Capítulo 23
La verdad que Emma escucha
Fue un accidente.
Eso era lo que Clara seguiría diciéndose después, en los días que vinieron.
Fue un accidente.
Nadie lo planeó. Nadie fue descuidado deliberadamente. Las cosas pasan a veces de la forma en que pasan los accidentes domésticos, sin anuncio previo, en el espacio de un descuido de segundos que tiene consecuencias desproporcionadas al tiempo que duró.
Era domingo.
Emma había pedido quedarse en su habitación por la tarde con la cámara de Sofía practicando encuadres, que era la actividad que había adoptado los domingos.
Sofía y Clara estaban en el salón.
Era una de esas tardes de invierno. Habían hablado de la audiencia de febrero, que era dentro de doce días.
Habían hablado de los argumentos de Rodrigo Camps, de lo que la trabajadora social había incluido en su informe, de cómo preparar a Emma para el proceso sin cargarla con más de lo que podía llevar.
Y en algún momento de esa conversación, sin que ninguna hubiera decidido que era el momento de decirlo, habían empezado a hablar de cómo había empezado todo esto.
—Rodrigo me preguntó ayer si había documentación del período anterior a noviembre —dijo Clara—. Para reforzar el argumento de continuidad de la relación.
—¿Qué le dijiste?
—La verdad. Que la relación en su forma actual empezó en noviembre. Que antes había una historia compartida pero no convivencia.
—¿Y eso no debilita el caso?
—Lo complica. Pero Rodrigo dice que la calidad de la convivencia actual y los informes de Beatriz Fuentes compensan. El problema es que si la familia García encuentra la forma de demostrar que la relación fue construida específicamente para el proceso...
—Que tú me pediste que fingiera ser tu pareja para un proceso de custodia.
—Sí.
Fue un acuerdo. Empezó siendo un acuerdo. Ahora era otra cosa, pero empezó siendo un acuerdo y las dos lo sabían y podían decirlo.
Lo que no sabían, porque nadie lo sabe cuando está dentro de una conversación y la puerta está entornada y el pasillo tiene la acústica que tiene, era que Emma no estaba en su habitación.
Emma estaba en el pasillo.
Había salido a buscar el cargador de la cámara que había dejado en el salón esa mañana y estaba a tres pasos de la puerta entornada cuando escuchó su nombre.
Emma no entendió todo.
Tenía nueve años. Pero entendió suficiente. Entendió fingiera ser tu pareja. Entendió proceso de custodia. Entendió el tono de dos personas nombrando algo que había empezado de una forma y que ambas reconocían como ese comienzo.
Se quedó parada en el pasillo.
El cargador estaba en el suelo del salón, visible desde donde estaba, a tres pasos de la puerta. No fue a buscarlo.
Volvió a su habitación.
Cerró la puerta.
Clara lo notó a la hora de la cena.
Emma puso la mesa sin que nadie se lo pidiera, que era inusual. Comió con más silencio del habitual. Respondió a las preguntas con monosílabos correctos, pero sin el exceso de información que era su forma habitual de responder.
—¿Cómo ha ido la tarde con la cámara? —preguntó Sofía.
—Bien —dijo Emma.
—¿Has hecho fotos buenas?
—Algunas.
—¿Me las enseñas después?
—Si quieres.
Sofía miró a Clara.
Clara había notado lo mismo.
Después de cenar Emma dijo que estaba cansada y se fue a su habitación antes de las nueve, que era cuarenta minutos antes de lo habitual.
Clara fue a darle las buenas noches.
Llamó a la puerta.
—Adelante —dijo Emma desde dentro.
Estaba en la cama con el libro de mamíferos, pero no lo estaba leyendo. Lo tenía abierto en una página que no miraba.
—¿Estás bien? —preguntó Clara, sentándose en el borde de la cama.
—Sí.
—¿Ha pasado algo en el colegio?
—No. El viernes fue bien.
—¿Y hoy?
—Hoy he estado aquí.
—¿Ha pasado algo aquí?
Emma tardó un momento en responder.
—No —dijo.
Clara la miró.
Conocía a Emma.
Conocía la diferencia entre el no de Emma cuando era verdad y el no de Emma cuando era la respuesta que Emma había decidido dar mientras procesaba algo que todavía no estaba listo para salir.
—Si hay algo que quieras contarme —dijo Clara—, cuando estés lista, estoy aquí.
Emma asintió sin levantar los ojos del libro.
—Buenas noches, cariño.
—Buenas noches.
Clara apagó la luz.
Cerró la puerta.
Fue al salón donde Sofía esperaba con la misma pregunta en la cara que Clara tenía en la suya.
—Algo ha pasado —dijo Clara.
—¿Ha dicho qué?
—No. Pero algo ha pasado.
Sofía miró el pasillo.
Y en ese momento, las dos entendieron.
El lunes Emma fue al colegio.
Clara la llevó.
En el camino Emma habló del proyecto del ciclo del agua que ya estaba en la fase de presentación y de que Irene había decidido que Canelo era más listo de lo que habían calculado inicialmente porque había aprendido a abrir la nevera.
Clara respondió a estas cosas con la atención que merecían y no preguntó sobre el domingo porque Emma hablaría cuando estuviera lista y presionarla antes solo haría que el momento llegara en peores condiciones.
Sofía se quedó en el piso.
Llamó a Marta Soler para confirmar su cita de esa semana y luego se sentó en el salón y pensó en lo que habían dicho el domingo.
Cuando Clara volvió del colegio se sentaron en la cocina.
—Creo que nos escuchó —dijo Sofía.
—Sí —dijo Clara—. Yo también lo creo.
—¿Qué hacemos?
Clara puso las manos planas sobre la mesa.
—Hablar con ella —dijo—. Cuando llegue del colegio. Sin esperar más.
—¿Qué le decimos?
—La verdad. Toda. La que pueda entender.
Cuando Emma llegó, dejó la mochila. Fue a la cocina a buscar agua.
Sofía y Clara estaban en el salón.
—Ven a sentarte con nosotras —dijo Clara.
Emma se sentó en el borde del sillón, con el vaso de agua en las manos.
—Queremos hablar contigo —dijo Clara.
Emma miró el vaso.
—Lo escuché —dijo—. Ayer. No quería escuchar. Fui a buscar el cargador y estaban hablando y escuché.
Silencio.
—¿Qué escuchaste? —preguntó Sofía.
Emma levantó los ojos.
—Que era fingido —dijo—. Que la tía Clara te pidió que fingieras ser su pareja. Para el juicio.
Las dos la miraron.
—¿Es verdad? —preguntó Emma.
—Sí —dijo Clara.
Emma asintió.
—¿Todo es fingido? —preguntó.
Y en esa pregunta estaba todo. Los planetas, la sopa, el brazo en las noches difíciles, las fracciones de okapi. Todo,
—No —dijo Sofía inmediatamente.
Emma la miró.
—Al principio sí —dijo Sofía—. Al principio era un acuerdo.
La tía Clara me pidió que la ayudara y yo acepté.
Pero las cosas que han pasado desde entonces no son fingidas.
Cómo me siento cuando estás en mis brazos por las noches no es fingido.
Que me importe lo que te pasa no es fingido. Eso es real.
—¿Cómo sé cuándo algo es real? —preguntó Emma.
Clara pensó antes de responder.
—Porque lo has notado —dijo finalmente—. Tú misma lo has notado, Emma. Cuando algo no es real, la gente que lo finge comete errores. Se le olvida. Lo hace mal. ¿Ha habido algo en estas semanas que te haya parecido falso?
Emma pensó.
Pensó de verdad.
—No —dijo finalmente.
—Porque no lo era —dijo Clara—. Empezó de una forma y se convirtió en otra. Eso pasa. No siempre de la forma más ideal. Pero pasa.
Emma miró el vaso de agua.
—¿Me querías engañar? —preguntó.
Y eso era lo real de la pregunta. No el matrimonio, no el proceso legal, no los argumentos jurídicos. Si la habían querido engañar.
—No —dijo Clara—. No queríamos engañarte.
Queríamos protegerte de algo que al principio no sabíamos cómo explicar.
Y eso fue un error. Debería haberte dicho antes que la situación era complicada.
Que Sofía y yo teníamos una historia y que estábamos intentando ver si podíamos tener algo más.
Debería haber sido honesta contigo desde antes.
Emma miró a Sofía.
—¿Y tú? —dijo.
—Yo también —dijo Sofía—. Te debía más honestidad de la que tuve. Lo siento.
Emma miró el vaso.
Lo giró entre las manos.
—¿El matrimonio también fue para el juicio? —preguntó.
—Empezó siendo una sugerencia del abogado —dijo Clara—. Sí. Pero cuando lo firmamos ya era otra cosa. Para mí era otra cosa.
—¿Y para Sofía?
—Para mí también —dijo Sofía.
Emma asintió.
Luego dijo algo que ninguna esperaba:
—Mi mamá sabía que acabaríais juntas.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Clara.
—Porque me lo dijo una vez. Dijo que había personas que se querían de verdad aunque a veces se perdieran. Y que Sofía y tú erais de esas.
Clara miró a Sofía.
Sofía miraba a Emma.
—¿Cuándo te dijo eso? —dijo Sofía.
—No sé cuándo. Hace tiempo. —Emma miró el vaso—. Por eso cuando empezasteis a vivir juntas no me pareció raro. Me pareció que era lo que tenía que pasar.
—Emma —dijo Clara.
—¿Qué?
—¿Estás bien?
Emma lo pensó.
—Estoy triste —dijo—. Porque pensé que era de una forma y era de otra. Pero no creo que estéis mintiéndome ahora. Y creo que lo de antes también era real, aunque empezara diferente.
—Sí —dijo Clara—. Era real.
—Entonces estoy bien —dijo Emma—. ¿Puedo cenar pronto? Tengo deberes.
Esa noche, cuando Emma dormía y el piso estaba en silencio, Clara y Sofía se sentaron en el salón sin hablar durante un rato.
—Ha sido muy valiente —dijo Sofía finalmente.
—Emma siempre es valiente.
—Tú también. Decirle la verdad cuando lo más fácil habría sido...
—Lo más fácil no era una opción —dijo Clara.
—No. Pero podría haberlo parecido.
—Mi hermana le dijo que acabaríamos juntas —dijo Clara en voz baja.
—Sí.
—Antes de que pasara nada de esto.
—Sí.
—¿Cómo lo sabía?
Sofía la miró.
—Porque te conocía —dijo—. Y me conocía a mí. Y algunas cosas son evidentes para todo el mundo excepto para las personas implicadas.
Clara asintió.
Pensó en Laura. En las cartas. En confío en ti. Completamente. En el único sitio donde no has sido valiente es ese.
Pensó en que Laura había tenido razón.
—Ojalá pudiera decírselo —dijo.
—Ya lo sabe —dijo Sofía.
Era el tipo de cosa que Sofía no decía normalmente, que no era su territorio, el de las certezas sobre lo que saben los muertos.
Pero lo dijo. Y Clara lo recibió sin discutirlo porque a veces lo que necesita ser verdad es suficiente razón para dejarlo ser.
—¿Crees que Emma va a estar bien? —preguntó Clara.
—Sí —dijo Sofía.
—¿Y nosotras?
Sofía la miró.
—Nosotras también —dijo.
Y luego, porque era tarde y mañana había cosas que hacer:
—Vete a dormir.
—Tú también.
—Yo voy en un momento.
Clara se levantó. Fue hacia el pasillo.
—Sofía.
—¿Qué?
—Gracias por no haberte ido a Berlín.
Fue a su habitación.
Se metió en la cama.
Pensó en Emma diciendo creo que lo de antes también era real, aunque empezara diferente.
Pensó en que nueve años a veces ven más claro que treinta y cuatro.
Pensó en la audiencia dentro de unos días.
Pensó en todo lo que quedaba por resolver y en todo lo que ya se había resuelto sin que nadie lo hubiera planificado.
Pensó en que mañana Emma iba a pedir el desayuno con la energía de siempre y Sofía iba a hacer el café y las tres iban a sentarse a la mesa y eso iba a ser real.
Cerró los ojos.
Y durmió.