Capítulo 24
Perderlo todo
La audiencia preliminar era el martes.
Rodrigo Camps llamó el viernes anterior.
—La familia García ha presentado una nueva documentación —dijo.
Clara tenía el teléfono en la oreja y estaba parada en el pasillo del piso, de pie junto a la puerta del cuarto de Emma.
—¿Qué documentación?
—Han conseguido el testimonio de una vecina del edificio donde vivía Sofía Marín.
Esta vecina declara haber visto a Sofía marcharse del edificio con maletas en octubre del año pasado, aproximadamente tres semanas después de la muerte de su hermana.
Argumentan que Sofía Marín llevaba una vida establecida en ese piso, que su mudanza al piso actual fue abrupta y coincidió exactamente con el inicio del proceso legal, y que por tanto la convivencia no es orgánica sino construida.
—Eso es básicamente lo que ya argumentaban.
—Sí. Pero ahora tienen un testimonio con fecha y detalle. También han presentado algo más. El testimonio de otra vecina que dice haber tenido una conversación con Sofía, en donde Sofía le mencionó que estaba en Madrid por una situación familiar temporal.
Clara procesó eso.
—¿Cuándo fue esa conversación?
—Noviembre. La primera semana.
—Eso es antes de que empezara nada —dijo Clara.
—Lo sé. Y lo argumentaremos. Pero el problema es que la familia García presentará esa conversación y dirá que incluso en noviembre Sofía Marín describía su presencia en Madrid como temporal.
El juez va a preguntar qué cambió y la respuesta honesta es que lo que cambió fue que usted le hizo una propuesta.
—La propuesta que se convirtió en otra cosa.
—Clara, quiero ser honesto con usted. El caso sigue siendo sólido.
Tenemos los informes de Beatriz Fuentes, que son buenos.
Tenemos la voluntad de su hermana. Tenemos el matrimonio legal y convivencia documentada.
Pero la audiencia del martes va a ser difícil.
La familia García va a presentar una narrativa coherente sobre la artificialidad de la situación y vamos a tener que desmontarla argumento por argumento.
—¿Qué posibilidades tenemos?
Rodrigo tardó un momento.
—Reales —dijo—. Pero no garantizadas.
Clara colgó.
Se quedó parada en el pasillo.
No se lo dijo a Sofía hasta la noche.
No porque lo estuviera ocultando sino porque necesitaba el tiempo de la tarde para procesarlo sola antes de convertirlo en una conversación compartida.
Emma lo notó igualmente.
Emma notaba todo.
Esa tarde, mientras merendaban, dijo:
—¿Ha pasado algo con el juicio?
Clara la miró.
—Rodrigo ha llamado hoy —dijo con cuidado—. Hay cosas que gestionar antes del martes.
—¿Malas?
—Complicadas.
Emma asintió.
—¿Puedo quedarme con los abuelos el fin de semana? —preguntó.
Clara la miró.
—¿Por qué?
Emma bajó los ojos al vaso.
—Porque cuando estáis preocupadas yo también me preocupo —dijo—. Y no quiero preocuparme.
—De acuerdo —dijo Clara—. Les llamo.
Emma asintió.
Y luego, antes de levantarse, dijo:
—No os vais a dejar ganar.
No era una pregunta.
Clara la miró.
—No —dijo.
Emma asintió de nuevo.
Se levantó y fue a su habitación.
Emma se fue con los abuelos el sábado por la mañana.
Clara le contó a Sofía lo que había dicho Rodrigo.
Sofía escuchó sentada en la mesa de la cocina con las manos alrededor de la taza y sin interrumpir.
Cuando Clara terminó, Sofía dijo:
—La conversación con la vecina.
—Sí.
—Fue en la primera semana. Antes de que me llamaras.
—Lo sé.
—Decía temporal porque en ese momento lo era. No tenía ningún plan de quedarme. Eso cambió.
—Lo sé.
—¿Lo va a entender el juez?
—Rodrigo dice que lo argumentaremos. Dice que el problema es que la narrativa de la familia García es coherente. Que empezó siendo un acuerdo y que, aunque se haya convertido en otra cosa el inicio es el que es y ellos pueden señalarlo.
Sofía asintió.
—¿Qué podemos hacer antes del martes?
—Rodrigo quiere reunirse el lunes. Preparar las declaraciones. Y quiere que pensemos si hay algo más que pueda establecer la autenticidad de lo que hay entre nosotras. Algo que no sea construido para el proceso.
—La foto de Lisboa —dijo Sofía.
—¿Qué?
—Tengo una foto de Lisboa. Donde salimos las dos. Anterior a todo esto por años.
Sofía se levantó, fue a su habitación, volvió con la foto en la mano y la puso sobre la mesa.
—Esto no es construido.
Clara miró la foto.
—No —dijo—. Esto no es construido.
—¿Sirve de algo legalmente?
—No lo sé. Hablaré con Rodrigo
Sofía se sentó de nuevo.
—¿Cómo estás? —preguntó.
—Asustada. Asustada de verdad.
—Yo también.
—No quiero perder a Emma.
—Lo sé.
—No quiero que esto que hemos construido se desmonte porque al principio fue un acuerdo en lugar de otra cosa.
Sofía la miró.
—No va a desmontarse —dijo.
—No puedes saberlo.
—No. Pero puedo decirlo de todas formas.
Clara la miró.
—De acuerdo —dijo.
El fin de semana fue difícil.
Sin Emma el piso tenía demasiado espacio para el pensamiento, y el pensamiento sin la interrupción constante de los horarios y las preguntas y las urgencias pequeñas de Emma tendía a ir a los sitios donde más pesaba.
El sábado por la tarde Clara intentó trabajar. No funcionó. Abrió el ordenador y miró los planos del proyecto de Almansa durante veinte minutos sin ver nada.
Sofía salió a caminar con la cámara. Volvió dos horas después con las mejillas coloradas del frío.
—¿Has comido algo? —preguntó Sofía cuando entró.
—No.
—Voy a hacer algo.
—No tienes que...
—Lo sé. Voy a hacer algo.
Hizo sopa.
La misma sopa de la primera visita de Beatriz Fuentes, con las mismas zanahorias y el mismo procedimiento, y el piso volvió a oler a algo concreto que era diferente al olor de un piso vacío preocupándose.
Comieron.
—Sofía —dijo Clara a mitad de la sopa.
—¿Qué?
—Si el martes no sale bien.
—Va a salir bien.
—Pero si no.
Sofía la miró.
—Si no, seguimos intentándolo. Hay apelaciones. Hay otros argumentos. Rodrigo no ha dicho que sea imposible, ha dicho que es difícil. Y si tampoco funciona...
—Entonces peleamos de otra forma. Emma no va a quedarse con una familia que no la conoce. No si puedo hacer algo.
Clara la miró.
—Esto ya no es tu problema —dijo—. Legalmente. Si el proceso falla, si pierdo la custodia...
—Clara.
—Jurídicamente no tienes ninguna obligación de...
—Clara. Para.
Clara paró.
Siguieron con la sopa.
El domingo por la noche llamó Emma desde casa de los abuelos.
—Hola —dijo Emma.
—Hola, cariño. ¿Cómo estás? —dijo Clara.
—Bien. He hecho roscos con la abuela.
—¿Han salido bien?
—Regular. Pero la abuela dice que el proceso es más importante que el resultado.
—La abuela tiene razón.
Una pausa.
—¿Cómo estáis vosotras?
—Bien —dijo Clara—. Preparando cosas para el martes.
Emma estuvo en silencio un momento.
—Tía Clara.
—¿Qué?
—Si no va bien —dijo Emma—, ¿qué pasa?
Clara pensó la respuesta.
—Si no va bien del todo el martes —dijo— hay más pasos. Y pase lo que pase, Emma, no vas a quedarte sin nosotras. Las dos vamos a seguir aquí.
—¿Aunque el juez diga que no?
—Aunque el juez diga lo que diga.
Emma procesó esto.
—De acuerdo —dijo—. Mañana vuelvo.
—Aquí estaremos.
—Sé que estaréis. Buenas noches, tía Clara.
—Buenas noches, cariño.
—Dale las buenas noches a Sofía.
—Se las doy.
Clara colgó.
Fue al salón donde Sofía estaba.
—Emma manda las buenas noches —dijo.
Sofía levantó la vista.
—¿Está bien?
—Sí. Ha preguntado qué pasa si el martes no va bien.
—¿Y qué le has dicho?
—Que seguimos intentándolo. Que vamos a seguir aquí pase lo que pase.
Sofía asintió.
—Bien —dijo—. Ven aquí.
Clara la miró.
Sofía había abierto un espacio a su lado en el sofá.
Clara fue.
Se sentó a su lado.
Sofía no dijo nada.
Clara no dijo nada.
El piso en silencio. Las luces bajas. Los planetas girando en la habitación vacía de Emma.
Y las dos ahí, en el sofá, esperando el martes.
Sin fingir que no tenían miedo.
El lunes fue de reuniones y papeles y la voz de Rodrigo Camps explicando estrategias y Clara tomando notas.
Sofía estuvo en la reunión. Habló cuando Rodrigo le preguntó. Dijo lo que había que decir sobre cómo había llegado a Madrid, sobre lo que había cambiado desde noviembre, sobre lo que era ahora en comparación con lo que había sido entonces.
La foto de Lisboa entró en el expediente.
Rodrigo la miró durante un momento y dijo:
—Esto ayuda.
A las siete de la tarde, con Emma ya de vuelta en el piso y la cena pendiente y el martes encima, Sofía encontró a Clara parada en la habitación de Emma mirando los planetas.
—¿Qué haces? —preguntó Sofía desde la puerta.
—Solo estoy mirando —dijo Clara.
Sofía se apoyó en el marco.
—¿Ayuda?
—No lo sé todavía.
Los planetas giraban.
—Sofía —dijo Clara.
—¿Qué?
—Gracias por los planetas.
Sofía la miró.
—Son de Emma —dijo.
—Ya lo sé. Gracias igualmente.
Sofía la miró durante un momento.
—Mañana va a salir bien —dijo.
Clara asintió.
Volvieron a la cocina donde Emma esperaba.
Prepararon la cena.
Cenaron.