CAPÍTULO 35
Cuando Piper despertó por la mañana, Sebastián no estaba en el apartamento.
«Ha surgido algo urgente. Llegaré tarde. He dejado algo de dinero. Id a pasarlo bien por ahí», leyó en la nota pegada a la nevera con un imán.
—Lizzie, ¿quieres ir al centro comercial? —preguntó Piper alzando la voz por encima del televisor.
—¡Sí! ¿Y al zoo de contacto?
—A donde tú quieras —dijo Piper con una sonrisa, y fue al baño a arreglarse.
No recordaba la última vez que había ido de compras.
De alguna manera, nunca había tenido tiempo, así que ahora la vista se le iba a todas partes, abrumada por la cantidad de tiendas y toda la ropa que de verdad querría ponerse.
Pero dejó lo suyo para después. Primero tenía que comprar todo lo que Lizzie necesitaba, y si sobraba dinero, podría buscar algo para ella.
Corrieron de tienda en tienda, y Lizzie eligió lo que le gustaba. Hicieron el tonto en el probador bajo las miradas de reojo de las dependientas. Piper no soltó la mano de la niña, temerosa de perderla. Lizzie era como un torbellino: bastaba apartar la vista un segundo para que desapareciera.
—Oh, mira qué monos son esos osos —dijo Lizzie encantada al ver los peluches en el escaparate.
Piper se detuvo a su lado, pero tenía la mirada puesta en el expositor de al lado. En la lencería de encaje negro y en un salto de cama. Se preguntó si a Sebastián le gustarían esas cosas.
Llevaría a Lizzie a la zona de juegos y sin falta volvería. Quizás si dejaba de vestirse como una niñera cualquiera, vería algo más que simple lujuria en los ojos de Sebastián. Quizás él la miraría de otra manera.
Ah, y también tendría que hacer algo con el pelo. Desde que se cortó la larga trenza, ya le había crecido un poco.
—Lizzie, vámonos…
Piper giró la cabeza hacia donde la niña había estado un momento antes, pero ya no estaba. Asustada, miró a su alrededor.
—¿Lizzie?
El corazón empezó a latirle más rápido, invadida por el miedo. No, no, no podía haberla perdido. Seguro que había entrado en la tienda.
Piper buscó entre la ropa, pero Lizzie no aparecía por ninguna parte.
—Disculpe, ¿ha visto a una niña de unos cinco años, con una chaqueta rosa? —preguntó a una mujer, pero esta solo negó con la cabeza, y el pánico se apoderó de Piper.
Cálmate, Piper. Cálmate.
Lizzie no podía haberse perdido. En el minuto que la había dejado de mirar, no podía haber ido lejos.
Piper salió corriendo de la tienda y miró a su alrededor mientras el pánico se cerraba sobre ella. Como profesora de preescolar, lo que siempre había temido más era perder a un niño. Porque perder al hijo de otra persona era un terror completamente distinto.
Y ahora había perdido a Lizzie.
No sabía qué hacer ni cómo encontrarla en un centro comercial tan enorme.
Piper corrió hacia un guardia de seguridad y, entre lágrimas, le contó lo que había pasado, a punto de derrumbarse.
—No se preocupe, avisaré a los demás por radio. Esto pasa aquí bastante a menudo, así que la encontraremos enseguida —el hombre intentó tranquilizarla, pero no sirvió de nada.
¿Y si alguien se había llevado a Lizzie? ¿Cómo iba a mirar a Sebastián a la cara?
Pasaron diez minutos. Piper miró al guardia de seguridad con esperanza, pero no había noticias. Luego pasaron otros diez minutos, y estaba a punto de desmoronarse.
—Voy a buscarla yo misma —dijo, levantándose del banco.
—Señorita, no se preocupe. Los chicos saben lo que hacen. Quédese aquí, que si no tendremos que buscarla a usted también.
—Ha pasado media hora —dijo con la voz tensa—. ¿Y si… y si ya ni siquiera está en el edificio?
—Tranquila, todo saldrá bien. Seguramente esté en alguna juguetería o en la zona de juegos. Beba un poco de agua y cálmese. Su hija estará bien.
—Ella… —Piper quiso decir que Lizzie no era su hija, pero no le salieron las palabras—. Sí, todo saldrá bien. Gracias —dijo con un gesto de asentimiento, apretando los puños con fuerza y rezando en silencio para que de verdad fuera así.
Pero cuando pasó otra media hora, estaba al límite.
De repente, el teléfono le sonó en el bolsillo. Sebastián. ¿Y si no contestaba? Pero el teléfono no dejaba de sonar, como si él lo supiera de algún modo. Piper respiró hondo, cerró los ojos y contestó.
—¿Sí?
—Piper, ¿dónde está Lizzie? —preguntó con frialdad.
Piper no dijo nada. El miedo se cerró sobre ella.
—Te he preguntado que dónde está Lizzie. Ponla al teléfono.
—Sebastián, por favor, que no cunda el pánico…
—¿Entonces es verdad?
—¿Qué?
—Me han llamado de la comisaría. La policía ha encontrado a Lizzie en el aparcamiento del centro comercial.
¿Qué demonios está pasando, Piper? ¿Dónde estabas?
¿Por qué estaba fuera sola? ¿Cómo voy a explicarle esto a la policía y a los de servicios sociales, que ya están allí?
¡No se te puede dejar a cargo de niños! —gritó, sin contener ya su furia.
—Sebastián, te juro que no le quité los ojos de encima…
—Cállate. Tienes suerte de que a Lizzie no le haya pasado nada. Ya no necesitamos tus servicios. Voy a recoger a mi hija de la comisaría, y espero que para cuando vuelva tus cosas ya no estén en casa.
Cada palabra le dolió más que la anterior. Piper ya no pudo contener los sollozos. Quería explicarse, decirle que no era culpa suya, que Lizzie había estado a su lado todo el tiempo. Pero Sebastián ya había colgado, negándose a escucharla.
El único alivio: Lizzie estaba bien. Eso era lo que importaba. Si no, Piper no sabía cómo habría podido vivir con ello.
Bueno, su cuento de hadas había terminado. Tarde o temprano tenía que pasar, y ahora debía aceptarlo.
—Señorita, ¿adónde va? —le gritó el guardia de seguridad.
Piper se detuvo y se secó las lágrimas con la palma de la mano.
—Han encontrado a Lizzie. Gracias —dijo, dedicándole un gesto de agradecimiento mientras apenas lograba contenerse.
—¿Ve? Le dije que todo saldría bien —dijo él con un guiño.
—Sí. Gracias de nuevo…