Un marido inadecuado (Serie Votos rotos nº 4) CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

Desde el principio, la relación de Sebastián con la señora Caldwell nunca había sido buena.

Para ella, él no había sido digno de Jenna, y como esposa de un poderoso empresario, sin duda había imaginado un futuro diferente para su hija.

Un chico de barrio bajo, hijo de un delincuente convicto...

no era más que una mancha en su impecable historial social, así que la elección de su hija la había dejado en shock.

Detestaba abiertamente a su suegra, pero por el bien de Jenna, había intentado no demostrarlo.

Solo cuando Jenna no estaba presente se permitía responder a la señora Caldwell con comentarios cortantes.

Sabía perfectamente cómo ella manipulaba a Jenna cada día, poniéndola en su contra y presentándole supuestamente «por accidente» a prometedores solteros de familias adineradas e influyentes.

La mujer no había cejado en su empeño ni siquiera después de que él y Jenna anunciaran el embarazo.

Y ahora, cuatro años después de la muerte de su esposa, su relación con la señora Caldwell había llegado a un punto crítico.

La razón era simple: ella estaba intentando por todos los medios quitarle la custodia de Lizzie.

Por un lado, entendía a la mujer. Su nieta era lo único que le quedaba de su única hija.

Pero ella también tenía que entender algo: él era el padre de la niña.

Ella tenía dinero, conexiones y una mansión en Manhattan, pero no tenía ningún derecho sobre su propia sangre. No tenía derecho a dirigir su vida.

Sebastián entendía perfectamente que los padres de su esposa, con todas sus conexiones, podrían haberle quitado a Lizzie fácilmente.

La única razón por la que no había sucedido era su suegro; sorprendentemente, se llevaban bien, aunque la señora Caldwell hiciera todo lo posible por dejarlo en mal lugar.

—¿Cuánto tiempo te vas a quedar? —preguntó Sebastián, ignorando sus preguntas anteriores y apenas conteniendo la ira.

Por supuesto que tenía que aparecer ahora, o tal vez el momento era perfecto.

Los engranajes de su mente empezaron a girar.

Si la noticia de la investigación de Servicios Sociales había llegado a ella, había venido para liquidar sus derechos parentales antes de que la tinta del informe de la señora Grant se secara siquiera.

Aunque no le sorprendería descubrir que ella misma era quien había puesto a los de Protección de Menores tras él.

Tenía sentido. ¿Por qué si no la trabajadora social se esforzaría tanto en demostrar que no era apto?

Había miles de familias en el país viviendo mucho peor que ellos, pero habían abierto un caso contra él.

¿Y cómo había averiguado la señora Grant todo su historial en un solo día?

Si esas sospechas resultaban ser ciertas, Sebastián se aseguraría de que la señora Caldwell no volviera a ver a su nieta en la vida.

—Aún no lo he decidido, pero me quedaré contigo un tiempo. Quiero pasar todo el tiempo posible con mi nieta. Hola, mi pequeño rayo de sol.

Se agachó frente a Lizzie. A la niña no le gustaban las visitas de su abuela; siempre hacían que su padre se enfadara.

—¿Por qué no te buscas una habitación de hotel, como haces siempre? —preguntó Sebastián, sin molestarse en ocultar su antipatía—. No tenemos espacio, y francamente, el sofá es incómodo.

Le devolvió sus propias palabras.

—Lo haré en uno o dos días. Aquí fuera hace un frío que pela, y la niña va a coger frío. Vamos dentro.

La señora Caldwell lo ignoró y miró con interés a Piper, que permanecía inmóvil junto a ellos sin saber cómo comportarse ni quién era exactamente aquella mujer.

—Tienes un aspecto horrible —resopló la mujer con desdén una vez que entraron en el ascensor, donde la luz más intensa dejaba a la vista cada moretón del rostro de Sebastián.

—Y tú estás encantadora, como siempre —respondió él con acidez, pulsando el botón de su planta.

—Un hombre malo le pegó a papá —dijo Lizzie frunciendo el ceño.

—Maravilloso. Así que ahora también te peleas delante de la niña.

—Mi hija no estaba conmigo en ese momento. Volvía de hacer la compra anoche —dijo él fríamente, y Piper lo miró sorprendida.

Así que nadie sabía a qué se dedicaba Sebastián, y él prefería que siguiera siendo así.

—Sí, claro —dijo la señora Caldwell con un chasquido de lengua irritado—. ¿No piensas presentarme a tu... acompañante?

El ascensor seguía subiendo hacia su planta, y el silencio se alargó demasiado, tensando aún más el ambiente entre ellos.

—No creo que esa información te importe especialmente —respondió Sebastián con tono neutro, sin siquiera girar la cabeza hacia ella.

—En realidad, tengo todo el derecho a saber con quién pasa el tiempo mi nieta. Y por cierto, ¿pensabas decirme que te vas a casar?

Su voz también irritaba a Piper, no solo a Sebastián. La abuela de Lizzie no le resultaba nada agradable. Arrogante. Grosera. Pomposa. Piper se preguntó si la esposa de Sebastián habría sido igual, y de ser así, qué había visto él en ella para casarse.

—¿Casarme? —Sebastián por fin miró a su suegra, arqueando una ceja. Un destello de sorpresa le cruzó el rostro, pero se recompuso enseguida—. ¿Qué te hace pensar que tengo una mujer en mi vida, y de qué boda me hablas? Es muy extraño que parezcas saber más de mi vida personal que yo mismo.

La sospecha se encendió en sus ojos. Tal vez fuera una coincidencia, pero aun así...

—Yo... —Apartó la mirada, apretando los labios con disgusto—. Bueno, salta a la vista —dijo con suavidad, señalando a Piper con un gesto.

Sebastián se limitó a responder con un resoplido desconfiado.

—Me llamo Piper —intervino ella, intentando aliviar la tensión de algún modo.

Se sentía incómoda escuchándolos hablar de ella en tercera persona, como si ni siquiera estuviera presente.

—¿Y a qué te dedicas, Piper? —La señora Caldwell la examinó abiertamente, aunque era imposible saber si alguna vez había conocido la vergüenza. Lo más probable era que simplemente no hubiera considerado a Piper digna de su atención hasta ese momento.

—Eso no es asunto tuyo —intervino Sebastián, posando la mano en la cintura de Piper y atrayéndola ligeramente hacia él.

—Claro que lo es. ¿Y bien?

—¡Piper trabaja en la guardería! —intervino Lizzie, tendiendo los brazos hacia Piper—. Piper y yo dormimos en la misma habitación ahora, y me lee cuentos de hadas —anunció feliz.

La señora Caldwell miró a Sebastián con gesto interrogante.

—Tenía turnos de noche, así que Piper le hacía compañía a Lizzie —dijo, y ni siquiera había mentido. No del todo. Así era más o menos como habían sucedido las cosas.

Por fin, el ascensor se detuvo y las puertas se abrieron, dejando entrar aire fresco en aquel espacio reducido.

Solo entonces Sebastián se dio cuenta de lo tenso que había estado.

Una sensación desagradable se le había instalado en el pecho.

La señora Caldwell no había aparecido allí por casualidad, eso seguro.

Había sido un error bajar la guardia y subestimarla.

Si Servicios Sociales actuaba ahora siguiendo sus instrucciones, tendría que medir muy bien sus palabras y sus actos.

—Ponte cómoda —dijo Sebastián mientras entraba la maleta al apartamento—. Piper...

De repente se quedó callado, con la mirada yendo de Piper a su hija. No sabía qué hacer: dejar a Piper con su suegra mientras hablaba seriamente con Lizzie sobre lo que debía y no debía decir delante de la señora Caldwell, o hacerlo al revés.

Pero Piper pareció captar la situación por sí sola, porque de pronto dejó de comportarse como una invitada. Se quitó el abrigo, luego el de Lizzie, y los guardó en el armario.

—Prepararé té. Anoche tuve un rato libre y horneé una tarta de manzana. Parece que ha venido bien —sonrió, y en sus mejillas aparecieron unos hoyuelos adorables.

—Entonces Lizzie y yo nos lavaremos las manos, y la señora Caldwell puede instalarse en la habitación de Lizzie de momento —dijo asintiendo mientras tomaba a su hija de la mano.

La señora Caldwell seguía inmóvil junto a la puerta de entrada, sin prisa por pasar. Recorrió el espacio con la mirada, examinándolo todo con ojo crítico, intentando detectar si algo había cambiado desde su última visita. Pero no, todo estaba exactamente igual que cuando su hija aún vivía.

Su mirada se detuvo en las zapatillas rosas de Piper, en un rincón. Sebastián casi podía ver cómo llegaba a una conclusión: lo que hubiera entre él y aquella joven estaba lejos de ser una simple amistad.

Sebastián sabía que aquella visita probablemente no acabaría bien, pero aun así confiaba en que la señora Caldwell por fin se hubiera calmado y hubiera aceptado que las decisiones importantes sobre la crianza de Lizzie le correspondían a él, no a ella.

De todos modos, por si acaso, decidió respaldar la historia que le había contado a la trabajadora social. Un pequeño seguro, por así decirlo.

—¿Recuerdas cómo tienes que portarte mientras la abuela esté aquí? —le preguntó a Lizzie mientras abría el grifo.

Aquel día estaba más nervioso de lo habitual.

Todo se le había venido encima de golpe: la trabajadora social, Piper, su suegra.

No le gustaba mentir y rara vez lo hacía, porque tarde o temprano la verdad siempre salía a la luz y le golpeaba con el doble de fuerza.

Pero no tenía elección. Si quería conservar a su hija, tendría que salir de aquello como fuera.

—O sea, ¿hablar de cosas aburridas y no mencionar al hombre que te pegó? —preguntó la niña con expresión seria y cómplice.

—Bueno, esta vez no podemos hacer como si el hombre no existiera —dijo Sebastián con una mueca al ver su reflejo en el espejo—. Pero no le cuentes ningún secreto a la abuela.

—Vale, papi. Me acuerdo. Hablar con ella de dibujos, animales y amigos. Ni una palabra del kárate.

—Eso es. Si no, tu abuela te mandará a un internado de esos elegantes y acabarás dando clases de baile de salón.

Sebastián soltó una risa breve, aunque no era broma. La señora Caldwell le había enviado una lista entera de colegios para que los aprobara. En su opinión, eran el lugar perfecto para que Lizzie recibiera una educación como Dios manda.

Puede que esos sitios ofrecieran buena educación, pero el amor de un padre importaba más. Sebastián no podía imaginarse a Lizzie tan lejos de él durante tanto tiempo.

—No quiero clases de baile, papi. Quiero kárate —protestó la niña.

—Y una cosa más, cariño —dijo, dudando. No sabía cómo decírselo con tacto—.

Mientras la abuela esté aquí, tenemos que decir que Piper es mi prometida.

Así que no te extrañes, sígueme el juego, ¿vale?

Y ni una palabra de que no fui a recogerte a la guardería, ni de esa señora rara que fue en mi lugar. ¿Trato hecho?

—Claro, papi, pero...

Lizzie se quedó callada de pronto, mirándolo con incertidumbre y tristeza.

—¿Qué pasa, diablilla? —Le alisó los rizos y le dio un beso en la mejilla.

—Si Piper es tu prometida de verdad, puedes decírmelo. Lo entenderé. No tienes que mentirme. A todos los demás les dices que tienes prometida, pero a mí me dices que no es de verdad. ¿Existen las prometidas de mentira?

Las palabras de Lizzie le hicieron gracia. A veces se le ocurrían cosas en las que él jamás habría pensado. Era una niña muy perspicaz, demasiado lista para su edad. O quizá él era como cualquier otro padre y creía que su hija era especial.

—Diablilla, confía en mí, yo a ti nunca te miento. Piper no es mi prometida, pero necesitamos que esa mujer de ahí fuera crea que sí lo es.

—Qué pena. Me gustaría que Piper fuera tu prometida. Podríais casaros y ella sería mi mami.

—Ya tienes una mami.

—Quiero una mami de verdad —dijo Lizzie en voz baja.

Las palabras le cayeron como un mazazo. Ahí estaba otra vez: el vacío en su hogar que él nunca podría llenar, por muchos cuentos que le leyera antes de dormir o por muchas clases de kárate que le dejara dar.

Lizzie sacaba el tema a menudo, aunque Sebastián le había explicado que cada persona solo tenía una madre.

Pero la niña deseaba tanto ser como los demás niños, aprender un poema del Día de la Madre en la guardería y poder dibujar a alguien más aparte de ella y su padre en la clase de plástica, que no dejaba de pedirle que le encontrara una segunda mamá.

—Venga, vamos. El té ya se habrá enfriado y Piper nos está esperando —dijo Sebastián, que prefirió no seguir con la conversación.

Por primera vez, se preguntó si no debería haber buscado a alguien hacía ya tiempo, una mujer que pudiera ser una figura materna para su hija. Porque al fin y al cabo, Lizzie era una niña, y por mucho que él se esforzara, le faltaba el amor de una madre.

Pero Jenna seguía presente en todas partes: en las fotografías de la pared, en la sonrisa de Lizzie, en esos rincones silenciosos que Sebastián no dejaba que nadie tocara. El amor que habían compartido le había impedido imaginar a otra mujer en la vida de Lizzie, y mucho menos en su casa.