CAPÍTULO 28 #3
De repente, Piper sintió lástima por él.
A pesar de que acababa de levantarle la mano.
A pesar de que casi le había costado el hogar.
Había cruzado una línea, había perdido el control, y era imposible saber cómo afrontaría todo aquello solo.
Los hombres como él solían acabar igual: o calentándose junto a una hoguera en cualquier callejón, o tirados boca abajo en una cuneta.
No quería ese final para Nick. Pero tampoco iba a alargar aquello y dejar que la arrastrara con él.
—No, Nick. Esa fue la gota que colmó el vaso.
Piper se levantó del suelo y respiró hondo, tratando de calmarse. Se apartó la mano del rostro, se miró en el espejo de la puerta del armario y dio un respingo.
La mejilla ya se le estaba hinchando, y en unas horas el moretón sería imposible de disimular.
—Piper, no puedo hacer esto sin ti. Vendamos el apartamento y larguémonos de la ciudad, ¿vale? —La miró esperanzado, con algo salvaje en la mirada.
Piper negó con la cabeza, dejando claro que eso no iba a pasar.
—¡No lo entiendes! ¡No lo entiendes! —gritó, y ella se estremeció y retrocedió—.
¡Me encontrarán si no les doy el dinero!
¡Me encontrarán! Tienes que pedirle el dinero a ese tipo tuyo.
Miéntele. Haz que te lo dé. Si no, estoy acabado.
¡Y tú también, Piper! No querrás que me maten, ¿verdad?
¡Eso quedará en tu conciencia! ¡En la tuya!
Nick sabía exactamente cómo manipularla, pero Piper estaba demasiado aturdida después de lo ocurrido como para tomarse en serio sus palabras.
Parecía un animal acorralado. No sabía quiénes eran aquellos a los que debía dinero, pero esperaba con todas sus fuerzas que no dieran con él.
Porque aunque Nick se había convertido en una persona terrible, seguía sin ser un desconocido para ella.
Incluso se sentía en parte responsable de todo aquello.
Por no haber notado los cambios a tiempo.
Por no haber sospechado que algo iba mal.
Por no haberle preguntado nada. Quizás todo podría haber sido diferente.
—No te estoy echando ahora mismo, aunque después de todo lo que ha pasado, debería. Pero espero de verdad que en unos días ya no estés aquí —dijo con voz ronca, tratando de mantenerse entera.
Todo su mundo se había derrumbado. Había amado a alguien que solo pensaba en sí mismo.
—Adiós.
Lo miró por última vez y salió a toda prisa del apartamento, que a partir de ahora le recordaría los peores momentos de su vida.
Los brazos le colgaban sin fuerza a los costados.
Se caló más la capucha para que nadie le viera la cara.
No dejaba de mirar el móvil con impaciencia, esperando el taxi, y no se permitió respirar hasta que estuvo de vuelta en el apartamento de Sebastián.
Se quitó la ropa y, con las piernas temblorosas, fue al baño.
Permaneció bajo el agua mucho rato. Después limpió el espejo empañado con la mano y se miró la cara, sin saber qué hacer.
Aquello no iba a pasarle desapercibido a Sebastián. No es que esperara que se preocupara por el moretón que le estaba saliendo en la cara ni que saliera corriendo a defenderla de Nick. Simplemente no quería contárselo todo. La carcomía la vergüenza de haber sido tan ciega.
Piper decidió taparse con base de maquillaje y, envuelta en una toalla, salió del baño a buscar el neceser, pero se quedó petrificada porque justo en ese momento se abrió la puerta principal y Sebastián entró en el apartamento.
Se le cortó la respiración y lo miró asustada. Ahora empezarían las preguntas, y lo único que quería era esconderse del mundo entero bajo una manta calentita y llorar hasta vaciarse por dentro, para poder olvidar aquel día para siempre.
—Vaya, vaya —dijo el hombre con voz pausada mientras la estudiaba de pies a cabeza, demorándose en el rostro—. ¿Qué ha pasado?
Cruzó rápidamente la distancia que los separaba, le levantó la barbilla y le giró la cabeza para examinar mejor la mejilla que le palpitaba.
Piper no dijo nada. Unas lágrimas le resbalaron por las mejillas sin que pudiera evitarlo.
—Piper, te lo pregunto otra vez. ¿Qué demonios ha pasado? —preguntó Sebastián, ahora enfadado, y apretó más el agarre—. Y ni se te ocurra mentirme diciendo que te caíste. Se ve perfectamente la marca de una mano en la mejilla.
—Yo...
Abrió la boca, pero no le salieron las palabras.
Tomó aire entrecortadamente y las lágrimas que había estado conteniendo por fin brotaron.
Entonces, sin entender por qué lo hacía, quizás porque simplemente necesitaba el apoyo de alguien, quizás porque quería sentirse protegida, rodeó la cintura de Sebastián con los brazos, hundió el rostro en su pecho y rompió a sollozar.
—Eh, no llores. Solo dime quién te ha hecho esto y me encargo de él —prometió Sebastián mientras le acariciaba el pelo.
—No quiero decírtelo —susurró Piper, y se apretó más contra él.
—Deja que me quite la chaqueta y luego vamos al dormitorio. Te preparo un té, te calmas y me cuentas qué ha pasado. ¿Trato hecho?
Se apartó un poco, obligándola a mirarlo a los ojos.
—Solo prométeme que no harás ninguna tontería, ¿vale? —pidió Piper, que sabía perfectamente lo impulsivo que podía ser Sebastián.
—Eso no puedo prometértelo. Pero lo intentaré —dijo con seriedad, y le pasó el pulgar suavemente por la mejilla—. ¿Te duele?
—Solo un poco —dijo mientras se mordía el labio, deseando poder quedarse en sus brazos.