Un marido inadecuado (Serie Votos rotos nº 4) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

—¡Papá, ha venido alguien! ¿Tenemos visita? ¿Has invitado a Nikki para que juguemos juntas?

—No, diablilla, no he invitado a nadie —dijo Sebastián con un murmullo distraído, mientras se secaba las manos con un paño antes de dejarlo a un lado. Maravilloso. A esto había llegado: a hacer de cocinero en su propia cocina.

La sonrisa desapareció del rostro de Lizzie.

Frunció el ceño y miró a su padre con los ojos heridos.

Quedarse sola en el apartamento los fines de semana era aburrido.

Al menos en el preescolar había alguien con quien jugar, pero aquí solo había dibujos animados y juguetes.

Últimamente su padre había estado muy ocupado con cosas importantes, y Lizzie no entendía por qué no podían ir juntos a algún sitio.

El timbre volvió a sonar por todo el apartamento, obligando a Sebastián a darse prisa. Se dirigió a la puerta principal y su hija lo siguió pisándole los talones, todavía con la esperanza de que la visita fuera para ella.

Sebastián supuso que probablemente sería su molesta vecina, que venía con otra tarta comprada en la panadería de la esquina y que intentaba hacer pasar por su propia obra maestra culinaria.

Que no lo era. Miró la imagen en la pantalla del videoportero y se rascó la barbilla, sin entender quién demonios se había presentado en su puerta.

—Si vienes a encasquetarme panfletos, déjalos en el buzón. Mejor aún, llévatelos —dijo por el interfono, y la mujer al otro lado se quedó paralizada.

—No, no vengo a...

La desconocida, pelirroja y regordeta, miró a su alrededor confundida y luego volvió la vista hacia la puerta.

—Ya he pagado los recibos, las cuotas de la comunidad también, y si eres repartidora, no espero ningún paquete. Así que buen día —dijo con voz firme y fría, deseando quitarse de encima a la visitante no deseada cuanto antes.

—¿Sebastián Rivas? —dijo la mujer, esta vez más alto y con más aplomo, ya recuperada de su breve confusión.

—Supongamos que sí.

—Soy de Servicios de Protección Infantil. Me han asignado su caso y vengo a comprobar las condiciones de vida de su hija.

—Maldita sea —murmuró Sebastián entre dientes. La arpía no iba de farol. De verdad había mandado a una trabajadora social a su puerta.

Respiró hondo varias veces para calmarse. Ser grosero con esta mujer era lo último que necesitaba en ese momento.

—¿Sigue ahí? —preguntó ella mientras rebuscaba en el bolso.

—Sí. ¿Podría enseñarme su identificación o algún documento? No puedo fiarme de su palabra y dejarla entrar en una casa donde hay una niña pequeña.

Esperaba que no tuviera nada que enseñarle, pero la pelirroja venía preparada.

—Lo traigo todo, no se preocupe. Ahora abra la puerta, por favor. Si no coopera, tendré que solicitar una orden judicial.

Sebastián puso los ojos en blanco y alargó la mano hacia la cerradura.

—¿Es una señora mala? ¿Y si no la dejamos entrar? —Lizzie alzó la vista hacia él con los ojos asustados.

Sebastián se detuvo, paralizado un instante por el miedo que vio en los ojos de su hija, y comprendió que si alguien se la llevaba, su vida acabaría en ese mismo momento. Era lo único que le quedaba, la única razón por la que seguía luchando en lugar de hundirse del todo.

—No es una señora mala, pero tienes que portarte bien mientras esté aquí. Ha venido a comprobar si soy un buen papá, así que nada de rabietas ni de gritos, ¿de acuerdo? Sonríe y no hables demasiado, ¿vale?

—Ajá —asintió Lizzie mientras se alisaba el largo pelo rubio.

Sebastián negó con la cabeza. Sabía que su hija acabaría soltando algo de todos modos. Era demasiado parlanchina.

Abrió la puerta y se encontró a la mujer plantada delante. Apenas le llegaba al pecho, regordeta y mofletuda, con unas gafas redondas que le daban un aire gracioso. Al menos no tenía cara de arpía. Quizás con esta se pudiera razonar.

—Buenas tardes —dijo Sebastián con frialdad, y apoyó una mano en el marco de la puerta para bloquearle la vista del apartamento.

—Aquí tiene. —La mujer le tendió la identificación.

Sebastián la cogió y fingió estudiarla con detenimiento. Comparó la foto con el rostro de Angelica Romano y esbozó una sonrisa irónica. Por alguna razón, el nombre no le pegaba nada.

—Bueno, pase. Debo admitir que su visita me ha pillado por sorpresa. Pensaba que la señora Grant y yo habíamos resuelto ese pequeño malentendido.

Sebastián intentó mostrarse educado y acogedor, e incluso se forzó a sonreír, pero no sirvió de nada. Un hombre enorme, corpulento como un armario, con tatuajes repartidos por todo el cuerpo, sin duda intimidaba a aquella mujer conservadora.

—Y esta debe de ser la pequeña Lizzie. Hola, cielo.

Se agachó hacia la hija de Sebastián con una amplia sonrisa, aunque sin dejar de mirarlo a él por el rabillo del ojo.

—Hola.

Lizzie tenía cara de pocos amigos. Miraba a la pelirroja con desconfianza, con una expresión fría y nada acogedora. Sebastián arqueó una ceja a espaldas de la mujer para recordarle a su hija lo que habían hablado, pero Lizzie no le hizo ni caso.

—¿Y dónde está tu habitación, Lizzie? ¿Me la enseñas?

A Sebastián le pareció que la voz de Angelica sonaba demasiado falsa y empalagosa, y desde luego quería a esa mujer fuera de su casa cuanto antes.

Lizzie se quedó callada, sopesó sus opciones y luego dijo:

—No.

Firme y rotunda.

—¿Qué? ¿Por qué no?

—Papá no me deja hablar con desconocidos ni invitarlos a mi habitación, y tú eres una desconocida —dijo en tono serio, sin apartar la mirada de Angelica Romano, desafiante.

—Bueno... entonces vamos a conocernos. Soy Angelica. Vendré de vez en cuando a ver cómo estás y a asegurarme de que nadie te hace daño. —Miró a Lizzie expectante y le tendió la mano.

—Siempre estoy bien, así que no hace falta que vengas a comprobarlo —dijo la niña con tanta seriedad y sin la menor vacilación que Sebastián casi sonrió.

—Permítame enseñarle la casa. No tiene mucho tiempo, ¿verdad? —dijo Sebastián con un suspiro—. Esa es la cocina.

Abrió la puerta blanca y señaló el interior.

—Ese es mi dormitorio, ese es el cuarto de Lizzie y ese es el baño. Esto —añadió, haciendo un gesto a su alrededor— es el pasillo. Eso es todo. Como puede ver, Lizzie está vestida, alimentada y supervisada. ¿Es suficiente para que dejen de venir? —preguntó con énfasis.

—Aun así me gustaría ver la habitación de la niña y hablar un poco con ella —insistió Angelica.

Sebastián suspiró. Deshacerse de esta mujer no iba a ser fácil. No necesitaba a nadie husmeando en su casa. ¿Y si aparecía al día siguiente de una pelea y lo encontraba cubierto de moratones? ¿Presentaría una denuncia? ¿Diría que era un mal padre?

—Bueno, faltaría más —dijo con sarcasmo, invitando a la mujer a pasar a la habitación de Lizzie.

Seguro que después de esto los dejaría en paz.

Ella echó un vistazo a su alrededor y sacó su pequeña libreta. Sebastián se apoyó en el marco de la puerta, observando a la trabajadora social con aire divertido.

La habitación de Lizzie lo tenía todo: una cama rosa con dosel, una mesa para manualidades, estanterías repletas de juguetes, un enorme armario lleno de vestidos bonitos y zapatitos, incluso un tocador infantil con espejo e innumerables gomas y pinzas para el pelo ordenadas en cajitas.

Sebastián estaba seguro de que poca gente en el radar de los servicios sociales podía darle tanto a su hija.

—Por cierto, ¿esta es su prometida? ¿Dónde está?

El rostro de Sebastián se endureció cuando Angelica se detuvo junto a las fotografías de su esposa que colgaban de la pared.

—Esa es mi mami. Está en el cielo y me cuida desde allí —dijo Lizzie en voz baja, casi en un susurro, mientras el viejo dolor resurgía en el pecho de Sebastián.

—¿Tiene fotografías de una persona fallecida colgadas en la habitación de una niña?

—preguntó la mujer escandalizada, como si Sebastián hubiera hecho algo impensable en lugar de elegir las mejores fotos de la mujer que había amado y de la madre de su hija, para que Lizzie no se sintiera abandonada, al menos no de esa manera.

—¿Tiene algún problema con eso? —preguntó Sebastián bruscamente—. Es la madre de Lizzie, y mi hija tiene derecho a saber qué aspecto tenía.

—Pero eso es…

—Eso no es asunto suyo —espetó, olvidando que apenas cinco minutos antes le había pedido a su hija que se portara bien con la señora «mala».

—Ya veo —Angelica se ajustó las gafas y garabateó algo en su libreta—. ¿Y dónde está su prometida? La señora Grant me facilitó la información que había reunido sobre usted. También tengo que hablar con ella.

—¿Prometida? —los ojos de Lizzie se abrieron de par en par.

—Ella… —Sebastián carraspeó—. Ha ido a visitar a su familia. Todavía no sabemos cuánto tiempo estará fuera, así que puede que no lleguen a coincidir.

—No, eso no me vale. Espero que esté aquí la próxima vez. Y, por cierto, ¿cuándo es la boda?

—¿Boda? —musitó Lizzie, mirando fijamente a su padre mientras parpadeaba, sus largas pestañas aleteando.

—Señora Romano, ¿podría hablar con usted un momento?

—Sebastián apretó la mandíbula, furioso con la mujer, y la tomó del codo para sacarla de la habitación—.

¿Podría no hablar de eso delante de mi hija?

Aún no se lo hemos contado. Le cuesta coger confianza con la gente, y apenas acaba de acostumbrarse a que haya una mujer en mi vida.

Y ahora va usted y le suelta lo de mi boda.

Una trabajadora social no debería dar noticias así a una niña.

—Suélteme y baje la voz, señor Rivas —dijo la mujer, zafándose de su agarre—.

Le pido disculpas por lo que dije. No lo sabía —resopló, y Sebastián captó un destello de culpa en sus ojos—.

Pero aun así me gustaría verla la próxima vez, solo para asegurarme de que no es un producto de su imaginación. Que tenga un buen día.

—Igualmente.

Sebastián observó a la trabajadora social marcharse, preocupado, consciente de que él mismo se había buscado este problema. ¿De dónde iba a sacar una prometida ahora? Necesitaba encontrar una buena niñera, y ahora tenía esto encima de todo lo demás.