CAPÍTULO 2
La manita de Lizzie se deslizó dentro de la de Piper. La pequeña caminaba a su lado con la cabeza gacha. Le brillaban los ojos de lágrimas, pero hacía todo lo posible por no llorar.
Empezó a caer una llovizna fina, y Piper se apresuró a abrir el paraguas para no empaparse. Solo ahora era plenamente consciente de la responsabilidad que había asumido. Si le pasaba algo a Lizzie, podría acabar en la cárcel.
—Papá me estará buscando —dijo Lizzie frunciendo un poco el ceño, mientras miraba hacia atrás y la guardería desaparecía tras ellas.
—Tiene mi número. En cuanto pueda, llamará. Y mientras tanto, tú y yo tomaremos pastel y té. ¿Te gustan los dulces? —Piper forzó una sonrisa, con la esperanza de tranquilizarla.
—Papá no me deja comer dulces. Dice que me convertiré en una vaca gorda como nuestra vecina —dijo Lizzie, con un deje de dolor en la voz.
—Eso es una tontería —dijo Piper con una risa nerviosa.
Rivas estaba perdiendo puntos con ella. ¿Cómo podía alguien decirle algo así a una niña de cinco años?
—¿Por qué nos hemos parado? —preguntó Lizzie confundida.
—Estamos esperando el autobús.
—¿El autobús? —Se le llenaron los ojos de incredulidad y alegría—. ¿Vamos a montar en autobús?
—Sí —dijo Piper, observando los números de las líneas en los autobuses que pasaban a toda velocidad.
—Guau —suspiró Lizzie con la vocecita más graciosa—. Nunca he montado en uno.
Qué suerte la suya, pensó Piper. Yo llevo toda la vida montando en ellos.
—Papá dice que puede haber ladrones y gente mala en los autobuses, así que no debemos cogerlos.
—Es solo un autobús urbano normal. No te preocupes.
Piper empezó a ponerse nerviosa. Quizá la señora Whitaker había tenido razón.
Quizá deberían haber llamado a las autoridades competentes e intentado localizar a los familiares de Rivas.
¿Y si estaba en el hospital? ¿Y si había pasado algo más?
Y ahí estaba ella, arriesgando la reputación de la guardería con su decisión imprudente.
Una extraña sensación de inquietud se apoderó de ella, como si hubiera secuestrado a una niña.
Ya estaba pensando en dar media vuelta cuando el autobús que necesitaban apareció al final de la calle.
—Cuidado. —Piper ayudó a Lizzie a subir los escalones.
Un joven sentado en la primera fila se levantó de inmediato y les ofreció su asiento. Piper le dio las gracias y se acomodó, con el teléfono bien agarrado en la mano, a la espera de que el padre de Lizzie llamara en cualquier momento.
Las luces pasaban como destellos por la ventanilla.
Lizzie apretó la frente contra el cristal y observó los coches que pasaban a toda velocidad junto a ellas.
Hacía calor en el autobús, así que Piper se desabrochó los botones de arriba del viejo abrigo.
Estaba nerviosa, sin saber qué iba a hacer con Lizzie cuando llegaran a casa.
Entonces soltó una risita queda y amarga.
Como si esto fuera algo que debiera asustarla. Era maestra de preescolar. Llevarse bien con los niños era precisamente su trabajo.
Alguien había vuelto a robar la bombilla del hueco de la escalera, así que subieron a oscuras. Piper escuchaba atentamente los sonidos a su alrededor. No era precisamente el barrio más seguro, y volver sola a casa por la noche siempre la había puesto nerviosa.
El perro de un vecino había vuelto a dejar un desastre en el rellano, que apestaba.
Piper sintió vergüenza del lugar donde vivía, incluso delante de una niña pequeña.
El viejo edificio de tres plantas sin ascensor había conocido tiempos mejores, pero gracias a Dios nadie lo estaba derribando, porque no tenía ningún otro sitio adonde ir.
—Entra. —Abrió la puerta para Lizzie y le soltó la manita.
La televisión estaba a todo volumen en el piso, y el olor de la cena que Piper había dejado para su novio impregnaba el ambiente.
Nadie salió a recibirla, y a veces deseaba sentirse cuidada, aunque fuera un poco.
Pero Nick trabajaba mucho. Se cansaba. Así que Piper intentaba no darle importancia a las pequeñas cosas.
Se quitó el abrigo rápidamente y luego ayudó a Lizzie a quitarse el suyo. La pequeña llevaba un jersey calentito con conejitos graciosos y unos pantalones negros. Las coletas se le habían deshecho por completo bajo el gorro, y tenía las mejillas rojas por el frío y el viento.
—He traído tu ropa de repuesto. Primero vamos a lavarnos las manos y luego nos cambiaremos, porque se te han mojado un poco los pantalones con los charcos, ¿vale?
Lizzie asintió, y Piper sacó la bolsa con las cosas de la niña de su bolso. En ese momento, Nicholas apareció en el pasillo.
—Hola, cariño, ya estás en casa... ¿Quién es esta? —Señaló a Lizzie con la cabeza y miró a Piper confundido.
—Esta es Lizzie —dijo Piper con timidez—. Es una de las niñas de mi clase. Su padre no pudo recogerla de la guardería, así que va a pasar la noche con nosotros.
Observó cómo la expresión de Nick se ensombrecía.
—Y este es mi... novio. Nicholas.
Se trabó con la palabra novio, a punto de decir prometido. Llevaba semanas pensando en él de esa manera, desde que oyó sin querer su conversación con un amigo. Le había asegurado a su amigo que ella no sospechaba nada, y no era difícil adivinar qué significaba eso.
Nick iba a pedirle que se casara con él, y Piper apenas podía esperar a que llegara ese momento.
—Piper, ¿puedo hablar contigo un momento? —preguntó él, entrecerrando los ojos y señalando hacia el salón.
—Sí, claro. Primero llevo a Lizzie al baño.
El piso de Piper era pequeño: una cocina estrecha y dos habitaciones.
Lo había heredado de sus padres después de que se jubilaran y se mudaran a la vieja casa de su abuela en el campo.
Piper soñaba con vivir en otro sitio, en un lugar más bonito y moderno, pero por ahora eso era imposible.
Hacía una semana, el banco le había embargado el Honda por el que había ahorrado durante años, solo para no tener que coger el autobús al centro, y todavía no se había recuperado del golpe.
Al fin y al cabo, había pedido ese préstamo por Nick, y él le había jurado que lo devolvería.
—Escucha, pensé que íbamos a tener una velada romántica —le siseó Nick en cuanto se quedaron a solas—. Solo tú y yo. Una noche de pasión y todo eso. Y va y traes a una niña cualquiera a nuestra casa.
Piper apretó los labios al darse cuenta de que probablemente esa iba a ser la noche que tanto había esperado.
—No podía dejarla allí. Era eso o quedarme a pasar la noche en la guardería con ella. Son las normas —dijo, adornando un poco la verdad para defenderse.
—Bien. Pues lo dejamos para otro momento.
Nick parecía ansioso e inquieto. Tenía los ojos rojos, el pelo revuelto. Se le veía agotado, no sabía cómo explicarlo. Demacrado. O quizá solo estaba nervioso ante la perspectiva de dar un paso tan importante en su vida.
—Quizá deberías tomarte un descanso —sugirió Piper con suavidad, posando la mano en su brazo. Se puso de puntillas para besarlo, pero él se apartó bruscamente y le lanzó una mirada de irritación.
—¿Y quién va a pagar las deudas entonces, eh? Con tu sueldo de maestra de infantil apenas da para la compra.
Sus palabras le dolieron en lo más hondo.
Sobre todo porque en los tres meses que llevaban viviendo juntos, Piper no había visto ni un solo dólar de Nick.
Todo estaba metido en el negocio, como él siempre decía, mientras que los recibos, la compra, la ropa, los restaurantes, todo salía de su bolsillo.
Se le hizo un nudo en la garganta. Parpadeó deprisa, intentando contener las lágrimas. El día ya había sido un desastre, lo del maldito coche seguía comiéndola por dentro, y ahora Nick estaba teniendo otra de sus crisis.
—Bueno, al menos con mi sueldo pude ahorrar para el coche que nos embargaron porque tu último negocio se fue a pique —las palabras se le escaparon antes de poder contenerse.
Se arrepintió al instante, porque Nick cogió la chaqueta del sofá y se la puso.
—¿Adónde vas? —preguntó Piper, alarmada.
—A casa de un amigo. Esta noche duermo allí —su voz sonaba fría y cortante.
—Lo siento. No lo decía en serio. ¿Adónde vas a ir con este tiempo?
Lo siguió hasta el recibidor, con el corazón desbocado, y lo observó ponerse los zapatos.
Lo que más temía Piper era que saliera por esa puerta y la dejara sola para siempre.