Un marido inadecuado (Serie Votos rotos nº 4) CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

—¿Qué, no te alegras de verme?

Nick esbozó una sonrisa torcida. Tenía los ojos vidriosos y la nariz y las mejillas enrojecidas por el frío. Apestaba a licor barato.

Durante los primeros segundos, Piper se quedó inmóvil, incapaz de procesar la escena que tenía delante. Al principio pensó que había ocurrido algo, pero él no parecía destrozado. Más bien parecía que venía de una fiesta.

—¿Cómo... cómo has llegado hasta aquí? —preguntó con el ceño fruncido, echando un vistazo al pasillo.

—Tú misma me diste la dirección.

La mirada de Nick bajó hasta sus piernas, y al ver el camisón de encaje, Piper casi pudo ver cómo sacaba conclusiones equivocadas. Solo se lo había puesto una vez, en su aniversario.

—Aunque tuve que quedarme helándome el culo ahí fuera antes de poder entrar al edificio.

Piper cruzó el umbral y empezó a cerrar la puerta para no despertar a Lizzie, pero Nick plantó la palma contra ella y la detuvo.

—Nick, estás borracho —susurró ella, bloqueándole el paso al apartamento.

No creía que a Sebastián le gustara saber que un desconocido había estado en su casa. Y no estaba bien invitar a nadie sin permiso. Ni siquiera a su novio. El trabajo y la vida personal no debían mezclarse.

—¿Escondes a tu amante ahí dentro? Os vi a los dos muy acaramelados en el patio. Por eso me has estado dando largas, ¿eh?

Se abalanzó hacia ella y la acorraló contra la puerta de acero con su cuerpo.

—¿De qué demonios estás hablando?

Su mirada furiosa, su rostro deformado por la ira, la inquietaron. Y teniendo en cuenta que estaba borracho, no había forma de saber qué podría hacer.

Piper entendió de inmediato a qué se refería. Así que no se había imaginado que alguien la observaba. También se dio cuenta de que contarle la verdad solo empeoraría las cosas, y en ese estado, Nick no estaba en condiciones de mantener una conversación seria.

—¿Qué, crees que soy idiota? Venga, llámalo. Quiero hablar con él. De hombre a hombre. Ya que nos estamos tirando a la misma mujer y eso —continuó.

Las palabras le cayeron como un mazazo. Así que eso era lo que pensaba de ella. Pero en ese momento, otra cosa le preocupaba mucho más.

—Nick, por favor, baja la voz. La niña está dormida. No hay nadie aquí. Solo estamos Lizzie y yo.

—¡Eh, machote, sal de ahí! —gritó.

Piper le tapó la boca con la mano para hacerlo callar.

—Dios, Nick —suspiró derrotada—. Vas a despertar a todos los vecinos del edificio. Alguien llamará a la policía.

Le apartó la mano de un tirón y pasó junto a ella, tambaleándose hacia el recibidor.

—No está mal el piso de tu nuevo novio —dijo, entornando los ojos mientras miraba alrededor.

Piper intentaba frenéticamente decidir qué hacer.

—Nick, por favor, vete a casa a dormir la mona.

Deja que te pida un taxi, ¿vale? Por tu culpa podría perder el trabajo.

¿Es eso lo que quieres? ¿Quieres que nos quedemos en la calle?

Venga, cariño, el domingo vuelvo a casa y hablamos.

Pero ahora mismo tienes que irte. Estás cansado, ¿verdad?

—suplicó, acariciándole la mejilla y mirándolo con lo que esperaba que fuera una expresión tranquilizadora.

—Ah, no —se apartó de ella; sus ojos recorrían la habitación, las pupilas desenfocadas—. Voy a hablar con él ahora mismo. Que me pague por tener que aguantar todo esto. Estoy arruinado, ¿lo sabías? —Se pasó el dedo por la garganta.

Entonces, de repente, toda su energía se esfumó. Miró alrededor confundido y luego clavó en Piper una mirada desesperada.

—Por cierto, ¿dónde está el dinero? Dijiste que te daría la otra mitad pronto.

Solo entonces Piper se dio cuenta del estado lamentable en el que estaba Nick. Seguramente había estado bebiendo con sus amigos otra vez y después había venido corriendo. No iba a poder mantener una conversación seria con él. Lo único que podía hacer era intentar calmarlo.

—No hay nadie aquí. Solo la niña y yo —susurró, cogiendo su chaqueta del perchero—. Salgamos, esperamos juntos al taxi y hablamos fuera.

Sabía que probablemente tendría que quedarse helándose en la calle, pero en ese momento estaba dispuesta a hacer lo que fuera con tal de que él saliera del apartamento. Con Nick allí, sentía que había roto las reglas.

—¿Dónde está ese tío?

—Se fue a trabajar. Ya te lo dije, por eso necesitaba una niñera. Para no tener que dejar a la niña sola por la noche. Venga, vámonos.

Le cogió la mano y fue a coger su plumífero, pero Nick de repente la atrajo hacia él y le besó el cuello.

—Si no hay nadie en el apartamento, entonces a lo mejor podríamos... ya sabes —le susurró a la cara, y Piper hizo una mueca por el olor horrible.

—Nick, venga. Aquí no podemos —dijo, sabiendo que una negativa directa no le sentaría bien, así que intentó darle largas—. Duermo en la habitación de la niña, y el piso solo tiene dos dormitorios. Y no es mío. Volveré a casa en unos días...

—Podemos hacerlo aquí mismo —gruñó, y le estampó un beso que le revolvió el estómago.

—Nick, no. Suéltame. Suéltame.

Piper se apartó de un tirón, intentando empujarlo y esquivar sus besos.

Todo aquello estaba mal, y daba miedo de una forma que no había esperado. Nunca antes había tenido verdadero miedo de Nick. Él nunca había mostrado agresividad hacia ella, nunca había hecho nada que le hiciera temerle, pero aun así el pánico le atenazó la garganta.

—Suéltame.

Se retorció intentando liberarse de su agarre, lo que solo lo enfureció más.

—¿Qué coño...?

Una voz áspera sonó desde la puerta principal y, al instante, unas manos fuertes apartaron a Nick de ella.

Piper se quedó paralizada cuando Sebastián se abalanzó sobre él. Su puño impactó contra la mandíbula de Nick, que se desplomó en el suelo.

El corazón le dio un vuelco. Permaneció inmóvil, incapaz de articular palabra. En lugar de explicar, en lugar de separar a los hombres, se quedó mirando a Sebastián, que parecía dispuesto a despedazar a Nick.

El pavor se instaló en su estómago, porque ni siquiera podía imaginar qué debía de estar pensando él al ver aquello.

—¿Te ha hecho algo? —gruñó Sebastián.

Tenía los ojos oscurecidos por la furia. Se cernía sobre Nick, lo agarró por el cuello de la camisa, claramente a punto de golpearlo de nuevo, y Piper por fin reaccionó.

—¡Para! ¡No lo hagas! —Se aferró al brazo de Sebastián.

Él volvió la cabeza hacia ella y la miró directamente a los ojos.

Su expresión cambió: la rabia dio paso a algo más frío, incredulidad, y luego decepción.

—Él... él es mi prometido —dijo en voz baja, con timidez—. Lo siento. Esta noche no es él mismo.

Intentó justificar el comportamiento de Nick y sintió la mirada de Sebastián clavarse en ella.

Temblaba de miedo, se le erizaba la piel de gallina por todo el cuerpo, el corazón se le encogía. La vergüenza la invadió mientras permanecía allí, bajo la fría mirada de Sebastián. También comprendió que, si él no hubiera aparecido, era imposible saber qué habría hecho Nick.

—¿Prometido? —preguntó, atónito.

Piper vio la rabia arder de nuevo en sus ojos, aún más intensa que antes. Pero entonces, de repente, se quedó inmóvil. Se sacudió la mano de ella y bajó la mirada hacia Nick, que gemía en el suelo.

—Por favor, levántate y llamaré a un taxi. No hagas ninguna tontería. Te lo suplico. —Piper se agachó frente a su novio y tragó saliva con dificultad.

—Ocúpate de él y luego vuelve. Vamos a tener una conversación seria —dijo Sebastián con frialdad, y se alejó mientras a Piper se le encogía el estómago solo de pensar en esa conversación.

—Vamos, Nick. Vámonos. —Tiró de su mano, temiendo que Sebastián cambiara de opinión y volviera.

—Suéltame. ¿No ves que estoy herido? —espetó Nick con irritación, todavía sujetándose la mandíbula—. ¿Dónde está ese tipo tuyo, eh? ¡Eh, cobarde! ¡Vuelve y terminemos esto como hombres!

—Dios, cállate ya, o hará que te arresten y les dirá que te colaste en su apartamento. No olvides que no estamos en casa —lo regañó Piper como a un niño, con las manos temblándole.

¿Cómo se suponía que iba a explicarle esto a Sebastián?

Le costó un esfuerzo ayudar a Nick a ponerse de pie. Temblando, recogió la chaqueta del suelo y se cambió las zapatillas de estar por casa por unos zapatos antes de salir del apartamento con él.

—¡Lo demandaré! ¡Dile a ese cabrón exactamente eso! Y le sacaré una indemnización. A primera hora de la mañana voy a documentar esto —despotricaba Nick mientras caminaban hacia el ascensor.

—Y no olvides añadir que te colaste en su apartamento mientras su hija dormía —añadió Piper, echando leña al fuego.

—Espera un segundo. —Se detuvo en seco—. ¿De qué lado estás ahora mismo?

La ira era evidente en sus ojos, y en ese momento Nick ya no le parecía a Piper tan atractivo como antes.

Le parecía repulsivo. Esa noche le había hecho darse cuenta de que no lo conocía en absoluto y de que no podía predecir lo que haría.

El Nick que había conocido no era tan amargado, tan furioso.

—De ninguno —dijo Piper, respirando con dificultad, aunque quería decir algo hiriente.

Pero empeorar la situación en ese momento no era lo más inteligente.

—Te lo has buscado tú solo. Imagínate llegar a casa en mitad de la noche y encontrarte a un tío en tu apartamento, manoseando a la niñera de tu hija.

—¡Pero yo no soy un desconocido! —Nick se señaló el pecho con el dedo.

Entonces se abrieron las puertas del ascensor y entraron.

—¿Cómo iba a saber Sebastián eso? —preguntó Piper con calma, subiéndose la cremallera de la chaqueta.

Bajaron en silencio. Nick parecía haberse despejado un poco con el susto. Intentó arreglarse frente al espejo, aunque era poco probable que sirviera de algo.

—El Uber llegará en diez minutos. Esperemos dentro. Hace frío fuera y no voy vestida para este tiempo —dijo Piper cuando llegaron a la planta baja.