Un marido inadecuado (Serie Votos rotos nº 4) CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

Las manos de Piper temblaban bajo la mirada vigilante de la señora Caldwell mientras abría los armarios en busca de tazas. Esperaba que la mujer no notara lo poco que conocía aquella cocina, o toda la farsa se desmoronaría.

No sabía qué estaba pasando ni cómo debía comportarse, pero de una cosa estaba segura: era mejor quedarse callada y darle la razón a Sebastián pasara lo que pasara.

Al fin y al cabo, él era su jefe, y debía velar por sus intereses.

Y no, no tenía nada que ver con que aquella mujer le cayera mal.

Sobre todo su arrogancia y la forma en que la miraba, como si no pintara nada allí.

—¿Cuántos años tienes, Piper?

La señora Caldwell se sentó a la mesa como una reina. Su postura era perfecta, su sonrisa condescendiente. Piper se sentía como una intrusa, pero se empeñaba en no demostrarlo.

—Veinticinco —respondió sin volverse, fingiendo concentrarse en cortar la tarta.

—¿Y de dónde eres? —insistió la mujer.

Aquello parecía un interrogatorio. Su tono dejaba claro que no preguntaba por simple curiosidad.

—Soy de aquí.

Piper dejó un plato sobre la mesa y le dedicó una sonrisa amable.

—Hmm. ¿Y cuánto hace que conoces a Sebastián?

—Lo suficiente para saber que es un buen padre para Lizzie —respondió Piper, esquivando la pregunta mientras miraba hacia la puerta con la esperanza de que Sebastián no la dejara mucho rato a solas con la señora Caldwell.

Él tenía que saber que podía echarlo todo a perder; no tenía ni idea de qué historia le había contado.

—¿Y cuáles son tus planes? ¿Vives aquí?

—Yo...

Por suerte, Lizzie irrumpió en la cocina y Piper no tuvo que responder.

Sebastián entró tras ella, y de pronto la cocina pareció encogerse.

Sus miradas se cruzaron un instante, y Piper no pudo apartar la vista.

Él se metió las manos en los bolsillos y apoyó un hombro en la pared, mientras ella permanecía inmóvil frente a él.

—¿Puedo comer un trozo yo también, pa-pá? —la voz de Lizzie rompió el silencio y devolvió a Piper a la realidad.

Piper parpadeó y apartó la mirada.

—Uno —respondió Sebastián tras una breve pausa, y se sentó junto a su hija.

Solo quedaba un asiento libre, entre él y la señora Caldwell, y era para ella.

La verdad era que Piper estaba agotada, exhausta emocionalmente, y lo único que quería era darse una ducha, meterse bajo la manta, poner dibujos para Lizzie y quedarse dormida a su lado.

En cambio, estaba allí sentada, tensa, midiendo cada palabra y cada gesto.

El té no le pasaba. Dio un sorbo y la bebida pareció atascársele en la garganta, y cuando el muslo de Sebastián rozó el suyo, el apetito se esfumó y empezó a temblar.

Incluso a través de la ropa, notaba el calor de su piel, y llegó un momento en que se concentró tanto en esa sensación que olvidó todo lo que la rodeaba, perdió el hilo de la conversación y se sumió en sus propios pensamientos.

—...¿verdad, Piper?

—¿Qué? ¿Perdona? —dijo sobresaltada cuando la mano de Sebastián se posó en su rodilla.

—Decía que todo es mucho más fácil desde que empezaste a ayudar con Lizzie mientras estoy fuera. Al fin y al cabo, puedo confiar en ti como no podría confiar en alguien a quien acabo de contratar. Con los desconocidos nunca se sabe.

La miró a los ojos y le dedicó una sonrisa exageradamente dulce mientras le apretaba la rodilla con fuerza. Piper forzó una sonrisa. Estaba segura de que, para cualquiera que estuviera mirando, parecería avergonzada, quizá incluso sincera.

—Dejar a un niño con alguien de fuera de la familia siempre es difícil —dijo, aclarándose la garganta mientras cogía el tenedor solo por tener las manos ocupadas.

—¿Y cómo te va en el trabajo, Sebastián? ¿Qué tal tu tiendecita? —la señora Caldwell cambió de tema de golpe, y Piper habría jurado que había una trampa oculta en su pregunta. Quizá si hubiera sabido a qué tienda se refería, lo habría entendido.

—Genial —respondió Sebastián secamente, quitándole importancia mientras daba un bocado a la tarta—. Mmm. Está buena.

—¿Sigues con ese negocio de recambios de coches o has abierto otro?

—Uno nuevo.

—¿Y por qué trabajas de noche? ¿No puedes contratar a alguien para que tu hija no tenga que quedarse con una desconocida? —insistió.

—Bueno, el personal cuesta dinero, señora Caldwell —respondió Sebastián con una sonrisa condescendiente, y cambió de tema—. ¿Y cuánto tiempo piensas quedarte? ¿A qué se debe esta visita tan inesperada?

—Cinco días, probablemente. Echaba de menos a mi nieta, ¿a que sí, cariño? —esbozó una amplia sonrisa y un destello astuto le brilló en los ojos—. ¿Te gustaría venir a pasar una semana conmigo?

—No creo que sea buena idea. Lizzie tiene el cole y también clases de baile —objetó Sebastián de inmediato.

—No te lo preguntaba a ti. Deja que responda la niña —le espetó, fulminándolo con la mirada—. ¿Y bien, Lizzie?

—Papá me prometió llevarme a patinar sobre hielo y a ver osos de verdad, así que no puedo —respondió Lizzie muy seria, sin levantar la vista de su plato.

—Todavía tendrás tiempo de sobra para eso. El abuelo también te echa de menos, y te hemos preparado una habitación nueva. Te va a encantar.

—No, abuela. La próxima vez. Los osos se van a dormir pronto porque va a hacer frío.

A la señora Caldwell no le gustó nada la respuesta de Lizzie. Apretó los labios hasta formar una línea fina y su mirada se endureció. La sonrisa se borró de su rostro y su voz perdió toda afabilidad.

—Todavía estás a tiempo de cambiar de opinión. Seguro que tu padre apoyará mi idea —le lanzó a Sebastián una mirada cortante.

—No tengo nada en contra de que Lizzie te visite. Pero solo si ella quiere.

Piper casi le creyó, pero justo en ese momento captó la burla en sus ojos y la satisfacción de haber conseguido molestar a la señora Caldwell.

Después de la cena, que transcurrió con la misma atmósfera tensa que su «encantador» té, todos se dispersaron a distintas habitaciones mientras Piper se quedó a lavar los platos.

Ya eran las nueve de la noche, hora de llamar a un taxi.

Nick se alegraría de que pudiera irse a casa.

En cierto modo, la llegada de la señora Caldwell incluso le convenía.

Lizzie no necesitaba niñera por el momento, y de todos modos no había sitio para Piper en el apartamento.

El sofá en el que había dormido ahora estaba a disposición de aquella mujer.

—Tenemos lavavajillas. No hace falta que lo laves todo a mano cada vez.

La voz a su espalda sobresaltó a Piper. Había estado tan absorta en sus pensamientos que no se había dado cuenta de que Sebastián había entrado en la cocina.

—No cuesta nada. Además, solo son unos cuantos platos.

Sintió su extraña mirada pensativa clavada en ella y volvió la atención al fregadero.

En realidad, sí había visto el lavavajillas, pero usar los electrodomésticos de otra persona sin permiso le parecía demasiado atrevido, y no había querido andar trasteando con los botones como si aquella fuera su casa.

—Perdona las molestias. La señora Caldwell siempre elige los peores momentos para hacer una visita —dijo él en voz baja, acercándose.

Piper no supo qué contestar, porque aquella disculpa era innecesaria. Él le pagaba precisamente por esas supuestas molestias, y le pagaba bien.

—He llevado tu bolsa a mi dormitorio. Parece que voy a tener que hacerte un hueco —su boca se curvó en una sonrisa fría, carente de humor.

—Pensaba irme a casa. No creo que mi presencia sea necesaria aquí —objetó ella con brusquedad.

—No, Piper. Te quedas. Vas a interpretar tu papel hasta el final —esta vez, su voz sonó dura y cargada de rabia.

Por un momento, Piper había conseguido olvidar que Sebastián no era en realidad el hombre dulce y educado que a veces aparentaba ser.

Aquel cambio brusco de humor la devolvió de golpe a la realidad y le recordó exactamente con quién estaba tratando.

Se había relajado demasiado rápido en su compañía.

—Solo es la abuela de Lizzie, no viene de Servicios Sociales —dijo Piper, insegura.

Todo su cuerpo se tensó cuando sintió el aliento de él en la nuca.

Estaba tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo a la espalda.

—¿Y si te dijera que las dos cosas están relacionadas? —preguntó él en voz baja, inclinándose hacia su oído.

El aliento de él le rozó la piel, tan cálido que la hizo estremecerse. Un escalofrío le recorrió la columna y el plato se le escapó de las manos, cayendo con estrépito en el fregadero.

—¿Cómo van a estar relacionadas? —preguntó, intentando disimular su confusión mientras cerraba el grifo con calma y se estiraba para alcanzar el armario de arriba y guardar los platos limpios.

—Adivínalo. Ya has visto que a la señora Caldwell no le caigo precisamente bien y estaría encantada si desapareciera sin más. O si la cagara a lo grande.

—No entiendo por qué haría eso. Eres el padre de Lizzie.

Piper se volvió para mirarlo y se encontró atrapada en la fría mirada de sus ojos entrecerrados.

Sebastián suspiró y dio un paso atrás, alejándose de ella. De pronto resultó más fácil respirar. Piper se apoyó en la encimera y lo miró, a la espera de una respuesta.

—Quizá para compensar lo que no pudo hacer. Para criar a Lizzie como cree que debería haber criado a Jenna —arqueó una ceja y apartó la mirada.

Piper percibió dolor y frustración en su voz. Todavía no había aceptado la muerte de su esposa. ¿Y cómo iba a olvidar alguien algo así? Y lo que era más importante: ¿cómo podía alguien soltar a la persona que amaba y sobrevivir a la pérdida?

—Si eso es verdad, quizá deberías hablar con ella y decirle que conoces sus planes.

Sebastián se limitó a resoplar y le lanzó una mirada que dejaba claro que no pensaba seguir con aquella conversación ni ahondar en sus problemas familiares.

—Ya sabes dónde está mi dormitorio. No tengas miedo. No muerdo.

Su boca volvió a curvarse, apenas, y con el moratón bajo el ojo y el corte en el labio, hasta aquella mínima sonrisa resultaba peligrosa. Piper decidió que la cocina le parecía mucho más segura que pasar la noche en su dormitorio.

No tenía ni idea de qué esperar de él, y eso era lo que más la asustaba.