CAPÍTULO 5
Valerie Grant le había caído mal desde el primer momento.
Era una mujer borde de más de cuarenta, sin alianza en el dedo. Su ropa y su móvil parecían demasiado caros para un sueldo del condado.
—Estaría encantada de devolverle a su hija, pero se ha presentado una denuncia contra usted, así que debemos investigarlo todo a fondo antes de tomar una decisión.
Su sonrisa distaba mucho de ser sincera. Sus palabras lo indignaron, y el tono empalagoso que usaba con Sebastián le daba ganas de vomitar.
—Mi hija no es mercancía que se devuelve —dijo con frialdad—. Déjese de teatro y tráigamela, o demandaré a este lugar por retener a mi hija ilegalmente. Soy su padre y el único que decide dónde debe estar.
—Por ahora, sí, usted es su padre —dijo la bruja con una sonrisa condescendiente, tomándose su tiempo con parsimonia mientras se apartaba del escritorio y sacaba varios papeles del cajón superior.
—He investigado un poco sus antecedentes.
Lo miró, triunfante.
—Está desempleado. En los últimos seis meses ha tenido tres encontronazos con la policía. El más reciente fue… mmm… hace tres días. Supongo que por eso no recogió a su hija de la guardería, ¿no? El personal dice que suele llegar tarde a buscarla y que a veces ni aparece.
—Eso es una mierda —gruñó Sebastián—. Mi hija tiene todo lo que necesita, y ustedes han montado este maldito circo por una denuncia anónima sin fundamento.
—También contacté con un amigo de las fuerzas del orden, y me contó una historia muy interesante sobre cómo lo detuvieron por participar en peleas clandestinas —dijo, exhibiendo una sonrisa de dientes blancos y perfectos.
—No tengo ni idea de qué me habla.
Sebastián intentó parecer impasible, pero la rabia que sentía era tan feroz que tuvo que apretar los puños para no soltar algo de más.
—Hablo de que una niña necesita un hogar normal y estable, no un padre que se pasa las noches moliendo a golpes a la gente. ¿Qué ejemplo le está dando?
—Tenemos un hogar normal y estable —dijo Sebastián con énfasis, inclinándose hacia ella por encima del escritorio, porque lo último que necesitaba era que alguien le diera lecciones sobre cómo criar a su hija.
—Usted es un padre soltero desempleado que se gana la vida con peleas clandestinas. Llega tarde a recoger a su hija de la guardería, y a veces ni aparece. Viene de una familia de inmigrantes, y su padre cumplió condena por robo. ¿Me dejo algo?
Sebastián apretó los puños.
Era imposible que hubiera averiguado tanto sobre él por su cuenta y tan rápido. Alguien la había ayudado, sin duda, y tenía una idea bastante clara de quién.
Sí, venía de una familia de inmigrantes argentinos.
Se habían mudado a Estados Unidos cuando él tenía diez años.
Su madre había sido médica en Argentina, pero en Estados Unidos su título no valía nada hasta que lo convalidara, aprobara los exámenes requeridos y obtuviera la licencia.
Por entonces su inglés no era lo bastante bueno para lograrlo rápido, y de todos modos no tenían dinero para el proceso.
Así que al principio ella y su padre aceptaron cualquier trabajo mal pagado que pudieran conseguir y vivieron al día.
Seguían esperando que las cosas mejoraran.
Cuando Sebastián tenía once años, enfermó gravemente. No tenían seguro, y tras la estancia en el hospital, la familia se vio aplastada por facturas que acabaron con sus modestos ahorros y los dejaron muy endeudados. Al darle el alta, necesitaba medicamentos que no podían permitirse.
La desesperación empujó a su padre a cometer el peor error de su vida: una noche entró en una farmacia y robó la medicación que le habían recetado a su hijo.
Lo pillaron enseguida. No llevaba armas encima y nadie había resultado herido.
Su abogado negoció un acuerdo con la fiscalía, así que en lugar de un cargo mucho más grave, su padre recibió seis meses en la cárcel del condado, libertad condicional, restitución y unos antecedentes penales que lo persiguieron de por vida.
Y a Sebastián también se le quedó pegada la etiqueta: hijo de un delincuente.
Había pasado tanto tiempo que ya casi nadie de su círculo actual lo sabía.
—En realidad, me voy a casar pronto. Lizzie se lleva de maravilla con mi prometida. Va a una guardería privada que cuesta un dineral, y tiene de todo y de lo mejor. Su información sobre mí es incorrecta. No participo en ninguna pelea clandestina.
—¿De verdad?
Valerie Grant arqueó una ceja con burla, sin creerse ni una palabra.
—En cualquier caso, señor Rivas, como usted ha dicho, actualmente no tengo derecho legal a separarlo de su hija, así que hoy se la llevará a casa. Sin embargo…
Dejó que el silencio se prolongara, asegurándose de que él entendiera cuánto poder tenía sobre el futuro de su hija.
—Voy a abrir un expediente de seguimiento continuo.
Un trabajador social pasará de vez en cuando, hará averiguaciones en la guardería, y que Dios lo ayude si me miente o da un paso en falso.
El período de seguimiento es de cuatro meses, y también quiero conocer a su prometida en persona.
De lo contrario, todo lo que he reunido sobre usted llegará a mis superiores, y créame, haré todo lo que esté en mi mano para asegurarme de que Lizzie tenga una infancia normal en lugar de esto.
Señaló su rostro magullado.
—Ahora acompáñeme. Lo llevo con su hija.
—¿Tiene hijos? Propios —añadió, anticipando lo que ella iba a decir.
Valerie Grant se limitó a dedicarle una sonrisa amarga, pero Sebastián captó el dolor en sus ojos.
—Ya veo. Así que no entiende una mierda de todo esto. Separar a los niños de sus padres es lo peor que se puede hacer.
—Escúcheme bien, señor Rivas.
Se detuvo en seco en medio del pasillo y se volvió para mirarlo.
—He visto de todo en estos años. Padres alcohólicos cuyos cinco hijos hambrientos iban de puerta en puerta pidiendo comida a los vecinos.
Personas inestables que pegaban a sus hijos con tanta brutalidad que las cicatrices nunca llegaban a curarse del todo.
Así que deje de mirarme con esos ojos asesinos.
Estoy haciendo mi trabajo, y eso significa que usted debería concentrarse en convencerme de que Lizzie está mejor con usted que en un hogar de acogida con cuidadores capacitados a los que les pagan por cuidarla como es debido.
Valerie Grant abrió la puerta y Sebastián, olvidándose de los modales, se le adelantó y entró primero. Su mirada buscó el pelo rubio de su hija, y respiró aliviado al ver a Lizzie sentada a una mesita, dibujando algo en un papel. Parecía un poco triste, pero no tenía lágrimas en los ojos.
Buena chica. Toda una luchadora.
—¡Lizzie! —llamó Sebastián, y se le dibujó una sonrisa en el rostro cuando su niña levantó la mirada hacia él y chilló de alegría.
—¡Papi!
Salió disparada de su silla y llegó a su lado en una fracción de segundo. Sebastián la tomó en brazos, le besó la pequeña nariz y la estrechó con fuerza contra él.
—¡Sabía que vendrías! ¡Lo sabía! ¡No me abandonarías! —Le tomó el rostro con las manitas y lo miró a los ojos con total confianza.
—Por supuesto que no. No pienses eso nunca. Tuve problemas en el trabajo y no pude venir a buscarte. ¿Quieres ir a casa?
—Ajá —asintió, y se apretó de nuevo contra el pecho de su padre.
En momentos como ese, le recordaba a su madre de un modo que le dolía especialmente. Era igual de frágil, igual de confiada, igual de pronta a sonreír, y se parecía a su madre hasta en el más mínimo detalle.
Al principio, a Sebastián le había resultado insoportablemente difícil sobrellevar la pérdida de la mujer que amaba.
Incluso hubo un tiempo en que apenas podía mirar a su hija porque su rostro le hacía el dolor insoportable.
Luego algo cambió dentro de él. Había imaginado la mirada de reproche que su difunta esposa le habría lanzado si hubiera sabido cómo estaba tratando a su bebé.
Y se había prometido tanto a sí mismo como a Jenna que se convertiría en el mejor padre del mundo para su hija.
Desde entonces, se había esforzado como un demonio por no fallarles a ninguna de las dos.
Sebastián le lanzó una mirada de reproche a Valerie Grant y salió de la sala de juegos sin añadir palabra. Envolvió a su hija en la chaqueta y caminó deprisa hacia el todoterreno aparcado.
Así que ella había decidido que era un mal padre.
Allá ella.
Lo había juzgado por un solo error y se negaba a ver lo evidente: Lizzie era feliz, estaba amada, segura, y recibía todo lo que él podía darle. No podría estar mejor en ningún otro sitio.
—Papi, ¿sabes en casa de quién me quedé?
—¿De quién? —preguntó distraído, porque todos sus pensamientos seguían girando en torno a las acusaciones injustas contra él y las amenazas de Valerie.
—¡En casa de Piper! —Lizzie aplaudió, tratando de acomodarse en la silla del coche que ya le quedaba pequeña, y Sebastián tomó nota mentalmente de que tenía que pedirle una nueva.
—Mmm. ¿Piper? No recuerdo que tengas ninguna amiga que se llame Piper.
Avanzaba a paso de tortuga entre el tráfico, respetando todas las normas. Si Lizzie no hubiera estado con él, ya habría pasado ese semáforo en ámbar, adelantado al Beetle que tenía delante y maldecido a todos los idiotas de la carretera. Con su hija en el coche, conducía como una abuelita.
—Papi, venga ya. Es nuestra profesora de preescolar —dijo Lizzie, y aunque ya hablaba bien desde hacía tiempo, todavía confundía palabras a veces, como hacen los niños de su edad.
—¿Tu profesora de preescolar?
—¡Sí! Me llevó a su casa y comimos tarta. ¡Estaba buenísima! Y ¿sabes qué...?
Sebastián dejó de escuchar a partir de ahí, demasiado cabreado para oír el resto.
Esa mujer le había dado tarta a Lizzie. Tarta, cuando Lizzie no debía comer dulces. Perfecto. Había advertido a la profesora cuando inscribió a Lizzie en el preescolar, aunque ahora que lo pensaba, seguramente había sido otra profesora, porque no la recordaba. Probablemente alguien nueva.
—Papi, ¿puedo desayunar tarta en vez de avena?
—Ya sabes la respuesta a esa pregunta —respondió con brusquedad.
Sebastián nunca lo admitiría, ni siquiera bajo amenaza de muerte, pero pasaba tiempo en foros de madres bajo el nombre de usuario MamáGuisanteDulce y preguntaba regularmente sobre la nutrición, las actividades y el desarrollo de su hija.
Una madre parlanchina le había escrito un plan completo de comidas saludables para una niña de la edad de Lizzie, y él lo seguía al pie de la letra.
La antigua niñera de Lizzie, la señora Jenkins, solía encargarse de sus comidas, pero se había visto obligada a mudarse a otra ciudad.
Durante los últimos seis meses, Sebastián había pasado por más de una docena de chicas jóvenes, ninguna de las cuales había resultado lo bastante competente para cuidar de su hija.
Así que se encargaba él mismo hasta que pudiera encontrar a alguien tan responsable como la señora Jenkins.
—¿Puedo ir a casa de Piper otra vez? —preguntó Lizzie conteniendo el aliento.
—No —dijo Sebastián, aferrándose al volante. Quizá fuera hora de buscar otro preescolar.