CAPÍTULO 20
El restaurante era pretencioso, el tipo de lugar muy por encima de lo que Piper podía permitirse.
A juzgar por los demás comensales, personas como ella no venían aquí a menudo.
Agradecía que Sebastián se hubiera encargado de su ropa; de lo contrario, habría parecido una indigente al lado de todos los demás.
Ya se sentía incómoda rodeada de tanto lujo.
Cuando le preguntaron qué vino quería, se quedó paralizada porque nunca había oído ninguno de los nombres de la carta.
Lo que la irritaba aún más eran las miradas de desaprobación que las mujeres de su mesa no dejaban de lanzarle.
Ya se sentía fuera de lugar, y gracias a ellas, la cosa solo empeoraba.
De camino al restaurante había estado muerta de hambre, pero en aquella compañía no podía ni tocar la pasta. La palma de Sebastián sobre su rodilla era demasiado cálida, la distraía demasiado, y cada vez que sus dedos se movían, dejaba de ser consciente de todo lo demás.
—¿A qué te dedicas, Sebastián?
Desde el principio había sido obvio que Victoria había venido por algo.
Pero Sebastián, como la mayoría de los hombres, parecía ajeno a lo que se traían entre manos las mujeres.
Victoria irritaba a Piper: la ignoraba por completo, se esforzaba por captar la atención de Sebastián y fingía interés en las historias de Lizzie.
En resumen, Victoria, la señora Caldwell y la madre de Victoria ignoraban a Piper, dejando claro que no pintaba nada allí.
Al mismo tiempo, intentaban propiciar algún tipo de conexión entre Victoria y Sebastián.
Piper no lograba entender por qué. Según Rivas, la señora Caldwell lo odiaba y quería quitarle la custodia de Lizzie.
¿Por qué, entonces, iba a presentarle a la hija de su amiga?
¿O se lo estaba imaginando todo?
—Deportes —respondió Sebastián tras una breve vacilación, evitando entrar en detalles sobre su trabajo.
—Oh, ¿en serio? ¿Qué tipo?
—No creo que te resultara interesante. Hasta Piper se aburre cuando empiezo a hablar de ello —dijo, guiñándole un ojo a Piper, y le robó un trozo de pollo del plato.
—Victoria compitió en el Campeonato del Mundo de salto de longitud —intervino la señora Caldwell, como si esa información debiera impresionarlos—. Oh, los niños crecen tan rápido. Parece que fue ayer cuando era pequeña. Victoria es como una segunda hija para mí.
A la mujer se le humedecieron los ojos, y Sebastián dejó la copa sobre la mesa sin llevársela a los labios.
La mano que tenía en la pierna de Piper se tensó y luego la apartó. Estaba pensando en su difunta esposa. Piper cogió su copa y, en lugar de darle un sorbo, la vació de un trago y pidió otra.
Entonces algo cambió, y Sebastián empezó a responder a Victoria con más soltura. Sus bromas le arrancaban una sonrisa, y Piper tuvo que admitir que Victoria era ingeniosa y agradable.
A diferencia de ella.
Parecía que todos se habían olvidado de Piper. Hasta Lizzie acabó participando en la conversación cuando Victoria les contó que una vez se había perdido en Disneyland, y eso despertó en Piper algo peligrosamente parecido a los celos.
Piper se contuvo: solo era una niñera, bien pagada por sus servicios. Nada más. Pero cada vez que Sebastián se reía de otra de las bromas de Victoria, se le caía un poco más el alma a los pies. Si se levantaba y se iba, nadie lo notaría, y eso fue exactamente lo que hizo.
La cabeza empezó a darle vueltas. Para alguien que casi nunca bebía, tres copas de vino eran mucho, y el alcohol le subió rápido. Llegó al baño como en una nebulosa. Se mojó las manos y se apretó las palmas frías contra las mejillas ardientes.
Era un torbellino de emociones. Nick, Sebastián y Victoria, Lizzie, su trabajo, el préstamo: todo se enredaba en su cabeza, llenándola de pánico y una especie de ira impotente.
El mareo empeoró, y Piper retrocedió unos pasos hasta apoyarse contra la pared fría. Respiró hondo, intentando recuperar el equilibrio, y se dio cuenta de que quería irse a casa.
Piper se preguntó lo enfadado que estaría Sebastián si llamaba a un taxi y se iba.
¿O tal vez le agradecería que lo dejara a solas con Victoria?
Entonces, en el peor momento posible, recordó a la mujer rubia que había recogido a Lizzie de la guardería, y sintió que la invadía la rabia contra los hombres en general.
Te esforzabas por ellos, les dabas todo lo que tenías, y a cambio solo recibías frialdad y quejas.
Como con Nick.
O traición, como con Sebastián.
Tal vez era mejor estar sola. Ahora no tendría problemas de dinero. Estaría sentada en su sillón favorito, enganchada a alguna serie, bebiendo su té Earl Grey favorito, y no…
—Piper, ¿estás bien?
Un golpe seco sonó en la puerta y se sobresaltó.
Se acercó rápidamente al espejo para asegurarse de que estaba presentable.
Se secó una lágrima con los dedos y miró su reflejo con alarma.
Tenía los ojos demasiado brillantes, el rostro demasiado pálido, como siempre que bebía, y llevaba el pelo hecho un desastre.
—¿Piper? —insistió él, esta vez con más urgencia.
Vaya. Al final sí se había dado cuenta de que se había ido.
—¿Qué ha pasado? —Piper abrió la puerta y se encontró con la mirada de Sebastián.
Él la estudió con el ceño fruncido. Un destello de preocupación le cruzó el rostro antes de disimularlo, con las manos metidas en los bolsillos.
—Has tardado mucho.
—Yo… no me encontraba bien —dijo, lo cual era casi verdad—. ¿Puedo irme a casa? Parece que te las apañas perfectamente sin mí.
Forzó una sonrisa y se enfadó consigo misma por no poder evitar que se le notara el reproche en la voz.
—Si te encontrabas mal, deberías haberlo dicho enseguida —dijo Sebastián con brusquedad, aunque su tono pasó de la impaciencia a algo casi protector.
—Te lo estoy diciendo ahora —replicó Piper con aspereza, especialmente enfadada porque, teniéndolo tan cerca, volvió a llegarle el aroma de su colonia, ese aroma que le gustaba demasiado.
Quería hundir la cara en su pecho y aspirar su olor una y otra vez.
—Vamos. Nos despedimos de todos, recogemos a Lizzie y nos vamos a casa. Por suerte, la señora Caldwell se muda a un hotel mañana, así que es un problema menos.
Sebastián le puso la mano en la parte baja de la espalda, guiándola hacia delante. Piper intentó caminar recta, pero los malditos mareos y los tacones altos eran una combinación imposible. Se tambaleó, tropezó y casi se cae al suelo. Sebastián la sujetó por la cintura y la atrajo hacia él.
—¿Necesitas que te lleve a urgencias? —preguntó Sebastián, escrutándole el rostro—. Estás demasiado pálida.
—N-no, es solo que... hace mucho que no bebo alcohol, y...
Le daba vergüenza admitir que estaba borracha. Menuda niñera, pensaría Sebastián. Borracha en el trabajo.
—Espera aquí unos minutos. Me despido de todos y traigo a Lizzie.
Sebastián recogió los abrigos del guardarropa y ayudó a Piper a ponerse el suyo.
—¿O prefieres que abra el coche para que te sientes? —preguntó, con una amabilidad repentina que no parecía propia de él.
—No, no, todo bien. Ve.
Estaba muerta de vergüenza delante de él. Había montado un lío de la nada.
—De acuerdo. Seré rápido —dijo tras observarla una vez más con atención, y se marchó.
Piper se apoyó en la pared y cerró los ojos aliviada.
El ambiente estaba cargado y quería salir a tomar el aire, pero al mismo tiempo las piernas apenas la sostenían.
Estaba deseando quitarse los zapatos y desplomarse en la cama.
O mejor aún, darse un baño caliente primero.
Había sido demasiado: demasiadas emociones, demasiado de todo.
El tono del móvil interrumpió sus pensamientos. A regañadientes, sacó el teléfono del bolso y frunció el ceño al ver «Mi Amor» en la pantalla.
Después de lo que le había dicho Nick, no quería hablar con él. Rechazó la llamada y le escribió un mensaje breve.
Lo siento, no puedo hablar. La niña está dormida.
No había pensado que mentir fuera tan fácil. Antes, era como si nunca hubiera mentido. ¿Vivir en casa de Sebastián ya la había cambiado?
Después de lo que había hecho, Piper se sentía una pésima novia. Nunca antes había ignorado a Nick. Normalmente era ella quien buscaba cualquier oportunidad para verlo, feliz cuando él llamaba. Pero hoy algo había cambiado en su interior.
—Vámonos —dijo una voz junto a su oído.
El brazo de Sebastián le rodeó la cintura y, una vez más, Piper lo olvidó todo. Él le abrió la puerta y la guio hacia el coche.
Lizzie le agarró la mano a Piper e insistió en que se sentara con ella en el asiento de atrás.
—No creo que a papá le importe —dijo Piper con una sonrisa, y justo en ese momento el tacón se le enganchó en el pavimento irregular.
Un segundo después, estaba apretada contra el cuerpo de Sebastián.
Por segunda vez esa noche. Su cálido aliento le erizó la piel y tuvo el absurdo impulso de rodearlo con los brazos y hundir el rostro en su pecho.
Sintió su respiración, cómo se le tensaban los músculos, el corazón bajo la palma de la mano.
—Esta noche no eres tú, Piper —dijo Sebastián con severidad, arruinando el momento.
—Es solo agotamiento —se defendió ella.
—O demasiado alcohol. A partir de ahora, por favor, no te emborraches mientras trabajas —. Sebastián parecía disgustado, y sus palabras la devolvieron a la realidad.
Ella era solo la niñera. Tenía un prometido y, sin embargo, estaba plantada en medio de la calle, deseando que otro hombre la estrechara entre sus brazos y no la soltara nunca.
Le dio asco de sí misma. Y le dolió que Sebastián la hubiera reprendido, porque tenía razón. Había sido una falta de profesionalidad total. Aunque solo hubieran sido tres copas que, por cierto, él mismo había pedido para ella.
—Lo siento —dijo Piper. Bajó la mirada al suelo y se subió al asiento trasero del todoterreno lo más rápido que pudo, para acomodarse junto a Lizzie.
Las lágrimas volvieron a picarle en los ojos, pero las contuvo a base de parpadeos.
Apretó el teléfono en la palma de la mano, con ganas de estar lejos de allí.
En los brazos de alguien a quien amara, alguien familiar y querido.
Quería sentirse deseada. Quería que alguien le dijera que era suficiente.
Sebastián cerró la puerta de un golpe, arrancó el motor y se alejó.
Piper se volvió hacia la ventanilla, sin atreverse a mirarlo a los ojos, y respondió a las preguntas de Lizzie con aire ausente.
Sebastián también guardaba silencio. Aun así, de vez en cuando ella lo miraba de reojo para estudiar su perfil, sus manos aferradas al volante, su forma de conducir.
Cuando llegaron a casa, Lizzie ya se había quedado dormida, y Sebastián la llevó en brazos para no despertarla.
En silencio, subieron en el ascensor hasta su planta y entraron en el apartamento.
Piper se quitó los zapatos incómodos de inmediato y exhaló aliviada.
Luego se quedó plantada en el pasillo, sin saber qué hacer.
—La señora Caldwell se queda esta noche en casa de una amiga, así que el sofá está libre —dijo Sebastián con indiferencia al pasar junto a ella.
—De acuerdo —respondió Piper tan bajo que no estaba segura de que él la hubiera oído.
Lo primero que hizo fue ir al baño mientras Sebastián estaba en la cocina.
Durante varios minutos se limitó a mirarse en el espejo; luego se desvistió despacio y entró en la ducha.
Se lavó los últimos rastros de alcohol y agotamiento.
Se permitió llorar un poco. Todo lo que había sucedido ese día le cayó encima de golpe.
Las duras palabras de Nick, aunque hubieran sido dichas por celos.
Sus reproches y acusaciones. Y luego Sebastián.
Había olvidado lo desagradable que podía llegar a ser.
Y peligroso, probablemente también. Había olvidado que solo trataba a su hija con verdadera ternura, mientras que ella era solo alguien a quien había contratado.
Se sentía sola y aterida. Piper se secó rápidamente con una toalla suave e intentó dejar de compadecerse.
¿En qué se había convertido?
Miró la ropa y cayó en la cuenta de que no había traído nada para cambiarse.
Todavía tenía el cuerpo húmedo y no quería volver a ponerse el traje nuevo, así que se envolvió bien en la toalla y se asomó al pasillo.
Oyó el silbido de la tetera en la cocina y supo que Sebastián seguía allí.
En silencio, se deslizó hacia su habitación, donde estaba toda su ropa.
Alargó la mano hacia la bolsa y la puerta se abrió.
Sebastián entró.
Piper se quedó inmóvil y lo miró confundida.
La mirada de él bajó a la toalla y luego volvió a subir hasta su rostro.
Por un segundo, pensó que estaba enfadado porque había entrado en su dormitorio sin permiso.
Pero entonces la mirada de él la recorrió, lenta e intensa, y algo cambió en su expresión.
Ella tragó saliva e intentó explicarse, pero Sebastián se movió primero.
Cruzó la habitación. Los dedos de él se cerraron en torno a su barbilla con la firmeza justa para obligarla a levantar la cabeza y mirarlo directamente a los ojos.
Piper no dijo nada, incapaz de articular palabra.
La piel de él ardía contra la suya, el aire abandonó sus pulmones y el corazón le latía tan fuerte que casi dolía.
Solo ahora, casi a solas en el apartamento con aquel hombre, comprendió lo imprudente que había sido al aceptar aquel trabajo.
Era peligroso. Podía hacerle daño si quería.
Debería haber gritado. Debería haberlo apartado.
Debería haber corrido a la habitación de Lizzie, donde estaría más segura que allí, sola en la habitación de él.
En lugar de eso, se quedó inmóvil, incapaz de moverse, y vio cómo la mirada de él descendía hasta sus labios.
Sin pensar, se pasó la lengua por el labio inferior.
En ese momento, Sebastián acortó la distancia entre ellos.
Su boca cayó sobre la de ella en un beso intenso que sabía a café amargo, y la besó como nadie lo había hecho nunca.