CAPÍTULO 3
Después de que Nick se marchara, el apartamento quedó en un silencio ensordecedor.
Piper se apoyó contra la pared e intentó controlar la respiración. Cansada, cerró los ojos y se frotó el puente de la nariz. Últimamente, las cosas entre ellos estaban tensas. Quizás todas las parejas acababan pasando por una mala racha, y su futuro dependía de si conseguían superarla juntos.
Las citas románticas, la dulce espera, la emoción de los besos y las caricias... todo eso había quedado atrás. Todo se había convertido en rutina. Desayuno, comida, colada, trabajo, limpieza. Todo era monótono.
O quizás Piper simplemente pedía demasiado.
—¿Dónde está la tarta?
Se sobresaltó. La vocecita aguda la devolvió a la realidad.
Piper se topó con un par de enormes ojos azules y cayó en la cuenta de que había olvidado por completo que Lizzie seguía en el apartamento.
—Ven, vamos a la cocina. La sacaré de la nevera —dijo Piper, intentando que no le temblara la voz. Tomó a la niña de la mano y la llevó a la cocina.
—¿Sabes cocinar? —preguntó Lizzie mientras Piper preparaba té para las dos.
—Claro que sí.
—Papá no sabe —dijo, arrugando la nariz mientras estiraba la mano hacia el azucarero—. Esta mañana quemó los huevos, y el fin de semana pasado nuestro guiso se incendió y vinieron los bomberos. ¡De verdad! ¡En un camión rojo enorme! ¿Te lo puedes imaginar?
—Vaya.
Piper forzó una sonrisa, porque su mirada se había posado en la taza favorita de Nick, y una profunda tristeza le oprimió el pecho.
—Y luego papá le gritó a nuestra vecina, y ella dijo que iba a llamar a la policía. Pero la policía no vino, aunque yo tenía muchas ganas de ver una pistola de verdad. ¿Tú has visto alguna vez una pistola?
—No —Piper miró a la niña con sorpresa, sin saber de dónde le venía esa fascinación.
—Yo tampoco —suspiró Lizzie decepcionada, apoyando la barbilla en la palma de la mano—. ¿Sabías que no tenemos mamá? Está en el cielo —bajó la voz hasta un susurro y levantó la mirada hacia arriba.
Normalmente, Lizzie no era de las niñas más habladoras en el preescolar, así que su repentina locuacidad pilló a Piper desprevenida.
—Es una pena que mamá no pueda volver. Ojalá tuviera una mamá como todos los demás —dijo con un suspiro, mirando fijamente la taza.
—No estés triste, cariño. Seguro que tu papá encontrará una mamá maravillosa algún día, y entonces tendrás dos. Una que te cuide desde el cielo y otra que te cuide aquí.
—Ojalá fuera como tú. Eres simpática, haces tartas riquísimas y eres guapa —Lizzie balanceaba las piernecitas bajo la mesa, lo que hizo que Piper sonriera de verdad esta vez.
Después del té, se acomodaron en el sofá frente al televisor. Piper puso dibujos animados para Lizzie y luego intentó llamar a Nick otra vez.
Pero tenía el teléfono apagado.
Seguía apagado cuando el reloj marcaba casi la medianoche y la pequeña llevaba ya un buen rato dormida.
Piper se acercó a la ventana. Fuera, la lluvia caía a cántaros. La ansiedad le atenazó el pecho.
¿Dónde estás, Nick?
Miró a la niña dormida y de repente cayó en la cuenta de que, absorta en sus propios problemas, había olvidado lo único que importaba: el padre de Lizzie aún no había llamado.
Piper solo podía esperar que no le hubiera pasado nada, porque aparte de él, Lizzie no tenía a nadie.
Piper arropó a Lizzie con una manta, le ajustó la pequeña almohada bajo la cabeza, dejó encendida la luz de noche y desplegó el sofá cama para ella.
No quería dejar a Lizzie sola en una habitación que no era la suya, en un apartamento desconocido.
La pequeña podría despertarse en mitad de la noche y asustarse, así que Piper se quedaría cerca, aunque eso significara pasar una noche incómoda.
Durante toda la noche, Piper estuvo atenta a cada sonido del apartamento y mantuvo el teléfono apretado en la mano.
Pero ninguno de los dos llamó.
La mañana amaneció gris y húmeda. Piper llamó a un taxi para llevarlas al preescolar, porque la chaqueta de Lizzie era demasiado ligera para aquel tiempo.
—¿Ha llamado? —preguntó la señora Whitaker en cuanto entraron en el preescolar.
—No —Piper negó con la cabeza, mirando con ansiedad a Lizzie—. Venga, cariño. Ve con los otros niños —dijo, despidiendo a la niña para que no escuchara la conversación.
—Si no aparece esta tarde, tendré que llamar a las autoridades —dijo la señora Whitaker con el ceño fruncido, cruzándose de brazos.
A pesar de su expresión gélida, Piper notaba que la mujer estaba tan nerviosa como ella.
—Creo que le ha pasado algo. Es muy responsable en lo que respecta a su hija. No puede haberse olvidado de ella sin más, señora Whitaker —dijo Piper, y lo decía de corazón.
—Oh, he visto a muchos padres «responsables» a lo largo de los años —la señora Whitaker apretó los labios—. Espero que nos haga el favor de aparecer; de lo contrario, este incidente va a suponer una montaña de papeleo.
Al parecer, Piper se había equivocado con ella. La mujer no estaba preocupada por el destino de Lizzie. Le preocupaba perder el tiempo y llamar la atención de la junta de licencias.
—Le avisaré cuando llegue Sebastián Rivas. De verdad creo que ha pasado algo. Quizás un accidente. Deberíamos llamar a los hospitales para ver si han ingresado a alguien que coincida con su descripción.
—Ese no es nuestro trabajo, Piper. Ocúpate de los niños y no te metas en esto. Estaré en mi despacho si surge algo —dijo la señora Whitaker con frialdad, y desapareció tras la puerta.
Durante todo el día, Piper no logró calmarse.
Parecía que todo estaba saliendo mal a la vez. Nick seguía sin contestar a sus llamadas, y el padre de Lizzie aún no se había puesto en contacto. Piper observó a la pequeña durante todo el día y notó cómo, de vez en cuando, Lizzie lanzaba tristes miraditas hacia la ventana.
Estaba esperando a su padre, y Piper lo sabía.
Cuando ya solo quedaban unos pocos niños en el aula, Lizzie no pudo contenerse más. Se acercó a Piper.
—¿Ha llamado papá? ¿Viene a buscarme? —preguntó, mirándola con aquellos ojazos llenos de esperanza.
—Él...
Piper se quedó callada, sin saber qué decir. La señora Whitaker había pasado varias veces, y aunque Piper le había prometido que volvería a llevarse a Lizzie a su casa si hacía falta, lo más probable era que la directora ya hubiera llamado a Servicios de Protección Infantil.
Piper no quería disgustar a la pequeña, pero decirle la verdad le parecía igual de imposible.
—Ha llamado, pero todavía no sabe cuándo podrá venir a recogerte. Le ha surgido algo en el trabajo. ¿Te vienes otra vez a casa conmigo si no llega a tiempo?
—Sí —respondió Lizzie con un hilo de voz, y se acercó a la ventana.
Se puso de puntillas para asomarse al alféizar, pero aún no era lo bastante alta para ver el patio.
Piper no dejaba de darle vueltas a lo que sería de Lizzie. Y cuando dos desconocidos aparecieron en el aula a última hora de la tarde, no podía creer que la señora Whitaker lo hubiera hecho de verdad.
Había llamado a Servicios de Protección Infantil.