Un marido inadecuado (Serie Votos rotos nº 4) CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

—¿Por qué no estás durmiendo? —preguntó Sebastián con voz cansada mientras intentaba quitarse la chaqueta. Se movía despacio, como si cada movimiento le doliera.

—Tenemos que limpiar esos cortes. ¿Tienes un botiquín?

Piper observó su rostro con preocupación. La sangre le corría por la sien, y aquello la asustó.

—Vete a la cama, Piper. Puedo arreglármelas solo —dijo Sebastián, ignorándola mientras pasaba junto a ella.

Ella apretó los labios y se giró, observando su espalda.

Cojeaba un poco, pero su ropa parecía limpia, lo que significaba que nadie lo había atacado.

Recordó lo que había dicho sobre las peleas sin reglas, y el corazón se le encogió.

Por alguna razón, nunca había pensado realmente en las consecuencias de su «trabajo», pero ahora que las estaba viendo con sus propios ojos, la inquietud se apoderó de ella.

Sebastián cerró la puerta del baño tras de sí, mientras Piper permanecía descalza sobre las baldosas frías, incapaz de moverse.

Se le puso la piel de gallina. Se abrazó el cuerpo y miró con impotencia la franja de luz que salía por debajo de la puerta, escuchando el sonido del agua.

Luego se dio la vuelta y regresó a la habitación de Lizzie.

Realmente no era un niño pequeño. Podía arreglárselas solo, y ella estaba siendo estúpida preocupándose así.

La lamparita de noche proyectaba un resplandor tenue sobre la cama de Lizzie. Piper le ajustó la manta, cogió la colcha del sillón, se cubrió con ella, cerró los ojos e intentó dormirse.

Pero no pudo.

Sus pensamientos seguían volviendo a Sebastián: su apartamento, la mañana que se avecinaba, un hombre casi desconocido a solo unos metros de distancia.

Piper escuchaba los sonidos del apartamento.

Captó los pasos silenciosos de Sebastián, luego el clic de un interruptor.

Parecía que había ido a la cocina. Un momento después, oyó claramente un crujido y un gemido grave.

La curiosidad pudo más que ella.

Se puso la bata y fue sigilosamente hacia la cocina.

Se detuvo vacilante en el umbral, apoyando la palma contra la pared.

Ver al hombre medio desnudo, con el agua aún goteándole del pelo, hizo que se le encendieran las mejillas.

Quiso huir, pero era demasiado tarde para retirarse.

Sebastián la había visto. Dejó a un lado el pequeño frasco de antiséptico y clavó los ojos en ella.

Su mirada la recorrió, curiosa y demasiado intensa, y Piper se sintió incómoda.

Quería cubrirse, aunque la bata lo tapaba todo.

—Bueno, ayúdame ya que estás aquí —dijo con sorna, mientras se presionaba una bolsa de hielo contra el ojo hinchado, la mandíbula tensa por el dolor.

—Sí. Por supuesto.

Piper se obligó a cruzar la cocina, maldiciendo su propia curiosidad. Debería haberse quedado en la cama y haber evitado quedarse a solas con Sebastián. Había tenido la intención de mantener las distancias. Era impredecible, y ahora, el mismísimo primer día, había roto su propia regla.

Cogió un disco de algodón de la mesa, lo humedeció con antiséptico y lo acercó al corte en el labio del hombre.

Le temblaba la mano, se le entrecortó la respiración, y el aroma de él le llenó los pulmones.

Intentó no mirar su torso desnudo, ni los músculos duros y marcados de su abdomen, ni el cardenal oscuro que se extendía por las costillas, así que se concentró por completo en la herida.

Sentía su mirada clavada en ella, y por eso sus movimientos se volvieron nerviosos e inseguros. La cocina parecía encogerse a su alrededor hasta que solo quedó la respiración de ambos y el latido frenético de su corazón.

—Te cortaste el pelo.

Piper se sobresaltó al oír su voz grave y áspera. Sebastián atrapó un mechón del cabello de ella y lo dejó deslizarse entre los dedos.

—Sí. Quería un cambio —mintió, dándose cuenta con una punzada sorda de que la única persona que se había dado cuenta era prácticamente un desconocido.

—Te queda bien —murmuró, y le colocó el mechón detrás de la oreja.

El gesto fue tan íntimo que se le puso la piel de gallina y le flaquearon las rodillas.

La mirada de él se deslizó hacia el encaje del escote, luego más abajo, hacia la piel que la bata había dejado expuesta.

Algo oscuro y depredador brilló en sus ojos.

El aire entre ellos pareció tensarse, y para romper el hechizo de aquella mirada, Piper se alejó y fue al cubo de basura a tirar el disco de algodón.

Tenía un millón de preguntas para él, pero no se atrevía a hacer ni una sola.

No esta noche.

Aun así, no pudo evitarlo. Con el rabillo del ojo, echó un vistazo al hombre sentado en la silla. Realmente tenía un cuerpo precioso. Brazos musculosos, hombros anchos, postura erguida. Y sus tatuajes lo hacían parecer peligroso y prohibido.

—Buenas noches —dijo Piper, decidiendo escapar después de todo, porque sus pensamientos habían ido a donde no deberían haber ido en absoluto.

Sintió la mirada de él en la espalda. Le quemaba en la piel. Bueno, se había asegurado de que Sebastián estuviera bien, y ahora podía irse a dormir con la conciencia tranquila.

Si es que podía dormir.

Por la mañana, no entendió de inmediato dónde estaba, y cuando los recuerdos de la noche anterior acudieron a su mente, las mejillas le ardieron de vergüenza.

Eran solo las seis, pero Piper estaba acostumbrada a despertarse temprano porque el trayecto de casa al trabajo le llevaba casi una hora con el tráfico.

Se levantó en silencio del sofá y miró a Lizzie dormida.

Luego sacó sus cosas de la bolsa, se puso la bata sobre el camisón y se deslizó hacia el pasillo.

El apartamento estaba en silencio, y se alegró de poder arreglarse sin que nadie la viera. Se dirigió hacia el baño, abrió la puerta y se quedó paralizada en el umbral.

—Oh, lo siento mucho —exclamó, poniéndose roja hasta los dedos de los pies al asimilar lo que tenía delante: Sebastián de pie junto al lavabo con nada más que una toalla enrollada a la altura de las caderas.

Los músculos definidos de su cuerpo le atrajeron la mirada. Gotas de agua se deslizaban por su piel bronceada, y por un segundo, no pudo apartar la vista.

Piper cerró la puerta rápidamente y apretó los ojos.

Se presionó las palmas contra las mejillas ardientes, intentando calmar los latidos acelerados del corazón.

En su mente, aún podía ver la mirada divertida del hombre y su ceja arqueada con gesto interrogante.

Él no parecía avergonzado en absoluto. Si acaso, parecía divertido.

Porque en el apartamento de Sebastián no tenía privacidad alguna, y la necesitaba desesperadamente. Ni siquiera podía ducharse en paz por la mañana.

Mientras Piper permanecía allí confundida con la ropa en las manos, Sebastián salió al pasillo sin inmutarse lo más mínimo.

—Buenos días —dijo con una sonrisa burlona, y ella alzó la mirada hacia él.

Tenía un aspecto terrible, el rostro hinchado y sangre seca incrustada sobre el labio. A Piper se le hizo un nudo en la garganta y solo pudo asentir.

—Bonito camisón.

Ella siguió su mirada y se ciñó más la bata. El borde de encaje negro apenas le ocultaba los pechos.

—¿Cuánto se tarda en llegar a la guardería? Quiero saber a qué hora tenemos que salir —preguntó Piper tras aclararse la garganta, sin querer que él pensara que la ponía nerviosa.

—Irás en taxi. Quince minutos.

—De acuerdo, gracias. Entonces despertaré a Lizzie dentro de una hora.

Piper se apresuró a entrar en el baño, cerró la puerta y se apoyó contra ella.

Menos mal que al menos llevaba una toalla puesta, porque si no, aquello sí que habría sido incómodo.

Vivir bajo el mismo techo que un desconocido era mucho más difícil de lo que había imaginado.

Debería haber traído un pijama, pero los suyos estaban viejos y gastados, así que había optado por un camisón de seda.

Eso había sido un error.

Sebastián no era el tipo de hombre al que debería querer impresionar.

Una vez que Lizzie se despertó, la mañana pasó volando.

Varias veces durante el desayuno, las miradas de Piper y Sebastián se cruzaron, y la forma en que él la miraba le impedía pensar con claridad.

Para dejar de pensar en el cuerpo perfecto de aquel hombre, sacó el móvil y escribió un mensaje a Nick.

El día anterior, con los nervios y el caos, se había olvidado por completo de llamarlo.

—Quería hablar contigo —la voz de Sebastián la sacó de sus pensamientos, y solo entonces se dio cuenta de que Lizzie ya no estaba en la mesa.

—¿Eh? —Piper parpadeó varias veces mientras lo miraba.

Sebastián parecía serio, lo que la asustó. ¿Habría cambiado de opinión?

—Si hoy tienes una hora libre a mediodía, puedo recogerte y llevamos parte del dinero al banco. Para que veas que cumplo mi palabra.

—¿Tan pronto? —preguntó Piper sorprendida.

Al fin y al cabo, solo había pasado un día.

—¿Para qué esperar? ¿O has cambiado de opinión y prefieres perder el apartamento? —preguntó él, mirándola fijamente.

Sebastián se llevó la taza de café a los labios e hizo una mueca cuando la bebida caliente le quemó el labio partido.

—No, no, claro que no. Muchas gracias. Ni siquiera sé cómo agradecértelo.

Una sonrisa asomó al rostro de Piper antes de que pudiera evitarlo, y por primera vez en días sintió un destello de esperanza ante la idea de que quizás lograría resolver todos sus problemas.

—Bueno, se me ocurren algunas opciones, pero seguro que no te van a gustar, ya que estás prácticamente casada —dijo él con sorna, y la sonrisa de Piper se desvaneció al instante.

Se había olvidado por completo de con quién estaba tratando. Sebastián era un bruto insoportable y, por lo visto, su buen humor nunca duraba.

—Me voy —dijo Piper, y se levantó de la silla mientras el apetito se le esfumaba.

Apenas se había relajado, apenas había empezado a ver algo bueno en él, cuando ya la había hecho bajar de las nubes.