Un marqués olvidadizo (Los solteros 2) Epílogo
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Epílogo

Cinco años después…

Felicia recuperó la memoria la misma noche en que consumaron su matrimonio por los movimientos rítmicos de la cama; sin embargo, no golpeó a Edwin y tampoco volvió a esconder su rostro detrás de un velo.

Ni siquiera le había dicho nada para no romper el encanto de la primera vez juntos.

Se lo había confesado después de una semana.

Armar sus recuerdos como si fueran un rompecabezas le llevó tiempo.

Ya no era esa persona que sentía que le faltaba algo.

Sus dos memorias se juntaron, aunque ambas perdieron algunos que otros detalles.

—Hoy se inaugura la escuela del maestro —comentó Edwin con su hijo en brazos. Este tenía cuatro años, lo concibieron la misma noche en que consumaron su amor.

—Debemos ir, pues eres parte de los benefactores. Ya te diste cuenta de que siempre fui inocente —lo acusó.

—Sí, tuvo suerte de que recuperaras la memoria y que de verdad lo consideraras una persona decente. Estuvo a punto de merendar balazos esa tarde.

—Fue por mi causa, querido. La vida es así. Al menos dejas que me traiga libros.

—Si eso hace que no te conviertas en la víbora con la que me casé, todo es bienvenido.

—No volveré a ser tan tonta. Estoy contenta con mi papel de esposa y madre de nuestro hijo.

Te di un heredero, he cumplido con el cometido de mi vida.

Tú me diste lo que quise en ese momento y yo te lo devolví.

Hoy no necesito una casa grande para asegurar mi vejez ni depender de mi hermano pequeño, para eso tengo un esposo y un hijo que velarán por mí el resto de mi vida.

—De no ser porque estaba ansioso por saber sobre tu cadáver, ni siquiera hubiese venido de Londres en aquel tiempo, pero me arrepentiré toda la vida.

Cuando te vi en el camino, quedé deslumbrado y deseé que esa dama fuese mi esposa.

Por cosas de la vida lo era. Debo decir que fuiste caprichosa y yo un incrédulo impaciente.

Tus padres me dijeron que eras hermosa, pero no lo creí.

¿Cómo iba a creer en esos seres malvados que te vendieron?

Solo mi tía fue capaz de comprar algo desconocido.

Ella es mi gran bendición. Me ha cuidado toda la vida y ahora solo quiere ocuparse de nuestro hijo.

—No me digas que…

—Ella se ha instalado en el chalet. Tendremos a muchas ancianas tomando té en nuestra propiedad al menos por unos años más. Mi tía no da señales de que las moscas azules la quieran devorar.

—Al menos tendré amigas nuevas, aunque viejas. Me hará bien escuchar anécdotas eternas cuando vas a casa de tus amigos y me dejas aquí abandonada como un mueble.

—No, no es así. Ya te he presentado con ellos más formalmente y te han halagado. Son bestias que no saben su lugar. Prefiero no llevarte cerca de esos informales.

Ella se acercó a él y lo abrazó al igual que a su hijo.

—El camino no ha sido largo, pero lo será. Cuando nuestra belleza se marchite, ¿seguiremos juntos? —curioseó Felicia, sonriente.

—Nada dura para siempre, la eternidad es hasta la muerte, entonces nuestro amor es eterno y nuestra belleza es efímera.

Las damas y los caballeros no funcionan igual, las mujeres aman lo que no ven, pero sienten, y los hombres ven para amar y sentir.

Después de estos años, estoy convencido de que el amor vale la pena y que esto que siento por ti no se disipará hasta que dé mi último aliento.

—Entonces esta vida no la desperdiciaré en la filosofía barata de la vida, sino solo me limitaré a vivir y experimentar el amor a tu lado, Edwin.

Él se acercó a sus labios y le dejó un casto beso antes de que el niño los empujara para bajarse y correr hacia el carruaje que los llevaría hacia una de las actividades que los sacaba de su propio egoísmo. Era una nueva forma de explorar las infinitas posibilidades de la vida.

Fin .