Capítulo 25
Sin fingir
La audiencia duró cuatro horas y diecisiete minutos.
Clara lo supo porque llegó mirando el reloj y salió mirando el reloj. Cuatro horas y diecisiete minutos en una sala con paredes grises y mesas de madera oscura y el juez con esa expresión neutra que no da ninguna información sobre lo que está pensando.
Rodrigo había argumentado bien.
La familia García había argumentado también. Su abogado era bueno, como Rodrigo había advertido, con esa forma de construir narrativas que suenan coherentes incluso cuando los hechos son selectivos.
Rodrigo había respondido a todo.
La foto de Lisboa.
Los informes de Beatriz Fuentes.
El matrimonio legal.
El tiempo de convivencia.
El testimonio de la maestra de Emma, que había declarado por escrito sobre la estabilidad que Emma mostraba en el colegio desde que vivía con Clara y Sofía.
Marcos García había estado presente. Un hombre de unos cuarenta años con una expresión que no decía nada concreto y que en ningún momento del proceso había mirado en dirección a Clara.
El juez había escuchado. Había hecho preguntas. Había suspendido la sesión para deliberar.
La resolución, dijo, llegaría en un plazo de siete a diez días hábiles.
Salieron a la calle.
Rodrigo les dijo que había ido bien. No perfectamente, dijo, porque perfectamente no existía en los procesos judiciales, pero bien.
Que los argumentos de la familia García habían tenido respuesta sólida.
Que el informe de Beatriz Fuentes era el documento más fuerte del expediente.
Que había hecho lo que podía y que ahora era cuestión de esperar.
Les dio la mano. Se fue.
Clara y Sofía se quedaron en la acera frente al juzgado con el frío de febrero y el sol de mediodía que empezaba a tener algo de calor, el primer calor real del año, esa promesa específica del mes de febrero de que el invierno tiene fecha de vencimiento, aunque no siempre sea visible.
—¿Cómo estás? —preguntó Sofía.
—No lo sé todavía —dijo Clara.
—Yo tampoco.
Caminaron.
Sin destino concreto, que era inusual en Clara, que siempre tenía un destino concreto. Pero esa mañana el cuerpo necesitaba el movimiento sin la estructura, las piernas haciendo su trabajo mientras la cabeza intentaba ponerse al día con lo que había pasado.
Llegaron sin planear a un parque.
Se sentaron en un banco.
—Sofía —dijo Clara.
—¿Qué?
—Tengo que decirte algo.
—Dime.
Clara miró sus manos. Luego miró a Sofía.
—He pasado estos meses diciéndome muchas cosas —dijo—. Sobre el proceso, sobre Emma, sobre el acuerdo que hicimos al principio. Me he dado razones. He organizado los sentimientos en categorías que tenían sentido desde fuera. Y todo eso es verdad pero no es la verdad completa.
Sofía esperaba.
—La verdad completa —dijo Clara—es que estoy enamorada de ti. No me estoy enamorando. Estoy enamorada. Presente, activo, sin fecha de caducidad. Y lo he estado desde hace más tiempo del que me he permitido reconocer.
Sofía la miró.
—Lo sé —dijo.
—Te quiero. Quiero una vida contigo. No la vida que estamos construyendo por razones mezcladas. Una vida real, elegida, que empiece cuando todo esto termine.
Sofía no respondió de inmediato.
Miró hacia los árboles. Luego miró a Clara.
—¿Sabes lo que me hizo pensar que esto era de verdad? —dijo.
—¿Qué?
—Que la noche de la caldera dormiste y no huiste. Porque tú siempre encuentras una salida cuando algo se pone demasiado cerca. Y esa noche no huiste. Te quedaste dormida con la espalda contra la mía y no huiste.
Clara pensó en esa noche.
—No quería irme —dijo.
Un silencio suave entre ellas.
—Sofía —dijo Clara.
—¿Qué?
—¿Qué quieres tú?
Sofía la miró.
—Quiero lo que tenemos —dijo—. No la versión táctica ni la versión construida para el proceso.
La versión real. Quiero los desayunos y los debates de Emma sobre animales en peligro de extinción y las noches difíciles y las cosas que todavía no sé y que vamos a tener que descubrir.
Y quiero tenerte a ti. No la versión organizada. La real. Con el miedo y todo.
—Con el miedo y todo —repitió Clara.
—Con el miedo y todo —confirmó Sofía—. Porque el miedo ya lo conozco y sé que puedes trabajarlo. Lo he visto.
Clara asintió.
Y luego hizo algo que no había planeado hacer en el banco de un parque en febrero, con los árboles sin hojas y el sol prometiendo calor.
Se inclinó hacia Sofía y la besó.
No fue un beso de película. Fue un beso de dos personas que han estado cerca de este momento durante semanas y que han esperado hasta que las palabras habían sido todas dichas primero.
Fue un beso corto y real, y cuando terminó Clara no se alejó del todo sino que se quedó cerca, con la frente casi tocando la de Sofía, y ambas estuvieron en silencio durante un momento.
—Hola —dijo Sofía en voz muy baja.
—Hola —dijo Clara.
—Tardaste mucho.
—Ya lo sé.
—Pero llegaste.
—Sí.
Sofía se echó hacia atrás levemente para poder mirarla.
—¿Y ahora qué? —preguntó.
—Ahora esperamos la resolución —dijo Clara—. Y mientras esperamos, seguimos.
—¿Seguimos cómo?
—Como hemos estado. Pero sin fingir que no es lo que es.
Sofía la miró.
—¿Estás segura?
—Más que de ninguna otra cosa en mucho tiempo.
Sofía asintió.
Recogieron a Emma a las cinco.
Emma salió del colegio con Irene y se despidió con urgencia, como siempre, y llegó hasta donde estaban Clara y Sofía esperando en la acera. Las miró. A Clara. A Sofía. De nuevo a Clara.
—¿Cómo fue? —preguntó.
—Bien —dijo Clara—. Rodrigo dice que fue bien.
—¿Cuándo sabremos?
—En una semana o diez días.
Emma procesó esto.
—Una semana es mucho tiempo.
—Sí.
—¿Y mientras?
—Mientras —dijo Sofía—, vivimos.
Emma las miró a las dos.
Miró la forma en que estaban de pie, con esa proximidad que era diferente a la de las semanas anteriores, algo ajustado, algo que había encontrado un lugar donde no había estado del todo hasta hoy.
Emma era observadora.
Emma lo vio.
—¿Ha pasado algo más hoy? —preguntó.
—Sí —dijo Clara.
—¿Bueno o malo?
—Bueno.
Emma asintió.
Caminaron hacia casa.
Emma en el medio, como siempre, con las dos a los lados.
En algún punto del camino Emma dijo, sin señalar nada en particular:
—Me alegra que os hayáis arreglado.
Clara la miró.
—¿Cómo sabes que nos hemos arreglado?
—Porque vais diferentes —dijo Emma—. Antes ibais con espacio entre medias. Ahora no.
Sofía miró a Clara sobre la cabeza de Emma.
Clara miró a Sofía.
Y ninguna de las dos dijo nada porque Emma tenía razón y Emma lo sabía y el reconocimiento compartido era suficiente.
Esa noche, después de que Emma se durmiera, Clara fue al dormitorio de Sofía.
Llamó a la puerta.
—Adelante —dijo Sofía.
Entró.
Sofía estaba en la cama con un libro. La miró desde la puerta.
—¿Puedo quedarme? —preguntó Clara.
Sofía hizo espacio.
Clara apagó la luz del pasillo.
Cerró la puerta.
Se sentó en el borde de la cama y luego se tumbó, con esa proximidad que no necesitaba excusas para existir.
Sofía dejó el libro en la mesilla.
El piso en silencio.
—Sofía —dijo Clara en la oscuridad.
—¿Qué?
—Te necesito —dijo Clara—. No de la forma en que me da miedo necesitar. De la forma real. La que no puedo controlar.
Sofía tardó un momento.
—Yo también —dijo.
Y no había más que decir.
Las dos en la oscuridad, con el piso en silencio y Emma dormida al fondo del pasillo y los planetas girando y Madrid afuera haciendo los ruidos de siempre.
Sin fingir nada.
Sin medir la distancia.
Sin calcular el coste de lo que podía perderse.
Solo esto.
Que era suficiente.
Que siempre había sido suficiente.
La resolución llegó nueve días después.
Era un martes, por la tarde. Rodrigo llamó a las cuatro y diez.
—Tengo la resolución —dijo.
Clara cerró los ojos.
—Dime.
—El juez ha determinado que el entorno ofrecido por usted y Sofía Marín presenta las condiciones adecuadas para el desarrollo de la menor.
—Una pausa que duró exactamente el tiempo que tardó Clara en respirar—.
La custodia se otorga a favor de usted, con reconocimiento de la unidad familiar formada con Sofía Marín.
La solicitud de la familia García queda desestimada.
Clara no dijo nada durante un momento.
—¿Clara? —preguntó Rodrigo.
—Sí —dijo Clara—. Sí. Gracias.
—Ha sido un placer. Cuide a esa niña.
—Lo haré.
Colgó.
Se quedó parada con el teléfono en la mano durante un tiempo que no midió.
Luego marcó el número de Sofía.
Sofía respondió al primer tono.
—¿Qué ha pasado?
—Ganamos —dijo Clara.
El silencio al otro lado duró dos segundos.
—¿De verdad?
—De verdad.
Otro silencio. Más corto.
—Voy a buscar a Emma al colegio —dijo Sofía.
—Todavía no es la hora.
—Esperaré en la puerta.
Clara sonrió.
—De acuerdo —dijo.
Colgó.
Miró el estudio. Los planos. Las carpetas ordenadas.
Pensó en Emma en el colegio sin saber todavía.
Pensó en Sofía yendo a esperar a la puerta del colegio antes de la hora porque no podía hacer otra cosa.
Pensó en Laura.
Pensó en Laura y en la carta que decía confío en ti. Completamente. Y en la otra que decía el único sitio donde no has sido valiente es ese.
—Ya lo sé, Laura —dijo en voz baja.
Y luego cogió el abrigo y salió también.
Porque había cosas que esperar en la puerta de colegio.
Emma salió a las cinco.
Las vio a las dos en la acera antes de ver nada más. Las vio y algo en su cara cambió.
No corrió. Caminó con paso rápido, que era lo más parecido a correr que Emma hacía, y cuando llegó hasta donde estaban las dos miró primero a Clara y luego a Sofía y luego de nuevo a Clara.
—¿Ha llegado? —preguntó.
—Sí —dijo Clara.
—¿Y?
—Nos quedamos juntas —dijo Clara—. Las tres.
Emma asintió.
No dijo nada durante un momento.
Luego rodeó a Clara con los brazos, con esa fuerza que no era proporcional a los nueve años, y Clara la sostuvo de la misma forma en que la había sostenido la primera noche en el hospital.
Luego Emma soltó a Clara y fue hacia Sofía y Sofía la recogió con esa naturalidad que tenía desde el principio, sin calcular el gesto, sin medir si era el correcto.
—Sofía —dijo Emma con la cara en el abrigo de Sofía.
—¿Qué?
—Me alegro de que hayas vuelto.
Sofía apoyó la barbilla en la cabeza de Emma.
—Yo también —dijo.
Clara las miró desde fuera del abrazo durante un segundo.
Luego Sofía extendió un brazo y Clara entró también.
Las tres en la puerta del colegio en la tarde de febrero, con los otros niños saliendo alrededor y los padres con sus urgencias y el frío que todavía era frío.
Y Emma, desde dentro del abrazo, preguntó:
—¿Puedo tener un perro?
Sofía soltó una risa que subió por el aire frío de la tarde.
Clara dijo:
—Eso hay que hablarlo.
—El perro de Irene se llama Canelo —dijo Emma—. Yo lo llamaría mejor.
—¿Cómo lo llamarías? —dijo Sofía.
—Plutón —dijo Emma.
Clara miró a Sofía.
Sofía miró a Clara.
Y en esa mirada, sobre la cabeza de Emma que ya estaba argumentando las razones por las que Plutón era el nombre perfecto para un perro, había todo lo que había pasado en estos meses y todo lo que quedaba por pasar y la certeza tranquila, de que lo que quedaba por pasar iban a pasarlo así.
Juntas.
Sin fingir nada.