CAPÍTULO 19
La imagen de Piper en ropa interior seguía sin abandonar la cabeza de Sebastián mientras se movía entre los percheros, estudiando los conjuntos con ojo crítico.
Por lo visto, bajo toda aquella ropa informe, la profesora de preescolar escondía un cuerpo que él no se esperaba.
Antes no la había mirado como a una mujer, pero ahora no conseguía sacarse de la cabeza la visión de sus piernas esbeltas y caderas redondeadas.
El deseo se agitó en su interior, inoportuno e inútil.
Seguramente era porque llevaba demasiado tiempo sin estar con una mujer.
Sí, tenía que ser eso, se dijo Sebastián, intentando apartar de su mente aquellas imágenes indecentes que se habían colado sin permiso.
Lo último que necesitaba era meterse en un lío con Piper.
Ya se había dado cuenta de que era demasiado confiada e ingenua, así que más le valía mantener las distancias.
Ella podría hacerse ilusiones donde no las había.
Además, ya tenía bastantes problemas sin necesidad de añadirlo a él. El préstamo, para empezar.
La verdad era que no había bromeado la noche anterior sobre el prometido de Piper.
Si ella decía la verdad, el tipo era un inútil.
No tendría que haber sido Piper quien se preocupara por el dinero, sino su prometido.
Aunque Sebastián no conocía toda la historia.
Todo era posible. Quizá ella misma había dilapidado el dinero.
Pero no parecía de las que tiraban el dinero a la basura sin motivo.
Aunque, claro, hasta entonces tampoco le había parecido una tentación, y no se había fijado en sus curvas.
Pero hoy...
Sebastián obligó a sus pensamientos a tomar otro rumbo. Estaban allí por una razón, así que no podía permitirse distraerse con el cuerpo de una mujer.
El traje negro le quedaba bien a Piper, sin duda, pero ¿qué pretendían, ir a un funeral? Necesitaba otra cosa.
Algo como esto.
Sebastián se detuvo en seco frente a un maniquí, intentando imaginar cómo le quedarían a Piper los pantalones blancos y la blusa de escote pronunciado.
—Tráigale este conjunto en su talla —le indicó a la dependienta con un gesto de cabeza, y volvió junto a Piper.
Piper seguía de pie junto al probador, con los brazos cruzados sobre el pecho como si intentara ocultar su inseguridad.
Sebastián se detuvo a su lado y la observó de nuevo, esta vez con más detenimiento.
Quizá se había pasado al llamarla «del montón» para sus adentros.
En ese momento se la veía peligrosamente atractiva, y la ausencia de maquillaje le daba un aire fresco.
Intacta, casi.
Sebastián consultó la hora con irritación; no quería llegar tarde al restaurante. La señora Caldwell iba a reunirse allí con Lizzie, y no le convenía dejarlas a solas demasiado rato.
Piper desvió la mirada y se volvió hacia su reflejo en el espejo. Los tacones le añadían unos centímetros y le estilizaban las piernas. Los ojos de Sebastián volvieron a posarse en ella a su pesar, lo cual lo irritó aún más.
—Aquí tiene —dijo la dependienta, y le tendió el conjunto blanco, rompiendo el silencio incómodo que se había instalado entre él y Piper.
—Pruébatelo —dijo Sebastián, esforzándose por parecer indiferente.
Tras un breve titubeo, Piper desapareció tras la cortina negra del probador y, para fastidio de Sebastián, tardó una eternidad en salir. Pero cuando volvió a aparecer ante él, se quedó sin palabras.
El blanco era, sin duda, su color. Con él parecía etérea, increíblemente dulce e inocente, aunque demasiado joven.
Sobre todo a su lado. Sebastián no sabía qué edad tenía, pero en ese momento no le habría echado más de veinte años, quizá veintidós.
El cabello, recogido tras una oreja, dejaba al descubierto parte del cuello, y la visión resultaba tentadora.
Lo asaltó un impulso brusco y estúpido: posar los labios en el hueco de su garganta, donde latía el pulso, y dejarle una marca.
Sebastián se sacudió aquellos pensamientos, se frotó los ojos y se ajustó el cuello de la camisa. Notó una opresión en el pecho que le dificultaba respirar hondo.
—Nos llevamos este. El abrigo puedes elegirlo tú misma. Espero que seas capaz —soltó a toda prisa, y salió de la zona de probadores antes de tener que volver a mirar aquellos ojos enormes e inocentes.
El impulso de atraerla hacia sí allí mismo era demasiado fuerte, y eso lo irritaba.
Piper no era más que la niñera de su hija.
Nada más. Ella haría su trabajo, él le pagaría, y punto.
Así que tenía que mantener las distancias.
La modesta profesora de preescolar era demasiado tímida para él.
Siempre le habían atraído las mujeres con experiencia y sin complicaciones.
No las profesoras de preescolar.
Sebastián esperaba junto a la caja, consultando el reloj con impaciencia.
Piper tardaba demasiado en salir del probador.
La paciencia se le estaba agotando, pero en el momento en que ella apareció ante él con un abrigo de cachemira color crema y tacones, ruborizada de vergüenza al cruzar su mirada, olvidó que llegaban tarde, olvidó todas las razones para no quedarse mirándola.
—¿Está bien así? —preguntó ella, y se detuvo a su lado.
—Sí —respondió Sebastián. Se aclaró la garganta y apartó la mirada para centrar toda su atención en la dependienta, que estaba cobrando la compra.
Piper —la niñera, se recordó— lo estaba desestabilizando.
Hacía que sus pensamientos se deslizaran hacia donde no debían, directamente a imágenes indecentes que necesitaba borrar de su mente.
Le hacía desear cosas que no debería desear.
También cosas pequeñas, y eso era lo peor.
Como apartar aquel rizo suelto de su mejilla, solo para comprobar si su piel era tan suave como parecía.
El trayecto al restaurante duró unos diez minutos, y el silencio en el coche era denso.
Piper iba sentada a su lado sin decir palabra, claramente perdida en sus propios pensamientos, mientras Sebastián se obligaba a no mirarla.
¿Qué demonios le pasaba? Como si no hubiera estado rodeado de mujeres hermosas toda su vida.
Contra todo pronóstico, Piper había resultado ser condenadamente atractiva. Bajo toda aquella ropa holgada había estado escondiendo un cuerpo esbelto, y el nuevo conjunto la transformaba por completo.
O quizá él no la había mirado así antes.
—Hemos llegado.
Sebastián aparcó frente al restaurante, un edificio con ventanales del suelo al techo, y se volvió hacia Piper.
—¿Pasa algo? —preguntó ella, claramente desconcertada por las miradas extrañas que él no dejaba de lanzarle.
Él no contestó. Negó con la cabeza y salió del coche sin mediar palabra.
Piper aferró las asas del bolso con fuerza y no se movió.
Parecía que habría preferido estar en cualquier otro lugar, y Sebastián no podía reprochárselo.
Toda aquella farsa se había descontrolado, pero ya no había marcha atrás.
No con la señora Caldwell vigilando cada uno de sus movimientos y esperando a que diera un paso en falso.
—¿Y bien? ¿Vas a salir? —la llamó.
Sebastián dio varios golpes en la ventanilla con los nudillos, impaciente, mientras miraba hacia el restaurante. Por fin, Piper abrió la puerta y salió.
En la entrada, Sebastián captó el reflejo de ambos en el cristal y notó la ironía: parecían la pareja perfecta. Casi demasiado. Una sonrisa divertida asomó a sus labios y recorrió el comedor con la mirada en busca de su hija y su suegra.
Estaban sentadas al fondo de la sala, justo junto a la ventana. A Lizzie se le iluminaron los ojos al ver a su padre y a Piper. Sebastián sintió una oleada de ternura cuando la pequeña empezó a saludarlos con entusiasmo, agitando la mano para llamar su atención.
—Buenas noches —dijo Sebastián, saludándolas con un breve asentimiento, el rostro impasible.
Conocía a la mujer mayor, la amiga de la señora Caldwell, pero no a la joven sentada a su lado, la del maquillaje recargado.
—Hola —dijo Piper con timidez desde detrás de él, y saludó a las mujeres con un leve asentimiento.
—¡Papi, papi, te he pedido un filete para cenar! —anunció Lizzie entusiasmada, y a Sebastián se le escapó una sonrisa de verdad.
—Sebastián, te presento a mi vieja amiga Miriam Stevens, y a su hija, Victoria.
Acaba de volver de unas prácticas en Inglaterra —dijo La señora Caldwell con una amabilidad sorprendente.
La dureza habitual de su expresión había desaparecido, sustituida por una calidez ensayada, como si nunca hubiera habido hostilidad entre ellos.
¿Acaso pretendía demostrar a todos lo perfecta que era su relación familiar?
—Encantado de conocerlas —echó un vistazo a la llamativa morena: era guapa, pero no le despertó nada—. Piper, siéntate.
Sebastián retiró la única silla vacía y alzó la mano para llamar al camarero.
—Disculpe, necesitamos otro cubierto aquí —dijo con una sonrisa burlona, los ojos entrecerrados clavados en su suegra.
—Bueno, pensé que sería una cena familiar, así que no esperaba que trajeras a Piper —dijo la señora Caldwell con desdén, como si Piper no existiera.
Sebastián miró a Piper. Se había encogido ante el escrutinio de las mujeres, y él apretó los dedos en el respaldo de la silla.
—Creo que mi prometida tiene más derecho que nadie a estar en una cena familiar —dijo con firmeza, consciente de las miradas alrededor de la mesa—. Bueno, diablillo, vamos a ayudar a Piper a elegir qué va a cenar.
Se sentó entre Lizzie y Piper, le puso la mano en la rodilla y notó cómo se tensaba y contenía la respiración.