CAPÍTULO 25
Sebastián llegó a casa de muy mal humor, y nada más entrar, lo recibieron la mirada de desaprobación de su suegra y los lloriqueos de Lizzie.
—No quiero ir. Quiero quedarme con Piper. ¡Papá, díselo! —dijo la niña con terquedad, dando una patadita en el suelo mientras las lágrimas le llenaban los ojos.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Sebastián con frialdad. Se tensó y lanzó una mirada dura a la señora Caldwell.
La mujer sostenía la pequeña mochila de su hija, repleta de ropa, y Lizzie ya llevaba puesta la chaqueta. Todavía la vieja, aunque Sebastián le había pedido a Piper que la llevara a comprar una nueva. Llevaba un gorro con un gran pompón en la cabeza y una larga bufanda enrollada al cuello.
¿Estaba la señora Caldwell intentando robarle a su hija?
—Me llevo a Lizzie por unos días —anunció la mujer.
Lo miró a los ojos con aire desafiante y tomó a la niña de la mano—.
Se quedará conmigo en el hotel. No tiene nada que hacer en el mismo apartamento que una persona enferma.
Se contagiará. Es pequeña, su sistema inmunológico todavía es débil.
Y ya que estamos, alguien debería ir a comprarle ropa nueva.
La niña anda por ahí hecha una pordiosera.
—¿Quién está enferma? —preguntó Sebastián confundido, ignorando el resto de lo que había dicho.
—Piper está enferma, papá. Piper necesita medicina. No quiero ir con la abuela —dijo su hija con terquedad.
—¿Piper?
—Sí, tu novia se acercó a la niña estando enferma. Menos mal que se me ocurrió pasarme por aquí. Y encima está acostada en la habitación de la niña. Una sinvergüenza. ¿Es que no tiene casa propia? —preguntó la señora Caldwell con irritación, sin molestarse en bajar la voz.
Estaba claro que quería que Piper la oyera.
—Dónde se quede no es asunto suyo —murmuró Sebastián con enojo.
—Papá, no quiero ir con la abuela.
Sebastián se agachó frente a su hija y suspiró.
Por primera vez, estaba de acuerdo con la señora Caldwell.
Si Piper realmente tenía un resfriado, sería mejor que Lizzie se quedara en otro lugar.
Aunque podría haberle prometido a su suegra que llevaría a Piper a su casa y que Lizzie no correría ningún riesgo.
Pero no iba a hacer eso.
No después de ver a ese prometido suyo.
—Diablilla, la abuela tiene razón. Podrías enfermarte tú también. Deja que me quede en casa con Piper, y en cuanto se mejore, te llamaré y la abuela te traerá directamente de vuelta.
—Pero quiero quedarme contigo —dijo Lizzie. El labio le temblaba mientras miraba a su padre con esperanza.
—No discutas —dijo con suavidad, mirándola a los ojos.
—Está bien, papá. Pero prométeme que cuidarás bien de Piper.
—Por supuesto. ¿Qué otra cosa iba a hacer? —dijo con una leve risa, captando la mirada de desaprobación de la señora Caldwell.
Sebastián esperó hasta que su hija y su suegra salieron del apartamento, luego suspiró y se dirigió despacio hacia la habitación de Lizzie. Llamó varias veces y, sin esperar permiso, entró.
Piper estaba tumbada en el sofá con una camiseta y pantalones de chándal. La manta le cubría solo las piernas. Tenía el rostro enrojecido, los ojos brillantes de fiebre y el sudor le perlaba las sienes. Llevaba el pelo enredado y respiraba con dificultad. Tosió varias veces, sin mirarlo.
Sebastián entendió por qué lo estaba ignorando. A decir verdad, después de lo de anoche, él también seguía enfadado. No había querido verla en unos días, había preferido calmarse para no decir algo de lo que pudiera arrepentirse.
Y sin embargo, aquí estaba.
—Lizzie dijo que estás enferma. —Se metió las manos en los bolsillos, fingiendo que no le importaba en absoluto.
—Sí... no me siento bien. Lamento haberte fallado —dijo Piper débilmente, subiéndose la manta hasta los hombros—. Empecé a encontrarme mal en el trabajo, así que volvimos antes a casa y no pasamos por el centro comercial a comprar la chaqueta.
Sebastián entendió entonces que había escuchado perfectamente su conversación con la señora Caldwell. Se acercó a ella y le puso la mano en la frente. Piper se estremeció y levantó los ojos hacia él, sobresaltada.
—¿Te tomaste la temperatura? —preguntó Sebastián, preocupado porque estaba ardiendo.
—Sí.
—¿Tomaste alguna medicina?
—Té. —Señaló la mesa baja junto al sofá y añadió rápidamente—: Con miel.
—¿Y un antipirético? ¿Medicina para el resfriado?
—Lo siento, no pude encontrar nada de eso en tu botiquín —dijo Piper. Apretó los labios y se apartó hacia el otro extremo del sofá, alejándose de Sebastián.
—¿Por qué no compraste algo de camino? Hay una farmacia justo al lado del edificio —la regañó como si fuera una niña, sorprendido de que hubiera sido tan descuidada con su salud.
También esperaba que Piper no fuera de esas personas que evitan los medicamentos y prefieren los remedios caseros.
Piper se encogió de hombros, apartó la mirada y pareció encogerse sobre sí misma.
—¿Qué? Dilo. —Sebastián entendió inmediatamente que algo andaba mal.
—No tengo dinero. Yo... el préstamo...
—¿Y el dinero que te dejo todos los días? —la interrumpió Sebastián, notando que empezaba a enfadarse.
—Ese dinero es para el taxi al preescolar y de vuelta, y por si Lizzie necesita algo. No cojo nada de más. He guardado todos los recibos, si los necesitas.
Sebastián maldijo entre dientes. Luego se sentó en el borde del sofá junto a Piper, le tomó la barbilla y la obligó a mirarlo a los ojos.
—Maldita sea, Piper, no te estoy pidiendo que me justifiques cada dólar que gastas. Además, a nadie le sirve de nada que estés aquí medio muerta. ¿O crees que el té con miel lo cura todo? ¿Por qué tengo que pensar por ti?
Piper se encogió. Se le fue el color del rostro; sus palabras le habían dolido. Empezó a revolverse, apartó la manta e intentó levantarse. Le dolía todo el cuerpo, le temblaban las manos y estaba tan débil que apenas podía incorporarse.
—¿Adónde crees que vas? —Una sola mirada de Sebastián bastó para detenerla.
Piper se quedó paralizada. Tosió varias veces, con un nudo en la garganta.
—Quizá debería irme a casa. Sobre todo ahora que hay quien cuide de Lizzie mientras estoy enferma.
—Túmbate —ordenó él, agarró el borde de la manta y de un tirón se la subió hasta la barbilla.
Se hizo un silencio pesado. Sebastián vio que se le humedecían los ojos. Quizá se había pasado, después de todo.
—¿De dónde has salido tú, eh? Apareces de la nada así como así —dijo, negando con la cabeza y suspirando—. Está bien. Voy a la farmacia. Le prometí a Lizzie que te pondría bien enseguida —añadió con una leve sonrisa mientras se levantaba del sofá.
—Fuiste tú quien me encontró —oyó la voz queda de la chica a su espalda.
—¿Qué? —Sebastián no comprendió.
—Preguntaste de dónde había salido, y te he respondido. Tú mismo me encontraste —dijo Piper con la voz quebrada, y se dio la vuelta para acomodarse mejor en el sofá.
Sebastián cruzó la calle, recorriendo con la mirada el edificio en busca de la farmacia de guardia.
No estaba preocupado: ella se pondría bien.
Pero estaba enfadado, muy enfadado. ¿De verdad había pensado que era tan tacaño que le controlaría cada céntimo?
No había quien entendiera a las mujeres.
Una tiraba el dinero a diestro y siniestro, la otra tenía miedo de tocarlo.
—Dame algo para el resfriado. Y algo para bajar la fiebre —dijo Sebastián, contemplando desconcertado los estantes repletos de medicamentos.
—¿Cuántos días lleva con fiebre y qué síntomas tiene? —preguntó la joven.
Frunció el ceño. No tenía ni idea de qué le pasaba exactamente a Piper, y encima se había dejado el móvil en casa.
—La fiebre le empezó hoy. No sabría decirle los síntomas exactos. Pilló frío.
—¿Dolor de garganta? ¿Congestión nasal? ¿Tos?
—Eh... dame algo para todo, por si acaso.
La bolsa pesaba lo suyo. Sebastián preguntó varias veces cómo tomar los medicamentos, con la esperanza de recordarlo todo, se despidió y salió de la farmacia.
Su casa estaba a solo unos treinta metros, y mientras caminaba, no dejaba de pensar en qué haría en el futuro.
Al fin y al cabo, aparte de repartir puñetazos, no sabía hacer gran cosa.
Quizá debería tomarse un descanso y llevar a su hija de vacaciones.
A Laponia, por ejemplo. Al pueblo de Papá Noel.
Lizzie estaría encantada.
Sebastián iba tan absorto en sus pensamientos que no reparó de inmediato en los tres tipos que habían aparecido a su espalda. Se detuvo frente a la puerta del portal, metió la mano en el bolsillo de la chaqueta para buscar las llaves, y solo entonces oyó los pasos.
—Eh, tío, ¿tienes un cigarro?
Sebastián se quedó quieto, volvió a guardarse las llaves en el bolsillo y esbozó una sonrisa irónica.
¿No se les podía haber ocurrido algo mejor?
—No fumo. Y no lo recomendaría —dijo con calma, a la espera de ver qué pasaba.
Claro que podría haberse metido dentro y cerrarles la puerta en las narices, pero no era ningún cobarde.
Atacaron todos a la vez. La bolsa de la farmacia salió volando.
Uno de ellos intentó golpear a Sebastián en la mandíbula, pero él bloqueó el golpe con facilidad.
El segundo aprovechó el hueco para darle en las costillas.
Se desató una pelea. Golpes sordos y gemidos.
Por su forma de pelear, Sebastián comprendió que no eran matones callejeros corrientes.
Los delincuentes de poca monta no peleaban así.
—¿Quién os ha enviado? —Sebastián agarró a uno de ellos por el pelo, le echó la cabeza hacia atrás y lo obligó a mirarlo.
El segundo estaba tirado en el suelo, sin aliento. El tercero permanecía doblado sobre sí mismo, sujetándose el estómago.
—Te lo pregunto otra vez. ¿Quién os ha enviado?
La rabia relampagueó en los ojos de Sebastián. De no ser por los últimos restos de autocontrol, los habría estampado contra la pared. Estaba claro que no habían ido a por él para robarle el móvil o la cartera, y desde luego no para gorronearle un cigarro.
—Suéltame, tío, ¿me oyes? No iba con mala intención, te lo juro —gimoteó el tipo—. Solo nos pidieron que te diéramos un recado.