CAPÍTULO 8 #2
La verdad era que Sebastián no se había tomado en serio a Valerie Grant cuando dijo que abrirían un expediente de seguimiento sobre él como «familia problemática».
No hasta esa mañana, al menos. Ahora iba y venía nervioso por el pasillo, tratando de averiguar qué hacer.
Los problemas se acumulaban. Estaba Russell exigiéndole que aceptara tres combates en una semana para cubrir las pérdidas de la redada.
No había niñera, nadie que cuidara de Lizzie, que limpiara y cocinara para ellos.
Y ahora Sebastián se estaba hundiendo bajo el peso de la paternidad en solitario.
Si no resolvía estos problemas en los próximos días, iba a volverse loco.
El timbre lo arrancó de sus sombríos pensamientos y lo puso en tensión, porque después de la visita de la trabajadora social, no esperaba nada bueno de quien fuera que apareciera en su puerta.
Sebastián miró la cámara del timbre e hizo una mueca. Era su pegajosa vecina con otro pastel, estirándose el escote ya de por sí demasiado revelador de su blusa.
Estuvo a punto de no abrir. Pero entonces se le ocurrió que, si ella se estaba esforzando tanto por conquistarlo, bien podía hacer algo útil en lugar de ir corriendo a la pastelería de la esquina a comprar esos horribles pasteles y tartas grasientos.
Acababan en la basura en cuanto ella se marchaba.
—Nina. Qué agradable sorpresa —dijo, abriéndole la puerta con una sonrisa.
—Hola. Estaba, ya sabes, experimentando otra vez con nuevas recetas de glaseado. Os he traído un poco para que lo probéis tú y tu hija.
Sin esperar invitación, entró en el apartamento y se dirigió a la cocina como si fuera la dueña del lugar. Dejó el plato sobre la mesa, se volvió hacia Sebastián y le dedicó una sonrisa encantadora.
—Gracias, Nina.
Un breve silencio cayó entre ellos mientras Sebastián luchaba contra dos impulsos contradictorios: pedirle a Nina que hiciera de su prometida o morderse la lengua, porque una vez que empezara por ese camino, nunca se libraría de ella.
—Me estás mirando de esa manera —dijo ella sin aliento—. ¿Tengo algo en la cara? ¿Me he manchado de harina? —se inquietó, llevándose una mano a la mejilla.
—No, no, estás bien. Solo quería pedirte un favor —dijo, carraspeando y armándose de valor.
—Oh, Sebastián, sabes que siempre estoy encantada de ayudarte.
Nina se separó de la encimera y dio varios pasos hacia él. Su empalagoso perfume había impregnado cada rincón de la cocina. Lo miró a los ojos y se pasó la lengua por el labio inferior.
—¿Podrías recoger a Lizzie de la guardería mañana y quedarte con ella hasta la noche?
Tengo que trabajar y no tengo a nadie más a quien pedírselo —dijo, soltando algo completamente distinto de lo que había planeado, porque de repente comprendió que no aguantaría ni una hora en compañía de esa mujer.
A Sebastián le gustaban las mujeres. Y tenía mujeres en su vida.
Estaba Stella, la azafata rubia que aparecía una vez al mes siempre que conseguía escaparse de sus interminables vuelos y volver a casa.
Estaba Verónica, una antigua compañera de clase que a veces pasaba por su ciudad natal en viajes de negocios.
Y estaba Leslie, la enfermera que había conocido una noche después de que lo dejaran medio muerto en una pelea.
Pero Nina no tenía lugar en esa lista. Era demasiado astuta, demasiado insistente, y claramente quería mucho más que unas cuantas buenas noches juntos.
—Sí, por supuesto —dijo, aunque con un deje de incertidumbre; era evidente que había esperado otra cosa.
—Si tenías otros planes o no quieres, solo dilo. No pasa nada. Lo entenderé.
—No, no, no, ¿de qué hablas, Sebastián? Claro que te ayudaré. Además, me encantan los niños. Mi hermana tiene tres.
La sonrisa de Nina le pareció falsa, y sus ojos revolotearon inquietos, con la decepción pintada en el rostro.
—Bueno, pues nos vemos el lunes —dijo Sebastián, ladeando la cabeza mientras retrocedía y le dejaba paso.
Nina vaciló, esperando una invitación a tomar té o café, porque no había cargado con ese pastel hasta allí para nada. Cuando se dio cuenta de que Sebastián no tenía intención de seguir con la conversación, suspiró.
—Sí, claro. Mándame la dirección de la guardería por mensaje.
Sebastián cerró la puerta tras Nina, con la esperanza de que nadie más apareciera ese día, y se dirigió a la habitación de Lizzie, que se había quedado callada.
Encontró a su hija en el suelo, con un conejito de peluche apretado contra el pecho, el que Jenna le había comprado poco antes de morir. Lizzie contemplaba la fotografía de su madre, y en ese momento parecía más frágil que nunca.
—¿Cómo estás? —Sebastián hizo la pregunta más corriente del mundo.
Lizzie suspiró, volvió la cabeza hacia él, parpadeó varias veces y por fin reunió el valor para preguntar lo que la tenía preocupada.
—¿De verdad tienes una prometida?
—Ay, diablilla, venga. ¿De verdad crees que no te contaría algo así? Además, no necesito a nadie más que a ti.
Sebastián cogió a su hija en brazos y la estrechó con fuerza. Le besó la coronilla rubia y se sentó en el sillón con ella en el regazo.
—Entonces, ¿por qué lo dijo esa señora? —insistió Lizzie.
—Porque le mentí.
—Dijiste que mentir está mal.
—A veces se puede. Sobre todo a esa señora. Venga, arriba ese ánimo. Nos vamos al zoo.
—¿De verdad? —Lizzie dio palmadas de alegría, olvidando al instante tanto la supuesta prometida de su padre como la extraña mujer que había visitado su casa ese día.
—Claro. Pero primero recoge todos tus juguetes.
Durante todo el fin de semana, Sebastián no pudo quitarse la situación de la cabeza. Decidió que, si todo lo demás fallaba, llamaría a su enfermera, porque seguro que ella no lo rechazaría. También revisó currículums de niñeras, descartando a una chica tras otra.
Cuando aparcó el todoterreno frente a la guardería el lunes, Sebastián estaba a punto de llamar a su antigua niñera y suplicarle que volviera.
Cogió la mano de su hija y la guio hacia el edificio de dos plantas, sin apenas fijarse en nada a su alrededor.
Russell no lo dejaba en paz. ¿Lo dejarían siquiera marcharse si decidía dejarlo?
La verdad era que estaba furioso con Russell por no haberlo sacado de esa celda, por haberlo dejado allí sin más.
Apretó la mandíbula mientras la ira le hervía de nuevo en las venas. Quizá debería irse con la competencia de Avery. Le habían prometido un buen dinero, y solo la prima de fichaje ya merecería la pena. Mientras pensaba qué hacer, su mirada se posó en Piper.
Piper sonreía mientras les contaba algo a los niños, pero su sonrisa parecía triste. Falsa. Sebastián recordó cómo le había gritado, cegado por la rabia, y sintió algo de vergüenza. Era evidente que ella le tenía miedo. Bastaba con recordar cómo lo había mirado después.
Ya estaba pensando en acercarse a ella, pero cambió de opinión. No era nadie para él. Además, había tenido parte de culpa en que Servicios de Protección Infantil le cayera encima, así que no pensaba disculparse.
Pero Lizzie la adoraba. Había parloteado sobre su profesora todo el fin de semana, y en cuanto entró en el aula, corrió hacia Piper.
Durante un rato, Sebastián observó a Piper a través de la puerta entreabierta, y de pronto se le ocurrió que no le importaría tener una niñera así.
Hasta ese vestido sencillo y anticuado le parecía apropiado para el puesto.
Se marchó con esos pensamientos, dejando a su hija al cuidado de Piper, sin saber aún que, al caer la tarde, otro plan tomaría forma.