieron años atrás, todo era difícil.
Creció bajo la tutela de su tía abuela que tenía su propia familia.
Trataba de no decepcionarla, pero, pese a sus esfuerzos, siempre lograba que ella terminara enfadada.
Su tío se rindió años atrás y lo evitaba para no morir, al menos eso le había dicho la última vez.
Pedía que nunca le contaran nada para que el eco del chisme tampoco lo matara.
Su tío era un personaje bastante perezoso, aunque le gustaba dar consejos no solicitados para beneficiar a quien no quería.
Agradecía tener el apoyo de sus tíos hasta cierto punto; sin embargo, no reemplazaban a sus progenitores, quienes lo dejaron solo en el mundo a los diez años.
Su vida perfecta desapareció en un precipicio por donde cayó el carruaje en el cual viajaban.
Todos murieron, hasta los sirvientes. Él no había ido por estar enfermo.
Su niñera y Herbert se habían quedado a su lado para cuidarlo. Gracias a eso continuaba con vida.